Tras el fallecimiento de su padre en 2001, Fernando Canzonetta encontró entre sus pertenecías una caja de zapatos con estampillas y billetes, y tarros con monedas. Él, por su parte, había conservado revistas de Patoruzú, Disney, El Gráfico y Humor, libritos conmemorativos de Anteojito, fascículos encuadernables, autitos de colección, aviones y soldaditos, discos de vinilo, Rasti, y el hoy considerado uno de sus tesoros más apreciados y siempre en crecimiento, los muñequitos de chocolates Jack. Todo, fruto de que su madre nunca escatimó en regalarle, por su condición de hijo único. Desde aquel momento se inició una pasión desenfrenada por adquirir y conseguir más monedas y billetes, postales antiguas de Paraná, bolígrafos con marcas comerciales, sobrecitos de azúcar, de distintos bares, ciudades y países, y mucho más. Al punto que la cantidad estimativa del total de piezas sería “cerca de un millón.”
Fernando Canzonetta, coleccionista: "Por ocho años compré todo"
Fanatismo, desenchufe y conocimiento
—¿Cuáles eran tus pasiones anteriores?
—Desde chico quise ser astronauta, como no daba fui a la Asociación Entrerriana de Astronomía, compré libros y un telescopio, y pedía material a la NASA, que conservo. Fui a estudiar a Córdoba, no aguanté el desarraigo más que un año, volví y comencé en la Facultad de Informática. En los 90, con el uno a uno, la pasión fue viajar.
—¿Qué significación tenía lo guardado, antes de ser coleccionista?
—Siempre me gustó guardar cosas y pensaba que en algún momento podía continuar, pero en los 90 no me daba por eso. No imaginé que hacer un click y comenzar a coleccionar. Estoy tratando de recuperar juguetes antiguos, especialmente los que tuve, y que mi vieja regaló en las iglesias. Tuve los mejores juguetes y novedades, y solo conservo diez por ciento, incluyendo la pista Scalextric y los Rasti. Me arrepiento de haber vendido juguetes de lata.
—¿Cuál es la satisfacción profunda?
—Me da tranquilidad y me distrae. En invierno me siento con un cafecito y música, miro las colecciones y catalogo, ya que primero compro y cuando tengo ganas clasifico. En su momento programaba mucho y arreglaba computadoras, soy analista de sistemas, y esto era el desenchufe de tanto tiempo frente a la pantallita, con la cabeza llena de números y fórmulas.
—¿Te transporta a otros momentos?
—Con las monedas viejas aprendés Historia o el porqué de determinado billete, lo cual te enriquece. Es un disparador para adquirir conocimientos: tengo varios billetes de la Rusia zarista, entonces estudias, por ejemplo, la muerte de Nicolás II. Tengo unos 500 billetes de Alemania del fin de la Segunda Guerra hacia atrás –incluso hasta 1800–, de los nazis, de la Primera Guerra Mundial –cuando se fabricaban en otros materiales como tela, madera, porcelana y mayólica. Durante la hiperinflación alemana –década de 1920– cada ciudad hacía bonos y muchas veces no había papel moneda, así que eran del material de sus producciones. El primero que tuve fue de tela.
—¿En otra época pesaba más otro aspecto?
—Cuando comencé quería tener todo: iba a casas de numismática en Buenos Aires, conocía coleccionistas por Internet y les compraba mucho, indiscriminadamente. Luego te das cuenta de que tenés mucho pero no sabés qué. Decidí parar, analizar qué me gusta y orientarme hacía allí, porque sabés que nunca tendrás todo. Es el paso de la acumulación al coleccionismo. En numismática, me dedico a ciertos rubros, países o temáticas, lo cual no tiene un final, pero sé que no es una cantidad tan grande para buscar. Ahora, en un congreso o exposición, no me abalanzo sobre una bandeja de monedas a comprar todas como sucedía antes, sino que voy con un objetivo.
—¿Cuánto duró la etapa de fanatismo por comprar en cantidad?
—Siete u ocho años.
Apego y espacio
—¿Invertís un monto determinado?
—Todos los meses, que no se entere mi señora, dedico cierto monto y a veces me zafo. Si surge algo excepcional y cuesta más, trato de ahorrar ese dinero y lo dedico a eso.
—¿Te desprendiste de piezas?
—Soy reacio porque conseguirlas tiene un costo, si bien he vendido y canjeado. La colección de lapiceras la quiero vender, por cuestión de espacio, ya que son ocho cajas de zapatos. Antes de mudarme a esta casa, más chica, perdí mucho y me costó. Ahora trato de no guardar tanto, no solo por el espacio sino porque hay una persona que no me deja acumular porque “junta tierra” (risas).
—¿Qué sentís al dejarlas?
—En el momento me cuesta, pero digo hasta acá llegué, cierro una etapa y aparece otra cosa, como todo en el vida.
—¿Nunca pensaste en abandonar la afición?
—Desde que comencé, no; cuando era más compulsivo me frustraba querer algo y no tener el dinero para adquirirlo. Estoy más calmado y si no lo consigo no me hago tanto problema.
Viaje a la infancia
—Un supuesto: vendés todo por el monto deseado. ¿Qué hacés con ese dinero?
—Últimamente estoy viajando mucho, sobre todo con mi señora, así que lo invertiría en viajes que no pude hacer antes, sobre todo por Argentina.
—Sigo: viajás lo deseado y te queda mucho dinero. ¿Qué comprás para coleccionar?
—¡Uh! En los 70 había muchos álbumes de figuritas, que mi vieja me compraba y desaparecieron, no sé cómo. Siempre tuve la idea de volver a comprar los que tuve. Son caros y hay uno que todos los coleccionistas quieren tener: el del Mundial 1974, en Alemania, que tiene que estar entre $ 80.000 y $ 100.000.
—¿En algún punto te hace sentir un niño?
—No, me lleva a la infancia, porque recuerdo cuando jugaba con algunos juguetes. Estoy tratando de completar la colección de las cartas Tope y Cuartet, ilustradas con autos, motos y barcos. Los tuve y recuerdo cuando jugaba con mis primos. Y en el pasillo de mi casa, solo, con soldaditos, bolitas y autitos de colección. Vuelvo ahí, donde pasaba todas las tardes.
El informático y lo físico
—¿Internet quitó algo de la pasión por buscar, al facilitar el acceso a prácticamente todo?
—Me abrió más el abanico de posibilidades para encontrar lo que me gusta y es una solución. Cuando comencé estaba Mercado Libre y había dos o tres personas con quienes hablaba por teléfono, me carteaba o comunicaba por email. Ahora en el celular tengo entre 20 y 30 grupos numismáticos, donde se venden, compran y subastan piezas, al igual que en Facebook, donde hay rifas y en los cuales he ganado muchas piezas de plata. Conocí a mucha gente de México y Estados Unidos.
—¿Te atraen los no fungibles coleccionables?
—No; me gusta tener lo físico, para guardar. Por el Mundial está el álbum físico y el digital. Puedo tener el digital pero no lo descargué porque no me gusta. Compré el álbum y algunos paquetitos, pero no se consiguen.
LEER MÁS: La riqueza arqueológica que vive en el anticuario
—¿Qué define a un buen coleccionista?
—Tener contactos con gente que sepa más que vos o que haya escrito libros, además de leer, ver videos, asistir a charlas y tener catálogos de referencia, en papel, sean de numismática u otra colección. Hay que desconfiar de quien viene a ofrecerte algo, sin pedirlo. Cuando compraba indiscriminadamente publicaba un aviso en el diario y venían algunos con la idea de hacerse ricos a costa de mí.
—¿Dónde guardás?
—Aquí (living repleto de piezas), allá (señala hacia otro lugar) y en el placard de mi pieza. Mi señora siempre me dice por qué no expongo y es por lo mismo, porque no tengo espacio. El día que la hija de mi señora se vaya, su pieza es mía, pondré estantes y expondré algunas cosas. Igualmente tengo los discos (de vinilo) pero no tengo tocadiscos, que tendré cuando tenga esa pieza.

















