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Diálogo Abierto

"Yoga es un lenguaje universal, como el de la música"

Entrevista con Carla Valenti, psicóloga. Un abordaje más profundo que el psicoanálisis. Niños y posibilidades ante "lo imposible". Yoga, mente calma y felicidad

Martes 31 de Agosto de 2021

Próximamente se presentará el libro Yoga para niños, que ya se encuentra en formato digital, de la profesora Carla Valenti, quien analizó las posibilidades terapéuticas y de autoconocimiento, al igual que se refirió a su alejamiento del psicoanálisis y a la integración de la psicología con la disciplina india. “Mi experiencia es que las formulaciones y técnicas del psicoanálisis no llegan a la profundidad del yoga”, enfatizó. Igualmente, la integrante de la escuela Rishikul Yogshala describió las contrastantes características cotidianas de la vida en el país asiático y cómo fue su adaptación.

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Cuentos, fábulas y autoestima

—¿Dónde naciste?

—En Paraná, calle Tejeiro Martínez, en 1984.

—¿Cómo era la zona en tu infancia?

—Alegre y luminosa, con casitas lindas y mucho verde; jugábamos en la calle, muy segura, cerca del centro y del parque.

—¿Otros lugares de referencia?

—La Casa de Gobierno y la Escuela del Centenario.

—¿A qué jugabas?

—Era muy fantasiosa, creaba mis aventuras, casitas y carpas, y andaba en patín, patineta y bicicleta. También jugaba en el barrio de mi abuela, por el puerto. Dibujaba mucho y disfrutaba la escuela.

—¿Había un límite que no podías trasponer?

—Era cuidadosa pero me sentía muy libre, sin miedo.

—¿Qué actividad desarrollaban tus padres?

—Fueron bancarios, y luego se dedicaron a sus pasiones: mi papá dibujaba, era muy inteligente y se dedicó al diseño gráfico, y mi mamá puso un negocio de ropa infantil hasta que estudió yoga y fue profesora. Los dos fallecieron.

—¿Sentías una vocación?

—No; decía que quería ser actriz (risas) pero nunca hice nada relacionado. En la secundaria me costó decidirme.

—¿Qué materias te gustaban?

—Todas. Fui a la Escuela de Comercio Nº 1 y las comerciales no me gustaban, sino las humanísticas y Psicología. A los 15 años me compré un libro sobre cómo mejorar la autoestima.

—¿Leías?

—Mucho; en invierno estaba toda la siesta leyendo.

—¿Libros influyentes de la infancia?

—Mis padres me leían cuentos para niños, como La escuela de las hadas, historias clásicas y fábulas, muy necesarias porque enseñan valores a través de metáforas.

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Yoga: acompañando a mamá

—¿Qué decidiste estudiar?

—Diseño de indumentaria, pero al medio año me di cuenta que ¡nada que ver!; luego comencé Psicología, sin estar segura, me fui a Córdoba y la carrera la hice bien.

—¿Tuviste algún formador importante?

—Sí, psicoanalistas, y de otras corrientes que no aproveché porque sino las hubiera elegido, pero aún no me había dado cuenta de qué era lo que me gustaba. Sigo conectada con la Psicología pero con una mirada más humanística y cognitiva-conductual, que es muy útil.

—¿En qué enfoque te formaste?

—Psicoanálisis clásico, Freud y Lacan, me involucré en ese ambiente en Córdoba pero solo un tiempo. Antes de recibirme hice prácticas en centros terapéuticos de niños. Me recibí, me quedé dos años trabajando en el Centro Terapéutico Máximo Ravenna, mientras mi madre estudiaba yoga en Paraná, me dijo que había un gran maestro allá, me preguntó si no me gustaría estudiar y le dije “dale”.

—¿Habías practicado?

—Mi mamá me llevaba cuando practicaba y yo era chiquita. Durante la relajación me emocionaba mucho y me daba cuenta de que era no solo físico. A la noche, mi mamá me guiaba con una relajación para que me quedara dormida. Pero nunca me imaginé ser profesora.

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El poder de la relajación

—¿Revisaste el psicoanálisis?

—Totalmente, cuando comencé esas primeras prácticas con niños, aplicando técnicas de yoga, que me servían mucho más que lo aprendido en Psicología. Descubrí mi pasión.

—¿Hubo un caso puntual?

—Era un grupo de niños de un barrio humilde donde dábamos un taller de música y canto, porque era muy difícil contactar ya que tenían psicosis o esquizofrenia severa, vivían en otra realidad y no tenían lenguaje. Comencé a probar con yoga y me di cuenta e impactó que también era un lenguaje universal como la música. Comenzaron a relajarse, porque son cuerpos muy tensos. Iba aplicando a la par las técnicas que aprendía en el profesorado y descubrí posibilidades donde otros profesionales o los libros decían que era imposible.

—¿Cómo convivía el abordaje psicoanalítico con estas prácticas?

—Tuve suerte porque era un centro terapéutico con profesionales jóvenes, de mentes muy abiertas y me aceptaron, y además sabían que yo estaba estudiando.

—¿Qué fue lo primero que “desarmaste”?

—El psicoanálisis lacaniano se centra mucho en el lenguaje, en el significante-significado: es importante escuchar el discurso de otro pero hay mucho más allá de eso, incorporando el cuerpo. Lacan luego lo hace pero de otra manera. Salí de eso y lo hice a través del yoga, considerando también la mente, lo vibracional y energético. Me resultó un idioma más simple que las últimas obras de Lacan, que “no me latían”. El ser humano y la Naturaleza son más simples.

—¿Fue importante el maestro mencionado por tu mamá?

—Muy importante; es Jorge Bidondo, y su mujer. Cuando fui a India me di cuenta de que lo aprendido con ellos era muy similar, ya que él viaja todos los años.

—¿Es Hatha Yoga?

—Armó una escuela que se llama Ayur Yoga Vital, una integración de varios tipos de yoga y como una rama del Hatha. En 2012, mientras cursaba tercer año, se organizó un viaje en el cual fuimos con mi mamá y hermana, en un grupo de cien personas que incluía a médicos. Fue bueno porque era con traducción al español y estuvimos en un mes.

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La India y sus contrastes

—¿Cuándo retornaste?

—Al volver de Córdoba, saqué una visa de trabajo para Nueva Zelanda, donde viví dos años y medio, y aprendí a hablar muy bien en inglés; estuve en Vietnam, Camboya y Tailandia, dando clases de yoga para niños, hasta que me fue a visitar mi madre y fuimos a India.

—¿Lo más impactante?

—Es fuerte apenas pisás. No fue un amor a primera vista ni me imaginé viviendo allí. Cuando comenzás a andar por las calles, la polución, la cantidad de gente… la cultura, la comida muy picante, la modalidad para enseñar más simple y humilde…

—¿Lo más insólito?

—(risas) ¡Tantas cosas! Era insólito ver cómo se toman todo tanto a la ligera. Al principio, ver la vida alrededor del río Ganges, cómo se bañan, adoran y hacen ofrendas a sus dioses, sus diferentes prácticas y rituales cotidianos de yoga, dotados de significado… Viven en estado de presencia ante lo cotidiano, mientras que acá se vive en automático y rápido.

—¿Se concilia con las formas occidentales?

—Es un contraste muy grande, sobre todo el yoga que se muestra en las redes sociales, que no tiene mucho que ver con el verdadero, por el énfasis en las posturas y en lo acrobático, cuando el fin es totalmente distinto. El maestro muchas veces da un montón de clases pero hay que ver su grado de práctica personal, fundamental para trasmitir la vivencia. Pero gracias a Dios hay personas muy estudiosas y practicantes.

—¿Qué diferencias se notan, físicamente, en un practicante indio?

—Hay que considerar, también, que se occidentalizó mucho. Son cuerpos más flexibles; la alimentación es sobre la base de cereales, legumbres y verduras. En Rishikesh, “la capital internacional del yoga”, está prohibida la carne porque las vacas son sagradas, lo cual sucede en todo el país, también por la imposibilidad de alimentar a toda la población. Además, se sientan en cuclillas para comer y limpiar; tienen “barriguita” y son más relajados en la vida cotidiana, muy simple en lo material y que a muchos les parece “miserable”.

—También hay una estructura social determinante.

—Las castas siguen vigentes, aunque menos que antes y más en lo cultural que en lo legal. Tienen educación y salud bastante públicas, y económicas, que he utilizado.

—¿Experiencias físicas profundas?

—Las más intensas fueron cuando estudié el profesorado, a través de la meditación profunda, logradas con la práctica. Pero no hay que poner ese sentido “mágico” de que tendrás una gran experiencia sino que es un camino diario, sin expectativas. Si pasa algo “mágico” (otros estados de conciencia) los maestros dicen que hay que desapegarse, más allá de disfrutarlo, porque en otra oportunidad será distinto.

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Lo cotidiano y la felicidad

—¿Cuándo descubriste lo esencial?

—Es un recorrido; quizás comencé a entenderlo mejor al quedarme a vivir, en 2017, y conviviendo con maestros. Estuve siete meses y a partir de ahí me di cuenta de que el yoga está inmerso en lo cotidiano y no es lo que hacés en un salón o sobre una esterilla. Lo que trasmito en las formaciones para niños es que se trata de un estado natural, de conexión con el todo y consigo mismo, que se pierde a medida que crecemos.

—¿Por qué te involucraste tanto?

—Por mí autoconocimiento y autopráctica, y porque observaba los beneficios y cambios que lograba. A la vez se fue combinando con lo que elegí como trabajo. Cerraba perfectamente y estaba feliz. Tras varios meses de voluntaria en la escuela surgió la posibilidad de ser traductora, del inglés al español, de maestros indios. Con mi compañero Roberto, español, y una compañera vasca, Gurutze, trabajamos con personas latinas que toman cursos intensivos. Volví para despedir a mi madre, cuya muerte fue muy próxima a la de mi padre, en plena pandemia, tuve que permanecer encerrada dos meses y medio, y no pude estar con ella ni con nadie. Fue durísimo y tuve que reinventarme.

—¿Cómo se vivía allá el confinamiento?

—Estuve cuando comenzó la pandemia, en marzo de 2020. Por ser extranjera pensaban que era europea y había cierto rechazo, mientras comenzaban a usar barbijos. Sentía que las puertas se cerraban tras de mí. Tomé uno de los últimos vuelos, a punto de cancelarse, que ingresó a la Argentina, llegué, me aislé y tuve el virus. Fui el caso seis de Paraná y me contagié en el vuelo.

Integración y sabiduría

—¿Cómo definís tu integración entre psicología y yoga?

—La veo más desde el yoga porque es unión, su definición más superficial. El Yoga lo es todo, así que se podría integrar cualquier cosa, y la Psicología también es así, ya que podés aplicarla en diferentes contextos: escolar, empresarial, de la salud, educativo… Son dos disciplinas muy permeables, fáciles de combinar, pues hablan de lo humanístico y existencial, aunque la Psicología está limitada a lo mental.

—¿Tu mirada yogui del psicoanálisis?

—(Risas) ¡Qué difícil! No sabría bien… Freud mira mucho lo que pasó en la infancia y por algo será, ya que se configuran muchos patrones, por el estado de conciencia tan permeable. En el yoga encontré un lenguaje más ameno y ya no uso el psicoanálisis.

—¿Tu opinión psicoanalítica de esta ciencia oriental?

—(Risas) ¡Me cuesta mucho; no puedo!

—Hay que salir de la zona de confort.

—(Risas) Si fuera una psicoanalítica pura… ellos lo verían como un camino en el que el deseo del paciente está puesto ahí, en una disciplina dogmática, más allá de que no lo es, sino que es una filosofía de vida. Cada uno tiene que encontrar su camino. El psicoanálisis es una técnica donde a través de diferentes manifestaciones como sueños, actos fallidos, el humor, los significantes en el discurso, entre otros, se busca hacer el camino a la inversa de significante en significante hasta llegar a su núcleo inconsciente. El yoga también tiene como consecuencia hacer consciente lo inconsciente. Ambos bogan por un campo mental más sintonizado con nuestro propósito, y que nos produzca menos sufrimiento. Mi experiencia es que las formulaciones y técnicas del psicoanálisis no llegan a la profundidad del yoga, ya que en vez de centrarse tanto en el discurso y en la asociación libre, se enfoca en la concentración, en la relajación y la meditación, que no tienen otro fin que el cese de las fluctuaciones de la mente. Una mente calmada es una mente más feliz.

—¿El mayor desaprendizaje logrado?

—Aprendí a no hacerme problema si algo se trabó o no funcionó para mi mente, a sonreír, a bajar el nivel de las expectativas, y si las hubo y no salió cómo querías, bajar el nivel de frustración. Está todo bien como es, calmate; no tenemos el control como creemos (risas). Hay una conciencia superior que lo digita, en un camino de aprendizaje de mi alma.

—¿Publicás en las redes?

—Lo laboral lo publico en el Instagram carlaindilayoga.

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“Los niños están en estado natural de yoga y presencia”

“Con mucho tiempo y paciencia, un niñito que ni siquiera quería sacarse los zapatos ni hacer nada, se fue sumando y luego de un año se descalzó”, recordó la instructora al analizar uno de los casos que más la impactó en el trabajo que ahora es su especialización: el yoga para niños.

—¿Te enfocaste en los niños por tus primeras prácticas?

—Me marcaron y siempre me sentí inclinada porque me trasmitían ese estado natural de yoga, de inocencia, presencia, humor y de tomar todo como un juego. Fue con quienes primero experimenté estas técnicas.

—¿Qué sobresale comparado con los adultos?

—Tuve la suerte de no tener esa comparación porque no trabajaba con adultos. En general, es ver que no ponen la mente y el juicio ante las experiencias, se dejan llevar y disfrutan. Luego comencé a estructurar una práctica más ordenada, también para poder trasmitirlo a otros, pero con las mismas técnicas.

—¿Qué observás luego de determinado tiempo de práctica?

—Una apertura hacia el amor, que en el niño está muy presente. Trabajé con niños muy difíciles, con distintos diagnósticos y medicaciones, y con quienes costaba la interacción y la atención. Con mucho tiempo y paciencia, un niñito que no se quería sacar los zapatos ni hacer nada, se fue sumando, muy de a poquito comenzó a disfrutar, lo cual crea una relación de cariño y amor, que es muy necesaria. Recién a fin de año se sacó los zapatos.

—¿El libro recoge estas experiencias?

—Es una herramienta útil para trasmitir a los niños, a través de una historia y con su lenguaje, qué es el yoga, e incluye lo que es una clase con diferentes posturas e imitando a animales. Es mi propio material didáctico y tengo otras ideas a editar.

—¿Es para niños que practican?

—Es un cuento para tener en la casa y mi propuesta es que la familia haga yoga: el adulto que cuenta el cuento y todos los niños que estén, aunque no tengan conocimiento. Es un formato fácil y explico, a través de una historia entretenida, cómo hacer las posturas.

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