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Revista Tuya

Valeria Folini, mujer de teatro

Es una de las referentes indiscutibles del teatro entrerriano. Línea fundadora de Teatro del Bardo, Valeria Folini comenzó a estudiar actuación porque admiraba a Verónica Castro. Hoy su pasión es el teatro pero como lugar de resistencia

Martes 06 de Julio de 2021

Actriz, dramaturga, directora teatral, docente. Valeria Folini abarca muchas aristas dentro del vasto universo del teatro, en el que se zambulló en su temprana adolescencia y en el cual fue construyendo vínculos, amistades, una carrera, una familia. Actualmente es una de las referentes en Paraná y la provincia. Perteneciente a la línea fundadora de Teatro del Bardo, Folini se instaló en la capital entrerriana hace 22 años y se siente paranaense: “Nací accidentalmente en Capital Federal, pero mi familia en ese momento vivía en Gran Buenos Aires. Viví en Victoria (Partido de San Fernando), luego en Puerto Madryn. Pero después de mucho tiempo, de venir de una familia que se mudaba todo el tiempo, puedo decir que soy de Paraná: mi hija es de Paraná y es el lugar donde más años he vivido”.

¿Venís de una familia teatrera? ¿O eran de llevarte al teatro?

Para nada, la primera obra que ví fue a los 15 años, porque me llevó la escuela. Mi familia no consumía teatro y no había ningún teatrero en mi familia. Eso sí, yo era una chica muy estimulada, si decía que quería aprender o practicar alguna actividad, me mandaban. Natación, básquet, pintura, guitarra, pero en todas esas actividades era muy inconstante y terminaba abandonando. Y supongo que habré dicho que quería estudiar teatro y me mandaron. Es más, estoy segura de que lo hice a raíz de mirar las novelas de Verónica Castro, porque hubo una época en que yo quería ser Verónica Castro. Entonces mi mamá averiguó cuál era el mejor profesor de teatro que había en ese momento, le dijeron Agustín Alezzo.

¿Vivías en el Gran Buenos Aires en esa época?

—Sí, fue cuando tenía 13 años, vivía en Victoria y viajaba dos horas para ir a las clases. Algo muy lindo que recuerdo tiene que ver con mi papá, que no veía teatro, que me vio actuar sólo dos veces porque se ponía muy incómodo y yo también me ponía incómoda. Él tenía franco los días lunes, y justo yo tenía clases de teatro los días lunes, en Capital. No quería que viaje sola, así que usaba su día libre para acompañarme, esperarme durante cuatro horas y traerme de nuevo a casa. Él tenía poco interés en mi formación como actriz, pero yo recuerdo ese hecho como un gesto generoso de mi viejo, que ocupaba su único día libre para apoyarme en algo que él entendía que yo quería.

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En "El hombre acecha", junto a Gabriela Trevisani, una de sus más antiguas compañeras de teatro.

En "El hombre acecha", junto a Gabriela Trevisani, una de sus más antiguas compañeras de teatro.

¿Qué dijeron en tu casa cuando decidiste hacer del teatro tu forma de vida?

—El imaginario de mi familia estaba bastante confundido. Yo estudiaba con Alezzo, que en ese momento también tenía como alumnos a Leonardo Sbaraglia, Laura Novoa, Peto Menahem, gente que al rato empezó a salir en la tele. Y mis viejos entendían que eso era lo que yo quería, una carrera en el cine o la tele. Nunca se me ocurrió ir a un casting. Cuando cumplí 18 años, que ya hacía seis que estaba con Agustin Alezzo, un grupo de teatro me invitó a participar de una obra como reemplazo, y después terminamos formando el grupo Viajeros en 1999, que es donde me formé, claramente. Siempre hice teatro en grupo, y mi viejo me decía que no entendía esa vida de gitana que yo tenía. Pero con el tiempo entendieron, cuando vieron que podía vivir de eso, tener una familia y hacer lo que me gustaba. Más que entender, fue una cuestión de aceptar.

¿Y qué es lo que hizo que abandones la idea de ser Verónica Castro y te inclines hacia el teatro?

—Fue encontrarme con un libro que se llama “Más allá de las islas flotantes”, de Eugenio Barba; y, en la mismo época, encontrarme con un espectáculo que se llamaba “Postales Argentinas”, que cambió el teatro definitivamente y a muchos teatreros también, incluso a aquellos que no vieron el espectáculo. Yo tenía 19 años y fui a ver esa obra porque todo el mundo hablaba de ella y cuando la ví me dije: ‘ah, esto sí. Yo quiero hacer esto’. Para mí se abrió todo un universo muy distinto al del teatro que Agustín Alezzo hacía y enseñaba. A la vez me encontré con un libro de Grotowski, “Hacia un teatro pobre”; empecé a aprender otra forma de hacer teatro, y pensar el teatro como una forma de rebelión, de resistencia, fui conformando así mi forma de concebir el teatro, que con muchísimos matices y diferentes recorridos, me acompaña hasta hoy. Es más, creo que muchos que compartimos esa época tan fuerte para el teatro de grupo latinoamericano y argentino estamos todavía inmersos en esa sensación: todo puede explotarse en situaciones teatrales que no imaginábamos antes. Después de ver “Postales Argentinas” tomé clases con (Ricardo) Bartís, a la vez que ya trabajaba en grupo.

¿Siempre elegiste hacer teatro en grupo?

—No es que lo decidí, pero concretamente siempre hice teatro en un grupo. Siempre encontré la estrategia de vivir de lo que yo quería hacer. Generalmente se da que gente con una idea afín se junta para tratar de cristalizar esa idea: ‘hagamos un espectáculo y veamos qué onda, cómo nos llevamos’. Y ahí se va viendo; lo más común en un grupo es que la gente se vaya, no que se quede. Así va decantando, se va quedando la gente que le gusta como el otro actúa, dirige, o escribe, se van produciendo y generando proyectos en común. Igual, te digo que la tradición del teatro de grupo generalmente surge a partir de un director varón, subrayo varón, que tiene una forma de ver el teatro y de dirigir que se la comparte a otros, por lo general actores o dramaturgos que son sus seguidores, pero siempre manteniendo esta jerarquía entre director y actores. Nosotros que venimos de esa línea de teatro, cuando formamos Teatro del Bardo decidimos que queríamos dinamitar esa forma de hacer teatro, decidimos sacar del centro esa figura del director y pensar en un grupo de actores, no hay un responsable del grupo. Elegimos trabajar con el otro porque lo admiramos como profesional.

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Para Valeria Folini, el de Antígona es un papel que significó una bisagra en su carrera.

Para Valeria Folini, el de Antígona es un papel que significó una bisagra en su carrera.

Antes y después

En 1999, Valeria encarnaba por primera vez a la heroína griega, hija de Edipo, que Sófocles inmortalizó en una tragedia. “Antígona, la necia” fue la piedra sobre la que se cimentó Teatro del Bardo, y marcó un antes y un después para Valeria Folini.

¿Qué obra fue bisagra en tu transitar el teatro?

—Inevitablemente es Antígona. Yo hasta entonces formaba parte del grupo Viajeros y nuestra forma de sobrevivir haciendo teatro era hacer teatro para escuela primarias. Pero yo sentía que me demandaba una gran cantidad de energía, que a veces no me daba el cuerpo. Entonces pensé que hacer teatro para adolescentes podía ser un poco más descansado, cosa que no es así, y se me ocurrió hacer Antígona, pensado para escuelas secundarias. Y funcionó: se abrió un mercado nuevo, nos dimos cuenta que trabajar para escuelas secundarias era más amable que trabajar para niños, a diferencia de lo que habíamos imaginado hasta entonces, en el sentido de cómo se dispone un adolescente a mirar teatro; personalmente entro más en sintonía con los adolescentes. Y desde entonces los adolescentes son mi público, hasta el día de hoy, aunque no haga una obra específicamente para ellos, ellos son mis espectadores modelo. Y eso creo que nos ha dado una impronta, un ritmo, una forma de narrar y producir a nivel escenográfico y de vestuario, que a la larga también tienen que ver con nuestras poéticas.

Ya que mencionás las poéticas. Después de tantos años haciendo teatro, ¿cómo describirías o perfilarías tu poética teatral?

—Qué pregunta difícil… Las obras que me interesan tienen que ver siempre, como diría mi hija de 17 años, con la muerte. Es una poética de la muerte, la contraposición con lo que está vivo, una poética del contraste. Traigo a colación una conversación que un día tuve con ella, a quien no le gustan mis obras, y eso para mi no es fácil, teniendo en cuenta que hago obras para adolescentes. Entonces un día le pregunté por qué: ‘Explicame Juli, capaz que vos ves algo que yo no me doy cuenta’. Y ella me dice: ‘Mamá, todas tus obras son iguales’. ‘No –le digo–, de ninguna manera. Algunas son comedia, otras son tragedias, otras tienen que ver con hechos históricos. Así que explicame’. Y ella me dice: ‘Son iguales todas porque, primero, empezás riéndote y parece que todo va a estar bien, que nos vamos a divertir. En el medio aparece la muerte, el conflicto, el problema. A partir de ahí sufrimos y termina todo mal’. Entonces ahí me di cuenta de que lo que ella hacía era analizar la estructura; uno podría pasar por ese tamiz a las obras que yo dirijo, en principio, y digo sí, tiene razón. Eso sumado a que Gabriela Trevisani, la compañera de teatro más antigua que tengo, me dice que nosotros siempre rondamos el tema de la muerte. Y mucha gente nos comenta ‘qué loco que ustedes siempre trabajan temas fuertes, pero pueden reírse de eso, hasta que al final no se ríen más’. Se juega mucho la comedia y la tragedia, los contrastes, hay multiplicidad de géneros. La obra nunca empieza y termina con la misma convención y códigos de lectura, sino que va atravesando distintas convenciones a lo largo de la obra. Además, algo más que tiene que ver con nuestra poética, es que descreemos de la cuarta pared, no es posible pedirle a un espectador que piense que está espiando una obra de teatro. Siempre sabemos que la ficción es la ficción y nadie va a creer que no lo es. Claramente siempre tenemos una tensión en pensar cómo es la relación con la platea en cada espectáculo; cuál es el juego en el que metemos al espectador para que esté con nosotros, que de alguna manera esté incluido dentro de la narración sin que necesariamente tenga que tener que ver con lo que pasa en el escenario. Esa tiene que ver con nuestra poética. Y hablo de nuestra y no mía, porque he trabajado tantos años dentro de un grupo que ya no puedo decir que es mío y qué es del grupo, somos personas que nos encontramos y construimos esto.

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