Música
Viernes 18 de Agosto de 2017

"Tocar con Martha Argerich sería un sueño hecho realidad"

Así lo expresó la violinista dominicana, Aisha Syed Castro, quien se presentará mañana en Paraná

Nos encontramos con Aisha Syed Castro en el hall del Hotel Maran, durante la siesta soleada del jueves. La joven violinista llegó a Paraná para tocar con la Orquesta Sinfónica de Entre Ríos tras una extenuante gira por Japón, Corea y China.
A pesar de ser "una de las embajadoras del violín más jóvenes y talentosas", según la prensa norteamericana, ella se muestra amable y presta a dialogar con Escenario, previo a ir a ensayar con la orquesta dirigida por el maestro Luis Gorelik.
Su nombre se pronuncia áisha, y es herencia de su ascendencia paquistaní por parte de padre. Auténtica niña prodigio, debutó a la edad de 11 años con la Orquesta Sinfónica Nacional Dominicana ejecutando el concierto en sol menor de Max Bruch, lo que le abrió las puertas a nivel internacional.
Mañana, con el auspicio de la Asociación Mariano Moreno y la Embajada de República Dominicana, se presentará en el Teatro 3 de Febrero, donde interpretará el Concierto para Violín y Orquesta Op. 77 de Johannes Brahms.
—¿Qué podés comentar sobre la obra de Brahms que vas a interpretar el sábado?
—No es solo uno de los conciertos más conocidos dentro del repertorio violinístico, ya es un standard dentro de la música clásica. Un concierto sumamente difícil, no solamente en el aspecto técnico, en el aspecto interpretativo también. Y, al mismo tiempo, por el hecho de que Brahms era muy amigo de Joseph Joachim (violinista al que le dedicó el concierto), él le daba instrucciones (a Brahms); entonces sabemos que la cadenza es de él, y es la misma que estaré interpretando. Así que es un grandísimo placer, no solamente por tratarse de esta obra, sino porque el concierto será dirigido por el maestro Luis Gorelik frente a una orquesta magnífica, por lo que pude escuchar.
—Además de Brahms, ¿qué otros compositores disfrutás a la hora de interpretar?
—Diversos, dentro de mi temporada anual de conciertos trato de programar obras que no solamente me gusten y sean conocidas, sino que sean un reto. Por ejemplo, en Cuba estuvimos haciendo el estreno continental del Concierto nº 2 para violín y orquesta de Martinaitis, que lo grabé en mi último disco. Es un concierto del maestro lituano y realmente fue increíble la reacción de las personas ante esta obra contemporánea, que usualmente uno suele pensar que no va a gustar mucho. Pero realmente en Cuba lo disfrutaron. También me gusta programar obras de Mozart, Shostakovich. Hace dos días estaba en China, en el marco de una gira que también abarcó Japón y Corea, donde hice La Campanella de Paganini. En definitiva, me gustan los retos.
—¿Y a la hora de escuchar música? Sos joven, supongo que también te interesa el rock y la música pop.
—¡Sí! Yo soy cristiana, así que me encanta la música contemporánea cristiana, y eso abarca cualquier género. De hecho, tengo en mi móvil música rock, música pop, a veces más calmada, otra con un poco más de movimiento, pero siempre música cristiana. El soft rock me encanta, he encontrado que a muchos músicos que se dedican a la música clásica les gusta el soft rock, justamente por pasar tanto tiempo inmersos en la música que interpretan. Creo que es bueno escuchar también otros géneros.
—¿Cómo fueron tus inicios con el violín?
—Yo comencé en Santiago de los Caballeros, República Dominicana, en mi país. A los 11 años se me dio la grandísima oportunidad de interpretar el Concierto en sol menor, de Max Bruch, acompañada por la Orquesta Sinfónica Nacional. Y ese concierto fue de tal importancia que hasta el mismo presidente de la Nación estuvo presente. Desde ahí comencé a tocar con la sinfónica de mi país muy a menudo. Después, a los 13 ingresé en la Yehudi Menuhin School, de Londres, convirtiéndome en la primera latinoamericana en ser aceptada en esa escuela, por la gracia del Señor Jesús. Después de pasar siete años en esa academia, pasé al Royal College of Music, becada por la realeza británica. Y desde 2013, cuando me gradué de allí, he estado tocando alrededor del mundo y creo que esa es una forma de ir mejorando bastante.
—¿Cómo ha sido tu experiencia durante tantos años en Londres?
—Fue algo realmente salido de un sueño, porque yo recuerdo aquellos tiempos en los que tenía 11 años, cuando mi mamá hacía llamadas ya que el Internet todavía no tenía mucha difusión. Y recuerdo que pidió por correo el brochure de la escuela y cuando eso llegó, yo veía esas fotos de la escuela, los niños que allí asistían, y yo solo podía pensar 'wow'. Nunca pensé que iba a ser admitida, pero se dio la chance de que presenté una audición previa, para lo que tenía que enviar un tape. Enviamos ese concierto de Max Bruch, y después de ver ese material fue que ellos me invitaron a una audición personal. Y con mi mamá decidimos ir, comprar el pasaje de avión a Londres que costaba mucho dinero, a pesar de que la audición no aseguraba nada. Pero fue una serie de muchas audiciones, y ya en la audición final me dieron el sí. Y estábamos súper felices. Desde ahí fue un reto bastante grande, yo no tenía problemas practicando seis o siete horas diarias, pero tuve que mezclar eso con lo académico. Allá, en la Yehudi Menuhin School, los estudiantes tenían un porcentaje de calificaciones muy alto, no solo en el aspecto musical, estaban en el top ten de los estudiantes de toda Gran Bretaña. Así que fue una presión muy grande, pero a la vez fueron tiempos maravillosos, que me mostraron el real significado de la disciplina.
—El violín de por sí es un instrumento exigente. ¿Cómo repartís hoy tu vida cotidiana con la práctica instrumental?
—A mi práctica no la comprometo por nada. Ayer llegué a Paraná desde Buenos Aires; y un día antes estuve en China, desde donde tuve que tomar un vuelo de casi 13 horas. Y aunque ayer estaba explotada de cansancio me tuve que poner a practicar, porque el concierto de Brahms no era lo que estaba tocando ni en China ni en Japón ni en Corea. Entonces, como en cada país al que viajo abordo repertorio nuevo, es fundamental practicar. Y claro que quisiera tener vida social, pero se me hace difícil. El acostarse tarde o beber en la noche es algo que el violín no te lo agradece al día siguiente, así que trato de ser muy disciplinada. Cuando tengo vacaciones dejo de tocar por una semana, miro películas y disfruto de mi familia, que es lo más importante después de Dios.
—¿Qué metas te gustaría alcanzar en tu carrera?
—Me falta muchísimo; me gustaría continuar mejorando, porque creo que todos podemos mejorar en un nivel u otro. Y claro, tocar con personas como la gran Martha Argerich sería un sueño hecho realidad. Y Daniel Barenboim es el director de la Yehudi Menuhin School, donde yo estudié, y realmente también sería fantástico tocar con él en un concierto fuera de la escuela. Esas dos personas son figuras a las que realmente admiro, no solamente porque tocan maravillosamente, sino por la trayectoria que tienen. Y el hecho de que fueron niños prodigios que hicieron la transición hacia esos músicos intelectuales y maduros que hoy en día vemos en ellos.

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