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Diálogo Abierto

"Por el racismo, muchos no se autoperciben afrodescendientes"

Entrevista a Marina Crespo. Racismo. Dos temáticas invisibilizadas por el prejuicio social. Viajes chamánicos y "el encuentro" con África. Revisando los museos

Lunes 30 de Noviembre de 2020

La coordinadora de la Asociación Entre Afros, licenciada Marina Crespo, marca las propias dificultades que tuvo para lograr precisiones sobre sus ancestros y recrear su cultura, en un contexto social atravesado por la negación de determinadas etnias y el racismo. “Al sentir los tambores sentí algo muy fuerte”, recuerda la docente de educación especial como punto de inicio de un proceso que aún tiene materias pendientes.

Síndrome Down y burlas

—¿Dónde naciste?

—En Paraná, en Pasteur y Ramírez, en una casita alquilada, donde viví un año, y luego en mi barrio paterno, Villaguay y Alsina.

—¿Cómo era la zona en tu infancia?

—Tranquila, familiar, jugábamos en la calle, andábamos en bici, hacíamos carnavales y murga, y le pedíamos plata a los vecinos.

—¿Lugares de referencia?

—El Club Quique, donde jugué al básquet, la plaza Sáenz Peña y el fondo de casa, porque daba al Quique.

—¿A qué más jugabas?

—Andaba mucho en bici, con el Playmobil y vendíamos juguetitos a los vecinos.

—¿Personajes?

—Un hombre que tenía síndrome de Down…

—¿Jorge?

—¡Sí, al igual que Roberto, del Quique! Por él me dediqué a trabajar con personas con discapacidad, ya que era chica y sufría enormemente porque en el club le quitaban el bolo. Nos amábamos y aunque no hablaba, nos comunicábamos por señas.

—¿Qué actividad laboral desarrollaban tus padres?

—Mi papá, fotógrafo y técnico en cámaras réflex, y mi mamá, trabajadora social, en el hospital San Martín.

—¿Qué imaginabas ser a partir de aquella relación con la discapacidad?

—Siempre jugué a la maestra y hacía las tareas en un pizarrón que me había regalado mi abuela, y ponía mis muñecos para explicarles.

—¿Leías?

—Sí, la Biblioteca Billiken, Elige tu propia aventura, Julio Verne, Las aventuras de Alicia, y luego Mujercitas.

—¿Alguno influyente?

—Azabache, una novelita juvenil, que se lo leo a nuestro hijo y con la cual me enamoré de ese caballo. Cuando fui más grande, Cien años de Soledad me voló la cabeza y La casa de los espíritus, por haber tenido experiencias similares a las que se relatan.

—¿Qué materias te gustaban?

—Física y Química. Hice el profesorado de Primaria, el de Educación Especial y luego la licenciatura. No me gusta tanto la educación común sino especial.

—¿Así que lo determinante para ello fue la amistad con Roberto?

—Sí, porque no sabía cómo ayudarlo cuando le hacían lo que hoy se denomina bullying, era cruel y lo sentía muy injusto e idiota.

—¿Qué pensabas que podías hacer?

—Empoderarlos, en términos actuales, brindarles herramientas para que no fueran víctimas de eso. Muchos de mis estudiantes han sido víctimas de esas burlas, cuando en realidad tienen mucho para dar. Igualmente sucede con todos quienes “salen de la norma”, judeocristiana. Por suerte mis padres no me bautizaron, pero mi abuela me metía lo de la iglesia y a los 21 años, para honrarla, tuve “la genial idea” de tomar los sacramentos, aunque ahora haré la apostasía.

Derechos, limitaciones y amor

—¿Cuál fue el enfoque predominante con que te formaste en educación especial?

—En el profesorado comenzaba la perspectiva desde los Derechos Humanos, aunque no tanto, y en la Universidad, la de considerar a la persona con discapacidad como sujeto de derecho y libertades plenas, con un rol activo, aunque en los casos de discapacidad mental severa, en lo cual he trabajado mayormente, es limitado por la familia y los mismos docentes. Al principio me hacía mal porque son situaciones irreversibles, asociadas con muchas patologías, hasta que entendí que podía ayudar a que la situación no fuera tan pesada para la familia.

—¿Un gran aprendizaje del mundo de la discapacidad profunda?

—El amor y la posibilidad de comunicarse más allá de la palabra, me llena el alma. Sentir que se abren hacia uno es muy fuerte, como un estudiante que no estira un brazo y un día lo hace y te hace una caricia. ¡He llorado de emoción!, y también por tristeza, porque se van…

—¿Cuáles son, en general, las deficiencias estructurales en cuanto al tratamiento y relación con ellos?

—Durante mucho tiempo, antes del certificado nacional de discapacidad, su lucha fue permanente porque se los trataba como pacientes crónicos pero dependía de la obra social. A partir de 2000 comienza a cambiar la visión, legislación y prestaciones, aunque las obras sociales solo la respetan cuando hay un recurso de amparo. Tuve casos de chicos humildes que estuvieron 10 años tirados en un rincón de la casa sin que lo hubieran detectado.

—¿Un caso que te conmovió o te hizo revisar cosas?

—El fallecimiento de una alumna que quería mucho, y ver en el rostro de la madre una mezcla de dolor y alivio, porque la hija se había ido antes, que es la gran preocupación de estos padres. Hoy hay hogares y los padres pueden estar tranquilos, pero cuando me recibí, no los había, salvo un cotolengo, lo cual era bravísimo.

Viajes chamánicos y rulos

—¿Cuál fue la primera aproximación a la temática afro?

—En un encuentro con tambores en 2012, en el Islote, que me generó algo muy fuerte. Me di cuenta que lo que me pasaba no le pasaba al resto, más allá de que siempre me gustó bailar mucho, y no había tomado. Ahí comencé a investigar los efectos del tambor sobre el sistema nervioso y sobre chamanismo.

—¿Hasta ese momento no tenías referencias sobre tus ancestros?

—No, no, porque los Crespo eran españoles, a pesar de que estaban los negros Crespo, de La Paz, dos de ellos primos de mi papá, quien tiene rulitos.

—¿En tu hogar nunca se habló nada?

—¡Nada, nada! Comencé chamanismo con Delia Katz, mi maestra, descubrí los viajes chamánicos y me voló la cabeza. En esos viajes “me trasladaba” a África, la tribu, el fuego, la ronda, a veces con los ancestros y a veces con gente joven… pero siempre en África. ¡Era muy fuerte! También tuve un “encuentro” con mi abuela a quien le preguntaba por qué no me había dicho, me consolaba y decía que porque “hay mucho para sanar”. Con todo esto, pregunté, aparecieron datos de que “el tatarabuelo era negro”, y verifiqué que era hijo de una esclavizada con un Crespo, patrón de la estancia, y criado por ellos. Nunca se supo nada más de esa esclavizada. Lo hablé con papá y me dijo “posiblemente”.

—¿No había indicios de costumbres o relatos?

—Nada. El testimonio que hubiera podido tener era el del “Negro” Crespo, primo de mi papá, pero falleció joven. En La Paz hubo gente que me ayudó, al igual que algunos historiadores, pero no hay documentos, sino registro oral.

—¿Fue lo más preciso que pudiste reconstruir?

—Eso nada más. En casa no había fotos ni nada, porque quedó en La Paz y no sé en manos de quién.

—¿Qué idea más general conformaste del fenómeno histórico, a partir de tu situación particular?

—Pregunté en Paraná quién había investigado, ya sabía lo del barrio El tambor y me acerqué a la cátedra de Mabel Masutti cuando vino Marcos Carrizo, licenciado en Historia. Le pregunté y me dijo “vos con esos rulos no podés negar que sos afro”, porque le había dicho si no eran los mismos rulos que tienen los judíos. Me dio una explicación técnica y me fui muy feliz. También me escribía con Lucía Molina, de la Casa de la Cultura Indo Afro Americana de Santa Fe, pero no me daba mucha bolilla, hasta que Marcos habló con ella. Comencé a viajar a Santa Fe y me integré a esa “familia”.

crespo
"Por el racismo, muchos no se autoperciben afrodescendientes" 

"Por el racismo, muchos no se autoperciben afrodescendientes"

Racismo y museos

—¿Comenzaste a practicar alguna danza típica?

—El candombe uruguayo y luego el litoraleño, que se cree que era el que hacían los negros acá. Cuando bailo, siento que también están mis ancestros.

—¿Qué denominadores comunes presenta la temática según la información y conocimiento recolectado en distintas provincias?

—El racismo estructural vinculado con la constitución de un Estado-Nación que consideraba que la inmigración europea era lo máximo porque tenía valores, costumbres y religiones a imitar, planteando la supremacía de la raza blanca pura sobre otra inferior, salvaje, oscura e ignorante, como decía Sarmiento. El racismo es común a todo el país y lleva a que mucha gente no se auto perciba como afrodescendiente porque siempre fue vergonzoso. En Paraná hay muchos que lo niegan, cuando está a la vista. Lo mismo sucede con los pueblos originarios, también anteriores a la nación. Durante muchos siglos hubo negacionismo con relación a la presencia afro, porque los mandaban a las guerras y morían, los mató la Fiebre Amarilla… pero no fue tan así. También está el mito de que la esclavitud fue bondadosa y no es real.

—¿Qué aconteció en Paraná?

—Es donde más mestizaje hay y la gente busca todavía el estereotipo del afro como oscuro y en la forma en que históricamente se lo presentó. En Entre Ríos se dedicaban a tareas domésticas y de campo, aunque también pueden haber ido a alguna guerra.

—¿Cuál estimás que es el mayor descubrimiento en los últimos años?

—En la región, me parece que tiene que ver con los escritos de Pérez Colman, en los cuales se habla de lo que sucedía y de la presencia real. Hay uno llamado Candombe, en el cual describe lo que pasaba cuando salían los afros con sus tamboriles. Es de los pocos documentos que testimonia la presencia, al igual que el Cementerio de los Manecos y Manecas, en Ingeniero Sajaroff, de afrobrasileños que huían de la esclavitud, y la colección de cerámicas del Arroyo Leyes, con piezas en el Museo Antonio Serrano, en Córdoba, Santa Fe y Santo Tomé.

—¿Hay que resignificar la presencia de la negritud en los museos?

—¡Sí, hay que incluirla porque, en general no está!

—¿Existe suficiente material historiográfico?

—El Museo Serrano está haciendo un trabajo de remodelación de salas en el cual incorporará las tres raíces fundantes de la provincia: la europea, la originaria y la afro, relatado por los protagonistas. El Museo de la Ciudad también está haciendo un trabajo de investigación interesante aunque no sucede con todos los museos paranaenses. El Museo Etnográfico de Santa Fe hizo una muestra espectacular y ahora existe el Paseo de las tres culturas.

—¿Puede haber cuestiones importantes todavía no descubiertas en Paraná, que pueden dar dimensión real de cultura afro?

—Hay que poner en valor el barrio Del Tambor, sobre el cual hay gente que sabe muchísimo, y generar un circuito que tenga que ver con él. Hay muchos recursos tecnológicos, personal e ideas en el Museo de la Ciudad y Museo Serrano, por ser parte del barrio. El arqueólogo Ricardo Richard está trabajando muy bien, hizo una primera excavación en el campus del Colegio Nacional, por el mito de que puede haber un cementerio. Hay trabajos pendientes en esta zona (parroquia San Miguel) porque los terrenos de la capilla Norte la iglesia se los “donaba” a los afro para evangelizarlos pero luego… listo. Otro dato con que nos sorprendió Richard, quien estudia el período 1755-1825, es que encontró un acta de bautismo de la primera parda bautizada, liberta en 1755, sus padres ya eran libertos y la madrina no. En función de ese día presentamos un proyecto en el Concejo Deliberante para que el 21 de mayo, día de su nacimiento, se conmemore a todos los afroentrerrianos.

—¿Muchas familias continúan escondiendo o negando ese origen?

—¡Sí! El último censo dio casi 16.000 afrodescendientes, y son más, porque no estuvo bien organizado. Incluso había gente que se enojaba cuando se lo preguntaban. Y en el ámbito nacional, casi 150.000, cuando somos unos 2 millones. En Entre Ríos hemos trabajado en Villaguay, donde hay dos profesores que estudian, Nahuel Oviedo y Ricardo Martínez; hay familias en Villa Domínguez y Villa Clara, cuyos ancestros eran afrobrasileños (Ver recuadro), evangelistas; en Gualeguaychú están comenzando a investigar, en Concepción del Uruguay hay un trabajo del profesor de Historia Ángel Harman, quien habla sobre los rostros invisibles originarios y afrodescendientes, en el barrio de las Latas, el músico Atahualpa Puchulu hizo a propósito de ese libro, la chamarra de los negros… También sucede, hacia adentro del movimiento, el “¿qué tendrás de afro vos, querida’”, el negrómetro. Me ha pasado. Sólo lo hago por amor.

—¿Tenés alguna página?

—En Facebook e Instagram, Agrupación EntreAfros, y tenemos un micro en Casa Radio, la radio de la Casa de la Cultura, que se emite los sábados al mediodía y luego lo subimos a Youtube. Intentamos invitar a gente muy variada de la temática afro, de interés para la comunidad.

La selva de Montiel, una zona neurálgica

Ceferino Azambuyo

Especial para UNO

En la zona del Montiel, en 1820, se realizó el primer censo que registró la cantidad de habitantes con un 10% de presencia afro en un incipiente Villaguay, recibiendo influencias desde Buenos Aires y llegando a las estancias las primeras familias dueñas de tierras que traían esclavos para los menesteres de la casa.

“A medida que se fue poblando, junto a blancos y españoles, también llegaban esclavos, con una importante presencia de los “manecos” procedentes de Brasil y Uruguay. Un grupo importante se conchabó en la estancia La Capilla, hoy Ingeniero Sajaroff y después en Domínguez, Villaguay y Colonia Clara”, según el profesor Ricardo Moreira.

Hoy se realiza un trabajo de recuperación histórica que fue iniciativa del doctor Abrahan Arcushin y al que se sumaron legisladores, gobierno provincial y el Museo Antonio Serrano.

“Es esta una reflexión sobre la importancia que ha tenido en el Departamento Villaguay, es decir en la Selva de Montiel, la presencia afro, no registrada en los libros de historia y sin embargo hay que tenerla en cuenta porque ya en la época de la colonia se menciona que 25 millones de personas partían en barco hacia América, de los cuales llegaron unos 12 millones vivos, según los historiadores Shingleton y Souza. Eran destinos el puerto de Buenos Aires y de Colonia, en la ROU”, menciona el profesor.

En Paraná los porcentajes de población afro eran de 28 a 30% similar a Santa Fe en los primeros censos.

“La selva de Montiel era un lugar diferente y difícil de lograr organización, donde la ley no podía ingresar porque era refugio de contrabandistas que llegaban de Brasil, y se sumaban los pueblos originarios que no querían aceptar la autoridad del hombre blanco. También era refugio de delincuentes que escapaban de la ley aprovechando la selva para esconderse”.

Los afro venían desde Brasil y Uruguay escapando. En Argentina se sanciona en 1813 una ley que supuestamente abolía la esclavitud pero en la práctica no sucedió. La declaración de libertad de vientres llegaba a oídos de esclavos provocando que este país fuese deseado para empezar una nueva vida en busca de la libertad. Eso ocurrió en la selva de Montiel, lugar escogido como escondite ante el acuerdo de las Provincias Unidas del Río de la Plata donde las autoridades debían devolverlos cuando encontraran esclavos de Brasil.

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