Miradas
Sábado 01 de Diciembre de 2018

El aguante no se puede sostener

"... Su sistema moral divide el mundo en amigos y enemigos, en buenos y malos, donde las diferencias solo pueden cancelarse con la muerte. La violencia es regla".

El asunto de la cultura del aguante se reflota cada tanto, más seguido de lo que quisiéramos. Este término, con frecuencia mal interpretado, es un concepto con el cual –desde una perspectiva sociológica, con Pablo Alabarces a la cabeza– se engloba una serie de patrones de conducta relacionados con el fútbol, y últimamente también con el rock, que se ha "futbolizado". Ir a la cancha o a un recital de rock (hablamos de cierto sector del rock, el que algunos denominan rock "chabón") es un sacrificio que forma parte de un ritual: bancar los trapos, poguear, las piñas, las heridas de guerra. La épica del aguante.
Por un lado están quienes romantizan el aguante; y por otro quienes lo definen como una religión. Los primeros, cuan caballeros decimonónicos, dicen aguantarse todo por su amado... club: estar parado cinco horas para ingresar al estadio, mojarse si llueve, ver y escuchar mal, recibir los escupitajos de los hinchas de las bandejas superiores. Nada importa con tal de ver los gloriosos colores de su amado equipo. Para los segundos, monjes negros que lo definen como religión, los ítems mencionados son mandatos menores. Ellos son cruzados que defienden la fe del balón a palo, faca y balas.
De acuerdo con la definición del sociólogo Sebastián Cardella brindada a Deportea, el aguante tiene tres ejes: una estética, una retórica y una ética. La estética es ruda y carnavalesca: el ideal es un tipo de robusto a gordo que luce tatuajes y cicatrices como emblemas, más todo lo carnavalesco que aportan los gorros, banderas y fuegos artificiales. La retórica estructura un lenguaje basado en la metáfora de la sexualidad desde una perspectiva machista, exige tener huevos, romper culos y apalear a los putos del equipo rival. Y en cuanto a la ética, su sistema moral divide el mundo en amigos y enemigos, en buenos y malos, donde las diferencias solo pueden cancelarse con la muerte. La violencia es regla.
Dadas estas características, hechos como los ocurridos en las afueras del Monumental no deberían sorprender a nadie. De hecho, pasa a diario: en la hemeroteca de este medio abundan las noticias sobre episodios lamentables en la Liga de Paraná Campaña, por solo nombrar un ejemplo, ya sea contra árbitros, contra (y entre) jugadores o entre hinchas.
Pero ni Viale FBC versus Independiente FBC, ni Unión Alcaraz contra Atlético Hernandarias alcanzan a generar el uno por ciento de regalías en derechos de televisación que genera un Boca-River en la Final de la Libertadores. Entonces, es como si esa violencia no ocurriera, pues no resultaron heridas las ganancias de quienes manejan el negocio de este deporte manchado. Nunca pasó, el fútbol es así, es la cultura del aguante y los que critican es "porque no aman el fóbal, no tienen pasión, son cagone'".
Con esta explicación absurda y en nombre del aguante se cometen las peores atrocidades. Por tachar de pasión lo que es violencia, se pierde de vista que tanto un recital de rock, como un partido de fútbol son espectáculos. Los hinchas y seguidores deberían limitar su intervención a disfrutar del mismo, no a ser protagonistas agrediendo, compitiendo por la bandera más grande, o quién la tiene más larga, insultando y generando un caldo de cultivo para masacres colectivas por las que luego medios de comunicación y funcionarios públicos se rasgan las vestiduras, apuntando que "fallamos como sociedad". No, no es la sociedad, es así como viene parido el fútbol, que ya no puede concebirse sin su aguante; desde las publicidades hasta las charlas de café, pasando por presidentes que llaman "culones" a los DT del equipo que detestan, los periodistas que opinan atrocidades y los dirigentes de clubes que abren los ojos como si no supieran de qué va la mano, mientras sutilmente lanzan chicanas sobre escritorios, gas, y la mar en coche, pero se retiran mutis por el foro cuando les mencionan los negocios de los (sus) barras.
La cultura del aguante está instalada, se mezcló con el ADN del fútbol, y difícilmente se termine alguna vez si a los nenes se los sigue incentivando a entonar estrofas que mezclan el corazón, un culo roto, los huevos, los cagones, la pasión, los palos, matar, el sentimiento y "te vamo' a cogé'". Aunque esté arraigado, el aguante es insostenible.

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