Secciones
Estudiantes

¡Aprobado! Experiencias escolares en pandemia

Cuando el aislamiento quede en el recuerdo, algunas propuestas que se pusieron en práctica deberán incorporarse a la rutina escolar.

Domingo 05 de Julio de 2020

Por Aixa Boeykens

*Periodista/ Profesora secundaria y universitaria/ Comunicadora Social/ Doctorada en Educación

Fue el día que cumplía 18 años. Ese viernes le tocó hacer el examen de matemáticas de quinto año. El día anterior, había rendido la misma materia pero de cuarto año. Después de ocho veces de presentarse a rendir y salir mal, la sonrisa que desencadenó el “aprobado” no sólo corporizó el alivio sino, también, la posibilidad de saber que finalmente lograba terminar la secundaria y podía continuar con la experiencia de devenir estudiante universitario que había comenzado en febrero.

En el camino quedaba una saga de profesoras y profesores particulares, horas de clases privadas en distintos lugares de la ciudad, rutinas deportivas interrumpidas, eneros cortados en pos de “preparar” la materia. Lo que sucedía era que, al final de esa dedicación, el desenlace solía ser el mismo. Una mesa con muchísimas alumnas y alumnos en un aula atiborrada. Luego, una devolución expeditiva: “Insuficiente.” Y listo. Pero, lo que para algunas y algunos docentes es un trámite, para tantas y tantos estudiantes es una zancadilla que puede trabarla o trabarlo más o menos en su recorrido vital por la escuela secundaria o en su posibilidad de seguir estudiando en el nivel superior o acceder a un trabajo.

Con más o menos matices, esta historia es similar a la de tantas y tantos otros que “adeudan” materias en la escuela secundaria y la llevan previa, o repiten o se cansan de no poder y finalmente dejan el sistema educativo. Algo de eso muestran las cifras. En Entre Ríos, la Dirección de Estadística y Censo Escolar del Consejo General de Educación registraba que en 2018, el 53,33 % de aquellas y aquellos que habían comenzado primer año en 2013 y deberían haber finalizado en 2018, no lo hicieron. Es decir, de cada 10 jóvenes que comienzan la secundaria, cinco (o más) quedan en el camino. Las razones que provocan esto son diversas y múltiples. Claramente, no sólo tienen que ver con las formas de evaluar. Sin embargo, las estrategias de enseñanza y evaluación son parte de este contexto que es preciso analizar.

Ahora bien, si algo permitió movilizar esta inaudita experiencia de la pandemia, es que convocó a la escuela y docentes a imaginar distintos modos de superar la ausencia física del aula para desarrollar vínculos educativos entre docentes y estudiantes. Junto con esto también sucedió que, en general, la sociedad redimensionó el lugar de la escuela como espacio que permite el encuentro y la transmisión de conocimientos. También ayudó a mirar con más cuidado el trabajo de las y los docentes y esa relación que construyen en el encuentro con las y los estudiantes.

Justamente, algunas de estas experiencias colectivas que se pusieron en práctica en este contexto deberán servir para que, cuando la pandemia pase, se incorporen a las prácticas institucionales de las escuelas. Una de estas está relacionada con la decisión política pedagógica que llevó adelante la Escuela Normal José María Torres que pertenece a la Facultad de Humanidades, Artes y Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma de Entre Ríos. La institución propuso tomar las mesas de exámenes para quienes adeudaban materias con un trabajo de acompañamiento intensivo que se inició semanas antes de las fechas establecidas para rendir.

Equipos directivos, pedagógicos, coordinadores de áreas, docentes y administrativos trabajaron de manera articulada con las y los estudiantes y sus familias, para poder desarrollar durante junio los contenidos de los espacios disciplinares que no habían podido aprobar en su momento. Las videollamadas, los teléfonos celulares, las plataformas y las computadoras fueron los mediadores tecnológicos que permitieron que este proceso pudiera llevarse adelante.

El trabajo fue intensivo para las y los estudiantes y para el equipo docente. Hubo explicaciones, guías de trabajo, corrección, ejercitaciones y tareas que debieron entregarse. Cada uno contó con devoluciones y un volver a hacer en los casos en que fue necesario. De este modo, cuando llegó al día de las mesas de exámenes, las propuestas formaron parte de un proceso de evaluación formativa en el que se había venido trabajando durante las semanas anteriores.

La dinámica de trabajo que se implementó permitió tener en cuenta que en la escuela –como en la vida– casi todas y todos necesitamos de otras y otros. Quien más, quien menos, todas y todos precisamos de ese andamiaje colectivo para ayudarnos a desarrollar determinadas habilidades, contenidos o actividades para los que no somos tan buenos o, directamente, somos muy malas o malos en determinadas disciplinas.

Como señala la pedagoga e investigadora argentina Flavia Terigi, las investigaciones educativas muestran que, en la mayoría de las situaciones, “repetir” en la escuela secundaria no ayuda a que las y los estudiantes mejoren su trayectoria educativa ni su relación con el conocimiento. Al contrario, la decisión de que se vuelva a cursar el mismo año incide en que el o la estudiante desapruebe más materias que la primera vez que cursó.

Del modo en que suelen estar organizadas, las mesas de exámenes son el paso previo a que gran parte de las y los estudiantes repitan. En la instancia de preparación de los exámenes, las y los estudiantes suelen estar solos. Si bien en las escuelas puede haber tutorías, el tiempo del que disponen los tutores generalmente es menor al que demanda la preparación de la materia. Si el o la estudiante no tiene dinero para pagar una profesora o profesor que les explique y prepare, las posibilidades se complican.

Parece una tautología: quien no aprobó porque le costaba esa disciplina, queda sola o solo para preparar la materia que no entiende. Y a ello se agrega que la instancia de examen suele ser bastante más exigente a la de otras instancias que se desarrollan en el aula durante el período de clases. ¿Entonces? ¿No será este el momento de cambiar definitivamente estas prácticas de evaluación que no ayudan a “aprender más” sino que contribuyen a expulsar más?

La experiencia que se puso en práctica en la Escuela Normal en este junio de 2020, invita a prestar atención a esta modalidad que ha permitido acompañar con una propuesta formativa a las y los estudiantes en esta instancia de examen. El proyecto asume la responsabilidad de educar desde una trama colectiva e institucional. Este compromiso ético es, al mismo tiempo, político porque incide en la vida de esas y otros sujetos estudiantes en tanto contribuye a que estén dentro y no fuera de ese mundo común que es la educación. Tan sencillo y tan importante como eso. Tan amplia y significativa como la sonrisa que la asesora pedagógica y las profesoras celebraron a través de la pantalla cuando se escuchó el “aprobado” que le permitió saber a este estudiante que terminaba una etapa y era posible continuar otra también vinculada con la educación.

Fue el día que cumplía 18 años. Ese viernes le tocó hacer el examen de matemáticas de quinto año. El día anterior, había rendido la misma materia pero de cuarto año. Después de ocho veces de presentarse a rendir y salir mal, la sonrisa que desencadenó el “aprobado” no sólo corporizó el alivio sino, también, la posibilidad de saber que finalmente lograba terminar la secundaria y podía continuar con la experiencia de devenir estudiante universitario que había comenzado en febrero.

En el camino quedaba una saga de profesoras y profesores particulares, horas de clases privadas en distintos lugares de la ciudad, rutinas deportivas interrumpidas, eneros cortados en pos de “preparar” la materia. Lo que sucedía era que, al final de esa dedicación, el desenlace solía ser el mismo. Una mesa con muchísimas alumnas y alumnos en un aula atiborrada. Luego, una devolución expeditiva: “Insuficiente.” Y listo. Pero, lo que para algunas y algunos docentes es un trámite, para tantas y tantos estudiantes es una zancadilla que puede trabarla o trabarlo más o menos en su recorrido vital por la escuela secundaria o en su posibilidad de seguir estudiando en el nivel superior o acceder a un trabajo.

Con más o menos matices, esta historia es similar a la de tantas y tantos otros que “adeudan” materias en la escuela secundaria y la llevan previa, o repiten o se cansan de no poder y finalmente dejan el sistema educativo. Algo de eso muestran las cifras. En Entre Ríos, la Dirección de Estadística y Censo Escolar del Consejo General de Educación registraba que en 2018, el 53,33 % de aquellas y aquellos que habían comenzado primer año en 2013 y deberían haber finalizado en 2018, no lo hicieron. Es decir, de cada 10 jóvenes que comienzan la secundaria, cinco (o más) quedan en el camino. Las razones que provocan esto son diversas y múltiples. Claramente, no sólo tienen que ver con las formas de evaluar. Sin embargo, las estrategias de enseñanza y evaluación son parte de este contexto que es preciso analizar.

Ahora bien, si algo permitió movilizar esta inaudita experiencia de la pandemia, es que convocó a la escuela y docentes a imaginar distintos modos de superar la ausencia física del aula para desarrollar vínculos educativos entre docentes y estudiantes. Junto con esto también sucedió que, en general, la sociedad redimensionó el lugar de la escuela como espacio que permite el encuentro y la transmisión de conocimientos. También ayudó a mirar con más cuidado el trabajo de las y los docentes y esa relación que construyen en el encuentro con las y los estudiantes.

Justamente, algunas de estas experiencias colectivas que se pusieron en práctica en este contexto deberán servir para que, cuando la pandemia pase, se incorporen a las prácticas institucionales de las escuelas. Una de estas está relacionada con la decisión política pedagógica que llevó adelante la Escuela Normal José María Torres que pertenece a la Facultad de Humanidades, Artes y Ciencias Sociales de la Universidad Autónoma de Entre Ríos. La institución propuso tomar las mesas de exámenes para quienes adeudaban materias con un trabajo de acompañamiento intensivo que se inició semanas antes de las fechas establecidas para rendir.

Equipos directivos, pedagógicos, coordinadores de áreas, docentes y administrativos trabajaron de manera articulada con las y los estudiantes y sus familias, para poder desarrollar durante junio los contenidos de los espacios disciplinares que no habían podido aprobar en su momento. Las videollamadas, los teléfonos celulares, las plataformas y las computadoras fueron los mediadores tecnológicos que permitieron que este proceso pudiera llevarse adelante.

El trabajo fue intensivo para las y los estudiantes y para el equipo docente. Hubo explicaciones, guías de trabajo, corrección, ejercitaciones y tareas que debieron entregarse. Cada uno contó con devoluciones y un volver a hacer en los casos en que fue necesario. De este modo, cuando llegó al día de las mesas de exámenes, las propuestas formaron parte de un proceso de evaluación formativa en el que se había venido trabajando durante las semanas anteriores.

La dinámica de trabajo que se implementó permitió tener en cuenta que en la escuela –como en la vida– casi todas y todos necesitamos de otras y otros. Quien más, quien menos, todas y todos precisamos de ese andamiaje colectivo para ayudarnos a desarrollar determinadas habilidades, contenidos o actividades para los que no somos tan buenos o, directamente, somos muy malas o malos en determinadas disciplinas.

Como señala la pedagoga e investigadora argentina Flavia Terigi, las investigaciones educativas muestran que, en la mayoría de las situaciones, “repetir” en la escuela secundaria no ayuda a que las y los estudiantes mejoren su trayectoria educativa ni su relación con el conocimiento. Al contrario, la decisión de que se vuelva a cursar el mismo año incide en que el o la estudiante desapruebe más materias que la primera vez que cursó.

Del modo en que suelen estar organizadas, las mesas de exámenes son el paso previo a que gran parte de las y los estudiantes repitan. En la instancia de preparación de los exámenes, las y los estudiantes suelen estar solos. Si bien en las escuelas puede haber tutorías, el tiempo del que disponen los tutores generalmente es menor al que demanda la preparación de la materia. Si el o la estudiante no tiene dinero para pagar una profesora o profesor que les explique y prepare, las posibilidades se complican.

Parece una tautología: quien no aprobó porque le costaba esa disciplina, queda sola o solo para preparar la materia que no entiende. Y a ello se agrega que la instancia de examen suele ser bastante más exigente a la de otras instancias que se desarrollan en el aula durante el período de clases. ¿Entonces? ¿No será este el momento de cambiar definitivamente estas prácticas de evaluación que no ayudan a “aprender más” sino que contribuyen a expulsar más?

La experiencia que se puso en práctica en la Escuela Normal en este junio de 2020, invita a prestar atención a esta modalidad que ha permitido acompañar con una propuesta formativa a las y los estudiantes en esta instancia de examen. El proyecto asume la responsabilidad de educar desde una trama colectiva e institucional. Este compromiso ético es, al mismo tiempo, político porque incide en la vida de esas y otros sujetos estudiantes en tanto contribuye a que estén dentro y no fuera de ese mundo común que es la educación. Tan sencillo y tan importante como eso. Tan amplia y significativa como la sonrisa que la asesora pedagógica y las profesoras celebraron a través de la pantalla cuando se escuchó el “aprobado” que le permitió saber a este estudiante que terminaba una etapa y era posible continuar otra también vinculada con la educación.

En esta nota

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario