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El mejor jugador del mundo que nunca fue

"En las canchas deslumbraba a propios y extraños, pero en su Rosario natal, solo gozó de ese extraño privilegio del sueño trunco..."

Lunes 11 de Mayo de 2020

El fútbol es un cúmulo de metáforas de la vida misma, no es una novedad. Mucho menos cuando uno conoce estas historias, entrañables, mínimas, casi insignificantes, hasta que se vuelven leyendas.

Somos una Nación que vive añorando lo que pudo ser.

Argentina potencia, Argentina granero del mundo, Argentina el mejor país del mundo.

Tomás Trinche Carlovich fue eso: el mejor jugador que casi nadie vio. En las canchas deslumbraba a propios y extraños, pero en su Rosario natal, solo gozó de ese extraño privilegio del sueño trunco, que parece ser el de la mayoría de los argentinos.

Hace un par de horas que leí el titular del diario La Capital de Rosario “Murió el trinche Carlovich, un mítico jugador de fútbol rosarino que había sufrido un robo brutal”.

Una injusticia doble, la poética, la que debió haber concretado el excelso futbolista a la altura de un Alonso, de un Bochini, de un Rojitas, de un Maradona ¿Por qué no? Si hasta el propio Diego lo dijo en su debut como jugador de Newell’s, cuando le dieron la bienvenida como mejor jugador del mundo… “el mejor ya jugó en Rosario, era un tal

Carlovich”. Otra injusticia, la real, la palpable, la de todos los días, un ciudadano que sale en bicicleta, pierde la vida por los golpes sufridos en un robo.

¿Cómo comenzó esta metáfora? En 1974, la selección Nacional de fútbol, juega un partido amistoso como preparación para el Mundial de Alemania, ante un combinado rosarino integrado por futbolistas de Newell’s, Rosario Central y solo uno de un equipo del ascenso: Central Córdoba.

El único jugador que no militaba en la primera división del fútbol argentino era Tomás Carlovich. A minutos de comenzado el encuentro, le tira un “caño” al central de la selección Francisco Pancho Sá, cuando este se recupera y vuelve a la marca, el Trinche lo desaira otra vez, con un nuevo “túnel”, uno de ida y uno de vuelta.

A los 25 minutos, con una exquisita asistencia, deja solo a Alfredo Mono Obberti con el arquero de la selección Miguel Pepé Santoro, para concretar el segundo gol rosarino (el primero lo había convertido un joven Mario Kempes).

A esa altura las 30.000 personas que colmaban el estadio del Parque Independencia, ya enronquecían sus voces y coloreaban sus palmas por el mediocampista, tan ignoto como extraordinario.

Para el final del primer tiempo ya no había partido, Kempes marcó otra vez y los rosarinos estaban 3 a 0. El Trinche seguía haciendo de las suyas, en un pasaje le tiró un “sombrerito” a Miguel Brindisi, pero –no conforme con eso– repitió la misma acción unos minutos más tarde.

Carlovich se floreaba frente a los mejores del país, dicen que sus asistencias eran deliciosas y sus pases, además de precisos, inolvidables.

Cuenta la leyenda que, en el entretiempo, el seleccionador argentino (Vladislao Cap) imploró a sus colegas del combinado provinciano (Griguol y Montes) “¡Por favor, saquen al cinco!”… No sabían ni el nombre.

En el entretiempo, la inesperada figura se quedó en el vestuario y Argentina pudo maquillar la derrota (3-1).

La biografía dice que fue ídolo en Rosario y en Mendoza (jugó en Independiente Rivadavia), que lo quiso el Cosmos de Pelé y Beckembauer (cuentan que el astro brasileño le bajó el pulgar por temor a ser opacado). Que Menotti lo llamó para la pre selección del Mundial 1978, pero no llegó a la práctica porque estaba pescando. Por todo eso la leyenda se agiganta.

Pero como esto no es un cuento con final feliz, como en tantas ocasiones en Argentina, la tragedia llega para cerrar la historia. En realidad, la tragedia es inevitable, está marcada en el destino. En este caso, es la injusticia, la que todos conocemos, la de todos los días, la que llega para expresar una nueva metáfora de nuestra República. El jugador que no fue, en el país que no fue.

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