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Diálogo Abierto

Arte en la calle, vivencias y desafíos con malabares

Juan Folonier, malabarista. Papa Frita y manos de arquero. Un profesor de arte con mucha alegría. Un "ingeniero" de malabares. La sociología del semáforo.

Lunes 19 de Julio de 2021

Juan Folonier suma 14 años de arte y de malabarista, pero recién por estos tiempos ha logrado ponderar sus logros y visualizar las posibilidades de crecimiento a futuro, fruto del oficio, entrenamiento y capacitación permanente. El artista callejero revela pormenores de quienes diariamente, más allá de las condiciones del tiempo y actitudes de su efímero público, amenizan la espera y el tedio propio de la rutina, mientras el semáforo cambia sus colores.

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El Patito Sirirí y el arquero

—¿Dónde naciste?

—En calle Pasteur y Esteban de Luca, a tres cuadras del Club Palermo.

—¿Cómo era esa zona en tu infancia?

—Muy tranquila. La casa de mi abuela era de barro y sigue estando; en la esquina estaba el vivero Paraná y el Club Toritos de Chiclana, donde jugué desde los cuatro a los 16 años. Mi papá me llevaba a la Plaza Sáenz Peña y al Patito Sirirí, por eso ahora trabajo allí y de donde recuerdo al payaso Papa Frita.

—¿Había un límite que no podías trasponer?

—Avenida de las Américas era “de terror”, porque estaba la Villa 351 y Barrio Belgrano: mi mamá me decía “usted no baja hasta allí”, y el otro límite era hasta el Cristo.

—¿Otros juegos?

—Las bolitas, las cartas y las figuritas, y al fútbol: al gol entra, al 25 y al mundialito, todos los días, en la vereda, si no iba al club.

—¿Personajes?

—Juan, modista, quien se lucía todos los días en la esquina de lo Lifschitz, con su perrita caniche, de pantalón corto y mostrando el ombligo (risas). El señor no tenía ningún drama.

—¿Qué actividad laboral desarrollaban tus padres?

—Mi papá se jubiló hace nueve años, era administrativo en el CGE, y mi mamá trabajó en la Clínica Paraná, hasta que me tuvo a mí y se jubiló por una discapacidad. Una vez que nos tuvo, comenzó a hacer su casa, de a poquito.

—¿Pensabas hacer del fútbol una profesión?

—No, pero me enseñó mucha disciplina que me sirve; era arquero. Tal vez mi viejo sí, me presionó y es peor. En la adolescencia se tuercen los caminos, agarrás por donde no tenés que hacerlo, pero es un aprendizaje.

—¿Qué base te dejó?

—Fue una raíz. Como era arquero, la mayor parte del partido estaba observando cómo jugaban, y cuando hacés malabares siempre estás midiendo los tiempos: tenés cinco objetos y un tiempo de cinco, pero puedo hacer diferentes alteraciones en el tiempo.

—¿Sentías una vocación?

—Quería ser veterinario porque soy muy sensible con los animales y la Naturaleza, y miraba Discovery Channel. No se dio por la cuestión económica, aunque todavía lo puedo hacer.

—¿Leías?

—No, en mi casa nunca se leyó. Mi mamá escribe poesía y siempre leyó solo la biblia.

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Taller, escuela y encierro

—¿Te gustaba alguna materia de la secundaria?

—¡Uh, la secundaria, fue difícil! Dejé de jugar al fútbol a los 16 años, comenzó a interesarme el arte, aunque desde chiquito pintaba y dibujaba, porque a mi mamá y a una prima también les gustaba, y en casa había pinceles y lápices. Había un taller de arte, participaba de la pintada de murales, y a veces aparecía un chico con ideas de malabares y equilibrio, lo cual me llamaba la atención. Después lo vi a Popi (artista de calle, malabarista) haciendo figuras en el aire y me fascinó.

—¿Qué fundamentos aprendiste en ese taller?

—¡Un montón! Más que nada, relacionados con la disciplina porque el arte es una disciplina. Si te gusta lo que hacés, andá por ahí; veía que al profesor le encantaba y que era el único que llegaba contento. Para mí eso era arte porque en la profesora de Matemáticas y Lengua no lo veía.

—¿Cuál fue el primer circo que te impresionó?

—El Lowandi, del cual lo que más me gustaba era la cama elástica y las acrobacias que hacían en ella.

—¿Hiciste alguna formación en pintura?

—Comencé Artes Visuales, descubrí la cerámica, el grabado, ensamblar y la escultura; y ya venía haciendo circo. No me gustaba estar encerrado y me estaba formando para ser docente, no artista, lo cual fue un quiebre. Me gusta viajar y los circos. Mi viejo cuando niño me llevó a Córdoba y Mar del Plata, y a los 15 años me fui a un recital en Córdoba, sin decir nada, porque me gustaba el rock and roll. Me pusieron una semana en penitencia. Después le dije no al rock porque me estaba llevando por un camino que no quería.

—¿Qué te inspiraba cuando dibujabas?

—Lo sigo haciendo, aunque con el cuerpo. Todo fue trasmutando y se convirtió en lo que hago y expreso, circo. Tal vez lo de las artes visuales no era tan potente pero después lo llevé al cuerpo, que ya estaba preparado para hacerse artista, por la disciplina del fútbol y las artes visuales.

—¿Cuándo dejaste?

—Corté porque comencé a dedicarme al circo, que había comenzado junto con la carrera. No me podían pagar para ir a estudiar circo a Buenos Aires pero a medida que comencé a dedicarme me di cuenta de que podía viajar y pagarme mis cursos y asistencia a las convenciones.

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Arte y maestros inspiradores

—¿Qué formadores te influyeron en esta etapa?

—Fueron los grandes maestros de los cuales aprendí. En 2011 conocí la rueda cyr, un aparato de los más contemporáneos que fue inventado en una escuela de circo, gracias a un profesor de Buenos Aires que la trajo. Fue una inspiración verlo porque era algo nuevo y diferente, y me quedé con la idea de hacerme una propia. No sabía cómo, pero me la hice y comencé a crear con el cuerpo. Con Marco Paoletti, para mí uno de los mejores malabaristas argentinos, tomé clases en Buenos Aires, Santa Fe y en Córdoba, y me marcó e inspiró. Fue deportista desde chico y a los 33 años trabajó con (Daniele) Finzi Pasca (director, coreógrafo y payaso, quien colaboró con el espectáculo Cortejo, del Cirque du Soleil). Mis primeros videos, fueron de Marco Paoletti y me marcó un camino.

—¿Un descubrimiento clave, por las posibilidades?

—En Chile, con Álvaro Palominos, un gran malabarista y pedagogo chileno, “ingeniero” de los malabares, de la Escuela de los 90 …

—¿Ingeniero?

—Se autodenomina así porque, por ejemplo, sabe cuánto tiempo demora y el peso que tiene la pelota en el aire, cuánto pesa cuando va a llegar… Ha hecho un estudio de los malabares increíble, ya que estudia la Física y la Matemáticas aplicada al malabarismo. Es el primero que ha hecho estos estudios en Latinoamérica.

—¿Qué clave encontraste gracias a él?

—Me desbloqueó algo que tenía que ver con lo clásico y tradicional, que es el tiempo, y aprendí que lo podía llevar hacia donde quisiera y la expresión de mi cuerpo necesitara.

Tiempo, ritmo y cuerpo

—¿Cambiar el ritmo?

—Exacto; romper los patrones, pero para eso hay que estudiar y luego comenzar a crear.

—¿Qué son esos patrones?

—Tiempos, como en la música, que hay que mantener. Mientras más objetos, más velocidad.

—¿Cómo lo alterás si el tiempo es limitado?

—Con la acción del cuerpo: no es lo mismo un cuerpo rígido, estable, quieto en un lugar, que un cuerpo y un objeto en movimiento.

—¿Qué cambiaste?

—Comencé a darle más presencia al cuerpo y movilidad a las piernas, lo cual en el malabarismo clásico y deportivo es estático, en el cual se clavan como un árbol. El malabarismo más contemporáneo requiere de técnicas de la danza, el teatro y hasta de la magia, lo cual es fantástico ya que he visto magos haciendo malabares con bolas de cristal que aparecen y desaparecen. Para mí, ahora, el circo es un arte muy completo, que te hace crear permanentemente.

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Malabares o “un Messi” con once pelotas

— ¿Cuál elemento te resulta más afín?

—Las pelotitas de malabares, más allá de que son simples, son la madre de todo y permanentemente las estudio, porque comprendiendo su metodología desde allí puedo pasar a clavas, aros, machetes, antorchas de fuego, creando y rompiendo. Además, desde chiquito, me gustaba la pelota, el fútbol y fui arquero. Me resultan muy simbólicas.

—También hay malabares con pelotas de fútbol.

—Sí, a veces hago un personaje con el cual aparece el “jogo bonito” (risas) y hago malabares con los hombros, pies y manos.

—¿Desde lo técnico, cuál es un mayor desafío: crear una gran figura o “poner” en el aire determinada cantidad de elementos?

—La habilidad de lanzar al aire ocho, nueve, diez u once pelotas, es fantástica, lo cual pude ver en 2019 en Chile, donde hay un nivel impresionante de malabaristas, vi al mejor malabarista del mundo, Wes Peden y había otros que competían a nivel deportivo: lanzaban siete pelotas y dibujaban un mundo. Era súper técnico y con una matemáticas increíble.

—¿Cómo se logra?

—Con entrenamiento, no solo lo técnico sino el cuerpo, para que llegue a ser competitivo, como cualquier deportista. Cuando se lanzan nueve elementos se necesitan más reflejos y mucha fuerza.

—¿A qué se mira cuando son tantos elementos?

—A todos. Estoy trabajando con siete pelotas y las veo a las siete, que hacen una cascada en determinado tiempo.

—¿Hay un record mundial de malabares deportivos?

—No lo sé, en Chile vi hasta con once pelotas. No se puede creer la rapidez, como Messi cuando lleva la pelota. En Internet he visto con 14 pelotas, con una técnica en la cual se tiran de a dos. Los malabares “funcionales” también rompieron con lo clásico.

—¿Son para personas con discapacidades?

—Cualquier persona puede hacer malabares, por más que tenga una discapacidad física, y son terapéuticos. Como no hay que lanzarlos hacia arriba, se pueden hacer con 20 o 30 pelotas, ya que se hacen sobre canales u órbitas por los cuales se mueven con un simple movimiento del cuerpo.

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La potencia del teatro y la magia

—¿Para qué ahora te estás formando en teatro y magia, con Juan Kohner y Yanni Mysteryc?

—Para fusionar, entender y comprender estas dos artes tan poderosas, como no lo es tanto el circo. Esa fusión se puede volver muy fuerte, tal vez ahora no lo vea claramente, pero en el futuro seguramente dará sus frutos.

—¿Qué le dirías a los padres de un chico que quiere ser malabarista, y al chico?

—Es difícil porque está en juego la libertad, pero los padres tienen que apoyar los sueños de los hijos, porque son para cumplirlos. A mí me costó; al principio no lo hicieron pero hoy me ayudan y les gusta lo que hago. Wes Peden comenzó desde niño, recorrió el mundo y es el mejor, pero hay un montón de mejores del mundo.

—¿Cómo comenzar?

—Por el principio (risas). Con disciplina, buena salud y alimentación, estar enfocado y hacer todo lo posible. Paralelamente se puede estudiar una carrera, pero el arte es magnífico y necesario para la sociedad, más en estos tiempos. Y a los gurises, que vayan por sus sueños.

—¿Qué días son las funciones en el Patito Sirirí?

—Hace cuatro años que trabajo allí de forma autogestiva e independiente: lunes, martes, miércoles, jueves y viernes, una función a las 16, y sábados y domingos, dos funciones, a las 15 y a las 17.

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Entre un enemigo poderoso y las posibilidades ilimitadas

Folonier describe las exigencias del artista enfrentadas por el artista callejero, entre ellas, en su caso, las de haber actuado con temperaturas bajo cero y con calor agobiante.

—¿El peor enemigo del malabarista?

—El viento (risas), la Naturaleza, y del circo en general, porque también ha levantado carpas. Salvo eso, no existen límites y todos los días es un nuevo desafío porque las condiciones cambian.

—¿Por qué la calle como espacio escénico?

—Tiene que ver con los viajes y con los artistas callejeros que vi. A los cuatro o cinco años, en Córdoba, uno de ellos me llamó al escenario, me regaló un globo y quedé marcado. Y lo veía a Papa Frita, en el Patito Sirirí, la felicidad que había, era un tipo sano y con mucha habilidad. Pensaba que también lo podía hacer. La calle fue, es y será una herramienta de trabajo porque me da total libertad y lo hago como me gusta.

—Es una conexión con el público distinta, incluso marcada por la indiferencia.

—Todo el tiempo se aprende; al principio es difícil porque hay mil piedras que mover para sentirte cómodo, disfrutar y expresar esa libertad.

Semáforo, "entrenamiento pago"

—¿Cómo resolvés lo de que a cada instante el “escenario” y público desaparecen?

—Ahora lo tomo como un “entrenamiento pago”, más allá de que lo puedo hacer artístico, crear, lograr un truco y divertirme. Si no es ir a renegar con la energía de la gente. Cuando chiquilín sufría mucha frustración.

—¿Reacciones que rescatás?

—Las de los niños, pegados a los vidrios de los autos y mirando, más en estos tiempos. Era casi aterrador verlos volver a ver algo distinto, que no fuera información sobre el Coronavirus, muertos, el “no salgás, ponete el bozal”… Romper con eso provocaba reacciones increíbles: los chicos golpeaban los vidrios y aplaudían. ¡Fuerte, fuerte! Además, no me quedaba otra, ya que los primeros meses trabajé en jardinería, pero quería volver a lo mío.

—¿Y de las otras?

—Conmigo no; lo que choca un poco es el celular o que te ignoren de esa forma, ya que te ven cuando “entrás al escenario” y automáticamente piensan “te voy a ignorar”, siendo que podés mantener una actitud normal.

—¿Una explicación?

—Tal vez tuvieron un mal día o mala experiencia con otros malabaristas, ya que hay de todo: el que no se baña nunca, no tiene vestuario, se toman unos vinos… y eso ensucia lo artístico.

—¿Cómo opera el factor adicional de los tiempos del semáforo?

—Lo vas ajustando: trato de ser lo más breve y claro posible, porque, además, tenés que pasar la gorra, no pedir. Algunas personas piensan que estoy pidiendo y es al contrario, estoy dando, y seguramente recibiré lo que di.

—¿Se entiende este concepto?

—Trato de hacerlo claro: paso saludando y el que quiera colabora. No molesto a la gente y por eso está muy bien medido el tiempo de toda la actuación.

—¿El mayor aprendizaje en este espacio?

—La mirada horizontal.

—También está en una sala u otros lugares no convencionales.

—Claro, pero me refiero a que no solo estoy atento a los autos que tengo enfrente sino a un accidente que puede suceder detrás de mí. También lo de leer la energía de la gente, que es muy importante para adaptar la actuación y tratar de transformar la negativa que pueda haber. Y leer mi propia energía, como cuando llego de mañana y no tengo ganas, entonces me vuelvo.

—¿Lo más jodido?

—De mochilero en Tierra del Fuego, donde no pensaba que haría tanto frío: salía al semáforo, con tres o cuatro grados bajo cero, y los dos primeros meses fueron muy duros. El primer día no lo soporté, estuve 20 minutos y me fui, aunque hice mucha plata. ¡Hacía un frío, con vientos de 40 kilómetros por hora! Había días que no se podía trabajar.

—¿Por qué fuiste?

—Por una novia que se fue a vivir, quien me dijo que había oportunidades de trabajo. Después estuve en São Paulo, ¡hacía un calor, el sol y la arena quemaban pero había que trabajar! Te acostumbrás.

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Circos, cambios y crisis

—¿Y en los circos?

—Fueron tres años de gloria porque estuve muy cómodo y entrenaba cuatro o cinco horas de malabares, lo cual me encantaba, y me pagaban por hacer un número de tres o cuatro minutos.

—¿Qué observás en cuanto a la transformación del concepto clásico?

—Ahora hay escuelas de circo que generan artistas, entonces se ha mixturado lo tradicional con, por ejemplo, contratar a una bailarina de jazz, un actor de teatro o, como ha sucedido en el Cirque du Soleil, un malabarista callejero que fue contratado.

—¿Cómo los afectó el confinamiento?

—¡Durísimo! Los circos más chicos y familiares tuvieron que cerrar: en Argentina hay entre 70 y 80 circos, de los cuales quedaron diez, al igual que los parques de diversiones. Ni siquiera el Rodas, que es grande, estaba trabajando; sí el Cirque XXI, el primero que hizo auto circo; el Servian tuvo dificultades pero está trabajando, al igual que el de Flavio Mendoza, y que son los que más plata tienen.

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