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Las Verónicas de Paraná

El incendio que sufrió Verónica y sus hijos e hijas el viernes en Paraná, hace visible una doble violencia a la que están expuestas miles de mujeres.

Domingo 27 de Junio de 2021

“Vi llamas y salí corriendo. Verónica salió toda incendiada y los chicos gritaban. Con mi marido tuvimos que romper el vidrio para poder echar agua y apaciguar el fuego”, dijo Laura, vecina de la familia que sufrió el incendio de su precaria vivienda el viernes a la madrugada en la zona oeste de Paraná, al ser entrevistada por La Radio de UNO (FM 88.7).

El relato de Laura fue el relato mismo del horror. Habló del fuego consumiendo la casilla, quemando las pertenencias de Verónica y abriendo heridas en la piel de la mujer y sus hijos e hijas. Habló sobre las llamas en la oscuridad, los gritos, la desesperación. Contó cómo rescató a una beba y la sostuvo, incendiada, entre sus brazos.

Las fotografías tomadas en el lugar por el reportero gráfico de UNO son imágenes del desamparo. Madera, Chapa, nylon, algo que alguna vez fue una puerta. Restos de colchones y de ropa. Barro y yuyos. Un cochecito de bebé. Cables de electricidad atravesados. Un televisor viejo tirado en el piso.

La escena es una de muchas. Es lo que viven miles de familias de Paraná que apenas logran superar el día a día entre tantas necesidades. Es la manifestación de las condiciones de algo que llaman vida. Sólo que esta vez trascendió públicamente por un hecho trágico y terrible.

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La vecina que ayudó a Verónica y a su familia relató el horror que se vivió el viernes a la madrugada en calle Ituzaingó de Paraná.

La vecina que ayudó a Verónica y a su familia relató el horror que se vivió el viernes a la madrugada en calle Ituzaingó de Paraná.

Además del fuego, la oscuridad y la pobreza, lo que sucedió el viernes también es la expresión de otra problemática actual que avanza con su carga asesina. Verónica había denunciado a sus exparejas por violencia de género y tenía un botón antipánico que alcanzó a activar cuando empezaron las llamas. Al momento de escribir esta columna todavía no se sabía si lo hizo como forma de pedir auxilio por el incendio o si lo hizo porque el fuego fue parte de otro episodio de violencia machista.

Verónica tuvo cuatro hijos e hijas de 13, 10 y 5 años y una beba de solo 9 meses. Todos son víctimas de esta doble violencia social. La violencia de género que a cada día golpea a las mujeres y sus niños y niñas con agresiones físicas, simbólica, sexuales y económicas. Y la violencia de un sistema económico que en estos tiempos de pandemia dejó en evidencia su rostro más crudo: el de las desigualdades estructurales. Mientras unos pocos se benefician y se aferran a sus privilegios, otros son condenados a la precariedad más absoluta y al desamparo.

Y esta doble violencia, posiblemente no sea otra cosa que las dos caras de la misma moneda. Dos expresiones de lo mismo que hay que cambiar. Porque las mujeres son las que más sufren la violencia, pero también las que más sufren la miseria. Las que menos cobran por igual trabajo. Las que deben ocuparse de las tareas de cuidado (de los hijos e hijas, de las personas mayores, de la casa, de la casa de los empleadores) por lo general sin una remuneración a cambio. Las que menos oportunidades tienen de progresar. Las que más sufren los acosos de todo tipo, abusos y exclusiones.

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Siempre que ocurre un hecho trágico, como los feminicidios que sacuden a la sociedad y a las instituciones, esperamos que sea el último. Que definitivamente se tomen las medidas que son necesarias para erradicar la violencia de género y las desigualdades. Que las políticas sean efectivamente políticas de Estado y que los poderes Ejecutivo, Legislativo y, sobre todo, el Judicial se sometan a las reformas que hagan posible un cambio de paradigma.

Más mujeres en espacios institucionales que piensen como mujeres, decidan como mujeres, actúen como mujeres. Más hombres que piensen en clave feminista, decidan en clave feminista y actúen en clave feminista. Más recursos.

Sabemos que la historia de Verónica no es la última noticia con estas características que los y las periodistas vamos a contar. Pero es necesario hacer lo posible para que el grito de Verónica, escapándole a las llamas, a la violencia y a la miseria, llegue a los oídos que tenga que llegar, para salvar a las miles de Verónicas que viven en los barrios de Paraná, en Entre Ríos y en todos los rincones del país.

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