Hablar de educación financiera hoy no es una moda ni un concepto abstracto reservado a economistas. Es, cada vez más, una necesidad urgente que atraviesa la vida cotidiana de miles de familias argentinas, en un contexto marcado por el endeudamiento récord, la pérdida del poder adquisitivo y la dificultad creciente para cubrir necesidades básicas.
Educación financiera: una deuda pendiente que impacta en los hogares
La Educación Financiera es una herramienta que urge implementar, en un contexto de endeudamiento récord y una marcada pérdida del poder adquisitivo
Por Vanesa Erbes
La Educación Financiera es una herramienta que urge implementar, en un contexto de endeudamiento récord y una marcada pérdida del poder adquisitivo
La Educación Financiera es una herramienta que urge implementar, en un contexto de endeudamiento récord y una marcada pérdida del poder adquisitivo
La Educación Financiera es una herramienta que urge implementar, en un contexto de endeudamiento récord y una marcada pérdida del poder adquisitivo
UNO consultó a María José Quinodoz, contadora pública, licenciada en Economía y docente de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Entre Ríos (UNER), quien sostiene que la educación financiera debería pensarse como una herramienta esencial para la vida, al mismo nivel que la educación emocional o la educación tributaria. “Son conocimientos básicos que el mundo laboral y personal exige hoy, pero que casi no están presentes en la educación formal”, señaló.
En este marco, explicó que la educación financiera es un concepto amplio que abarca nociones clave como el presupuesto, el ahorro, la inversión, la toma de decisiones y la planificación del uso del dinero, tanto presente como futuro. Implica entender de dónde provienen los ingresos, si son fijos o variables, cómo se distribuyen los gastos y qué impacto tienen las decisiones financieras a corto y largo plazo.
La eduacción financiera debería incorporarse desde temprana edad
Para Quinodoz, estos aprendizajes deberían incorporarse desde edades tempranas. “Así como enseñamos hábitos de higiene o normas de convivencia, también deberíamos hablar de dinero desde la primera infancia, en la casa y en el jardín, a través de juegos y ejemplos cotidianos”, explicó.
La idea es naturalizar el vínculo con el dinero, quitarle el tabú y promover decisiones más conscientes.
Durante años existieron intentos de incorporar estos contenidos en la educación formal. Uno de los más recordados fue el programa de alfabetización financiera impulsado por el Banco Central de la República Argentina (BCRA) en conjunto con el Ministerio de Educación, orientado principalmente a estudiantes del último año de la secundaria.
Ese programa trabajaba con conceptos concretos: ingresos fijos y variables, presupuesto personal o familiar, porcentajes razonables destinados al alquiler, al ahorro, a los gastos fijos y a la inversión. “La idea era que los chicos se fueran haciendo una imagen real de cómo manejarse en la vida adulta, sobre todo cuando están por insertarse en el mercado laboral”, recordó Quinodoz.
Sin embargo, con el paso del tiempo, esos programas fueron perdiendo impulso y quedaron relegados en medio de recortes y reestructuraciones. El resultado es visible: una sociedad que, en gran medida, toma decisiones financieras sin herramientas suficientes para evaluar consecuencias.
Un dato alarmante
Quinodoz hizo alusión a que hoy el 91% de las familias argentinas está endeudada y la morosidad alcanza niveles récord. Pero lo más preocupante no es sólo el volumen de la deuda, sino su destino. Casi el 60% de los compromisos financieros familiares se explica por gastos en alimentación. A eso se suma entre un 8% y un 10% destinado a impuestos, tasas y expensas, y otro 25% vinculado a servicios esenciales como internet y telefonía celular. “El endeudamiento promedio por grupo familiar supera los 5 millones y medio de pesos. Es una locura”, afirmó la especialista.
Y el panorama se agrava al observar las tasas de interés: mientras la inflación avanza, las tasas de financiamiento de tarjetas de crédito, fintech y préstamos personales llegan a sextuplicarla. “No hay forma de ganarle. Los salarios crecen mucho más lento y las familias quedan cada vez más atrás”, resumió.
Otro punto crítico es el acceso casi indiscriminado al crédito. Límites de tarjetas que alcanzan cifras millonarias se ofrecen sin un acompañamiento real al usuario financiero. “Es un negocio para los bancos. Hoy las comisiones y tasas están liberadas, y cuando el cliente deja de ser rentable, la deuda se vende a agencias de cobranza que hostigan sin descanso”, explicó.
Si bien la responsabilidad individual es clave, Quinodoz plantea que también debería existir un mayor compromiso institucional en el cuidado del usuario financiero, ya que la falta de información clara y de seguimiento personalizado contribuye a que muchas personas no dimensionen las consecuencias de caer en morosidad. Porque no pagar no sólo implica intereses y estrés: afecta el perfil crediticio, limita el acceso a futuros préstamos, tarjetas o créditos hipotecarios. “Hoy dejás de pagar el celular y terminás en el Veraz”, graficó.
La crisis económica también modificó las expectativas. Pensar en ahorrar para una casa, cambiar el auto o planificar vacaciones se volvió un lujo inalcanzable para amplios sectores. “Hoy, con ingresos de alrededor de un millón de pesos, incluso siendo trabajador registrado, se es pobre. Esto era algo impensado hace décadas, cuando tener trabajo en blanco te garantizaba pertenecer a la clase media”, reflexionó Quinodoz.
En este marco, comentó que, según estimaciones actuales, para integrar la clase media-baja un grupo familiar debería contar con ingresos cercanos a los 3 millones de pesos mensuales, una realidad que explica por qué muchas decisiones financieras se toman pensando sólo en el hoy.
Salir del endeudamiento
La salida no es sencilla, pero es posible. El primer paso, según la especialista, es tan básico como poderoso: armar un presupuesto. No hace falta una planilla sofisticada. “Puede ser una hoja, un cuaderno o una aplicación. Lo importante es anotar todos los gastos fijos, los montos y las deudas”, aconsejó.
Visualizar la situación permite tomar decisiones más racionales: definir cuánto se puede destinar al pago de cada deuda, evitar que la bola de nieve siga creciendo y, cuando es posible, negociar refinanciaciones que se puedan sostener en el tiempo. “Muchas veces no arreglamos porque no sabemos que se puede. Y por desconocimiento terminamos pagando mucho más”, advierte. La educación financiera, en ese sentido, no solo previene el endeudamiento, sino que también reduce el estrés, la angustia y la sensación de desborde.
Aprender para decidir mejor
Cuando las deudas quedan atrás, la recomendación general es que los consumos con tarjeta no superen el 40% del ingreso, aunque ese porcentaje depende de cada realidad. Lo fundamental es entender que tener un límite alto no significa poder gastar todo.
En ese marco, la educación financiera aparece como una herramienta clave para la vida cotidiana. No se trata solo de saber ahorrar o invertir, sino de aprender a tomar decisiones conscientes sobre el dinero, incluso cuando existe un pequeño excedente que muchas veces no se sabe cómo administrar: desde mejorar la vivienda o la habitación de los hijos, hasta planificar a mediano y largo plazo.
Las nuevas generaciones, especialmente adolescentes y jóvenes, hoy acceden a gran parte de estos conocimientos a través de las redes sociales, más que por la escuela o la universidad. Si bien esto puede ser positivo, también implica riesgos. La falta de formación sólida puede llevarlos a caer en propuestas engañosas como esquemas Ponzi, falsas promesas vinculadas a criptomonedas, apuestas online o inversiones de alto riesgo que no siempre resultan saludables desde el punto de vista financiero.
Por eso, la educación financiera no sólo debe pensarse como un contenido técnico, sino como una formación crítica, que permita distinguir entre información confiable y estafas, y fomente hábitos responsables desde edades tempranas. Porque si bine no promete soluciones mágicas, sí brinda herramientas para decidir mejor en un contexto adverso. Y quizás ahí radique su mayor valor: devolverle a las personas algo de control sobre su presente y su futuro económico.
























