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Diálogo Abierto

Idioma, literatura, Anibaladas y un merecido rescate

Entrevista con la doctora Fabiola Bogado Ibarra. Juego, burocracia y un eco. El Quijote, referente. Literatura y aforismos. Salvaguardando una biblioteca.

Lunes 15 de Noviembre de 2021

Hay que tener un gran amor por la palabra, además de talento y disciplina, para que la observación, reflexión y lectura cotidiana durante varias décadas se conviertan en 10.000 aforismos, y un diario personal, con observaciones socio políticas, rigurosamente escritas al atardecer de cada jornada, además de otros textos publicados en El Diario. El autor de semejante tesoro literario, ya fallecido, fue el profesor Aníbal Bogado Ibarra, y quien se encargó de compilar a aquellos y ponerlos en formato de libro, Anibaladas, recientemente presentado, es su hija, Fabiola. La jueza y docente, heredera de la afición por las letras y la literatura, también reflexionó sobre las dificultades que en ambos ámbitos, el judicial y el educativo, se presentan por el uso pobre y deficiente de la lengua escrita.

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El misterio de La pasarela

—¿Dónde naciste?

—En Paraná, en la zona de Pascual Palma y Maipú, donde viví hasta los nueves años, cuando nos fuimos a calle Gran Chaco, por la zona del cementerio y donde viví hasta que me casé. Mis padres amaron este barrio, que era donde había nacido mi padre, en Urquiza y Gran Chaco.

—¿Cómo era aquella zona en tu infancia?

—Cerca de boulevard Racedo, con veredas amplias donde se sentaban los vecinos al atardecer, árboles y muchos niños jugando en la calle.

—¿Sufriste el desarraigo al mudarte?

—Al contrario, fui muy feliz, con mi amiga Andrea, y el cementerio era un lugar de juego.

—¿Lugares de referencia?

—Iba a la Escuela Provincia de Santa Fe; sobre Maipú estaba la embotelladora de la gaseosa Nora; La Pasarela y la Quilmes.

—¿La Pasarela era un límite?

—Absolutamente, no se podía…

—¿Con qué te asustaban?

—Con el hombre de la bolsa, más allá de que tenía muchos excelentes compañeros que vivían pasándola. Con algunos seguimos en contacto.

—¿Qué imaginabas?

—Era algo misterioso, desconocido, aunque no peligroso. No había un sentido de discriminación sino de un lugar con cierto ocultismo, que también tenía su encanto. Me gustaba que me llevaran y subir.

—¿Personajes?

—Estaba la famosa zapatería La Criolla, de los Buzón. Me impactaba cuando llegaba el viajante, desplegaba su valija y mostraba los modelos.

—¿A qué jugabas?

—Como tenía una casa muy pequeña jugaba en la calle, a la escondida, sacábamos los juguetes y muñecas. Me gustaba lo burocrático, tenía talonarios y papeles, y jugábamos a la oficina. Las casas de los amigos estaban sin llave así que podías entrar con total libertad. El barrio tenía ese encanto. En la casa de Gran Chaco, con mi gran amiga Andrea, a los diez años fundamos el periódico El Eco, que imprimíamos en unas hojas gelatinosas sobre las cuales se escribía con una tinta especial, que se colocaba en una especie de mimeógrafo rudimentario. Y cobrábamos la publicidad. Fue maravilloso.

—¿Lo supervisaba tu papá?

—Sí, pero sin ánimo crítico.

—¿Sentías “lo burocrático” como vocación?

—Cuando era pequeña pensaba en la docencia, luego me encantó la Historia, que me hizo vincular con las Ciencias Sociales y al momento de decidirme por el Derecho vi la confluencia de varios campos que me gustaban. La carrera me encantó porque es amplia y ya como abogada me incliné hacia el ámbito del trabajo.

—¿Lo literario no fue tan fuerte para asumirlo profesionalmente?

—Siempre me gustó escribir y lo hago, pero soy muy tímida, entonces lo hacía para mí. Concurrí a talleres literarios y resultaron muy ricos, pero no fueron lo suficientemente útiles para vencer esa timidez y decidirme a publicar, por eso estuvo en un segundo plano.

—¿Materias predilectas?

—Me fascinaban Historia y Literatura; tuve grandes profesoras en la Escuela Normal, como Florenza en Filosofía, Lidia Gullari, la profesora Zas en Literatura y Dumpé, en Historia, cuyas clases adoraba. Nos hacían leer teatro y hacer representaciones.

—¿Qué leíste por entonces?

—Me elevé bastante (risas) y disfruté de la biblioteca de Aníbal. Leí mucho más de lo que lo hago ahora: (Fiódor) Dostoyevski, (Jorge Luis) Borges, Hugo Wast, (Leopoldo) Lugones, (Horacio) Quiroga…

—¿Te orientaba él?

—No, el direccionamiento era su biblioteca porque yo todo el día estaba buscando. Alguna vez me puede haber dicho que no valía la pena si había comprado un best sellers de moda, pero jamás me dijo “no leas esto”.

—¿Un formador destacado en la facultad?

—El doctor Piñón, mi maestro, con quien también me inicié en la docencia universitaria, por su bonhomía, sencillez y generosidad, y su solvencia jurídica mayúscula. Y en los primeros años como abogada, antes de ingresar a la Justicia, me formé en las lides tribunalicias con el doctor Julio Herrera.

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Regalo no deseado

—¿Qué visión tenías del centro desde tu barrio?

—Aníbal iba diariamente por su actividad docente, pero para ir en familia había que vestirse especialmente, porque era un acontecimiento que se disfrutaba.

—¿Qué actividad laboral desarrollaba tu mamá?

—También docente, maestra de grado; él paralelamente escribía y era un gran lector.

—¿Y vos?

—Desde muy pequeña leí porque crecí entre libros, con los cuales también jugaba haciendo casitas o de vendedora.

—¿Los primeros influyentes?

—Lo más horrible (risas) que me pasó fue a los siete años cuando para el día del Niño me regalaron Los Chanchín, de Constancio Vigil. Igualmente leí la literatura clásica para los niños, de los hermanos Grimm, y mi padre me regaló los cuentos de Andersen, con los cuales “morí”.

—¿Por qué el disgusto?

—Tenía rechazo hacia los protagonistas y no me gustó la imagen de esa familia de chanchos.

—¿Qué estás leyendo ahora?

Retomé El juguete rabioso (de Roberto Arlt) y amo sus Aguafuertes Porteñas, y comencé a leer el libro de Víctor Fleitas.

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Un diario con crónicas históricas

—¿Cómo se vivenciaba la atmósfera literaria propia de la afición de tu padre?

—Era cotidiano aunque, por supuesto, estaban los menesteres domésticos y rencillas familiares. Pero lo más importante era la Literatura, el buen manejo del lenguaje y la escritura, todo lo cual era un pilar en esa familia. Jamás se permitió encender la televisión a la hora de comer. Le obsequiaba a mi madre libros, que conservo, y algunas dedicatorias son muy amorosas, y otras muy irónicas, seguramente tras una situación tensa. El libro era un elemento de reconciliación. Además, mi padre escribió desde muy joven un diario íntimo, un tesoro.

—¿Durante qué lapso?

—Desde mediados de la década de 1940 hasta 2009, cuando comenzó con Parkinson y se le dificultó mantenerlo.

—¿Lo conservás?

—Sí, son cuadernos espiralados que ocupan una pared; solo faltan los primeros.

—¿En género crónica?

—¡Sí, es un material sumamente interesante, porque hace referencia a acontecimientos históricos, con una mirada crítica y enojado!

—¿Lo descubriste recientemente?

—No, siempre supe porque escribía permanentemente.

—¿Lo hacía en determinado momento del día?

—Generalmente al atardecer, mientras que los aforismos los escribía en cualquier momento, situación y papel.

—¿Compartía el diario con vos?

—Sabía que se lo leía y nunca puso objeción.

—¿Hay relatos de vivencias y observaciones de lo social?

—El énfasis estaba puesto en la cuestión sociopolítica, con pocas cuestiones domésticas, salvo algún cumpleaños o aniversario.

—¿Militaba o tenía una definición ideológica claramente marcada?

—En términos históricos era revisionista y rescataba la figura de Rosas, que marcó una línea que siempre mantuvo sin eufemismos ni pudores. Estuvo en la comisión de repatriación de sus restos y formó parte del Instituto Juan Manuel de Rosas. En cuanto a la política nacional no se identificó con ningún partido político y a veces parecía un hombre de derecha y en otras situaciones de izquierda, por la defensa de la patria, la patria grande y la soberanía. Reconocía los valores hispánicos vinculados a la literatura, al amor por el idioma y a los grandes literatos.

—¿Cuándo tomaste distancia para evaluar el valor literario de lo escrito?

—Lamentablemente la valoración objetiva fue tarde, en sus últimos años y cuando estaba con muchas limitaciones motrices. Hoy me pregunto cómo no usufructué más los diálogos con él porque era una persona muy culta, no obstante que nunca salió del país y vivió siempre en este medio. Durante una mudanza de él tuve que ordenar sus papeles y ahí me di cuenta de cuánta riqueza había.

—¿Descubriste algo inimaginable?

—Nunca imaginé que los aforismos fueran tantos, miles, aparecían y aparecían en cajas, carpetas y cuadernitos (muestra varias fotocopias de los originales, fechados).

—¿Entendiste la letra en todos los casos?

—Me llevó un montón de tiempo porque quería entenderlos a todos, ya que algunos son bastante complejos.

—¿Cómo era su relación con El Diario?

—De simple colaborador y lector, y nunca tuvo ninguna limitación ya que le publicaron todo, más allá de su definición ideológica muy clara.

—¿Recopilaste ese material?

—Es el segundo proyecto que me he puesto, porque hay cosas muy interesantes vinculadas a la ciudad. Por ejemplo, bregó en el Concejo Deliberante para que el Parque Nuevo llevara el nombre de General Belgrano pero no logró el objetivo.

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La riqueza de El Quijote

—¿Cuál eran sus referencias literarias?

—Cervantes, sin dudas, siendo El Quijote su libro de cabecera, y las reflexiones de Sancho Panza, el hombre simple y de sentido común. Se maravillaba diariamente de la riqueza de vocabulario del quijote. Allí buscaba palabras de poco uso y hacía juegos con ellas. También se deleitaba con Azorín, por sus descripciones.

—¿Lo proyectaba a su habla?

—Absolutamente, pero no era pedante ni ponía una valla con el interlocutor ya que lo hacía espontáneamente. A veces era muy graciosa su forma de hablar, por ejemplo, con su médico. Siempre rescataba que el idioma es tan rico que permite hablar en forma muy clara, sin ser rebuscado o barroco, y también al escribir.

—¿Nunca te hizo ninguna recomendación sobre sus escritos?

—Que los cuidáramos, porque era su tesoro. Pero se preocupaba más por sus libros.

Ingenio, crítica y humor

—¿Cómo fue la génesis de la edición de Anibaladas?

—La idea de pasarlos en limpio fue para preservarlos porque me daba miedo de que se arruinaran. ¡Pero no podía pasar todos, entonces comencé a seleccionar! Y ahí me surgió la idea de publicarlos, para lo cual me impulsó Horacio Piceda, quien me conectó con la Editorial Municipal pero había otras obras pendientes. Buscando, encontré a Editorial Ana, hice una segunda selección, mi trabajo fue de compilación pero no tienen ningún tipo de ordenamiento.

—¿Con qué criterio?

—Traté de buscar los más ingeniosos y que me causaban más regocijo, sin una línea temática particular. Un tema recurrente es la muerte, a quien llamaba “Madame La Mort”, sobre lo cual no puse muchos porque no todas las personas se refieren al tema con humor y la naturalidad con la que él lo hacía.

—¿Te sirvió para descubrir algún aspecto de él que desconocías?

—Que era una persona muy picaresca y divertida, cuando en su época se lo trataba como “el profesor”. Escribió: “Era una señorita con un manejo excelente del vocabulario porque no se ruborizaba cuando yo le hablaba del occipucio.”

—¿A qué influencia responde el formato de aforismo?

—Lo tomó de Ramón González de la Serna, un escritor español de fines del siglo XIX quien terminó viviendo en Buenos Aires, exiliado, y que creó el género como tal con sus Greguerías.

—¿Alguno pintoresco?

—Algunos me dieron mucha risa: “¿El antimonio, contra quién está?”; “El amoroso significa que paga en término”… Me encanta uno que dice: “Cuando camino por una vereda ajedrezada, según mi estado de ánimo soy alfil o soy rey”.

—¿Relacionados con la Justicia?

—¡Hay un montón! La mata. Se pregunta: “¿La mano de la Justicia no será la que le falta a la Venus de Milo?” “El juego tendría que ser perfecto si al juego del ladrón y el policía le sumamos al juez”. Lo ofuscaba mucho y mortificaba la clase política dirigente, del partido que fuera, y sus últimas preocupaciones fueron la globalización y el Nuevo Orden Mundial.

—¿Son universales o hay referencias a cuestiones o personas locales?

—Lo único que podés identificar, si sos argentino, es que hace algunas alusiones al mate. Son absolutamente universales.

—¿Publicó aforismos en El Diario?

—No, era un disfrute personal y a veces nos decía algubogadono.

El vocabulario pobre y el pensamiento limitado

La jueza de la Cámara de Apelaciones del Trabajo de Paraná y docente de Derecho en la Universidad Católica manifestó su “pena” por el empobrecimiento del vocabulario en el ámbito académico y criticó similar panorama en su área de trabajo judicial: “Hay muchas limitaciones y faltas ortográficas, al punto de que pareciera que el acento no existe”, enfatizó.

—¿Cómo observás la precariedad en torno al lenguaje en tu ámbito educativo específico?

—Lo vivo con mucha pena porque ese empobrecimiento de vocabulario los limita en el pensamiento y se traduce en el espíritu crítico. No tiene que ver con un pretendido purismo exacerbado sino que puedan desarrollarse con esta vía de comunicación de manera más amplia y poder cumplir sus objetivos como buenos abogados, contadores, etc. Hemos modificado la evaluación de los parciales incluyendo la lectura de un texto literario y la observación de obras cinematográficas, lo cual estimula a escribir otras cosas. No se trata de demonizar a la tecnología sino de sumarla.

—¿Y en lo burocrático judicial?

—Encuentro muchas limitaciones y faltas ortográficas, al punto de que pareciera que el acento no existe. Ponen énfasis en un argumento a través de las mayúsculas o repetición de los signos de exclamación, lo cual me provoca, en principio, rechazo visual.

—¿Se ocasionan problemas operativos o de interpretación?

—Sí, lo hemos advertido con el equipo de trabajo. Recuerdo una pericia de hace poco tiempo en la cual el auxiliar puso mal una coma, con lo cual cambiaba todo el sentido del dictamen pericial. Fue notable. Utilizamos otros elementos probatorios para entender hacia dónde se dirigía el dictamen, pero podría haber alterado todo si no contábamos con ellos.

—¿Mantenés algo del arte del buen decir de tu papá?

—En mi manera de expresarme sí o al menos trato de recordarlo cuando redacto una sentencia, para que sea clara, con el buen uso de los signos de puntuación. Ahora hay un movimiento para el lenguaje claro en los escritos judiciales, lo cual me parece excelente, más allá del uso del propio lenguaje técnico.

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