Diálogo Abierto

De Eslovenia a Argentina, abuelos, trabajo y ascenso social

Entrevista con Guillermo Princic. Posibilidades para todos. Enojo, vuelta a Eslovenia, fascismo, guerra, prisión y retorno. Hacer plata para mandar.

Sábado 11 de Junio de 2022

El arquitecto Guillermo Princic relata la historia de sus abuelos y padre, con similitudes a la de miles de inmigrantes pero no por eso carente de espíritu pionero, sacrificio, desarraigo y valores marcados a fuego, de quienes se veían desde Eslovenia atraídos por una Argentina que crecía y solo ofrecía posibilidades de ascenso social y progreso material. “En 1910 llegó mi abuelo, dejando en Eslovenia a dos hijos, a mi abuela y a su mamá”, apunta el presidente de la asociación eslovena Triglav de Entre Ríos.

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El abuelo, la venida y lo imperdonable

—¿Dónde naciste?

—En Paraná y me crié en esta casa (Maipú casi Cura Álvarez), cuando me casé me fui a vivir a tres cuadras y luego compré una casa en calle Racedo.

—¿Cómo era esta zona en tu infancia?

—Muy linda, tranquila, nos criamos jugando en la calle, íbamos a la Escuela Santa Fe y jugábamos en Quique, hasta que a los 17 años jugué al rugby en Rowing. Vivían muchos ferroviarios por la proximidad con la estación.

—¿Otros juegos?

—A la bolita y al fútbol, en la calle, y en la Escuela Industrial nos enseñaron sóftbol.

—¿Leías?

—Sí, aunque no era gran lector, Billiken, Anteojito, Patoruzito, mi vieja nos metía algunos libros, y en la escuela el Martín Fierro y literatura gauchesca. Hubo un libro, Grishka y su oso, que leí a los siete años y me impactó por el vínculo de ese niño con uno oso. En la Industrial estábamos mañana y tarde.

—¿Sentías una vocación?

—Cuando era chico decía que iba a ser médico y tal vez se lo trasmití a mi hija, que lo es. Cuando era chico hacía casitas y luego me gustó la construcción.

—¿Materias predilectas?

—Todas, el taller de tornería me encantó, aunque la onda era seguir construcciones y me recibí de maestro mayor de obras.

—¿Qué estudiaste al terminar?

—Soy arquitecto y me encanta la docencia, así que di clases en la Industrial. Aunque imaginé hacer más, laburé bastante y lo que más hice fueron reformas de viviendas, y un par de edificios. No me puedo quejar.

—¿En la arquitectura de Paraná hay indicios relacionados con lo esloveno?

—No. En Cerrito hay una arquitecta, Mariela Sebernich, nieta de eslovenos, quien está haciendo un relevamiento de viviendas y construcciones de los primeros eslovenos en la colonia, y sacando características propias del oficio con que vinieron. El fogolar, un fogón grande con campana donde cocinaban con leña dentro de la casa, lo trajeron de allá, pero no lo vi en ninguna casa en Paraná. Era propio del norte de Italia.

—¿Quién de tus ancestros llegó acá?

—Mi papá, a los nueve años.

—¿Con tu abuelo?

—Vinieron separados por una cuestión económica: en 1910 llegó mi abuelo, dejando a dos hijos, a mi abuela y su mamá. Vivían en una zona rural.

—¿A dónde llegó?

—A San Benito, donde hay muchos eslovenos, luego le prestaron una casita prefabricada en calle Larramendi, zona de Bajada Grande, donde también había eslovenos y croatas. Pasaron dos años, mi abuela no tenía noticias, vino sola a buscarlo y lo encontró luego de un mes. Imaginate a una mujer sola y sin hablar español. La primera reacción de mi abuelo fue de enojo por dejar los chicos, hasta que lo convenció de volver. Vuelven y al poco tiempo comienza la guerra de 1914, lo cual nunca le perdonó.

—¿Todos los Princic comparten el mismo árbol genealógico?

—Sí; todos vinieron desde allá, no hay dudas, aunque anotados de distintas formas.

—¿Algunos llegaron antes que tu abuelo?

—Deben haber llegado junto con él, lo que pasa es que se volvió, luego de diez años, y quienes vinieron primero se quedaron.

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“Vayan, trabajen y manden plata”

—¿Qué oficio tenía?

—Era trabajador golondrina, en la cosecha de algodón, trigo y maíz, y sabía bastante de construcción. Vio que había mucho laburo, posibilidades de crecer y tener un terrenito. Allá trabajaban la tierra para un patrón.

—¿Participó de la guerra?

—Sí. Eslovenia estaba en el Imperio austrohúngaro, aliado de Alemania. Mi abuelo no los quería a los austríacos porque trataban a los eslovenos como ciudadanos de segunda y tenían que hacer las tareas más pesadas. Al año de comenzar la guerra cayó prisionero de los italianos durante un año, volvió a Eslovenia, ya había nacido el tercer hijo, y tuvieron tres más, siendo mi viejo el último. La situación no cambiaba, había “olor a otra guerra”, decide venirse, mi abuela le dice que se lleve los dos hijos mayores, 16 y 14 años respectivamente, que trabajen y manden plata. En el viaje mi tía conoció a un esloveno, se ponen de novio, se casan y éste hombre, de apellido Jordán, compró un terreno en calle Maipú.

—¿Y tu abuelo?

—Se instaló con su hija y su yerno, trabajaban y juntaban plata. El mayor de los cuatro que estaba allá, de 13 años, ingresó a una banda de música del Ejército. Cuando tenían la plata para venir salieron de Trieste. Mussoloni había invadido parte de Eslovenia, así que mi papá, los otros hermanos más chicos y mi abuela partieron en 1936 con documentos italianos, sin hablar dicho idioma. Papá contaba que cuando entraban al aula tenía que saludar la imagen del duce. Al que tocaba en la banda no lo dejaron venir, al igual que a la suegra de mi abuelo por considerarla “vieja”, teniendo 50 años, con lo cual fue un mar de llantos. Así que a nuestra bisabuela Úrsula no la conocimos.

—¿Lo conociste?

—No, ni siquiera mi mamá, porque el padre de mi viejo murió cuando él tenía 14 años.

—¿Y a tu abuela?

—Sí, tengo fotos.

—¿Cómo era?

—Una vieja atravesada para hablar, de perfil bajo y buen carácter, agachaba la cabeza y laburaba como un perro. Poco hablar y mucho hacer.

—¿Qué costumbres preservaron?

—La comida, las juntadas, porque eran muy familieros, y algunos remedios caseros, como el vino caliente. Cuando papá llegó acá tenía una sobrina nacida acá, de la primera hermana que vino. Le llevaba ocho años y esa prima hermana mía me lleva más de 20 años. Pero mi abuela siempre trató de que la familia estuviera muy unida, trabajar, ser honestos y que la palabra fuera un documento.

—¿Trajeron objetos?

—No… muy poco… vinieron con una valijita pelada, con algunas pilchas. Guardaban unos anteojos de mi abuela que eran metálicos, sin marco en la parte de abajo, muy antiguos, y en la casa de mi tía había algunas herramientas.

—¿Qué oficio desarrolló tu abuelo?

—El de albañil y sus hijos lo que pudieron: el mayor entró a “la portland” (fábrica de cemento San Martín), donde se concentraban muchos eslovenos, al igual que entre los ferroviarios. Había muchos albañiles y constructores buenos, como Planischec y Devinar. Mi tío, casado con la hermana mayor de mi viejo, vino sabiendo el oficio de carpintero, y al morir tan joven mi abuelo fue como un segundo papá para mi viejo y lo ayudó cuando compró este terreno. Todo lo que es de madera (señala una mesa, sillas y aberturas) lo hizo mi tío, a quien mi viejo lo amaba. Era simpático pero no hablaba.

—¿Qué comían?

—Hacían mucho goulash, una especie de guiso, y mucho repollo fermentado con el que mi viejo me tenía… Me llamaba la atención que mi viejo tenía el paladar acostumbrado para comer dulce con salado, lo cual me parecía horroroso. Pero mi vieja, maestra, nada que ver porque es más criolla, nacida y criada en Crucesitas 7ª. En casa dominó más lo criollo.

—¿Aprendiste algo del idioma por entonces?

—No, casi nada. Mi abuela se ocupó de que mi papá y su otro hijo más chico no lo hablaran tanto, para adaptarse e integrarse más rápido.

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Argentino, parco y militante

—¿Tu papá fue ferroviario?

—Comenzó primer grado a los nueve años, terminó la primaria y la secundaria en la Industrial, donde se capacitó en tornería, ingresó al ferrocarril donde fue jefe de Herrería, estuvo 31 años hasta que los militares lo echaron por cuestiones políticas, y siguió haciendo trabajos particulares de herrería con un pariente. También tuvo la cantina de La Friulana, hasta que se pudo jubilar.

—¿Contaba esta historia?

—Era de hablar poco pero cuando nos juntábamos con otros tíos relataba más. Toda la vida nos dijo que era yugoeslavo porque Eslovenia era parte, hasta independizarse hace 31 años. Fue el único de los hermanos que se nacionalizó, a los 18 años, porque le dijeron que para algunos laburos era mejor ser argentino antes que extranjero. Además ya se interesaba por la política y quería votar.

—¿Cuándo tomaste más consciencia de la historia familiar?

—Cuando me casé y tuve hijos comencé a hablar un poco más con mi viejo, y le preguntaba por qué no nos había comentado determinadas cosas, como dónde vivían allá y cómo era el pueblo. Tenía que sacarle cosas “a tirones”.

—¿Qué recordaba?

—Poco, y fue un error mío y de mis hermanos comenzar a preguntarle cuando yo tenía 48 años. Me cayó tarde la ficha y nos pegamos más a la familia de mi vieja que a la de él, que eran gringos más “fríos” y distantes.

—¿Qué influencia tuvo para dedicarse a la militancia política?

—De la familia no, porque fue el único. Siempre tuvo un carácter anarquista, se afilió al Partido Comunista y estuvo en el gremio, lo cual nos trajo muchos problemas. Cuando yo tenía cinco años los militares nos pateaban la puerta de casa. Durante la presidencia de (Arturo) Frondizi estuvo preso ocho meses en la isla Martín García, recién casado y con mi vieja embarazada. Después, cada tanto, “nos visitaban”, buscaban armas y libros, y una vez hubo un policía tres meses en la puerta. El último castigo lo recibí yo porque, teniendo pie plano, me mandaron a Corrientes a hacer la colimba, sin entender por qué.

—¿Pudo volver a visitar?

—No; murió hace siete años. El hermano que tocaba en la banda vino acá a los 20 años y luego pudo volver a visitar. Cobraba una pensión de Italia.

Las oleadas migratorias y la grieta de los eslovenos

Princic describe y diferencia las tres corrientes migratorias eslovenas que llegaron a la Argentina: “Las dos primeras oleadas llegaron con hambre y necesidades, mientras que la última, corrida por el comunismo, tenían buena posición económica”, remarca, y se refiere a las actividades de la entidad que preside.

—¿Cuántas corrientes inmigratorias hubo?

Tres grandes: la primera fue la general, de 1860-1880, cuyas familias las mandaron a Formosa, Misiones, Chaco y Paraguay (risas), cuando en Eslovenia hay nieve y mucho frío. Urquiza captó algunos y los llevó a Pueblo Brugo, María Grande, Hasenkamp y Cerrito, con lo que se formó una comunidad bastante grande. La segunda, entre ambas guerras mundiales, fue en la que vino mi viejo, y la última es la que llegó amenazada y que disparaba del comunismo, que se instaló casi toda en Buenos Aires. ¡No sabés la grieta que hay!

—¿Por qué?

—Huyeron del régimen comunista pero antes fueron colaboradores de los nazis y estaban enfrentados con los partisanos. (Josip Broz) Tito (líder comunista y “arquitecto” de la segunda Yugoeslavia) fue un partisano y cuando accedió al poder mataron a muchos eslovenos colaboradores nazis. La gente que provino de esta oleada es de derecha, muy católica y tenían buena posición económica, al contrario de las anteriores, que llegaron con hambre y necesidades.

—¿Cuándo te interesaste por la actividad institucional?

—El señor (Carlos) Bizai (ex cónsul), que escribió un libro, hizo una convocatoria y yo fui, y antes había hecho averiguaciones con el documento italiano de mi viejo en el consulado italiano. En esa charla le pregunté a Bizai si yo realmente era esloveno y me dijo que “Princic es como los Pérez para los españoles”. Pasaron unos años, me acerqué a la asociación y comencé a participar. Estar de presidente me trae problemas porque no soy amante del protocolo, no me gusta hablar y me pongo nervioso.

—¿Descubriste aspectos desconocidos?

—No sabía casi nada de Eslovenia porque mi viejo solo nos enseñó a contar hasta diez en esloveno. Descubrí un país simpático, maravilloso, chico como Tucumán pero reconocido en Europa, al cual tuve la oportunidad de conocer. Me imaginé un país más italiano, desordenado, pero es diferente, y defienden su idioma. La nación eslovena es antiquísima y se remonta al Imperio Romano, aunque no tuvieron un territorio propio hasta recientemente.

—¿Encontraste ascendientes?

—Fui sin hablar del idioma y en la zona rural no hablan inglés, que lo hablan mis hijos. Llevé la partida de nacimiento de mi viejo. Su pueblo se llama Ozeljan, a seis kilómetros de Gorizia, cuya mitad es eslovena y la otra mitad, italiana, divididas por vías del tren. En el documento dice “casa 14” pero no la encontramos.

—¿Cuáles son los apellidos más antiguos?

—Podversich, Bizai, Benedetich, Cian, Colja, Cumar, Devetac, Fatur, Flander, Jordan, Laurencig, los Princich somos los más numerosos… (hay un listado en eslovenoser.com.ar).

—¿Qué apoyo tienen del gobierno esloveno?

—Recibimos un aporte económico para enseñar el idioma, financiar ediciones y otros proyectos.

—¿Cuáles son las actividades estables?

—La enseñanza del idioma, traeremos gente de Rosario para formar un grupo de danza y estamos organizando un taller de cocina. Una vez al mes, a través de Internet, hay trasmisiones con distintos relatos y temáticas.

—¿Hay quienes desconocen su origen?

—Sí, hace poco a una chica conocida, de apellido Cian, le dije que era eslovena, y lo desconocía. A otros no les interesa.

—¿Cuántos socios son?

—Unos 350. Hace unas semanas se inauguró un centro cultural en San Benito, organizado por don Bizai y su hijo, quienes tienen una fundación.

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