Acuerdo de París
Domingo 17 de Junio de 2018

El economista Lafferriere alerta sobre el plan del imperialismo

Explicó que el capitalismo tiene como bandera el crecimiento, pero no lo puede sostener, entonces los poderosos optan por la violencia y el saqueo

Durante un curso de Economía brindado en la ciudad de María Grande, el economista entrerriano Luis Lafferriere aseguró el jueves ante medio centenar de docentes que la humanidad se dirige hacia problemas de gravedad extrema en el corto plazo. El origen del mal está en la persistencia de un sistema sostenido en la máxima ganancia empresaria, que no tiene cómo evitar el colapso energético y de recursos. Afirmó que en vez de modificar el sistema, los poderosos del mundo intentan sostener los privilegios de algunos sectores de la humanidad, y reducir de manera drástica la cantidad de seres humanos para facilitar el saqueo de sus territorios. Para el economista de la Universidad Nacional de Entre Ríos (UNER), los defensores del actual orden declaman la intención de solucionar los problemas de la pobreza con crecimiento económico, lo cual exige la extracción de riquezas a tasas cada vez mayores, con aumento de los residuos, la contaminación y el calentamiento. Pero en verdad, los poderosos del mundo ya saben que esto no se sostiene y por eso proponen la reducción de la población mundial por vía de la violencia.


Máxima ganancia

El llamado crecimiento, puesto como principio indiscutible en diversos sectores políticos y gobiernos, puede impactar en el Producto Bruto Interno (PBI) pero no mejora la calidad de vida de los seres humanos, manifestó Lafferriere. La tecnología de punta también es recibida con expectativas por el sistema para asegurar competitividad. La máquina reemplaza la mano de obra humana. Sin embargo, es otro caso similar, porque no mejora las condiciones de vida. Tanto la extracción de riquezas naturales como la tecnología pueden favorecer el crecimiento de algunos sectores y la rentabilidad de algunos negocios, pero estamos mirando mal, alertó el estudioso, si creemos que eso ataca la pobreza o las desigualdades. La atención central puesta en las ganancias, apuntó, se corresponde con el comportamiento egoísta y cortoplacista del empresario y esa concepción se transfiere al resto de la sociedad. Entonces se naturaliza un sistema que funciona en apariencia con rentabilidad y crecimiento, de manera que el orden político queda subordinado a un orden económico que deja en pie a los más poderosos. La política, en teoría, tendría la función de compensar y no es así, porque está sujeta a las corporaciones y su "voracidad depredadora", sin mayor atención del impacto social y ambiental. Lo que prima es la obtención de máxima ganancia.


Consumir y resignarse

Ese orden se expresa también –dijo– en lo cultural. Aquí las personas se reducen a consumidores, y se acepta como sinónimos el éxito y el tener más, en una "carrera loca" por el consumo. La sociedad "no debe pensar demasiado y sí consumir, portarse bien y resignarse por las buenas o por las malas", indicó. Advirtió sin embargo que este sistema muestra síntomas de colapso, con consecuencias humanas y ambientales. Entró en un amesetamiento del Producto Bruto Interno que es "su indicador estrella". Para activar la economía es necesario crecer, pero cada año se hacen más evidente la escasez de elementos para ese crecimiento y la alteración del sistema ambiental por los desechos y la contaminación. En este punto, Lafferriere se explayó sobre los gases con efecto invernadero que se lanzan a la atmósfera en forma creciente (desde la Revolución Industrial) por las emisiones diversas provocadas por el ser humano principalmente en los países industriales, y al uso de combustibles fósiles no renovables y de muy difícil reemplazo. A diferencia de otros economistas, el entrerriano no descuida aspectos ambientales, humanos, históricos, ni las diferencias entre países del centro y la periferia para interpretar la situación económica, ni deja de lado la incidencia de elementos estudiados en diversas disciplinas en la economía.



Y llegó Trump

Si los gases de efecto invernadero se exceden de lo natural preservan en demasía el calor del sol en la atmósfera y ponen en riesgo la vida. Eso es precisamente lo que ocurre en la actualidad. La acumulación de gases es preocupante en estos 100 años, y más en las últimas décadas. Se había considerado peligrosa la relación 350 partes en 1 millón, y ya estamos superando las 410 partes, dijo. Dentro de las cumbres climáticas, el Acuerdo de París había aceptado un aumento de la temperatura de 2º como máximo en el planeta, pero mejor si se reducía a 1,5º. Como los mismos compromisos voluntarios de los estados ya no garantizaban ese tope, se preveía un aumento de más de 3º, cumpliendo las metas, y todo esto antes del arribo de Donald Trump a la Casa Blanca. De ahí que los pronósticos no son nada alentadores si se recuerda que el presidente norteamericano retiró del Acuerdo de París (firmado en 2015) al país que más contaminación genera en el planeta. Los compromisos de reducir emisiones ya no alcanzaban, y como si fuera poco, fueron rotos. Para Trump, el cambio climático es un cuento chino. Lafferriere dio detalles de estudiosos que anticipan un calentamiento mayor a las estimaciones iniciales, con consecuencias imprevisibles además del aumento de la altura de los mares y la inundación de ciudades superpobladas.

Dependientes del petróleo
Mientras tanto, combustibles como el petróleo ya pasaron su pico (cénit) en 2005, ahora es más difícil, costosa y peligrosa la extracción (fracking). La energía fósil alcanza al 85% de toda la energía consumida: es casi imposible reemplazarla, dijo Lafferriere, si continúan los actuales niveles de consumo que no deben adjudicarse a toda la humanidad sino a sectores concentrados. El cénit del gas y el carbón llegaría en unos 15 años. Desde ahí comienza la merma. El caso es que el crecimiento, un vapuleado y bien difundido requisito del capitalismo para funcionar, está atado al consumo de energía fósil y al calentamiento global. La ecuación no cierra para el sistema. Para reemplazar la energía fósil por la nuclear se requerirían 15.000 centrales en el mundo. Si fuera con biocombustibles, eso exigiría el 240% de la superficie cultivable del planeta, es decir, sin posibilidad de cultivos para alimentos. Con otras energías pasa lo mismo: el litio que requieren las baterías mo: el litio que requieren las baterías solo alcanza para la mitad del parque automotor actual. En conclusión: de seguir con un sistema que genera calentamiento y consume la energía no renovable y sin posibilidades de reemplazo sencillo, "vamos a un colapso" en este siglo XXI. El economista manifestó su asombro por la falta de respuestas en distintas organizaciones ante la inminencia del choque con esos límites naturales, por la sobreexplotación del planeta, y se preguntó allí cuán preparados estamos para afrontar la falta de energía, por ejemplo, como en alguna medida les ocurrió a cubanos y coreanos tras la explosión de la URSS. Más aún cuando el sistema nos ha alejado a las familias de los conocimientos y las prácticas para la producción propia o cercana de alimentos sanos o para la provisión de agua potable.

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Hambre en el mundo

El extitular de la ONU Ban Ki-moon anticipó que la humanidad va hacia un abismo con el pie en el acelerador, por el cambio climático, dijo Lafferriere y señaló que la mitad de la humanidad ya sufre la pobreza y 2.000 millones de personas tienen problemas de alimentación. Cada día mueren de hambre unas 24.000 personas, y por causas vinculadas a la desnutrición suman 100.000 por día. Unas 35 millones por año. Aclaró que ese flagelo no obedece a causas naturales o falta de alimentos en el planeta, sino a una estructura social desigual, a un sistema. Hoy, el 1% de los adultos posee el 51% de las riquezas del mundo. El 10% de los adultos el 89% de las riquezas, apuntó, con otras comparaciones reveladoras sobre la concentración de las riquezas como una marca de la economía actual. Hace 10 años, 350 personas tenían más riquezas que el 50% más pobre de la población. Ahora son ocho personas las que tienen más que los 3.700 millones de personas más pobres, afirmó. No es que seamos muchos seres humanos, sino que no se reparte. Algunos piensan que con mayor crecimiento se podría incorporar a los marginales pero (en este sistema) para un mayor crecimiento se requiere mayor extracción de riquezas, y hoy ya estamos gastando el 60% más de lo que soporta el planeta. ¿Cómo incorporar a todos en el nivel de consumo europeo medio?, se preguntó el economista. El crecimiento ya no es posible, porque el mismo planeta ha puesto un límite material.

Reducir la humanidad
Frente a la certeza de que ya estamos excedidos en el extractivismo, ¿qué proponen entonces los poderosos del mundo? No el cambio de sistema, no el reparto, no la inclusión. Los dueños del mundo afirman ahora que somos demasiados, y que hay que reducir la población humana por vías como las guerras, las pestes y las hambrunas. El economista oriundo de Nogoyá aclaró que, en estos planes imperiales coloniales, nosotros (los presentes) no estamos incluidos, y que nuestros países son considerados zonas de sacrificio. Apuntó que los poderosos del mundo están en pleno conocimiento de la escasez de recursos para sostener el sistema. Ya en los años 70, dijo, se escuchó la voz de alerta en un informe a pedido del Club de Roma titulado Los límites del crecimiento, con un vaticinio inquietante que, luego comprobaron, se quedó corto. Entonces se optó por el atajo de culpar a todos: somos muchos. Es decir, volver a Thomas Malthus, con la idea de que la población crece en progresión geométrica y los medios de subsistencia en progresión aritmética. Por supuesto, el achicamiento poblacional no será ni es clemente.


Para Lafferriere, las alternativas y potencialidades para salir de este encierro son "enormes". Pero para que surjan es necesario "sacarnos los anteojos y los esquemas mentales de la economía clásica", es decir: "cambiar la cabeza", y no caer en el brete del neo-malthusianismo. La disputa de Estados Unidos, China y otras potencias por los recursos tiene en la mira a América Latina. Nuestros territorios son considerados, alertó, una garantía para ellos. Concentración El extractivismo produjo cierto auge de las materias primas y el aumento del precio relativo llevó a gobiernos de países dependientes a un engaño. (Estamos explicando de nuestros apuntes, no textual, la disertación de Lafferriere). Gobiernos reaccionarios y progresistas, por igual, se lanzaron a promover la megaminería, los hidrocarburos mediante el fracking, los negocios del agro con transgénicos y herbicidas, destruyendo formas tradicionales de producción campesina. Mayor escala, rentabilidad para las corporaciones, monoproducción, destrucción del suelo: es lo que se ve en la Argentina y países similares. Para el expositor, la época llamada "primavera keynesiana" mostró mejoras en ingresos, salarios, y de algún modo fortaleció el sistema capitalista mediante el consumo pero ya para los años 70 esos elementos fueron afectando las ganancias, sea por salarios, sea por la presión impositiva.

En los años 90 se optó por una transferencia de riquezas a sectores concentrados, con salarios de miseria o por vía de la especulación, y se produjo una brutal concentración de la economía. El economista aclaró que en otra charla mostrará diferencias entre países industriales y dependientes, porque los procesos son distintos, y apuntará cómo se da en la Argentina el problema del crecimiento y el agotamiento de recursos. Lay ocurrió (por una "casualidad", según la ironía del economista) el atentado a las Torres Gemelas. Entonces el Estado pudo decir que estaba en peligro la seguridad interna del país del norte. Eso creó condiciones en la opinión pública para activar el complejo industrial militar, las invasiones, la reconstrucción que ocupaba a grandes empresas... Ahora, se preguntó: si faltaban consumidores ¿por qué no incorporar 1.000 millones de los pobres del mundo? La respuesta fue sencilla: el planeta no da. Lo inviable Condiciones en la opinión pública para activar el complejo industrial militar. fferriere llama al modelo argentino "neocolonial, extractivista y depredador a favor del capital financiero y las grandes corporaciones", consolidado a través de gobiernos de distintos signos partidarios. Empuje bélico Cuando el sistema se frenaba en el mundo por la falta de consumo, con mercados anémicos, Estados Unidos promovió el gasto público y se formaron burbujas especulativas. La economía empezó a enfriarse es, pues, la forma de organización para producir y consumir. De ahí el neo-malthusianismo: reducir la población mundial, y particularmente en países con riquezas naturales como la Argentina, para buscar el "equilibrio", a la manera colonial.
Luis Lafferriere es catedrático universitario, impulsa el Programa de Extensión Por una nueva economía, humana y sustentable de la carrera de Comunicación Social de la UNER, e integra el centro de estudios Junta Abya yala y del Frente de Lucha por la Soberanía Alimentaria Argentina.

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