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Diálogo Abierto

La escuela que convierte el silencio en diálogo

Entrevista con el licenciado Lucas Barzola. Familia, docencia y solidaridad. Living y escuela. Silencio y gestos que comunican. El hacer y la frustración.

Lunes 29 de Noviembre de 2021

El licenciado Lucas Barzola analizó las particularidades del aprendizaje y los procesos de comunicación en la Escuela de la Asociación Paranaense de Síndrome de Down (Aspasid), de lo cual se desprenden conceptos y propuestas dignas de considerarse en el sistema formal educativo. El responsable del taller de Comunicación revisó ideas y criticó actitudes todavía prejuiciosas, más allá de discursos políticamente correctos.

Filosofía, curiosidad, vecinos y solidaridad

—¿Dónde naciste?

—En Paraná, en 1989, en el Rawson.

—¿En qué barrio viviste en la infancia?

—Las Rosas, en la zona Este, donde todavía vivo y ahora estoy construyendo mi casa, junto con mi pareja y amiga de la infancia, también de apellido Barzola.

—¿Cómo era cuando niño?

—Cambió mucho a lo largo de los años; es un barrio de trabajadores con algunas casas humildes, como la mía; jugábamos en las calles de tierra a la cachada, al veo veo, andábamos en bicicleta y los vecinos se sentaban en la vereda. Conservo a todos mis amigos. La escuela está a dos cuadras de casa.

—¿Otros lugares de referencia?

—Una canchita de fútbol a dos cuadras de mi casa, en la cual pasaba mucho tiempo con mis amigos.

—¿Qué visión tenías del centro?

—No veníamos nunca, salvo excepciones para pasear ya que son casi diez kilómetros, no teníamos auto y mis padres trabajaban mucho.

—¿Cuándo fue el cambio más importante de la zona?

—Desde hace diez años cambió mucho la fisonomía de la zona por los asentamientos, por la renovación de la gente y por loteos que se hicieron. Los barrios cercanos crecieron y se integraron. Hay mucha circulación de personas, lo cual antes no sucedía.

—¿Qué actividad laboral desarrollan tus padres?

—Mi mamá ama de casa y trabajó en casas de familia, y mi papá, operario de Longvie y de otras empresas del Parque Industrial.

—¿Leías?

—Sí, siempre me gustó y aprendí a leer y escribir a los cuatro años por una hermana que estudiaba Filosofía y además porque era muy curioso. En el supermercado me sentaba a leer los libros que vendían. Ahora no mantengo tanto el hábito como cuando era más chico.

—¿Alguno influyente?

—Tenía vecinos que me regalaban libros y uno que me impactó a los ocho años fue Los aristogatos, un libro viejo que cuenta la historia de unos gatos abandonados, que fueron vendidos por un mayordomo para quedarse con una recompensa. Me llamó la atención lo relacionado con las relaciones entre las personas y el desinterés, referido al individualismo o como actualmente dice (Zygmunt) Bauman, “la modernidad líquida”. En cambio en mi familia me inculcaron el bien común; si alguien iba a mi casa al mediodía, por más que hubiera poco, siempre se lo invitaba. Algo que no ocurre tanto ahora, aunque mis padres continúan con esa costumbre y lo valoro mucho.

—¿Te orientó tu hermana en cuanto a otras lecturas?

—Cuando tenía cinco años tuve que realizar una tarea para la escuela, que era católica, y que consistía en dibujar a Dios. Fui a lo de mi vecina Beba, me preguntó por qué lo dibujaba varón, y le contesté que me preguntaba eso porque era feminista.

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—¿Por qué lo asociás con tu hermana?

—La dos son docentes, la mayor es de grado, y la otra profesora de Filosofía, y siempre fueron referentes en cuanto a cómo entender la educación, más allá de lecturas y autores. Durante la crisis de 2001 daba clases en una escuela de adultos mayores y personas con discapacidad pero no había sede, entonces mis papás ofrecieron la casa y funcionó como escuela durante nueve meses.

—¿Cómo lo viviste?

—Me parecía normal pero viéndolo a la distancia es muy fuerte, como lo es la vocación y compromiso de mis hermanas.

—¿Otras lecturas importantes?

—El Principito, y El túnel y La tregua, en la secundaria, que me invitaron a pensar otras cosas que no están en lo cotidiano.

Un camino hacia la educación

—¿La docencia fue un mandato?

—No, siempre me gustó lo relacionado con lo social y cuando era chico actuaba en los actos y leía, al igual que participé en grupos de la iglesia y la comisión vecinal. La educación, quizás, fue un camino que sin querer fui armando. A los 16 años vi el programa de la carrera de Comunicación y tenía lo que me gustaba: Historia y medios, ya que me imaginaba trabajando en un medio gráfico, porque cuando era chico me gustaba mucho el periodismo de guerra. Pero mis primeras experiencias fueron vinculadas a la educación y me interesó mucho, hasta que en 2014 ingrese a un taller en Aspasid, donde me permitieron vincular comunicación, medios y una propuesta educativa, hacer un taller de radio, muestra de fotografías, entrevistas, radio abierta…

—¿Qué cátedra te confirmó que era lo que te interesaba?

—Varias porque tuve el privilegio de tener a grandes maestros y pensadores como (Gustavo) Lambruschini, (Sergio) Caletti y (Pablo) Yulita, aunque todos me hicieron entender que era lo que me gustaba y me sentía parte de esa comunidad. Tengo relación con la carrera porque participé en proyectos de producción y soy parte de la Comisión de accesibilidad.

—¿Por qué te orientaste a lo pedagógico?

—En la carrera hice la mención en Educación así que tenía esa intención, lo cual coincidió con las experiencias laborales.

—¿Qué medios consumías antes de ingresar a la facultad?

—Me gustaba leer diarios pero en 2009 cuando comenzó a discutirse la Ley de Medios fue un momento interesante por el cuestionamiento a la veracidad de las noticias, lo cual está vigente. Antes, siempre leí a los medios hegemónicos, porque no me preguntaba, y a partir de ahí comencé a leer otras cuestiones.

Dos horas de silencio,

y de comunicación

—¿En Aspasid fue el primer trabajo?

—También hice apoyo escolar en María Luisa y trabajé en la Escuela Moreno.

—¿Cuando ingresaste a Aspasid el formato del taller estaba definido?

—Sí pero le pude dar mi impronta a lo largo del tiempo, ya que de ocho a diez horas pasó a 25 horas, y además comparto con otros espacios.

—¿Cuál fue el primer impacto con los chicos con Síndrome Down en cuanto a posibilidades de comunicación?

—Cuando ingresé un compañero me dijo, y luego lo trasladé a todos los ámbitos de la vida, que en educación siempre se trabaja con la frustración personal.

—¿Por qué?

—Porque tal vez uno lleva mil propuestas y funciona una, la cual genera un aprendizaje significativo y un cambio en el estudiante, no solo en personas con discapacidad sino en todas. Se aprende a trabajar con la dinámica de proponer ideas nuevas, sin que importe si salen bien. Hay que ponerse en el lugar del aprendiz para saber lo que necesita en su vida social de intercambio. Las instituciones educativas no deben ser para siempre sino que las personas con discapacidad tienen que tener un trabajo, un lugar en la sociedad, que puedan hablar del amor y formar una familia. Es importante el trabajo en la escuela pero no hay que eternizarlo, lo cual me lleva a pensarme desde otro lugar y trabajar el día a día.

—¿El primer choque?

—Hubo muchos momentos, pero para la primera clase que tuve, un lunes a las dos de la tarde, traje un montón de propuestas y dibujos de animales para reconocer, pero ninguno de los chicos contestó nada durante las dos horas. Por eso fue tan importante el acompañamiento del grupo. Ahora, hace dos semanas, llegamos luego de pasear cinco días por Mendoza, sin los padres, algo que en general no hacen las instituciones de personas con discapacidad.

—¿Qué reflexionaste sobre esas dos horas de silencio?

—Siempre tengo muy presente a (Paul) Watzlawick cuando habla de los axiomas de la comunicación y la imposibilidad de comunicar. Porque en cada acción que hacemos estamos diciendo algo. Tal vez le sacaste una sonrisa, pudiste que te tocara la mano, que te reconozca, que después pueda recordar o elaborar algo… lo cual es mucho más importante. Se resignifica la comunicación, lo que se puede hacer desde los medios más tradicionales o hegemónicos, y el pensar la incursión de personas con discapacidades en ellos. El taller que tengo ahora es de auxiliar en periodismo y prensa, con la idea de que en algún momento puedan realizar prácticas laborales en los medios. En La Red tenemos el programa hace cinco temporadas y las primeras veces quedábamos mudos, o nos llevaba mucho tiempo hacer un micro de cinco minutos. Pero aprendo todos los días junto con mis estudiantes.

—¿Otras situaciones que te hicieron revisar ideas sobre la comunicación?

—Cuando ingresé los chicos hacían radio y lo pedían, y yo quería hacer un radioteatro, pero a ninguno le gustó ya que todos querían hablar de deportes. Igualmente traía autores para leer y frases para memorizar, y tampoco era el interés, sino saber el resultado de Boca, Patronato, la Copa Libertadores… así que viró hacia ahí. La participación de los estudiantes en la propuesta tiene que ser relevante en cuanto a sus intereses y tiempos propios, en todos los espacios educativos.

Cosas de Facheros y picantes

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—¿Cómo aprenden estos chicos? ¿Qué comparaciones hacés con la escuela “común”?

—En educación integral el aprendizaje se da a través de la experiencia, sea por ejemplo, un programa de radio o el mantenimiento de muebles. Si no saben cómo medir con el centímetro, cortamos tres cuerdas de distintas medidas, y se transforma en una nueva forma de aprendizaje. En la escuela común, por sus tiempos y la partición del conocimiento, no hay lugar para proyectos integradores. Desde 2019 vamos a la cancha de Patronato a hacer coberturas y esa experiencia es fundamental, por la vivencia. Como la colaboración que hacemos en la parquización del Parque Berduc, el taller de cine y la elaboración de tutoriales. Hay conceptos que lleva mucho más tiempo trabajarlos pero después los utilizan perfectamente en la vida cotidiana. No me gusta hacer diferencia entre lo que sucede en un aula de una escuela de educación integral y en una de una escuela común. Si tengo un chico que no puede expresarse, no puede establecer un vínculo o se expresa demasiado, está diciendo algo.

—¿Cuándo desarrollaste una sensibilidad especial para comunicarte eficazmente?

—Desde el momento en que un alumno que participa en la clase expresa algo: lo que siente, piensa o desea. Luego los productos comunicacionales mejoran y cambian, pero lo fundamental es esa expresión. Un momento central y determinante fue cuando hicimos el convenio con Diario UNO para hacer en Radio La Red el programa Facheros y picantes, de los cuales me siento uno más, más allá de la coordinación que hago.

—¿La mayor sorpresa?

—Todos los días hay algo nuevo y sorpresas, como cuando te reciben con un abrazo. Cuando Patronato nos abrió las puertas para estar acreditados, y participar en las conferencias de prensa y entrenamientos fue importante. También recibir el premio Ovación, en 2017. Ahora cubriremos competiciones de los torneos provinciales en el autódromo local.

—¿Un personaje?

—Varios, no puedo elegir a uno (risas), pero me quedo con mis cuatro estudiantes: Gonzalo, Rodrigo, Jonatán y Juan Ignacio, del grupo Facheros y picantes.

—¿Algo que nunca pensaste y que descubriste por ingresar a este colectivo?

—Estar en esta entrevista, porque es muy lindo que me pregunten sobre mi proyecto y lo reconozcan. Una de las cosas que más me impactan es que haya sectores sociales que todavía, más allá de lo políticamente correcto que se habla sobre “inclusión”, no abren sus espacios, tanto laborales o para estar dispuestos a hablar sobre amor, deseo y vida autónoma de estos jóvenes.

—¿Por qué se sostienen todavía esos prejuicios?

—Por la larga tradición de asistencialismo, más allá de los avances legislativos y las formalidades. Hay muchos derechos vulnerados.

—¿Tienen espacios en las redes sociales?

—Uno de los jóvenes las administra y según los tiempos subimos los contenidos. Estamos como Facheros y Picantes.

El confinamiento y el desafío creativo

El profesor Barzola describió las particularidades que tuvo el confinamiento en su ámbito pedagógico y destacó como un buen síntoma de la etapa posterior el haber realizado recientemente un viaje de estudios, sin el acompañamiento de los padres.

—¿Qué has revisado de lo aprendido en la facultad con la experiencia hasta ahora lograda?

—La formación es muy amplia y rica lo cual permite transformar o trasladar conceptos destinados a otras actividades, a lo que uno hace, con sus pro y sus contra. Con la pandemia quedó reflejado en el uso de las nuevas tecnologías, en la educación a distancia y virtual, y en el cómo la comunicación se metió en la escuela y sin la cual hubiera sido imposible la educación.

—¿Cómo se vivió particularmente aquí?

—Fue un desafío creativo porque como docente se quiere garantizar el derecho a la educación y generar nuevas experiencias significativas. Hicimos actividades variadas para sostener eso.

—¿Por ejemplo?

—Una que enviamos al Consejo de Educación en torno al trabajo con un relato deportivo, hecho junto con el profesor de Educación Física. Les mandamos fichas a los chicos con dibujos de los jugadores divididos en los equipos Coronavirus y Sociedad argentina. Los estudiantes los fueron completando con delanteros tales como Alcohol en gel, Barbijo, en el arco estaba Gendarmería… y en el equipo Coronavirus, Juntada de amigos, No distanciamiento… Fue un disparador para la creatividad.

—¿Cuál fue la relación más complicada para sostener?

—Lo más dificultoso es la falta de conectividad y escasez de herramientas de muchos estudiantes, aunque no de nuestra escuela, la cual se tornó irremplazable para estudiantes y docentes por lo que significa compartir el espacio, más allá de las burbujas.

—¿Cómo fue la vuelta?

—Fue un año raro. Como todo reencuentro fue difícil pero hay un equipo muy lindo y contamos con el acompañamiento y confianza de los padres y directivos. Lo subsanamos bastante bien, había chicos que no veíamos desde hacía casi dos años y, como te dije, igualmente nos fuimos de viaje.

Comunicadores con trabajo

Barzola es autor de un relevamiento, que fue su tesis, correspondiente a los años 1998-2014 de los graduados en Comunicación Social de la Universidad Nacional de Entre Ríos, período durante el cual se recibieron 300 personas y entrevistaron a 250.

El dato más relevante fue que casi 90 por ciento trabaja en el ámbito de la comunicación y que la mayoría tiene dos o más empleos. En cuanto a esos ámbitos, que se caracterizan por la diversidad, están la salud mental, política, educación, comunicación institucional, y programación digital y elaboración de plataformas y aplicaciones, tanto en Argentina como en otros países.

El trabajo, igualmente, verificó la versatilidad de los profesionales, lo cual habla de la riqueza de dicha propuesta educativa.

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