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Diálogo Abierto

"La pintura, cuando funciona bien, es espejo de uno mismo"

Entrevista con el psicólogo Germán Yujnovsky. Psicoanálisis en casa. Literatura, camino sin retorno. Pintura, dibujo, Cézanne o la nada. Ajedrez y virtualidad
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Hogar y “atmósfera” psicológica

—¿Dónde naciste?

—En Buenos Aires, barrio Norte, donde viví hasta los cuatro años; soy paranaense.

—¿Recordás algo de allá?

—No, es más lo que vi en fotos.

—¿Adónde vinieron?

—Al Parque. Mi viejo era psiquiatra, al principio iba y venía, y luego se decidieron por venir acá. De estar encerrado en un departamento a tirarme por la barranca, cambió todo. Era un sueño, ya que la escalera y el baño daban al río. Ahí vivimos un año, luego compraron una casa y fue cuando él murió.

—¿Tu mamá?

—Es psicóloga.

—¿Cómo percibías ese entorno?

—Me quedó totalmente grabado; en la facultad, el psicoanálisis no me costó aunque no me gustaba los exámenes. Desde chico sabía lo que iba a ser y entendía lo que era un obsesivo, un histérico… porque era lo que se hablaba en casa y con los amigos de mis viejos. Me encanta la clínica, lo cual viene de mis padres.

—¿A qué jugabas?

—Al fútbol y a tirarme por la barranca sobre una alfombrita. Era hermoso lastimarse de esa forma.

—¿Había un límite que no podías trasponer?

—¡No, era otro Paraná de la ciudad que vivo ahora! Mis viejos me tenían confianza e iba caminando solo a distintos lugares, ya que sabía cruzar la calle.

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Astérix, la cultura y la Historia

—¿Leías?

—Todo el tiempo, al igual que dibujaba, me atraía lo visual y la historieta, Patoruzito, Patoruzú y Condorito; después agarré Astérix y no pude parar, porque me hizo entrar en la cultura y el mundo antiguo. Cuando me decidí a pintar y dibujar, me fui “enterando” que antes lo hacía con figuras humanas e incluso recuerdo una.

—¿Un libro influyente de la niñez?

—No sé… me influyó María Elena Walsh pero el libro que me cambió todo fue Informe sobre ciegos, de (Ernesto) Sábato, ya que pasé del positivismo al oscurantismo y mi vida fue para otro lado. Después agarré (Fiódor) Dostoyevski y (Franz) Kafka, y de ahí no volví más. ¿Para qué (risas)? Y en música, Serrat, y lo clásico, que me hacían escuchar mi viejos.

—¿Sentías una vocación?

—Cambiaba todos los días. Soy un futbolista frustrado, porque me encanta. Me di cuenta que el cuerpo no me daba y llegó a ser un delirio (risas).

—¿Dibujabas lo que leías?

—No; en una época dibujé mucho al Chapulín Colorado porque lo veía en la tele. Cuando se es chico hay que dibujar, no importa qué ni cómo. Mis abuelos iban a ver exposiciones e iba con ellos, así que mi abuela materna me acercó mucho al arte. También me llevaba, a principios de los 80, a la fuente del Congreso, donde todos los viernes había conciertos de música clásica. Me ayudaba a dibujar y con ella hicimos “un libro de fútbol”, que ella escribía.

—¿Qué afición desarrollaste sistemáticamente?

—Inglés, porque me obligaron. Hacía de todo y probé muchos deportes, incluso duraba una clase. Fui a dibujo, en Nuestro lugar, donde además hacía cerámica. Hice unos sapos que me gustaron y, luego de 30 años, la profesora María Elena Lothringer me devolvió uno.

—¿Te gustaba alguna materia de la secundaria?

—Historia, con (Juan) Vilar, quien nos exigía mucho y era maravilloso. Me enseñó a estudiar en serio.

—¿El gusto por el conocimiento?

—Exacto, lo tenía pero él era como un libro, describía escenas y te las imaginabas. Los exámenes eran terribles, estudiaba ocho horas por día y mi abuela me ayudaba con los resúmenes.

—¿La abuela siempre estaba?

—Y también mi abuelo materno.

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Un dibujo particular y un camino

—¿Podías estudiar otra carrera que no fuera Psicología?

—No fue un mandato; fui a análisis y podría haber dejado, porque no era lo primero que dejé de hacer (risas). No sabía qué hacer, me inscribí en Análisis de sistemas y estuve dos semanas. Le dije a mi vieja que quería ser psicólogo, me contestó que podía hacer lo mismo como médico y ganaría más plata, probé Medicina tres meses hasta que fui al museo y no me gustó. Quería estudiar Historia, por Astérix y Vilar, pero me inscribí en Psicología, no me gustó, pero en una materia me acercaron un libro de Física cuántica, en lenguaje filosófico, y me entusiasmó. No me gustaba dar exámenes.

—¿Qué entendiste de la dimensión cuántica?

—No me animaría a decir que entendí algo de ahí, sino que me abrió el mundo hacia otro lado. En la facultad me decían que era la “cuarta herida narcisista”, luego de la de Copérnico, la de Darwin, y la de Freud.

—¿Dibujabas durante los estudios universitarios?

—Como no me gustaba la carrera quería hacer ser escritor, pero me ponía frente al papel y no podía. Fui a un profesor, le dije que quería dibujar “en serio”, coincidió con que comencé terapia y se me abrió el camino. Es más, la entrada en análisis fue por un dibujo que hice.

—¿De qué?

—No te puedo decir… es personal… la cara de mi viejo… ¿Qué otra cosa iba a ser (risas)?

—¿Tu papá era un modelo en ese sentido?

—No sé qué tipo de analista fue porque murió cuando yo tenía nueve años, más allá de que me hablaron muy bien de él como profesional. Con mi vieja hace mucho que no hablamos de temas profesionales, aunque antes sí y me crié con ella mientras atendía. Hice mi camino, disfruto atender a un paciente con un padecimiento, y los talleres de pintura y ajedrez.

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Diez años de alumno

—¿Qué maestros fueron importantes en lo artístico?

—Los que me enseñaron a dibujar en serio: Esteban Yaniot y Bent Christiansen, luego Carlos Fels y compañeros de mucho nivel, porque los dibujantes de Buenos Aires iban a hacer modelos vivos.

—¿Qué ambicionabas?

—Era poco modesto, sabía adónde quería llegar a nivel plástico y con mi propio lenguaje; búsqueda, búsqueda… romperme a mí mismo, aprender y romper, aprender y romper…

—¿Corrientes de referencia?

—Todas, miro y analizo todo, pero si querés aprender a pintar en serio hay que ir a (Paul) Cézanne y los padres del impresionismo, interpretarlos, ver cómo está hecho, hacer escalas, estudiar Historia… Le dedicaba 80 por ciento a la pintura y 20 por ciento a la Psicología (risas).

—¿Qué te inspira?

—Lo que tengo ganas de hacer. Estamos con la segunda edición del libro del Tábano y haciendo el de mis pinturas.

—¿Hay un hilo conductor en esas obras?

—¡Qué pregunta me hacés! No sé… las ganas de pintar, pero es una boludez. Estoy yo, no puedo escaparme de mí mismo; la pintura es un espejo, cuando funciona bien. He pintado la muerte de un amigo, los demonios de Dostoyevski… la literatura también es un hilo conductor. No me interesa pintar “bien” o “mal”, aunque en un momento tuve que hacer lo mejor posible para aprender.

—¿Un logro que destaques?

—El libro Cuadernos del Tábano (risas), porque lo hice ahora.

—¿Cuál fue tu experiencia con esa revista?

—Llegué antes de que saliera el primer número (en Alicante). Tenía una amiga y había conocido en Buenos Aires a quien era su novio, Juan Manuel Agulles, y uno de quienes hicieron la revista, junto con Menelo Curti. Al principio ilustraba pero mi pintura es para otra cosa, aunque con el tiempo me acostumbré, a la par que aprendí mucho de literatura y música, que me gustan mucho.

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Ajedrez, cerebro y valores

—¿Cuándo comenzaste con el ajedrez?

—Desde muy grande, así que como jugador comencé arruinado y jugué desde los 17 a los 21 años. Fue muy intenso porque fui muy amigo de Alejandro Iglesias, sinónimo de ajedrez, y quien de la nada armaba un gran torneo, como el de Clarín. Fue la época dorada, en que no comenzaba ninguna carrera y el ajedrez influyó, porque me gustaba mucho. Estudié mucho, me encanta y también verlo como espectador, más allá de que compito y estoy 45.000° en el ranking mundial (risas). Me tocó jugar con el 1 de Argentina y con maestros, y me entusiasma competir.

—¿Qué puntos de contacto con la Psicología encontraste?

—Está todo enlazado. Me gusta organizar eventos para los chicos y que aprendan a competir bien, porque es muy bueno para ellos. No es solo una cuestión técnica sino de valores; estás con su cerebro e inteligencia, entonces tenés que tener una actitud ética. En ese sentido mis compañeros (Francesco Pesuto y Gabriel Brizuela) dan clases mejor que yo (risas). Hace poco organizamos un torneo y fue maravilloso, porque me encanta ver jugar a los chicos.

Pantallas, rapidez y terapia

—¿Cómo analizás las nuevas tendencias, fundamentalmente la rapidez del juego que impone el mundo cibernético?

—Es así y es el futuro, no obstante que hay que controlar un poco a los chicos. El de un minuto me parece un poco dañino para la formación cerebral porque es compulsivo, aparecen mañas y tretas, y el juego pierde su nobleza y caballerosidad. En el ajedrez virtual no se puede controlar a los tramposos y en el otro también hay tramposos que son incontrolables, como en todo.

—¿Qué influencia tiene la hiperestimulación de las pantallas al momento de sentarse frente al tablero?

—Se traduce en cualquier cosa, porque el chico tiene que tener solo una dosis de pantallas e imágenes hechas, en cambio cuando, por ejemplo, lees, las creas. En las pantallas te viene todo hecho.

—¿Cómo lo abordás siendo instructor?

—Los chicos andan bastante bien. El ajedrez, en sí, es terapéutico. Si un chico es impulsivo en algún momento perderá, porque no puede jugar rápido, entonces cambiará para ganar, o perderá siempre. Lo importante es que aprenda a detenerse, pensar y hacer un cálculo lógico. En las escuelas pregunto cuál es el grado más conflictivo y hacemos un taller con los chicos y las maestras, pero no hago terapia ya que el juego opera por sí mismo. Obviamente, si detecto algo, como los diagnósticos mal hechos o etiquetas mal puestas, lo hablo con las maestras.

—¿Qué observás al jugar contra un chico?

—¡Uh (suspira), es indescriptible y encuentro de todo porque me encanta! Ellos fallan más en los finales porque están acostumbrados a que las partidas se terminan más rápido. En cambio, en el medio juego, cuando hay muchas piezas y como son tabla rasa, si saben jugar bien… me pueden sacar a patadas.

—¿Qué te aportó como artista?

—El libro lo hice jugando al ajedrez porque me acomodó el pensamiento.

—¿No atenta contra el espíritu creativo?

—No, lo tengo bien diferenciado; tengo la cabeza para el arte y no para el ajedrez. Además, convivo muy cómodo en la contradicción y el ajedrez me ayuda para compensar un poco.

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Encierro y pensamiento

—¿Qué estás notando en esta etapa de post confinamiento?

—Que mucha gente, al estar tanto tiempo encerrada tuvo tiempo para pensar, lo cual en la cotidianeidad no lo hacés y no está bien. Por otro lado, un encierro es un encierro y una pandemia, una pandemia, o lo que sea, sumado a no poder ir a la escuela e independientemente de que la escuela no es gran cosa. Pueden aumentar ciertas patologías. Imaginate un cerebro encerrado. Leer El vagabundo de las estrellas, de Jack London, por el tema del encierro y, obviamente, La peste, de (Albert) Camus, es mejor de lo que pueda decir. En cuanto a los chicos y el ajedrez, hacías un taller virtual y no se inscribía nadie, mientras que siendo presencial se llenó.

—¿Y los de pintura?

—Están completos, pero son para adultos.

—¿Los de ajedrez continúan abiertos?

—Ahora hay nuevos días y horarios (en la Alianza Francesa): para chicos, lunes de 18 a 20 y miércoles de 16 a 18, y jóvenes y adultos, lunes de 16 a 18 y miércoles, de 18 a 20.

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Diez años y más de estudio para aprender a dibujar

Yujnovsky, quien dibujó desde niño, revela que en su proceso de aprendizaje se planteó un lapso de diez años con importantes maestros y vivencias de otros campos artísticos, a la par que estudiaba la carrera que hoy es su profesión. En cuanto al ajedrez confiesa: “Creí, ingenuamente, que podía llegar a jugar bien”, sonríe, más allá de su marcado entusiasmo por enseñar el juego ciencia y disfrutar de la competencia.

—¿Cuándo te sentiste “bien encaminado” en la pintura?

—Mi primer objetivo fue pasar diez años siendo estudiante, o sea que hasta allí no consideraba que nada fuera una pintura. Me lo dijeron y me sirvió. Me fui a España, dejé de ser un estudiante, aunque lo seguí siendo sin profesores, y aprendí de la literatura, de la música y de amigos. Trabajé de todo: lavar copas, mozo, sereno, vender publicidad, lo que viniera, y me sirvió de mucho.

—¿También te planteaste ese tiempo para el ajedrez?

—Creí, ingenuamente, que podía llegar a jugar bien. Pero cuando vas a un torneo te ponen en tu lugar. Podés pensar que sos (Garry) Kasparov pero te comen hasta los dedos (risas). Ahora es terrible porque tenés que controlar que te gane un chico de once años. Hay uno que juega casi igual que nosotros y toma clases con la gente con la cual tiene que hacerlo. Hay que apuntalarlos porque Entre Ríos está un poco seco en ese sentido.

—¿Te ayudó ser psicólogo con el aprendizaje tardío?

—¡No, al contrario, soy flojísimo psicológicamente en el ajedrez! Incluso en algún momento casi dejé porque no disfrutaba cuando competía. Pero se acabó. ¡Qué me importa; para qué voy a sentir esa presión! Voy y disfruto.

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