Roberto Ariel, jefe de terapia intensiva en Hospital San Roque lleva cuatro décadas dedicado a la terapia intensiva pediátrica del Hospital Materno Infantil San Roque de Paraná. En el ciclo de entrevistas UNO a UNO, repasó su trayectoria, las dificultades que atravesó durante su formación y las experiencias que marcaron su vocación por la medicina y el cuidado de los niños.
Roberto Ariel: cuatro décadas de vocación y compromiso con la pediatría
Roberto Ariel, en La Mañana de la Red (88.7) repasó su trayectoria, el esfuerzo de su formación y la importancia de escuchar a los pacientes y sus familias.
Roberto Ariel: cuatro décadas de vocación y compromiso con la pediatría
Una vocación que se mantiene con los años
Paranaense, Ariel egresó del Colegio Nacional en 1975 y luego se trasladó a Rosario para estudiar Medicina. Durante la carrera descubrió que la pediatría era el camino que quería seguir y encontró en el trato con los niños una motivación que continúa vigente.
“Me considero un afortunado de trabajar en lo que me gusta. Eso no es negociable”, expresó. Después de más de cuatro décadas de ejercicio, aseguró que disfruta de su tarea y que le cuesta imaginar el momento de dejar la profesión.
Su etapa universitaria estuvo atravesada por dificultades económicas y por el contexto político del país. Llegó a Rosario en 1976, poco antes del golpe de Estado, y vivió en una pensión junto a otros estudiantes, en condiciones austeras. Se recibió en 1981, poco antes de cumplir 23 años.
El esfuerzo familiar detrás de su formación
Mientras Ariel cursaba medicina en una universidad pública, su familia atravesó una situación económica compleja. La interrupción de la actividad comercial y la pérdida de clientes afectaron los ingresos del hogar y dificultaron sostener sus estudios lejos de Paraná. En ese contexto, el médico destacó el papel de la educación pública, que le permitió continuar su formación y recibirse pese a las dificultades económicas.
Tras obtener el título, Ariel siguió su preparación en pediatría y completó los últimos años de residencia en Santa Fe. Esa etapa también estuvo atravesada por obstáculos para trasladarse entre ciudades durante las crecientes y las dificultades en los cruces del río.
Los primeros pasos en terapia intensiva
A su regreso, Ariel comenzó a trabajar en el Hospital San Roque. Junto al doctor César Etchart, participó en la puesta en marcha de una sala de terapia intensiva pediátrica con seis unidades, en un espacio ubicado detrás de la sala de lactantes.
Los comienzos fueron difíciles. El equipo necesitaba conseguir monitores, respiradores y elementos básicos para atender a los pacientes. En ese proceso, la colaboración de la comunidad resultó fundamental, ya que contribuyeron a reunir equipamiento y recursos para el servicio.
El médico destacó el compromiso de las cooperadoras y los grupos de voluntarios que acompañan al hospital. Para él, esa solidaridad continúa siendo importante para la salud pública y para las familias que atraviesan situaciones difíciles.
La falta de pediatras, una preocupación
Con la experiencia acumulada, Ariel observa con preocupación las dificultades para incorporar nuevos profesionales a la pediatría. Recordó que, cuando ingresó a la residencia en Santa Fe, había 81 postulantes para nueve cargos. En convocatorias recientes, en cambio, las vacantes no llegaron a cubrirse.
“Nos preocupa”, reconoció al referirse a la falta de médicos que elijan la especialidad. Explicó que la formación requiere varios años y que se trata de una actividad exigente por la responsabilidad que implica.
También advirtió que poner en funcionamiento una terapia intensiva pediátrica no depende solamente de una decisión administrativa: hacen falta profesionales capacitados y especialistas preparados para intervenir ante cuadros complejos.
Escuchar también es parte de curar
A lo largo de su carrera, Ariel debió adaptarse a nuevas herramientas de comunicación, como WhatsApp y las recetas electrónicas. Considera que pueden facilitar el contacto con las familias, siempre que se utilicen de manera responsable y no reemplacen la evaluación médica cuando es necesaria.
Entre sus recuerdos, destacó el caso de una madre que lo llamó de madrugada porque no lograba controlar la fiebre de su hijo. Aunque había atendido al niño la noche anterior, la insistencia de la mujer le generó preocupación. Decidió buscar su domicilio y acercarse personalmente. Allí comprobó que el pequeño tenía meningococcemia, una infección grave que puede provocar un cuadro de shock. El niño recibió atención y logró recuperarse.
La experiencia reafirmó la importancia de escuchar a las familias y no subestimar sus preocupaciones. Para Ariel, el vínculo entre médico y paciente no se limita a indicar un tratamiento: también implica acompañar y generar confianza.
En un congreso de pediatría, recordó haber preguntado qué esperaban las personas de sus médicos. La respuesta más frecuente fue que las escucharan y que pudieran encontrar siempre al mismo profesional.
“Primero, que me escuche. Segundo, que sea siempre el mismo. Tercero, que me solucione el problema”, resumió.
Después de cuatro décadas en el Hospital San Roque, esa convicción sigue presente en su manera de ejercer la medicina: atender a los chicos, acompañar a sus familias y comprender que escuchar también es una forma de cuidar.














