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"Song Machine": Gorillaz, en busca de la gloria perdida

A 20 años de su creación, la banda virtual más famosa volvió con "Song Machine", un disco en el que recupera su esencia y equilibrio.

Domingo 25 de Octubre de 2020

Carolina Taffoni

Especial de La Capital

En marzo de 2001, en una era que hoy parece muy lejana, antes del atentado a las Torres Gemelas y de la caída del gobierno de la Alianza por estos lares, la industria discográfica mundial estaba quemando los últimos cartuchos de su días de gloria. El MP3 y la libre circulación de archivos musicales estaba a la vuelta de la esquina, pero las grandes discográficas multinacionales todavía conservaban la batuta para dirigir las preferencias del público masivo. Fue justo en esa época bisagra que el otrora poderoso sello EMI decidió invertir millones en la difusión de “una banda de dibujitos animados”, como se decía entonces, casi de forma despectiva. En marzo de 2001 se editó el álbum debut de Gorillaz.

Dos décadas atrás, nada hacía sospechar que Gorillaz se iba a convertir en “la banda virtual más exitosa de la historia” (tal como figura en el Guinness), que iba a vender 20 millones de discos y mucho menos que iba a llegar vivita y coleando a este presente tan extraño y oscuro que nos toca vivir.

Cuando arrancó, el grupo representado en cuatro personajes animados (Noodle, Russel, 2D y Murdoc), era visto como un proyecto paralelo de Damon Albarn, el líder de Blur, una especie de capricho de una estrella de rock ya aburrida del trajín de los 90 que quería divertirse un rato con otra cosa. Nada hacía sospechar (otra vez) que Gorillaz sería “el” proyecto definitivo de Albarn en este siglo, el que lo iba a hacer famoso para una nueva generación y que, en números de ventas, incluso iba a superar a Blur en algunos países.

Sin embargo, acá está Gorillaz, en este 2020 del infierno, editando su séptimo disco: Song Machine, Season One: Strange Timez. El título ampuloso se corresponde con el proyecto: Song Machine es una serie animada por capítulos que el grupo viene editando con un single y su respectivo video cada mes desde principios de año, y ahora se completó en formato tradicional de álbum. Por las características del lanzamiento, da la impresión de que Albarn y su coequiper Jamie Hewlett (el padre visual de la criatura) quisieran recuperar cierta esencia de Gorillaz, perdida en el sinuoso camino de los últimos años.

Hits del siglo XXI

Para ponerlo en perspectiva, y para darle un lugar justo al nuevo Song Machine, habría que repasar el derrotero de la banda. Los primeros dos discos de Gorillaz (de 2001 y 2005) fueron un bombazo: originales y experimentales, reflexivos y explosivos, bailables y melancólicos al mismo tiempo. No son brillantes. Son desparejos y hasta antojadizos en cierto punto. Pero esa es justamente la gracia del grupo: su espíritu lúdico, participativo y muy libre. El líder de Blur se soltó con una mezcla de hip hop futurista, rock, punk, dub, synth pop, lo fi y worldbeat. Y de ese revoltijo sacó de la galera hitazos como Clint Eastwood, Tomorrow Comes Today, 19-2000, Dare y Feel Good Inc, además de joyitas como 5/4, Double Bass, Slow Country, Kids With Guns o Demon Days.

Para el tercer álbum (Plastic Beach, de 2010), Albarn se puso más ambicioso: incorporó soul, R&B, orquestaciones y hasta música árabe, y cruzó colaboraciones de estrellas del rap como Snoop Dogg y Mos Def con veteranos como Lou Reed, Bobby Womack, Ike Turner, Mark E. Smith, Mick Jones y Paul Simonon. El resultado, más difuso y menos potente.

Después de esa trilogía, Gorillaz entró en terreno resbaladizo. En 2011 se editó el improvisado y ya olvidado The Fall, y luego de un paréntesis de seis años llegaron dos discos seguidos: el muy anticipado y publicitado Humanz (2017), un LP tan plagado de colaboraciones que parecía más un compilado o una lista de Spotify que un verdadero álbum, y The Now Now (2018), que salió disparado para el otro extremo y se asemeja más a un disco solista de Albarn que a un proyecto de la banda virtual.

Sin hits claros a la vista y con la inspiración diluida, Gorillaz parecía haberse quedado sin nafta. Además había otro problema nada menor: el universo visual y musical creado por Jamie Hewlett y Albarn —un futuro post apocalíptico, con el planeta despojado de sus recursos naturales— se convirtió en algo muy cercano a la realidad como para parecer atractivo. En el mundo post victoria de Donald Trump y post Brexit no quedaba otra que correr detrás del desastre y quejarse, y eso es muy aburrido.

Tiempos extraños

En Song Machine: Season One, en cambio, hay una reacción a una situación tan urgente como inesperada: el mundo en pandemia, en aislamiento y cuarentena. Ya en el primer tema, el anticipado Strange Timez, Albarn canta: “Un mundo de guantes quirúrgicos, un mundo sediento de lavandina”, mientras la voz inconfundible de Robert Smith repite: “Tiempos extraños para ver la luz”.

El álbum consigue un milagroso equilibrio entre la cantidad y variedad de invitados y la presencia guía de Albarn, que le da cohesión al disco. De alguna forma Song Machine se ubica en un punto intermedio entre Plastic Beach y Humanz, aunque sus puntos altos son más intensos. A Strange Timez se suman Aries, una canción tan familiar como irresistible, un homenaje explícito a New Order con el bajo del mismo Peter Hook; The Valley Of The Pagans, con la voz de Beck, y The Pink Phantom, una balada glam y melanco intervenida por Elton John.

No sólo los invitados famosos hacen buena yunta con Gorillaz. Este disco es una gran oportunidad para descubrir la hermosa voz cascada de Octavian (en Friday 13th). O a la extravagante cantante sudafricana Moonchild Sanelly, que se luce en la pegadiza With Love To An Ex. Igual, nada se compara con Momentary Bliss, que resume al mejor Gorillaz posible: ahí el rap de Slowthai se encuentra en armonía con el combo ska/punk del dúo inglés Slaves.

Song Machine cae cuando se repite y aburre (como en Pac-Man), o en colaboraciones fallidas como Désolé, una canción que se hunde por su propio peso orquestado, o en Chalk Tablet Towers, donde la talentosa St. Vincent lamentablemente pasa inadvertida en medio de un synth-pop robótico. Sin embargo, entre contados excesos y pifies, el álbum se abre paso como una experiencia disfrutable.

¿Habrá una Season Two de esta máquina de canciones? ¿Habrá más Gorillaz o ya será tiempo de ir ensayando un “grand finale”? Dos décadas después, el futuro parece mucho más indescifrable que en aquel lejano 2001.

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