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Selección de nuevos cuentos por Virginia Colignon

Monte de aromitos

Cuentos para las infancias con perspectiva regional. Convocatoria conjunta de Editorial Municipal Paraná, CGE, Facultad de Humanidades de Uader, Diario UNO y El Once.

Miércoles 05 de Mayo de 2021

Era un día soleado, pero no hacía calor. De esos días de otoño en los que el viento te confunde. Uno no sabe si con una remera de mangas largas y un pantalón alcanzará o será necesario incluir una campera a la vestimenta.

Su madre lo despertó. Como todos los domingos le recordó “ponete la ropa vieja porque después la rompes toda”. Francisco se levantó, se vistió con su jean celeste con parches ovalados en las rodillas, se puso una remera roja mangas cortas, un buzo de algodón color gris con inscripciones en el frente y zapatillas negras con algunas raspaduras de tanto uso. No es que la ropa fuera vieja como decía su mamá, sino que en su casa siempre tenían una muda para ensuciarse y jugar sin preocupaciones. Y otra que había que cuidar porque era para ocasiones especiales.

Se lavó la cara y, como todos los domingos, su taza ya estaba sobre la mesa. El olor a chocolate azucarado y derretido en la leche se sentía ni bien entraba a la cocina. Junto a la taza, una tostada de pan untada con mermelada de durazno. Su hermana mayor ya estaba tomando su desayuno. Se miraron, esa era su forma de decir “buenos días”, sin mediar palabras. Su hermano menor, el bebé de 3 meses, tomaba la teta.

Ya estaban todos listos, la madre cargó la mochila con muda de ropa, el budín de pan que había preparado la noche anterior, los gorros para el sol y claro, al bebé al que pronto acomodó en la sillita de atrás. El padre controló el auto, el agua, el aceite y vaya a saber qué más. Subieron y partieron.

El viaje siempre le resultaba a Francisco un poco largo, pero aun así le divertía mirar por la ventana: los campos parecían pinceladas de diferentes colores entre el verde claro y el oscuro, amarillos y algunos rojos casi bordo. En ocasiones, se veían máquinas agrícolas trabajando. También le gustaba descubrir en los árboles o los postes de luz las casas redondas de los horneros.

En el camino, no podía faltar el juego de adivinar quién llegaría primero a destino, si ellos o alguno de sus tíos y ¿qué habría para comer?

—Ojalá que fideos verdes con salsa —pensó.

La casa rosada de los Nonos quedaba fuera de la ciudad. Era pequeña, pero con un gran parquizado. El lapacho del frente se veía desde lejos, estaba rodeado por un lado de extensas hectáreas en las que se sembraban a veces maíz, a veces sorgo o soja. Del otro lado cercaba el monte un lugar cubierto de vegetación silvestre, hierbas, árboles y arbustos.

—Llegamos —gritó Fran mientras el auto ingresaba por el camino de tierra y dejaba atrás la tranquera — ¡Gané! somos los primeros.

La Nona, con su delantal celeste atado a la cintura y la camisa arremangada salió a saludarlos. Su sonrisa cubría su pequeño rostro, tenía una sorpresa para su nieto, le había preparado su menú favorito. Luego llegaron los tíos y primos.

Se sentaron a la mesa y comieron. Francisco estaba ansioso. No se animaba a interrumpir la charla de adultos, pero quería saber si su padrino lo llevaría de cacería. Después de un rato, el padrino lo miró

— ¿Vamos a cazar cachenchos Fran?

—Sí

Se puso las botas de goma, buscó la gomera y un palo. Estaba listo para la aventura. Saludaron y partieron los dos hacia el monte. Para llegar había que atravesar el campo sembrado en diagonal y encontrar el alambrado que dividía ambos terrenos. El tío puso un pie sobre el último alambre de púas y con la mano levantó el de arriba formando un pequeño hueco por el cual pasó Francisco. Ya del otro lado, el sobrino hizo lo mismo para facilitarle el ingreso.

El monte parecía enorme, con vegetación tupida y grandes árboles, en su mayoría aromitos, ombúes y sauces. Entre sus ramas colgaban enredaderas y claveles del aire. Además de las amarillas y escalofriantes telas de arañas que impresionaban a quien las viera. Si algo sabía Fran es que no debía agachar la mirada al caminar para no toparse con una de ellas y pegoteárselas en el pelo. El silencio del lugar permitía escuchar a los pájaros cantar, el crujir de las ramas y las hojas en cada pisada.

—Camina despacio así no nos escuchan los cachenchos- dijo el tío mientras se agachaban para cruzar entre unas ramas espinosas.

Padrino nunca le había contado cómo eran estos seres raros del monte. Lo que sí sabía Fran era que caminaban por ahí en busca de alimento. Se los imaginaba como aves grandes de pico largo, larguísimo, delgado y curvo. Con pelos negros o marrones o un poco de los dos. Con alas pequeñas, tanto que casi no se distinguían en ese cuerpo grande y alto del que también salían, por debajo, dos patas largas, fuertes y musculosas (y es que, con semejante cuerpo, eran necesarias). Los ojos eran saltones pero pequeños.

Recorrieron el lugar, encontraron “barba de viejo”, bosta de vaca y algunos cuises que se escondían al verlos. Pero ningún rastro de los extraños animales.

Ya en el medio del monte, donde era necesario caminar casi en cuclillas, descubrieron un sauce con las ramas hasta el suelo. Tan perfecto que parecía una cueva, un refugio para esconderse y esperar a los cachenchos. Entraron. Justo en ese momento se escuchó un crujir fuera. Ambos se detuvieron, se miraron, esperaron. Volvieron a escuchar los pasos cerca de ellos.

—Es el cachencho —dijo el tío susurrando.

El niño abrió la boca para gritar, pero no lo hizo, el canchencho se podía asustar. Apretó fuerte lo ojos y pego su cuerpo al de su padrino. Nadie hablaba, nadie se movía. Solo se escuchaba el crujir de las hojas detrás de las ramas llovidas.

Francisco comenzó a respirar profundamente y casi sin darse cuenta relajó la cara y abrió de un solo golpe sus ojos. Del otro lado de las cortinas naturales, tan estático como ellos, también había unos ojos grandes y asustados que los miraba. Bastó moverse un poco para que el ternero overo saliera corriendo por el monte en busca de su ganado. El tío sonrió.

—No te habrás asustado ¿no? —comentó mientras salían del refugio.

—No.

Padrino sabía de la desilusión de Francisco, lo invitó a emprender el regreso. Juntaron algunas ramas, semillas secas y huesos “extraños”. Acercándose al alambrado, cerca de un poste encontraron una planta grande, verde oscuro, llena de espinas y pequeñas pelotitas rojas en los extremos.

—Una tuna —dijo el tío sin esperar la pregunta de su sobrino — ¿Querés que saquemos una de sus flores para llevarle a tu mamá?

—Pero no tiene flores— contestó Francisco que ya no tenía muchas ganas de nada.

—Son las rojas. Pero tenés razón, dejala. No vamos a poder bajarlas y nos vamos a llenar de espinas.

Francisco volvió su cara, miró hacia arriba, con los ojos enojados pero brillosos, hizo una mueca con la boca y respondió: —Usemos este palo para bajarla —, mientras se aventuraba al nuevo desafío.

Palo en una mano con la flor de penca en la punta, huesos y frutos en la otra. Sobrino y tío, padrino y ahijado, regresaron a la casa con las botamangas llenas de abrojos y la incertidumbre de si algún día lograrían encontrar un cachencho. El sol ya se escondía en el horizonte y pronto cada uno volvería a su casa.

Años más tarde, el monte se convirtió en un gran loteo con caminos de tierra y pequeñas edificaciones. Francisco, quién ya no era un niño, leyendo un diario local, descubrió que el cachencho era, ni más ni menos, que un popular personaje entrerriano de gorro pequeño, pañuelo rojo y acordeón en mano. Muy conocido en el ambiente chamamecero como emblema del Festival de Federal.

Sonrió, se le humedecieron los ojos, miró al cielo y dijo:

— ¿Vamos a cazar cachenchos tío?

Sobre la autora

Texto de Virginia Colignon. Nos dice: "Tengo 30 años. Nací y crecí en la ciudad de Paraná, Entre Ríos. Soy Profesora de Educación Inicial, Profesora en la Facultad de Humanidades, Artes y Ciencias Sociales (UADER) y estoy formándome como Especialista en Educación Inicial. Pertenecí y pertenezco a diferentes proyectos culturales desde los cuales se generan espacios que reciben, alojan y acompañan a las infancias desde la literatura y el arte. He participado como narradora oral en actividades en bibliotecas populares de la ciudad de Paraná y otros encuentros regionales".

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