Argentina ante una oportunidad sin igual

Teníamos un elefante a la vista: la deuda externa desproporcionada de la Argentina. Pero quedó confundido en la manada de elefantes que trajo el virus al mundo.
19 de abril 2020 · 21:00hs

Argentina enfrenta un desafío que tiene entre otros ingredientes la necesidad de serenar la economía, salir del encierro por el endeudamiento crónico, establecer qué deuda es legítima, bajar el riesgo país para quitar presión a las deudas familiares, enfrentar el acuerdo EE.UU.-China que desplaza a nuestros países, sostener una moneda propia, pisar la inflación… Y estamos hablando dentro del actual sistema.

El desafío es un plato complejo: se necesita asegurar alimentos sanos y cercanos para todas y todos, revertir los resultados de la balanza comercial, zafar de la dependencia sojera, recuperar la soberanía ecológica, asegurar una posición firme ante el colonialismo, evitar los riesgos del fracking, cuidar la energía, facilitar la creación de puestos de trabajo, desconcentrar las zonas superpobladas, no ceder a las presiones por la impunidad, romper con la brecha de los privilegios internos irritantes e instaurar por fin un régimen federal con predominio de las autonomías.

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Improvisados

Por la acumulación de problemas, el Estado argentino estaba en uno de los escalones más complicados en el orbe, cuando la explosión viral. De ello se desprende que la crisis global podía mandar al Estado al abismo. (Aquí separamos la salud del Estado de la salud de la población, convendría no confundirlos).

Hoy estamos conversando de otra cosa, y a la Argentina no le va tan mal, a Dios gracias. La situación extrema que padecen Italia, España, Francia, Estados Unidos y otra media docena de países hace que los gobiernos del resto de los 190 países del mundo busquen compararse con lo peor para salir airosos en su imagen.

Es decir: la pandemia fortalecerá la mayoría de los gobiernos actuales (no todos).
Cada uno elige la comparación más conveniente. Uno dirá: tengo menos contagiados. Otro dirá: tengo menos muertos en comparación con el número de contagiados. Otro dirá: logré un equilibrio entre la atención de la salud y la movilidad económica. Unos contarán los positivos, otros los test realizados. Hay países que aplicaron un encierro social mayor porque no tenían previsiones para hacer los test ni cantidad de respiradores.

Un vecino de Gualeguaychú, Raúl David Chaia, se preguntó días atrás en Radio Máxima “¿cómo alguien me puede decir ‘esto no lo esperaba', cuando hoy día cualquier persona que sepa leer y escribir puede hacer este resumen” de las pandemias que ha soportado la humanidad y están registradas en la historia? Entonces enumeró algunas, con cierta indignación: “Señores, en el año 430 ante de Cristo una plaga mató a 150.000 personas en Atenas. Una pulga negra que tenían las ratas, a través de los barcos que iban de China a Europa (fiebre bubónica o fiebre negra), desde el siglo VI (y con su último brote en 1855) dejó más de 300 millones de muertos. La viruela que nos trajo el ganado de origen euroasiático desde 1520 hasta 1970 ha matado más de 300 millones de personas. La gripe española en siete meses mató más personas que la Primera Guerra Mundial con 50 millones de muertes. El sida desde 1981 ha matado aproximadamente a 30 millones de personas… Y así podríamos describir decenas de pandemias, como la de fiebre amarilla entre 1870/1871, donde solo en Buenos Aires morían hasta 500 personas por día. La malaria, que mataba 500.000 personas por año…”.

Chaia señaló una obviedad pero poco abordada. Los estados han dedicado mucho dinero a asuntos secundarios y poco a la prevención sanitaria. Decir que no esperábamos una pandemia resulta poco serio.

Sobre la plaga de Atenas, que él apunta, podríamos agregar que también demostró el peligro del hacinamiento. ¿Por qué, entonces, el mundo y en particular la Argentina, caen en amontonar personas en espacios reducidos, cuando estas experiencias son aterradoras?

Respecto de la improvisación, digamos que en Entre Ríos el gobierno admitió que tenía 57 camas de terapia intensiva en el Estado provincial, y la mayoría ocupadas. Nos salvaron las informaciones que llegaban de Italia que nos permitieron aislarnos, preparar la tecnología, habilitar espacios casi abandonados.

Lo que también ayudó a muchas provincias es la escasa relación con viajes internacionales. Buenos Aires tiene más enfermos porque allí viajan más por el mundo, tienen más vínculos. Eso, un síntoma de mayores ingresos y mayores servicios que el resto (aviones, por caso), en este caso jugó en contra.

“Ecoronomía”

El coronavirus nos está dando una oportunidad. Podemos quedarnos en el combate y esperar aplausos por vencer a la pandemia, o podemos modificar los hábitos para aventar otras enfermedades previsibles.

A propósito, el mismo Raúl David Chaia, experto en Informática y conocido en Paraná porque fue el mentor de la tarjeta Sidecreer en el último gobierno de Sergio Montiel, definió la economía que viene con un neologismo: “ecoronomía”.

En su origen, economía significa “leyes de la casa”, pero el vecino de Gualeguaychú logró un juego de palabras que incorpora el coronavirus como invadiendo la economía para despertarnos, y a la vez, coro: grupo de voces para el arte, es decir, la veta comunitaria.

Veamos una definición del propio autor: “La ecoronomía será el nuevo modelo económico que se impondrá, llámese por obligación, por naturaleza o por necesidad. Deberemos cambiar nuestros hábitos de vida, vivir con menos, en lugar de generar tres bolsas de basura por día, quizás sobre con una. Dejar de lado el consumismo implantado y volver a poner en práctica las palabras ahorro, escasez, sentido común, coherencia, aptitud, honestidad, capacidad. Cada uno mientras pueda deberá tratar de generar como mínimo lo que consuma, el sobrante será la raíz del ahorro, deberemos abrir el ropero del pasado y ‘copiar’ a nuestros abuelos, cuando llegaron a estas tierras, algunos con no más que una valija gastada”.

“Un GPS, cuando erramos el camino, nos dice ‘recalculando’ –añadió Chaia-; estos cambios bruscos que estamos viviendo nos están llevando quizás a que seamos nosotros quienes debamos ‘recalcular’ nuestras vidas, en todo su sentido. Hemos descubierto por necesidad que somos capaces de muchas cosas: pintar, carpir, coser, cocinar, pijotear la yerba, vivir con menos, simplificar todo y encima con más tiempo en familia! Se puede concluir que estábamos viviendo en una ‘nube de pedos’!”, sintetizó.

“Soy muy optimista, llevará mucho tiempo, pero estamos aprendiendo a la fuerza y en forma acelerada. Dejaremos de sacar tres bolsas de basura por día, haremos huertas en lugar de cortar el pasto. Juntaremos la poda, en lugar de comprar leña. Cambiaremos el celular cuando se rompa y no por moda. Ante la escasez, aprendimos a cuidar. Nos veremos todos iguales ante algo que no distingue al rico del pobre, sabremos clavar un clavo, agarrar un pincel, remendar un pantalón, pasar más tiempo en familia, valorar más lo que no tenemos (libertad, amigos, peñas, recreación, dinero), aprenderemos a cocinar en lugar de llamar por teléfono”.

“Quizás cuando la tormenta pase nos despojemos de todo lo que nos estaba haciendo mal y volvamos a las raíces, la ecoronomía será una economía de guerra, se basará en el principio de escasez, se deberá tender a la autonomía en todo sentido”, afirmó.

El hambre

En otro aporte al pensamiento, Chaia llamó a “sacarnos la careta”, y recordó que el hambre “viene matando humanos hace siglos y en forma ininterrumpida, con mayor cantidad de víctimas que todas las pandemias y resulta que ningún poder político ni económico ha creado una alarma mundial, ha congelado y paralizado la economía global, ni ha propuesto una guerra tal cual lo estamos haciendo con el Covid-19, ¿por qué? ¿Será que quienes generan hambre saben que no serán victimas de ella? ¿Será que para mantener el dominio, no conviene humanos sin hambre?”, se preguntó.

Y bien, las reflexiones del entrerriano siguen por otros andariveles. Para Chaia, uno de los problemas argentinos radica en la baja cantidad de contribuyentes que sostienen un aparato, la falta de equilibrio.

Cuando lo consultamos esta semana y le pedimos publicar, nos sugirió que suavizáramos algunas de sus expresiones escritas al correr del teclado. Como sea, aquí tomamos dos aspectos interesantes para el momento: que los ciudadanos no estamos creyendo todo lo que viene desde el poder (como eso de que una pandemia nos sorprende impreparados); y también que ven un camino en la austeridad.

Para pensar: una pandemia de ecoronomía, un coro por la vida comunitaria, sencilla, no atada al consumismo.

Todos inundados

Sobre el origen y la singularidad del Covid-19 se agolpan las dudas. Hay quienes están reclamando a China montos siderales como responsable de haber ocultado información y por lo tanto generado en otros países un impacto que pudo evitarse. Otros prefieren callar, mientras le compran a China los insumos. Pero más allá de eso algunos ponen en dudas incluso los datos que ofrecen los estados, y sostienen que en número de muertos en el mundo no hay más que en el promedio de años anteriores…

Lo que está fuera de toda duda es el impacto económico de la pandemia. Ignoramos la razón y los intereses detrás, pero sí conocemos que estamos más encerrados, más atados a la tecnología, más bancarizados, e incluso nos hemos vuelto un poco más botones que de costumbre. El bicho, sea lo que sea, ha logrado que naturalicemos el seguimiento de las personas desde el Estado para controlar el “humor social”… El despotismo siempre encuentra una excusa.

Cuando el mundo habla de planes Marshall para ciertas economías en guerra contra el coronavirus, la Argentina se ve de pronto ante un ciclo que desplaza el eje y permite atacar asuntos que hasta ayer eran tabúes. A mal de muchos, consuelo de tontos se dirá, pero veamos este ejemplo: una familia cuya casa se inunda porque es baja en comparación con los aledaños, y dos por tres recibe 20 centímetros que humedecen todo. De pronto, la cuadra entera queda bajo medio metro de agua, ¿quién se fijará si una casa queda a 40, 50 o 70 centímetros? Entonces se buscarán soluciones para el conjunto, incluida la casa baja.

Frente a los cambios que se avizoran, cada región del mundo aportará sus recetas. La nuestra no debiera ser un plan Marshall que nos coloque a la cola de un proyecto para los países privilegiados del mundo. (Eso sería una renovación de la división internacional del trabajo que nos tiene de siervos y nos obliga al saqueo de las riquezas para la productividad que exigen otros, y el consumo que exigen otros).

Ahora, si no es un plan Marshall que genere otros lazos de dependencia, ¿qué entonces?

Cada región tendrá respuestas, no necesariamente excluyentes. Una de las respuestas nuestras más firmes consiste en volver la mirada a la comunidad, la comunidad integrada en la naturaleza con sus relaciones complejas, sin compartimentos estancos. Aprovechar la crisis para liberarnos de la dependencia (en diversos planos) y del hacinamiento que en la Argentina es un crimen porque se da con el vaciamiento poblacional de vastas zonas. Ese sistema podría llamarse ecoronomía, como sugiere Chaia, y pasando a otro mundo hoy oculto hablaríamos de armonía del ser humano en la naturaleza (tekó porá en guaraní), de saberes antiguos y vigentes de este suelo.

Una manada

No hay mejor manera de esconder un elefante que echando al ruedo otros veinte elefantes. Pues: el coronavirus lo hizo. Hoy son más los países endeudados, con dificultad para el intercambio internacional, paralizados, que necesitan un salvataje. ¿Quién ahora lanzará la piedra?

Están a la vista las ventajas comparativas de un país excepcional que hasta ayer tenía un parásito sin cura que succionaba en sus intestinos (la deuda), y hoy ese pasó a ser un problema entre mil.

Las cifras que los países, principalmente en el hemisferio norte, deben destinar para la protección de los pueblos por la pandemia y para sostener la economía parada son astronómicas. Los números más gruesos de ayer pasan a ser el vuelto.

La “gripe” nos agarró a muchos, pero es evidente que en el hemisferio norte y en los países de mayor comercio y turismo internacional está haciendo estragos. Aquí, favorecidos por las noticias terroríficas, tuvimos tiempo de hacer pie.

La deuda externa de la Argentina, desde los tiempos de la dictadura hasta el presente, era ante el mundo un elefante inocultable. Gran parte de nuestros déficits, de nuestra inflación, de la carestía de los créditos, de la pérdida de soberanía y de la ausencia de planes propios dependían de ese parásito, cuyos responsables más o menos conocemos pero tratan de pasar inadvertidos en la confusión.

Los males de nuestra economía se resumen en la frase “deuda eterna”, como solía repetir como un latiguillo un viejo dirigente sindical de Paraná, José Lambarri. La deuda no es externa, es eterna, insistía diez veces por día. Esa era su marca, pero decía tanta verdad junta que no cansaba.

Si José hubiera vivido los años de Macri… Creer que con más deuda saldremos del encierro es una religión que nos recuerda el suicidio de Guyana.

Lo cierto es que todos los gobiernos, con matices, han tenido responsabilidades en el endeudamiento o el pago de deudas fraudulentas, sin investigación suficiente.

Llegado 2020 se imponía una reducción de la deuda, un aplazamiento del pago, y llegó el coronavirus. Todo el mundo está cambiando la perspectiva, lo que era figura hoy es fondo, lo que era fondo hoy es figura. Por frío que parezca, la situación ayuda.

Muchos de los países que señalaban para afuera con el índice hoy están mirándose para adentro. El coronavirus hace las veces de un extraterrestre, ante el cual todos parecemos iguales. ¿Qué importancia tiene tal o cual conflicto, ante la invasión alienígena?

Es tal el terremoto, en términos reales y en términos de difusión, que las grietas de ayer, las vibraciones, los riesgos, quedaron pequeños.

Uno jamás sabrá cuántos iban a morir en tal o cual país si ocurría esto o aquello. Frente a la incertidumbre, los factores de poder local consolidarán sus posiciones, y el mundo del norte no tendrá modo de acusar a los endeudados del sur o ponerles trabas insuperables, cuando se contagió de las debilidades.

Aún no hay cifras ciertas sobre los montos que destinarán Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia, Italia, España, Brasil. En estas circunstancias, un país que contenga la expansión del virus y muestre cierta estabilidad social con probabilidad de producción en varios rubros, ya no será el único débil. No seremos los únicos débiles.

Qué ocurrirá con los precios internacionales del petróleo, los granos, los insumos, las carnes. Qué ocurrirá con el intercambio internacional con los países que invaden el mundo con sus productos industriales. Cómo saldrá China del estado de desconfianza que se ha generado. Cómo actuarán los estados con el poder financiero y viceversa. Cómo serán las nuevas alianzas, cuando el mundo estaba sufriendo ya el enfrentamiento comercial de EE.UU. y China, y también el arreglo, y la Unión Europea se preparaba para vivir sin Gran Bretaña y a la inversa.

La geopolítica internacional está en un momento de inflexión. El coronavirus lo hizo. A río revuelto, ganancia de pescadores. Esos pescadores son los acreedores, sí, pero aquí el refrán opera de otro modo porque estamos ante un tsunami.

¿Sabrán los gobernantes aprovechar esta oportunidad que abre la triste pandemia? He aquí que no tenemos la bola de cristal.

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