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Selección de Nuevos Cuentos

Selección de Nuevos Cuentos: El topo

Selección de Nuevos Cuentos. Convocatoria conjunta de Editorial Municipal Paraná, CGE, Facultad de Humanidades Uader, UNO y El Once. Hoy escribe María Mercedes Graglia

Jueves 15 de Abril de 2021

El perro llegó al rancho un domingo de diciembre.

Desde el patio de los paraísos, Anita y Joaquín lo vieron acercarse por el camino de tierra y corrieron a su encuentro. El pelo largo, que alguna vez habría sido blanco, estaba mojado y salpicado de abrojos. Tenía unas pocas manchas marrones en el lomo y otra que le cubría un ojo y parte de la cara. Jadeaba, la lengua colgaba de su boca entreabierta.

—Déjenlo, los puede morder —dijo Andrés, el padre.

El perro se revolcó en la tierra frente a ellos, se detuvo, los miró y luego volvió a repetir el revolcón.

—Pero si es mansito, papi —lo defendió Anita.

—Parece un topo —dijo Joaquín.

— ¡Topo! —lo llamó Anita.

El perro se arrimó, le husmeó los pies y se refregó contra las piernas de los niños.

— ¡Topo! —repitió su hermano.

El cusco meneó la cola y ladró recibiendo a Juana.

—Mirá, mamá; le gusta el nombre —dijo Anita. —

¡Que se quede! —suplicaron los dos.

Papá y mamá se miraron. Era tan poco lo que podían regalarles. Ella le sonrió, él se encogió de hombros y a coro surgió: ¡está bien!

Desde entonces, el Topo fue uno más en la familia.

Fue un verano duro. Una manga de langostas devoró las plantas de maíz del campo donde trabajaba Andrés. El dueño decidió venderlo: Andrés se quedaba sin trabajo y la familia tenía que mudarse al pueblo para buscar una nueva vida.

El aire quemaba y la sequía trazaba dibujos extraños en la tierra del patio el día de la partida. A la hora en que las palomas torcazas anunciaban la siesta, Andrés se agachó y juntó un trozo de alambre del suelo. Caminó hacia el gallinero vacío y lo usó para amarrar la puerta. Para que no se meta algún bicho, pensó. Había vendido las gallinas que le quedaban. Toda la vida se había dedicado a la crianza de ponedoras, pero no podía llevarlas al pueblo, lejos de ese lugar donde habían vivido los últimos diez años.

Desde la sombra de un paraíso cercano, Anita lo observaba.

—Y el Topo, papi, ¿va con nosotros?

— ¿El Topo? —repitió el hombre, mientras lo miraba revolcándose en el pasto al lado de su hija. El perro detuvo el movimiento al escucharlo, se paró y movió la cola.

— Lo tenemos que dejar —dijo, y carraspeó para dominar la emoción. La casa que conseguimos es chica y doña Jacinta, la dueña, no quiere saber nada de perros.

Anita abrazó a Topo sin decir una palabra. Su padre se acercó y le ayudó a levantarse.

— Arriba, se hace tarde y el camino está poceado. Llamá a tu hermanito, quién sabe qué andará buscando, si ya se llevaron todo en el camión de don Venancio. No queda nada útil por aquí, m’hija —agregó, mientras levantaba unos tarros herrumbrados que había usado para darle agua a las gallinas y los apilaba junto al tejido. —Sólo las pocas pilchas que tu madre anda juntando para guardar dentro del cesto de mimbre de la ropa sucia, en la caja de la chata —murmuró.

Luego, con voz firme, le ordenó: —Levantá esos espores que dejaste tirados ahí.

Anita alzó las zapatillas y caminó detrás de su padre. El perro la seguía al lado, frotándose contra las piernas. Movía la cola como si quisiera contagiarle las ganas de jugar. Con la mancha de pelo marrón que le rodeaba un ojo, parecía hacerle un guiño cómplice. Ella se detuvo, lo miró de frente, se agachó y lo volvió a abrazar.

—Chau, Topo —le dijo en la oreja. El perro bajó la cabeza, se echó debajo de un árbol y la acompañó con la mirada mientras se alejaba.

Los días pasaron. Para cuando comenzó el otoño, Anita y Joaquín ya se estaban acostumbrando a la nueva escuela y la vida pueblerina. Vivían en una zona alejada del centro del pueblo. Habían conocido otros chicos y chicas en el barrio y las horas después de la escuela transcurrían entre juegos y risas. Pero algunas veces, mientras corrían por el patio jugando a la mancha o la escondida, Anita se quedaba quieta mirando el verdor del campo que se extendía hacia el sur y sus ojos se opacaban. Una tarde Anita se acercó a la puerta de la cocina y se quedó una vez más mirando al sur a través del vidrio. La llovizna cubría el paisaje. Los ojos se le humedecieron y se apretó contra la puerta.

La mamá preparaba las tazas de mate cocido con leche para la merienda. Joaquín, sentado en una punta de la mesa, hacía los deberes de la escuela. En un rincón el papá trataba de arreglar una radio ajena para ganar una changa.

— ¡A la mesa, la leche se enfría! —dijo la mamá.

Anita se pasó el dorso de las manos por los ojos, arrimó su silla a la mesa con desgano y se sentó ante la taza humeante. Enseguida se entusiasmó con la tajada de pan casero cubierta con crema y miel que le alcanzó su mamá.

Ya estaba anocheciendo cuando oyeron el ruido en la puerta del zaguán que daba a la calle. Joaquín y Anita miraron a su madre buscando una explicación. Juana hizo un gesto de silencio y otra vez lo escucharon.

—Parece un rasguño —dijo Juana mirando a Andrés, quien seguía concentrado en los extraños sonidos y silbidos que emitía la radio.

—Papá, se escucha un ruido en la puerta de calle… ¿será algún animal? —dijo Joaquín.

Andrés dejó de lado la radio y se levantó de su asiento.

—Ustedes… tan miedosos siempre.

Caminó por el zaguán y abrió la puerta. La oscuridad ya había cubierto la calle. Se dio vuelta para buscar una linterna. Entonces escuchó el gemido. Miró hacia abajo: dos ojos brillaban.

Sucio, mojado y jadeante como la primera vez, el Topo se deslizó por entre las piernas de Andrés, corrió por el zaguán y se acurrucó en el piso de la cocina.

Un coro de risas acompañó la avalancha de mimos con la que los chicos lo cubrieron.

—Vamos a hablar con doña Jacinta —dijo Andrés.

—Va a entender, es una buena mujer —dijo Juana y se secó una lágrima traviesa.

Mamá, papá, Anita, Joaquín y el Topo, la familia volvía a estar completa.

Sobre la autora

El cuento es de María Mercedes Graglia. Ella nos dice: "Nací y vivo en Hernández, Entre Ríos. Soy docente, narradora oral y me gusta escribir relatos, cuentos y poesía. Integro el Club de Narradores de General Ramírez, Entre Ríos. Desde 2016 y durante tres años consecutivos fui alumna de la escritora, editora y gestora cultural Marisol Alonso en su Taller de Escritura Creativa, modalidad virtual. Desde 2020, participo en el Taller de Escritura coordinado por el escritor y editor Mauricio Koch, en forma virtual. Durante 2020 llevé adelante el ciclo Te cuento un cuento, narrando diariamente cuentos infantiles por WhatsApp, los que llegaron a una audiencia amplia de varias provincias argentinas y ciudades del exterior".

Selección de Nuevos Cuentos. Convocatoria conjunta de Editorial Municipal Paraná, CGE, Facultad de Humanidades de Uader, UNO y El Once.

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