Era 1884. El Concejo Deliberante de Buenos Aires decidía suspender en sus funciones al primer intendente de la ciudad convertida en territorio federal, Torcuato de Alvear, y se hacía cargo de la comuna el presidente del cuerpo, Alberto Marcelino Larroque. Es el mismo que recordamos hoy cuando mencionamos a la ciudad entrerriana de Larroque, el niño con infancia en Concepción del Uruguay.
El gurí de Concepción del Uruguay que echó al primer intendente porteño
Son inagotables las historias que guarda el Colegio fundado por Urquiza.
Torcuato de Alvear
Alberto Marcelino Larroque
Alvear buscó amparo en el entonces presidente Julio Argentino Roca y su ministro del Interior, Bernardo de Irigoyen. Ambos intervinieron ante Larroque pero las diferencias eran hondas no hubo caso: el concejal no estaba dispuesto a recular.
Hay relatos (comentados por el estudioso José María Sáenz Valiente) que acusan al Ejecutivo de prescindir del Concejo, de ningunearlo, y al parecer Larroque y sus pares prefirieron que los echaran antes que agachar la cabeza.
“Alvear, dispuesto a rescatar su oficina y su cargo (ocupados por Larroque), acudió acompañado por el jefe de policía, Marcos Paz. No hubo arreglo. Alvear y Larroque se reclamaban intendentes. Ni siquiera tuvo éxito la mediación personal del ministro del Interior y del mismo Roca. Al día siguiente, los concejales fueron desalojados por la policía y Alvear recuperó su escritorio. El Poder Ejecutivo encontró propicia la oportunidad para suspender la vigencia de la Ley Orgánica Municipal y para designar a dedo a los miembros de la Comisión Municipal que reemplazó al Concejo Deliberante electivo hasta 1890”.
Esa es la referencia al conflicto que encontramos en la obra La Casa Municipal.
Cartas calientes
Las referencias a Alberto Marcelino Larroque obedecen a la necesidad de esclarecernos acerca del origen del topónimo Larroque en el Departamento Gualeguaychú. Ya en una columna primera explicamos el domingo pasado la confusión y el debate que lleva un siglo, y señalamos la posibilidad de reconocer dos afluentes: primero el de Alberto Marcelino y luego el de Alberto, su padre, famoso por su obra notable como rector del Colegio Histórico de Concepción del Uruguay. Pero nos detenemos un poco más en el hijo porque es menos conocido.
El francés Alberto (padre) llegó a Entre Ríos después de recalar en Buenos Aires y Montevideo. Su hijo Alberto Marcelino cursó estudios en su niñez en Concepción del Uruguay, donde su padre era rector. Alberto Marcelino recibió la influencia de la comunidad entrerriana cuando gurí, y luego con la permanencia de esta cultura criolla en varios de sus familiares nacidos en este suelo, incluida su sobrina Helena Larroque de Roffo, afamada por sus contribuciones a la salud pública.
Las cartas dirigidas por el presidente del Concejo Deliberante de Buenos Aires, Alberto Marcelino, al primer intendente, Torcuato, el 4 de noviembre de 1884, muestran la solidez intelectual de Larroque para sostener convicciones, en una disputa por el trámite electoral y los padrones. Y dejan en evidencia, por correctos que sean los términos y el trato usados, el abismo entre ambos.
Leemos expresiones de Larroque con esta temperatura: “Séame también permitido observar al Señor Intendente que la pregunta que hace, si no es para dejar trascurrir el día 30 sin convocatoria, carece de objeto práctico”. Es decir, lo acusaba de entrar en la ilegalidad por no convocar a comicios.
Mientras Larroque pedía que el Ejecutivo llamara a votar para renovar bancas, Alvear aseguraba que no podía porque había padrones irregulares. Entonces intervino el presidente Julio Argentino Roca (que había sido alumno del Colegio en Concepción), suspendió las elecciones, cesanteó a todos los concejales, y nombró nuevos miembros de una comisión sustituta. Entre ellos, apellidos muy conocidos hoy: Marcó del Pont, Rodríguez Larreta, Porcel de Peralta, Unzué, Pirovano…
A días de esa disputa, Larroque fue comisionado a Santiago del Estero para que informara sobre el estado de las escuelas y su intervención es otra perlita. Nuestro biografiado pasaba de un conflicto al otro sin solución de continuidad.
Como las cosas son cambiantes en política, hay que decir que el ministro del interior de Roca, Bernardo de Irigoyen, se convertiría años después en uno de los destacados revolucionarios del 90, junto a Leandro Alem, contra el régimen.
Sobre los conventillos
Hay documentación accesible sobre los distintos pasos de Alberto Marcelino en la función pública, como educador, concejal de Buenos Aires, juez. Así como consta su preocupación hecha poesía en torno del terremoto en Ischia, Italia, vemos también su sensibilidad en torno de la pobreza en Santiago del Estero, y observamos cómo enfrentó los intereses de propietarios al exigir como concejal, en Buenos Aires, que las casas de inquilinato (conventillos) mejoraran sus pisos para mejorar la salud y evitar olores de pozos negros.
En archivos de actas del Concejo Municipal, leemos: “1º de octubre de 1884 (...) Se consideró acto continuo, con preferencia, el despacho de la Comisión de Higiene, en el proyecto de ordenanza del Sr. Concejal Dr. Larroque, sobre pisos de conventillos. Usó de la palabra el miembro informante de la Comisión, Dr. Golfarini, exponiendo: Que se creía dispensado de dar extensas explicaciones sobre un asunto como éste, en atención a lo necesario de su ejecución inmediata, como así mismo, por abarcar puntos tan rudimentarios de higiene, sobre los que esperaba no encontrar grandes divergencias. El proyecto en debate, tiende a evitar las emanaciones pútridas del subsuelo. A causa de su incuria, de la falta de disposiciones convenientes, los conventillos son en el municipio el foco de las infecciones y una amenaza constante contra la salud de la población. A colocarlos en buenas condiciones, se dirige el proyecto del Dr. Larroque y no ha vacilado la Comisión, en aconsejar su aceptación, desde que él se halla conforme con las disposiciones de los higienistas”.
Desfacedor de entuertos
Alberto Marcelino Larroque fue colaborador de la revista que hizo historia en la Justicia: Criminalogía moderna, bajo la dirección del gran pensador anarquista Pietro Gori. Allí leemos esta carta al redactor Del Campo, en la que Larroque se involucra en el caso Dreyfus y explica porqué a su criterio el militar francés acusado de espionaje estaba condenado de entrada.
La prisión perpetua a Dreyfus por presunto espionaje dispuesta por un tribunal militar despertó polémica en el mundo entero, y Larroque, como hijo de francés, abogado, juez y polemista, no podía quedar al margen. Pero además agrega una mirada crítica sobre los escritos de orden jurídico y el código mismo, sugiriendo que su contacto permanente con las leyes le exige momentos de descanso. Aquí la carta completa que finaliza con una Nota de la Redacción. Lo que sigue es textual de la revista Criminalogía moderna:
"Colaboración involuntaria. Banfield, Setiembre 11 de 1899.
Sr. Dr. Ricardo del Campo. Mi estimado colega:
Por pura gentileza me ha incluido V. en la lista de colaboradores de CRIMINALOGÍA MODERNA, felizmente, en la sección local. Esto me tranquiliza un poco, pues veo entre los compañeros a algunos que son jurisconsultos más o menos de mi fuerza.
Basta leer la nómina de los autores extranjeros que escriben en su Revista, para comprender que la mejor colaboración de un simple desfacedor de entuertos, es el silencio.
Fuera de la consagración que debo a las tareas de mi cargo, profeso una cordial antipatía a los escritos jurídicos.
Pregúntele V. a «Monsieur de París» (el verdugo) si le gusta, en sus momentos libres de cadalso, disertar sobre la utilidad y perfeccionamientos de la guillotina.
Pues, el código y sus comentarios son para mí instrumentos de suplicio. Trato de manejarlos con la mayor discreción en beneficio del público, pero, francamente, después de la ejecución, no me quedan ganas de acariciarlos en amateur.
Sin embargo, si no colaboro a estilo criollo, es decir, en forma de reminiscencias más o menos ajustadas al texto, puedo indicarle algo, para que los que aman sinceramente la ciencia del derecho, contribuyan con su esfuerzo a cortar de raíz una rutina que acaba de dar el récord de las grandes iniquidades en el fallo contra Dreyfus.
He seguido detenidamente el curso de esa causa que ha emocionado al mundo entero. No dudo de la inocencia de la víctima; pero, desde un principio, he tenido la convicción de que la sentencia sería condenatoria.
¿Acaso por el análisis de las pruebas, o por simple pálpito? No: por una deducción racional que se impone, atenta la naturaleza del Tribunal que juzgó al procesado.
La absolución de Dreyfus hubiera sido un hecho anormal, contrario a la lógica de las pasiones y de los procedimientos humanos. Si en igualdad de condiciones Dreyfus fuera juzgado diez veces más, otras tantas, el fallo le sería adverso
Es que el mal está en la institución de esa magistratura pretoriana que en casos de conflicto con elementos antagónicos al ejército, asume los caracteres de los tribunales de gremio en que todas las preocupaciones atávicas del oficio hacen explosión e inclinan de su lado la balanza, como en los tiempos de Breno.
La revisión del proceso de Dreyfus había puesto frente a frente el elemento civil y el elemento militar. La polémica ardiente y otros factores sociales convirtieron la inocencia o la culpabilidad de Dreyfus en un caso de amor propio del que se hacía depender el honor de las armas.
Bajo la presión de semejante atmósfera, se constituye un consejo de guerra de oficiales subalternos, para resolver una cuestión en que se ven comprometidas las más altas jerarquías del ejército, y presidido por un coronel, hostil a Dreyfus.
A la barra de ese tribunal asisten permanentemente, más como acusadores que como testigos, generales, ministros de la guerra, personalidades influyentes, que tienen en sus manos el destino de los jueces.
Si alguno de los subordinados hace acto de independencia, como Pjcquart, se le encarcela bajo fútiles pretextos, se le inflige toda clase de vejaciones.
Los dos capitanes que acaban de votar por la absolución, según los telegramas últimos, principian a ser hostilizados.
De manera, pues, que, sea por espíritu de compañerismo, o por temor de perjuicios en la carrera; sea en algunos por la creencia de que jefes prestigiosos, cargados de servicios y de honores, son incapaces de acusar sin razón: por uno u otro motivo, en fin, en que el sentimiento de la justicia no entra para nada, el fallo pronunciado por militares, en circunstancias análogas a las de Dreyfus, tendría que ser favorable a la causa del uniforme.
Lo mismo sucedería en un tribunal eclesiástico, si ante él se ventilase algún interés de los liberales, en pugna con el interés de la casta sacerdotal. Sería inverosímil que simples clérigos no diesen la razón a los príncipes de la iglesia, conligados contra un francmasón.
El peligro está, pues, en los apasionamientos que surgen del espíritu de cuerpo, -y para conjurarlo, bastaría que la justicia militar fuese desempeñada por funcionarios civiles e inamovibles, ajenos, por consiguiente, a las sugestiones del contubernio y a la presión de los entorchados.
Si tamañas injusticias, como la de Dreyfus, se cometen en naciones en que el número y preparación de la oficialidad permite la selección y asegura una relativa independencia en los jueces militares, ¿qué esperar de otros países en que el elemento militar, reducido y sin estudios, constituye una verdadera familia?
Hay que concluir con la rutina imperante. Tal es el tema que desearía ver tratado magistralmente en la Revista, poniendo a contribución la ciencia del Dr. Gori, o de algún colega de competencia indiscutible, pues, es obra de romanos demoler un sistema secular, resto de las antiguas castas en que se dividía la sociedad sin razón hoy de existir y que sólo sirve para dar al mundo el espectáculo de la más cruel y vergonzosa iniquidad.
Si la indicación le parece oportuna, póngase con bríos en campaña, y le aseguro que, si llegase a triunfar, la justicia le deberá a V. un espléndido laurel.
Con la reserva que le pido para estas líneas, escritas «currente calamo», bajo la impresión de los telegramas recientes, le estrecha la mano su afmo. colega. A. M. LARROQUE.
N. de la R.-Con motivo de haber solicitado la colaboración del Dr. Alberto M. Larroque, para el presente número, hemos recibido de él la carta que publicamos, no obstante la reserva pedida y confiados en que el distinguido magistrado sabrá disculparnos esta indiscreción. Las oportunas y sanas reflexiones que dicha carta contiene, explicarán al Dr. Larroque nuestro proceder y desvanecerán a la vez los escrúpulos de la excesiva modestia que caracteriza su vida”.
Y bien: aquí terminó la publicación. Es otro botón de muestra, de las condiciones notables de Alberto Marcelino Larroque, que sin dudas dan sobrados motivos para llamar con su apellido una ciudad nuestra. Las reflexiones del magistrado y las comparaciones que realiza son dignas de un estudio meduloso porque en algún punto resultan sugerentes sobre la prepotencia del siglo XIX en la Argentina, y premonitorias para el país del siglo XX. Larroque es republicano y advierte que la división de poderes no puede ser un simple maquillaje porque las castas responden como tales.
El segundo agasajado
Estudiosas de Larroque han tratado las dos vertientes del origen del nombre de su ciudad. Ya nos referimos algo a Alberto Marcelino, ahora veamos lo que dice Ibarguren sobre su padre:
“Alberto Larroque era hijo del Barón Marcelino Larroque (Marceline), oriundo del pueblo de Larroque, en el Languedoc. Recibido en su patria de Doctor en Jurisprudencia, Larroque llegó a Buenos Aires en 1841. Fundó establecimientos educativos y centros pedagógicos. En 1854 se le designó Rector del Colegio Nacional de Concepción del Uruguay, fundado por Urquiza. Poco antes de morir, el maestro ocupó una vocalía en el Consejo Nacional de Educación. Alberto nació en Bayona en 1819 y murió en Buenos Aires el 8 de julio de 1881 a los 62 años.
Son datos de Ibarguren, y demuestran que Alberto y su compañera llamaron a su primer hijo con el nombre del padre seguido por el nombre del abuelo. El autor los estudia en su capítulo sobre los Pueyrredón. ¿Por qué entran los Larroque en esa familia? Aquí el dato: Alberto Larroque se casó por primera vez con María del Carmen Gualberta Albarellos Pueyrredón, y de ese matrimonio nació Alberto Marcelino Larroque Albarellos. María del Carmen murió joven, a los 23 años. El viudo Alberto (rector) se casó en segundas nupcias con Helena Miette de Prats, con quien tuvo ¿tres hijos?: Eduardo M. Larroque Prats, María Larroque Prats y Benjamín Larroque Prats.
Eduardo M. Larroque Prats y María Helena Bengochea (de Concepción del Uruguay) fueron padres de la famosa Helena Larroque de Roffo, nieta de Alberto, el rector, y sobrina de Alberto Marcelino, el juez. Helena Larroque Bengochea llevaba el nombre de su abuela Helena de Prats y de su madre María Helena.
Helena Larroque, nacida en Concepción, fue una notable científica que trabajó con Marie Curie y fundó la Liga Argentina de Lucha contra el Cáncer –Lalcec–. Falleció a los 41 años en 1924.
Más sobre Alberto rector
Las autoridades de la Municipalidad de Larroque, en sucesivas gestiones, se fueron inclinando por el rector y dejando un poquito de lado a su hijo, el juez, en la explicación del origen del topó niño. Pero hay coincidencias en que bien podría ser un homenaje a ambos, claro, en una superación sabia y salomónica del debate.
Alberto Larroque es famoso entre muchas cosas por aquella frase que quedó grabada, cuando le recordaron su ascendiente: “La seule noblesse que j ‘accepte et que j ‘envie c’est la noblesse du coeur”. “La única nobleza que acepto y que envidio es la nobleza del corazón”. El texto completo está en una carta dirigida a sus hijos en agosto de 1876 y dice: “A mis hijos, Alberto M., María Larroque de Fonrouge, y Benjamín Larroque” (ignoramos porqué aquí no figura Eduardo): “No, yo no me ocuparé jamás del título de Barón que nos corresponde en la familia de nuestro padre. Es vieja mi convicción: la única Nobleza que yo acepto y envidio es la Nobleza del Corazón, la Nobleza de los Sentimientos Honrosos. No tengo ninguno de los principios del tiempo pasado. El Hombre es el hijo de sus obras. La memoria ardiente de mi padre, que, a fuerza de trabajo ha dejado algunos bienes a sus hijos, me es mucho más querida, si con el título de ‘Barón’ no hubiera hecho nada por su familia. Además he creído siempre que todos los títulos imaginables adquiridos por méritos personales no deben ser hereditarios desde que el descendiente puede no ser digno de ese título. Puede ocurrir que lo deshonre. No haré, pues, ninguna gestión, ningún gasto para adquirir un título del que no sabría qué hacer. Yo ante todo, soy Demócrata. En cuanto a los pergaminos de nuestra familia yo los destino a las llamas o al polvo. No los quiero adquirir siquiera como elemento de curiosidad. Agosto de 1876. (firmado:) Alberto Larroque”.
Eso leemos en un aporte a la genealogía hecho por Alberto Saguier Fonrouge, donde aparecen numerosos descendientes del francés bajo apellidos como Fonrouge Larroque, de alta presencia en la política argentina.
No abundaremos aquí sobre el rector, cuya trayectoria está bien documentada. Pero veamos por caso esta faceta de su vida cotidiana en La Histórica.
Sin tiempo para ir al baño
El doctor Juan J. Britos presidió la comisión de homenajes a los Larroque que les erigió un monumento en el cementerio de la Recoleta, y como todos no ahorró elogios para quien fuera su profesor en Concepción.
Recordó por caso las obligaciones de Larroque en el Colegio, imposibles para una sola persona, y luego de enumerarlas expresó: “¿A qué hora llenaba este hombre, en el Uruguay, las necesidades propias a todo organismo humano? Es algo que siempre escapó a nuestra observación. ¡Un verdadero misterio!”
Luego transcribió un diálogo contado por Jorge Clark, el administrador del Colegio en que Larroque se desempeñaba como rector y profesor de numerosas asignaturas.
“Jorge Clark: —Doctor, ha llegado al fin el importe de algunos sueldos atrasados.
Alberto Larroque: —Bienvenidos, don Jorge, pues aunque llegan muy atrasados llegan a tiempo.
Jorge Clark: —Le advierto, señor, que ya nadie fía al Colegio, he agotado los recursos y pronto no tendré qué dar de comer a los alumnos.
—Don Jorge: mientras ellos necesiten pan, no hay sueldos posibles; disponga de los míos, que ya se me pagarán.
El hecho fundamental de este diálogo consta en una escritura pública, otorgada por el señor Clark, y ¿sangrienta y dolorosa ironía?... los haberes del doctor Larroque permanecen impagos”.
Ingeniero Bury que no fue
Las investigadoras de Larroque reconocen que en un principio la estación pudo llamarse Ingeniero Bury.
Bury es un apellido ligado a los ferrocarriles ingleses, sin dudas. William Tarleton Bury (que murió joven, con 42 años, en 1876), participó de la industria del acero en torno de los trenes; su padre el inglés Edward Bury fue el famoso constructor de locomotoras, fallecido en 1858. Ambos estaban muertos cuando comenzó el tendido de las vías principales en nuestra provincia (no así en el corto primer tramo entre Gualeguay y Puerto Ruiz hecho por empresas de la zona).
Pero el administrador de los ferrocarriles al que hicieron referencia las autoras era Mister Oliver Hauke Bury. Hoy nos preguntamos: ¿intentó dar su nombre a una estación? No lo sabemos, pero existe un antecedente poco edificante con el empresario Lucas González que, según lo que se supone, dio su nombre a una estación cuando él era el encargado de tender las vías.
González era un caso. Dice Gastón Gori que en las negociaciones entre La Forestal (empresa de los ingleses) y la provincia de Santa Fe el hombre negociaba de los dos lados del escritorio.
No tiene la misma fama el tal Bury, pero en cualquier caso el nombre Ingeniero Bury para nuestro pueblito no prosperó.
Dramaturgo y político
Además de protagonizar la época de oro del Colegio Histórico, Alberto Larroque (padre) ejerció el periodismo, cuando ya había mostrado dotes de dramaturgo. En 1845 se presentaban funciones de tres obras de Alberto Larroque en Buenos Aires: Juan de Borgoña o Un traidor a la patria, drama en 4 actos; Un marido de quince años o El artículo 6, sainete; y la Oda al 9 de Julio.
El historiador Fermín Chávez menciona a Alberto junto a una docena de pensadores que sostuvieron lo que llamó nacionalismo democrático (entre ellos José Hernández, Carlos Guido y Spano, Evaristo Carriego, Leandro Alem, Mariano Fragueiro, Francisco F. Fernández, Alejo Peyret, Marcos Sastre), un movimiento de resistencia a la ilusión sarmientina eurocentrada, impuesta a sangre y fuego.






















