El dibujo como arte narrativo de historias y anécdotas

Entrevista con Santiago Moreyra. Ventana y murales. Talleres, arte y dibujo. El amarillo de García Márquez. Soledad, la muchedumbre y los secretos de un estilo
20 de septiembre 2021 · 11:27hs

El estilo del dibujo de Santiago Moreyra salta a primera vista: sus historias hablan de una profusión de atractivos personajes, en escenas en las cuales la exageración, lo mordaz y la melancolía, entre otros elementos muy bien definidos, se combinan logradamente. El inspirador del club de arte Archicofradía galería, de la capital provincial, cuenta cómo llegó al mismo, y da detalles del funcionamiento y la oferta del nuevo espacio artístico y cultural.

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—¿Dónde naciste?

—En Paraná, barrio Balbi, cerca de la iglesia.

—¿Cómo era en tu infancia?

—Con el tiempo cambié la mirada: fue una infancia colorida, con muchos personajes, imágenes y anécdotas. Frente a mi casa, mirando por la ventana, veía un mural abstracto, muy significativo y con muchos colores, del programa Todas las manos, y en un tapial de mi casa había otro de un bosque, con un arroyo y canoas. En mi adolescencia había un vendedor de choripanes y personajes más peligrosos. En carnaval se cortaban las calles, sacaban las conservadoras con latas de cerveza y se bailaba en la vereda.

—¿Qué visión tenías del centro?

—Iba a pie a la Escuela Centenario así que, también, el parque me quedaba cerca y no había una disociación, ya que el centro estaba a ocho cuadras.

—¿Otros lugares de referencia?

—El Club de Pescadores, donde jugaba a la pelota, a la paleta y a la manito. Jugaba a la pelota en forma amateur pero la forma de manejarse de los chicos y los padres en los clubes no me atrajo, como tampoco entrenar.

—¿Otros juegos?

—Jugaba mucho solo, a dibujar, y me gustaban los muñecos. En el pueblo de mis abuelos hacía muñequitos con plastilina; mi abuelo tenía un taller electromecánico donde armaba muñecos y autos con alambres y tuercas.

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El dibujo como arte narrativo de historias y anécdotas

El dibujo como arte narrativo de historias y anécdotas

—¿Te formaste por ese entonces?

—No, me fluía, y como pasaba muchas horas con eso, mis viejos me llevaron en quinto grado a la Escuela de Arte, donde hice talleres de libre expresión, historieta y caricaturas, y después a talleres de artistas como Sergio Damonte, (Juan Carlos) Eberhardt… en La vieja esquina, quienes enseñaban alguna técnica. Cuando terminé la secundaria, comencé en la Facultad de Bellas Artes.

—¿Lo sentías como vocación?

—No me lo preguntaba pero el dibujo era una vocación y lo tenía claro. Con el tiempo, descubrí la palabra “artista” y su rol social. Ahora es una alegría levantarse todos los días a dibujar y organizar una muestra de grandes artistas, como lo estamos haciendo ahora para el 21 de setiembre.

—¿Qué actividad profesional desarrollan tus padres?

—Los dos son analistas de sistema y se conocieron estudiando. Mi mamá se ha dedicado a distintas actividades y a la docencia particular, y mi viejo siempre a la profesión.

—¿Cómo era la relación en torno a tu afición por el dibujo?

—Tuvieron cierto apoyo tácito: mi viejo me iba a buscar cuando salía de la Escuela de Arte, más allá de la incertidumbre que genera alguien que se dedica a una actividad como ésta en Paraná, tan poco propensa a acobijar a sus artistas. Mi viejo dibujaba cuando era chico, me regaló un libro de dibujo de la figura humana, de Andrew Loomis, y me dejó unos casetes de Los Redondos y El Eternauta. ¡Fue un gran disparador! Y mi mamá me compraba óleos cuando tenía doce años. Así que llegué a la escuela conociendo algunos materiales.

Maestras, talleres y artistas

—¿Cuándo comenzaste?

—Desde siempre; en la primaria las maestras de Plástica reconocían mi trabajo y lo destacaban, y en la secundaria me encargaban tareas.

—¿Qué y cuándo dibujabas?

—Siempre estaba presente la figura humana, y lo hacía cada vez que tenía tiempo, o sea siempre, porque no hacia muchas cosas (risas), salvo jugar a la pelota y estudiar algún idioma. En la secundaria no tenía carpeta de Matemáticas sino de hojas dibujadas, y me alegraba cuando nos daban las hojas de contabilidad tamaño oficio porque eran más grandes para dibujar.

—¿Retratabas a tus amigos durante las clases?

—No, personajes, ponía un libro debajo del banco, leía y dibujaba. No era un alumno muy aplicado.

—¿Te gustaba alguna materia?

—Historia y Geografía, porque con los profesores se podía discutir un poco más. Era orientación en Comercio Exterior, un mundo de distancia con lo que me interesaba.

—¿Te cambió la escuela de arte?

—Sí… no quisiera echarle la culpa a nadie (risas). Crecer es cambiar, así que desde que cambia la propuesta “de afuera” también cambian las intenciones de uno, y las respuestas y metodologías que se buscan. Cada uno hace su camino.

—¿Tuviste algún maestro?

—No, pero sí buenas personas y grandes artistas que me dieron un montón de enseñanza, entre ellos Claudio (Osán), Silvina Fontelles, Néstor Medrano y Javier Solari, a quien admiraba como artista.

Historias, personajes y melancolía

—¿La lectura te inspiró en los primeros dibujos?

—Poco; recién a los quince años se me despertó el gusto por la literatura latinoamericana, gracias a la gente que tenía al lado.

—¿Hiciste un puente entre literatura y dibujo?

—En sus cuentos, García Márquez tiene el color amarillo de la melancolía otoñal, sesgada por la tragedia; lo ideológico de Eduardo Galeano; Cortázar, Borges y Dolina, desde un lado más elegante; más adelante fue la Cultura Beatnik, Enrique Lihn, de la contracultura, y Pablo Ramos. Distintas formas de narrar que copié por la estructura narrativa, en la cual sucede algo con una cronología. Mis obras están cargadas de personajes en movimiento, mientras transcurre algo, y los que están en espera, tienen un dejo de melancolía y tristeza.

—¿Lo sedimentaste como estilo?

—Totalmente, fue un gran pie, al igual que el rock nacional, con Los Redondos, y en lo internacional Pink Floyd, la canción francesa, con Édith Piaf y Georges Brassens, y la pintura española, que me parece fantástica. Todo me formó una identidad y posición ante la vida.

—¿Y artistas o corrientes de la historia del arte?

—Las vanguardias, en las cuales ha trascendido el personaje artista, locos descabellados, que influenciaron a la obra y cuyas vidas están colmadas de anécdotas, como en el caso de Modigliani, Picasso, Van Gogh… Velázquez, que rompió estructuras. Me gustan las anécdotas y contar algo.

—¿Conciliaste la formación académica con el interés contracultural?

—No los concilié, me quedé en un bando (risas). Un centro de estudiantes en el cual anduve tenía como nombre “Contracultura”, el cual gestó jornadas culturales, peñas e intervenciones interesantes, y sirvió para pensar en la gestión y en lo que se quería hacer. Uno de los chicos con los cuales compartí la facultad tiene su estudio de tatuajes acá, en el club (de arte).

Juntos e incomunicados

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—¿Qué panorama te planteaste al terminar de estudiar?

—No terminé la facultad porque me interesó más la vida bohemia ajena al ámbito académico y no tenía ganas de estudiar. Con Nacho Ghiggi comenzamos a hacer algunos intercambios con la gente del espacio Bastón del Moro, de Córdoba, que es parecido a nuestro espacio y a partir de lo cual se acercó la galería Enlace contemporáneo, a quienes les interesó mi trabajo y me convocaron para distintas ferias.

—¿Desarrollaste otras técnicas?

—He hecho unos 20 murales conmemorativos, con un amigo y solo, en Cerrito y otros pueblos, clubes, hospitales y por el bicentenario.

—¿Cambia mucho la perspectiva y la vivencia?

—Es lo mismo que chiquito pero grande, para lo cual hay diferentes técnicas y escalas, o se puede hacer “a ojo”. Para mí es un trabajo físico mientras que el dibujo es un trabajo intelectual, meticuloso, introspectivo, solitario y de mucho tiempo compenetrado en un espacio chiquito. En el mural convivís con la gente que pasa, te charlan, pregunta y está condicionado por las condiciones del tiempo.

—¿Trabajás por encargo?

—Por lo general no, salvo estoy haciendo la tapa de una revista, de un libro y otros que me permitan sostenerme, aunque con la movilidad y venta de mis trabajos más o menos puedo subsistir, y además doy un taller.

—¿Qué pensás que atrae de lo que dibujás?

—La ironía, los personajes, la dualidad… no sé bien, aunque espero que siga gustando a cierto público. Es difícil hacer una descripción de la obra propia.

—¿Por qué la abundancia de personajes?

—La soledad es un sentimiento que me ha inquietado, tanto por sentirla como por percibirla ajena, la imposibilidad de comunicación; estamos rodeados de gente sin comunicarnos, una muchedumbre que avanza apática con quien tiene al lado, el individualismo en medio de la megápolis o en una ciudad pequeña como Paraná. Es raro que nos juntemos todos para vivir en forma individualista.

—¿Cuándo emergieron en el dibujo esos personajes de tu barrio?

—En 2019. Tomé al barrio con otro color y lo redimensioné, aunque tampoco es el barrio en sí mismo sino un vínculo energético con algo de eso que causa cierta “gracia crepuscular” (risas), un atardecer que a la vez es hermoso y triste.

Un club de arte

—¿Cómo se gestó Archicofradía galería?

—Después del trabajo de tres años en Córdoba comenzamos a funcionar en un departamentito de Colón y La Rioja, proponiendo actividades al igual que en la Vieja Usina y en el parque. Con Nacho se nos ocurrió algo más aventurero, él encontró esta casa, sin revocar, en marzo, comenzamos arreglarlo y lijar, con amigos, y comenzamos a funcionar.

—¿Cuál es el alcance del concepto de “club de arte”?

—Un espacio donde funcionan distintas actividades artísticas: los miércoles talleres literarios, los jueves se enseña a bailar tango y los viernes algún evento con la galería, que tiene un equipo de trabajo. Y yo doy taller de dibujo, a partir de doce años. Se han incorporado distintos socios y por eso es un club, con la idea de que se realicen actividades artísticas y culturales permanentemente, junto con un emprendimiento gastronómico y de tés de hierbas.

—¿Qué espacios tienen en las redes?

—Archicofradía club de arte.

Los archivos millonarios y la birome de la secundaria

Moreyra analiza las transformaciones de los circuitos de exposición y venta a partir de las, en algunos casos, asombrosas posibilidades a través de las redes informáticas. No obstante, en cuanto a las herramientas digitales, dice “soy bastante básico y tengo el mismo programa desde hace diez años”.

—¿Los circuitos de exposición y venta ahora son más accesibles?

—Totalmente. He podido vender en Corrientes, en el interior de Santa Fe y en lugares a los cuales no hubiera accedido nunca, por la distancia y el desconocimiento. En cambio, a través de las redes es continuo, la gente tiene la posibilidad de ver, conocerte virtualmente, animarse a comprar algo chiquito, luego algo más grande, mostrar la obra, recomendarme… Se generan redes sin la necesidad de la gran inversión que era antes hacer una muestra.

—¿Has experimentado con el arte digital en general y con el dibujo digital en particular?

—Hago collages digitales como bocetos para los cuadros porque me resulta más sencillo ya que lo puedo achicar, levantar los contrastes, mover los personajes… lo cual si lo tuviera que hacer a lápiz demandaría mucho tiempo.

—¿Qué herramientas informáticas te sorprenden?

—Soy bastante básico y tengo el mismo programa hace diez años. Hay un montón de novedades muy interesantes, aunque no las utilizo. Me generan asombro filosófico los nuevos formatos de comercialización de arte digital, en los cuales la obra material no es requerida, sino que lo que se vende es un archivo, una especie de encriptar un certificado de originalidad y de único. Incluso se compran esos archivos por millones de dólares. También tiene una forma de coleccionismo y de mostrarlas. Hay cosas que me gustan más y otras menos, lo importante es que una postura no invalide a la otra. Con los chicos de la galería estamos investigando estas posibilidades.

—¿Hay un límite en ese sentido; hay que reconceptualizar el concepto de arte?

—No lo sé, el tiempo pondrá las cosas en su lugar; los límites son fluctuantes y zigzagueantes. Además, está lo que la historia del arte y los poderes pueden considerar como tal, y lo que el mercado ocasional valida como tal, depende de muchas circunstancias.

—¿Por qué utilizás birome?

—Porque era la herramienta básica de la secundaria, más allá de que tenía algunos lápices en casa. Cuando comencé la facultad llevé muchos dibujos para que los vieran (Néstor) El Negro Medrano y Claudio Osán, y éste me recomendó una determinada, la cual mantengo hasta hoy.

—¿Qué te permite en cuanto a tonos y texturas?

—Con bastante esfuerzo te permite lograr los negros más nítidos parecidos a la tinta china, y los pasajes grises suaves parecidos al grafito. Lo que tiene el grafito es que cuando llegás a un negro pleno se empasta y genera reflejo y la tinta china no te permite la trama tan fina como la birome. También he hecho trabajos con biromes a gel, pero es más parecido a la tinta china.

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