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Juan L. : el poeta mítico entrerriano

El reconocimiento de la crítica, de la academia y las editoriales que se disputarían los derechos de edición de su obra sería posmortem.

Viernes 19 de Junio de 2020

Ferny Kosiak

Colaboración especial

Dos años antes de la muerte de Juan Laurentino Ortiz, el 2 de septiembre de 1978, Ediciones La Ventana, de Rosario, publicó Poemas para Juan L. Ortiz, un “homenaje” en vida donde solo aparece un poema que hace mención al autor. El prólogo, firmado por Orlando Calgaro, dice que Juanele: “hace pocos días termina de cumplir ochenta años en Paraná, donde vive, ciudad a la que él mismo calificó como la más linda del mundo. Esta circunstancia determina la publicación de este modesto volumen”, y lamentablemente “no hay espacio aquí para transcribir uno de sus inagotables poemas.” Juanele estaba al tanto de este libro que lo homenajeaba en vida y que también era un modo de resistencia poética, porque, como también escribe Calgaro en el prólogo: “Juanele configura uno de los mitos del silencio de la literatura argentina. Quizá no encontremos otro ejemplo.” Inmediatamente parafrasea el prólogo al poemario de Ortiz En el aura del sauce escrito por Hugo Gola: “(…) sorprende que en un país tan desvalido de grandes poetas su obra haya permanecido casi ignorada por antólogos y “entendidos” y marginada del cauce prestigioso de la “alta cultura”.” El prólogo termina diciendo: “La exquisita burguesía literaria ignoró cincuenta años a Juan L. Lo ignoró la prensa ‘seria’. Pero la infinita e incorrupta fuerza de su poesía lo mantiene.” Y quizás ese mismo movimiento de alejamiento de la “alta cultura” fue lo que permitió este tipo de reconocimiento y acercamiento desde sus pares, porque llegar a Juanele, compartir un rato con él sería el “rito” para los autores que pudieron conocerlo. El reconocimiento de la crítica, la academia, las editoriales que disputarían los derechos de edición de su obra, será posmortem y con la suficiente fuerza necesaria para convertirlo en una figura mítica de las letras entrerrianas.

En 1996 fue casi escandaloso que la santafesina Ediciones de la Universidad Nacional del Litoral editara las obras completas del mayor autor entrerriano. Este año esa cuestión geográfica y editorial se subsanó cuando Ediciones UNL sumó su trabajo al de la Editorial de la Universidad de Entre Ríos para lanzar una nueva versión, ampliada y en dos tomos, de la extensa obra de Juan L. que se realizó con el apoyo de ambos gobiernos provinciales.

Esta edición completamente de lujo, donde hasta los colores uniformes de los tomos tienen un por qué (“ribera rosa y dorada” dice uno de los versos del gualeyo), se divide en dos bloques (cada libro tiene más de 800 páginas): En el aura del sauce abarca los 13 poemarios de Juanele, mientras Hojillas compendia textos de juventud, traducciones, artículos publicados en medios de prensa, correspondencia con escritores y escritoras, ensayos de los grandes críticos de nuestra literatura sobre la obra de Juan L. y nuevos textos de académicos y poetas escritos especialmente para esta edición. No tengo recuerdos de haber visto jamás una edición de esta envergadura, donde, más allá de los textos de Ortiz, hay un trabajo de hormiga, de orfebre para que ningún aspecto de esta edición de más de 1.600 páginas quede suelto. Las Notas al final del libro dan cuenta de ese trabajo minucioso, comparativo, de comparación, de buscar construir hasta el máximo detalle esta Biblia Poética.

La figura de Juanele tiene la virtud de generar diversos movimientos hacia su persona siempre mítica. Sigue siendo un escritor que atraviesa las anécdotas y los pequeños homenajes simbólicos que se hacen en torno a su figura y también es una persona que está inscripta en lo empírico geográfico de lo cotidiano: en Paraná un centro cultural lleva su nombre (y sus salas los títulos de sus libros), un galpón del puerto tiene un mural gigantesco de su rostro y recoge uno de sus versos, un bar sobre la costanera tiene su apellido y su rostro vuelto logo; en Gualeguay hay un busto en el parque frente a su casa y un mural en la Biblioteca Popular.

La figura mítica de Juan L. comienza en su obra. Domitila de Papetti dice: “El paisaje mítico comanda desde su lejanía. Solo la perspectiva de lo lejano permitió cristalizar la nostalgia en canto originario, en una especie de mitología telúrica que debía ser recuperada a través de esa forma de proximidad entrañable que es la palabra poética.” De ese paisaje poético habla Iris Longo cuando escribe: “Ortiz dio con una veta inexplorada: la alegría de fundirse con la naturaleza, la opción de ser uno con el río, con la tarde, con el alba…”, a lo que responde Luis Sadí Grosso en su lúcido y breve ensayo Una sucesión poemática entrerriana, donde acota que Ortiz “se detiene más en los micromundos que en lo monumental (…) un bello paisaje cromático y un doloroso paisaje humano”.

La figura mítica de Juan L. se extiende en su persona. Sintetiza Iris Longo en su ensayo El grillo en el alba: “Y en la capital entrerriana tendrá lugar a partir de 1950, el suceso conocido como el “rito iniciático” o las “peregrinaciones” de los jóvenes que desde lejanos lugares del país, y también del exterior, se acercaban hasta su casa de las barrancas para contemplar los blancos cabellos “casi flotantes” del maestro, para aprender de su increíble cultura y a la vez de su humanidad, de su docencia sin pretensiones; para familiarizarse, en fin, con su cuarto de estudios decorado con hojas de bambú.” Juanele fue una persona rodeada de cierto misticismo poético y artístico mientras vivía, cierta veneración, y eso continuó luego de su muerte, tanto por parte de aquellos autores que lo conocieron como por aquellos que solo conocemos ese universo a través de las anécdotas que pasan de boca en boca.

Quizás el mejor homenaje para un poeta sea que un par le escriba un poema. El poema que es un homenaje a alguien es casi una elegía y como tal se va a detener, principalmente, en lo empírico, en aquello que ese alguien hizo. Sin embargo, al tratarse de un poema a un escritor, a un artista, el juego de la escritura se abre hacia los universos que haya creado en su obra. Mencionaré solamente siete poemas dedicados a Juan L.

Siete poemas

Juanaire de María Cristina Venturini, con una reapropiación del sauce orticiano. Carta inconclusa a Juan L. Ortiz bajo la noche de Gualeguay de Alfredo Veiravé, con un recorrido por los temas poéticos y por la intimidad compartida en la empiria, rescate de esas pequeñas migajas de la memoria para reconstruir un aplauso a través de sus versos.

Juanele de Juan Manuel Alfaro, que condensa todas las posibles aristas a la hora de homenajear a Ortiz y que comienza con un verso contundente: “Entre poetas siempre se termina hablando de Juanele.”

Elegía a Juan L. Ortiz de Orlando Van Bredam, con una elección de paisajes mínimos y de elementos clásicos en la figura del escritor como su delgadez y sus cabellos.

Ortiz de Abel Edgardo Schaller, rescata otros elementos empíricos icónicos como el gato, el perro Prestes, la boquilla, Gerarda; y el lamento del yo poético que “se perdió” el rito iniciático de conocer a Juanele.

¡Ay río! de Norma Moretti de De Ieso reafirma el lugar mítico del río en la poesía entrerriana y lo aúna con la “leyenda” de Juan L.

Casa natal de Stella Maris Ponce nos lleva a la casa gualeya de Juanele en Puerto Ruiz. Homenajea la obra de Juanele; se detiene en su figura, en los detalles icónicos, acercándose al escritor que ya no está pero como una especie de contraparte del rito iniciático planteado por Longo de autores visitando a Juanele: el acercamiento sigue pero la muerte del autor impide la continuidad del rito, la solución viene desde el acercamiento hacia los símbolos, los lugares, las cosas que dejó atrás. La única posibilidad de acercarnos que tenemos quienes no lo conocimos (más allá de, obviamente, su obra) es a través de la memorabilia: la casa que dejó atrás, sus manuscritos, las que fueron sus pertenencias.

Quizás estos poemas en homenaje o la edición de las obras ampliadas (que lo vuelven a poner en boca de todos, a renovar el mito) sirvan para recordarlo desde sus textos, desde las anécdotas compartidas, desde detalles de sus poemas o desde la figura de escritor mítico entrerriano, aplaudirlo de pie a través de la palabra poética como una humilde continuidad, como un fluir del río visto desde las orillas, bajo los sauces.

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