Diálogo Abierto

Música ancestral y belleza que nace de la madera antigua

Diálogo Abierto: entrevista con Agustín Elizalde, lutier. Familia, música y habilidad. Melodías para funcionar. Secretos artesanales. La percusión marginada.

Miércoles 10 de Agosto de 2022

Con su trabajo trata de revertir la idea, culturalmente instalada, de la lutería centrada en determinados instrumentos de música tales como guitarra, chelo, contrabajo y arpa, entre otros, excluyendo a los de percusión, históricamente segregados por el “hombre blanco”. Agustín Elizalde, lutier y músico aficionado, cuenta su relación con ellos y como logró convertirla en un emprendimiento comercialmente exitoso, proceso no exento de una mirada ecológica en torno a la madera.

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Lo manual y la música

—¿Dónde naciste?

—En Paraná, zona de la plaza Sáenz Peña, donde viví hasta los 34 años.

—¿Cómo era en tu infancia?

—Muy tranquilo, de gente grande, con hermosas tipas sobre calle Villaguay y la plaza, donde pasaba mucho tiempo.

—¿A qué jugabas?

—A correr, la cachada y la escondida; en el Club Talleres jugué al básquet desde los cuatro años hasta los 18, incluso profesionalmente, y andaba mucho y competí en skate; mucha música y percusión, y siendo más grande, la guitarra, por mi abuelo, tanguero, pianista y guitarrista, su pasión.

—¿Qué actividad laboral desarrollaban tus padres?

—Mi viejo, muy habilidoso, maestro mayor de obras, como su padre, y fue una influencia importante, y mi vieja labura en el Hospital de Niños. Tango, folclore, música negra y rock siempre estaban presentes en casa, donde vivía con mis abuelos. Mi otro abuelo, que laburaba en Obras Sanitarias, tenía como pasión la carpintería y tocó la verdulera. En el estudio que tenía mi viejo yo escuchaba a Stevie Wonder y Bob Marlie, dibujaba durante horas y también diseñé tatuajes.

—¿De dónde tomó la percusión tu papá?

—Tocó la batería desde chico y tenía oído. Igualmente, yo no soy percusionista pero me las arreglo como autodidacta.

—¿Qué dibujabas?

—Casas, rostros, animé, Dragon Ball Z y eran bastante buenos, lo cual me sirvió para diseñar la marca, que Boris Bellmann le dio el final.

—¿Tenías otra habilidad manual?

—Con la plastilina hacía todo tipo de figuras. Mi hermana es muy grossa con la cerámica. Mi viejo me enseñó el oficio de restauración de muebles antiguos y mi abuela teje de una manera increíble.

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¿Domínguez o Salinas?

—¿Cómo fue la relación con tus dos abuelos?

—Mi abuelo materno murió cuando yo tenía diez años y lo disfruté poco, pero todavía recuerdo el olor a la madera de su tallercito.

—¿Qué instrumentos había en tu casa?

—Guitarra y accesorios de percusión; la primera vez que vi un cajón fue a los 18 años, en la tele, investigué, fui a una casa de música, lo probé, no me gustó y pensé que no debía ser así. Le dije a mi viejo que tenía ganas de hacer uno y me dio los “tips” de construcción.

—¿Ejecutabas un instrumento?

—Toqué muchos años la guitarra, que mi abuelo estudió y era la gran pelea con él, porque quería que estudiara. Yo decía que me limitaría, pero él tenía razón. Discutíamos sobre quién era mejor: (Juan José) Juanjo Domínguez o Luis Salinas, quien no había estudiado y yo defendía. Le decía que Juanjo no me llega al alma. Mi abuelo se enfermó de cáncer y en sus últimos momentos le conectaba la compu a la tele para que viera recitales, y un día me dice “me ponés a Luis Salinas, lo que quieras, sorprendeme” (se emociona). Lo hice, termina el tema y me dice “es verdad, me llegó.” Fue el cierre de la pelea. Tengo su guitarra y en la casa de mi abuela está el piano.

—¿Qué imaginabas ser cuando niño?

—Varias cosas, pero lo asociaba con hacer algo con las manos.

—¿El dibujo te fluía o te formaste?

—Fui autodidacta: una vez le mostré “el dibujo” a mi viejo, me dijo que era hermoso pero lo rompió porque “lo vas a volver a hacer y te saldrá mejor.” Me impactó y eso en mi oficio me dio la constancia y el perfeccionismo.

—¿Qué materias te gustaban?

—Plástica, Música y Educación Física (risas), pero era muy vago.

—¿Pensaste continuar profesionalmente en el básquet?

—Quizás en el algún momento pero no lo pensé desde niño. En cuanto al skate sí, pensé ser profesional pero aparecieron otras cosas.

—¿Leías algo vinculado a tus intereses?

—No mucho, porque escuchaba mucha música, que estaba en todo, en el básquet y en el skate. Sin música no funciono.

—¿Qué otras influencias recibiste?

—En el skate, mucho rap y hip hop; cuando dibujaba The Wailers, música negra, AC/DC… y para el básquet, variado.

—¿Un autor o género que te permitió descubrir un universo nuevo?

—La hermana de mi viejo me hizo conocer a Silvio Rodríguez y la música cubana, que me sirvió para descubrir la música afroperuana, lo latino, Giovanni Hidalgo y Pedrito Martínez, con quienes la percusión me pareció algo sumamente rico e interesante.

—¿Qué estudiaste al terminar la secundaria?

—Diseño Gráfico, tres años, pero me costaba sentarme a estudiar. Una vez, dibujando la fachada de la Escuela Normal, la profesora me preguntó por qué no estudiaba Arquitectura, me anoté pero cuando vi Matemáticas en el programa, me asusté. Comencé a trabajar como promotor en Sidecreer y armaba escenografías en Canal 9.

—¿El diseño gráfico te modificó el estilo?

—Mi dio herramientas para aplicar en el dibujo técnico, y me sirvió para el diseño de los instrumentos y combinar los elementos.

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Don Zapata y los planos de Bam Bam

—¿Cómo iniciaste el emprendimiento?

—Gracias al programa Jóvenes Emprendedores, de Nación, en 2011, me aprobaron el proyecto, pude armar mi taller y devolver la plata. A esa altura en Paraná los cajones ya estaban en escenarios y me di cuenta de que sacaba más plata con los instrumentos, a lo cual me dediqué de lleno porque es lo que amo.

—¿Cuándo visualizaste la viabilidad económica?

—Antes de eso había hecho mi cajón, me salió muy mal pero no me frustré. Fue cuando apareció el gran don (Luis) Zapata, que a veces le arreglaba las guitarras a mi abuelo y tomaban un vinito, me dio un libro sobre maderas y planos de Bam Bam Miranda, me pongo a trabajar según ellos, con las maderas y medidas acordes, y no me resulta lo que creía. Entonces comencé a jugar con las dimensiones, con el tiempo volví a los planos de Bam Bam y finalmente, sin darme cuenta y con mucha experiencia, sonaron profesionalmente.

—¿Había alguna clave artesanal en los planos?

—Fueron importantes para darme cuenta de hasta dónde llegué hoy. Leí e investigué sobre maderas, especialmente sobre pino Brasil y cedro, que hay que saberlas trabajar, pintar, colocar bien la boca o darle la medida correcta. Son muchos factores, que aprendés con la experiencia.

—¿Hay una herramienta fundamental?

—Todas (risas), porque no te podés equivocar ya que lo pagás muy caro. El lijado, pintado, encolado, tiempo de secado y prensado son igualmente importantes. Si es flamenco, el sistema y el tipo de cuerdas tiene que ser exacto, al igual que su relación con el tipo de madera. Es un oficio aparte, como lo hacen en España. En cuanto al sistema, utilizo el encastre Cola de Milano, que soporta diez toneladas y es el que utilizan los mejores cajoneros del mundo, que están en Perú.

—¿Qué particularidad de la percusión te atrae en lo artesanal?

—Lo que más me llama la atención del cajón y sus derivados, son los de parche de madera, en lo cual me especializo por sobre otros materiales.

—¿Qué has descubierto por fuera de los planos y libros?

—En percusión es escaso el material, y es mucha prueba y error, e investigación, además de ser muy amplia, porque podés hacer percusión con cualquier cosa. Pasé por muchos materiales hasta llegar a los actuales.

Instrumentos y versatilidad

—¿Tenés uno propio?

—Por ahora… sí, desde hace tres meses… pero los vendo. Igualmente me encariño con todos y les digo a los clientes que los cuiden.

—¿Qué percusionistas te sorprenden?

—Ariel Sánchez, el percusionista de Dos más uno, es exquisito y solo hace lo necesario. Grabó un video para mi página con un bongó que hice y también parte de su disco con ese instrumento. El percusionista del Chango (Spasiuk), Marcos Villalba, es una locura. Carolina Cohen es increíble; Giovanni Hidalgo, en la conga, Pedrito Martínez… Piraña, en el cajón flamenco… muchos.

—¿Qué te imaginás haciendo a cinco años?

—Tengo en mi cabeza y dibujados veinte instrumentos más que no puedo hacer porque tengo muchos pedidos que me ocupan el mes completo, ya que el proceso es artesanal. De a poco voy haciendo alguno. Hablé con Ariel Sánchez sobre un cajón, especie de batería, que tengo dibujado.

—¿Cuáles ya concretaste?

—El octajón, sobre la base del conocimiento del flamenco. De un lado es un cajón flamenco, tipo redoblante, muy sensible, y del otro lado es una conga con parche de madera, que suena igual que el cuero y no se desafina. El bonca lo hice de un lado bongó y del otro, cajón peruano. El cajoncito viajero, flamenco o peruano, viene con una correa para colgarse. El cajón dual, que lamentablemente no lo patenté y me lo copiaron. Y el tronófono, que lo utilizan terapistas y crea climas. Los Palmeras, Los Totoras y otros grupos de cumbia santafesina tienen bongós míos.

—¿Publicás contenidos en las redes?

—Elizalde Percusión, más en Instagram que en Facebook.

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Desechos de antes y de ahora, y un mismo espíritu

Elizalde apunta sobre el nacimiento del cajón peruano y emparenta su trabajo de recuperación y reciclado de madera con dicho momento histórico. “No me interesa ir a las madereras a comprar”, enfatiza el constructor sobre su materia prima.

—¿Por qué te identificaste tan fuertemente con el cajón peruano?

—Cuando hice el primer cajón decente, para que lo viera alguien, me trasmitió algo cuando toqué en el grave, lo cual siempre me habían marcado que era bueno. Aparecen Carina Netto, Agostina Bertozzi y (José Luis) El Flaco Vigiano, quienes fueron piezas fundamentales para que continúe y me llevaron a la venta del instrumento. Agos me dijo que estaba interesante y que le diera para adelante, y Cari que le hiciera uno para ella, lo cual era un compromiso grande. Le encantó, lo tiene hasta hoy y lo usa su sobrino, quien se está metiendo en la percusión.

—¿Una sorpresa que te haya dado la madera?

—Tengo la línea estándar y selección, que proviene de “vidas pasadas”, con lo cual volví al origen del cajón, porque es con madera de puertas, ventanas, mesas y otros muebles antiguos. Tienen entre 80 y 150 años. Las despiezo, selecciono la madera que suena y armo los tableros para los distintos instrumentos. Es un reciclado de gran calidad y no me interesa ir a las madereras a comprar. El cajón nació en el siglo XVIII entre los esclavos afroperuanos de una protesta social, a quienes les quitaron el toque de tambor, entonces buscaron para comunicarse en las costas de Lima cajas de embalaje que eran desechadas de los barcos. La sorpresa es que puedo hacer una tirada de diez cajones, igualmente construidos, pero ninguno sonará igual y cada uno tiene su personalidad. Cuando golpeo una madera, ya sé qué tipo de cajón se puede hacer.

—¿Lo hacés, también, por lo ecológico?

—Sí, y porque la gente no tiene ni idea del valor de esa madera. Encontré tirada una puerta despintada, raspé un poco y era de cedro. Y en los contendores encuentro tirantes de pino Brasil. ¡No lo puedo creer! También hay clientes que me traen piezas de madera.

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