Diálogo Abierto

Mercedes Daneri: "Escribo con el corazón en la mano y me fluye de esa manera"

Literatura y preguntas. Duelo, maternidad y reencuentro. Niños, vorágine virtual y soledad. Simona y la donación de órganos. Entrevista con Mercedes Daneri.

Lunes 30 de Mayo de 2022

Su madre, Gloria Montoya, gran sabedora de los secretos del arte y del aprender, le inculcó la disciplina propia de quien pretende trasmitir con la escritura, pero también el valor de la libertad para no restringir lo esencial a las formas. Así volcó en papel sus descripciones y vivencias desde muy pequeña pero recién con el tránsito por algunas situaciones existenciales conmocionantes se animó a editar y lanzar sus libros por el mundo en distintas lenguas. Mercedes Daneri desdice a las corrientes de opinión embarcadas en no comprometer a la literatura con enunciaciones reflexivas y promueve que la suya sea un alerta sobre la soledad generada por la virtualidad, especialmente en los más pequeños.

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La gloria de una hoja por día

—¿Dónde naciste?

—En Paraná, el 29 de diciembre de 1965, en la zona del parque, Santiago del Estero 689; fui al jardincito de la Escuela Centenario, donde también hice la primaria y la secundaria en la Escuela Normal.

—¿Cómo era esa zona en tu infancia?

—Con lugares muy bonitos, y teníamos contacto con el parque, el Estudiantes y el Rowing. Fui privilegiada porque iba caminando al club, la puerta de mi casa estaba sin llave y jugábamos a la siesta en la calle, porque no se veían problemas de inseguridad. Allí cultivé mis mejores amigas.

—¿A qué jugabas?

—Hockey y natación, y jugábamos a la bolitas, con chapitas, juntábamos orejones en el parque y andábamos en bicicleta. Éramos muy varoneras, íbamos a las cuevas de la Boca del Tigre, nos trepábamos a los árboles y nos tirábamos por la barranca.

—¿Personajes de la zona?

—Uno inolvidable, a quien le decíamos el señor del invierno, porque siempre vivía absolutamente abrigado, de piel blanca, pelo dorado e inofensivo. Charlábamos con él y le ofrecíamos para comer. Y un personaje ficticio, para dormir la siesta, la solapa, hasta que descubrimos que no existía y salíamos cuando uno de los chicos pegaba un silbido desde afuera. Cuando comenzó a construirse el Mayorazgo, sacábamos retazos de alfombra y nos sentíamos perseguidos por la Policía.

—¿Límites impuestos o autoimpuestos?

—No era conveniente pasar a la zona detrás de la iglesia del Carmen y más allá de calle Buenos Aires, aunque siempre avisábamos dónde estábamos. Estaba prohibido subirse a una moto, aunque en la adolescencia lo hicimos.

—¿Qué actividad profesional desarrollaban tus padres?

—Papá era escribano, trabajaba en Cerrito, Villa Urquiza y en casa. Mamá, en una época, fue directora de la Escuela de Artes Visuales, y en casa daba clases de pintura y escribía. Luego trasladó el taller a calle Güemes y luego a Liniers. Pero estaban presentes. Mamá se encerraba a estudiar y decía “no estoy para nadie”.

—¿Qué leías?

—Cuando íbamos de veraneo a Cerrito mamá llevaba muchos libros, y cuando los terminábamos de leer me preguntaba, por ejemplo, “¿de qué trata Moby Dick?”, al igual que conceptos y mensajes.

—¿Alguno influyente?

El Principito es un antes y un después, y siempre le encuentro algo nuevo, ya que es para cualquier edad, y nos invita a detenernos en lo bello y repensarnos.

—¿En otras edades?

El lobo estepario, en la adolescencia, Siddhartha… le sigo dando vueltas a Ulises (risas); aprendí a disfrutar de Borges, a quien sigo tratando de entender… Psicoanálisis de la sociedad contemporánea, y La insoportable levedad del ser.

—¿A qué afición le dedicaste más tiempo?

—El hockey fue una gran pasión que me dejó muchas amigas con quienes comparto, dejé por la universidad y volví. La pintura es algo pendiente y tal vez no me animo a transitarla.

—¿Por la gran “sombra”?

—Tal cual… pero me gustaría y lo disfruté, ya que adoraba ir a los talleres de Artes Visuales y las fiestas de fin de año.

—¿Cómo se vivía el arte en tu cotidianeidad?

—Subíamos al taller de mamá y naturalmente tratábamos de imitar lo que hacía, nos sumábamos a las clases y la acompañábamos a las exposiciones. No nos ponía límites, salvo cuando estudiaba, ya que hizo el profesorado de Filosofía siendo grande.

—¿Y su vivencia?

—Mamó y vivió el arte desde pequeña, lo trasmitía con pasión y era parte de su plenitud. Papá era absolutamente diferente, estructurado aunque también divertido, y la acompañó de una manera increíble. Las amistades de mi madre, como Carlitos Asiaín, eran desopilantes con relación a la estructura de papá, sin embargo se fue integrando.

—¿Sentías una vocación?

—Comencé a escribir desde muy pequeña y mi madre siempre me dijo que no me limitara a las estructuras, no obstante aprenderlas. Me enseñó a escribir una hoja por día, con lo cual tendría una novela al año.

—¿A qué edad?

—A los siete u ocho años. Nos hicieron aprender de todo: folclore, inglés, piano, guitarra… y luego vino el convencionalismo que mamé, no supe ir en contra, y elegí abogacía y luego escribanía, de lo cual no me arrepiento, porque me gusta mucho. Con una gran amiga fantaseábamos con ser veterinarias y no se me ocurrió seguir Literatura, que hubiese sido lo que quería. Me preguntaron y solita me metí en la convención, tal vez impuesta inconscientemente, y acompañé a una gran amiga que también la eligió.

—¿Mostrabas lo escrito?

—Solo a mamá.

—¿Qué te inspiraba?

—Distintas temáticas, a veces miraba algo y trataba de escribir o de volcar un sentimiento.

—¿Materias predilectas?

—No me gustaba Matemáticas, y las dos que más me gustaban eran, por supuesto, Lengua y Literatura, y Filosofía.

—¿No atentó contra la libertad inculcada?

—Me costó y me siguen costando las estructuras. Mi suegra ha logrado no reprimirme y enriquecerme cuando me corrige. Mamá quería que nunca perdiera la espontaneidad, aunque no descarto estudiar la carrera.

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Duelo, hijo y un libro

—¿Escribiste durante la carrera?

—Hubo un paréntesis, hasta que retomé cuando comencé a viajar y estar sola. Mandaba postales y cartas. Hubo épocas en que escribía más y otras en que no lo hacía. Cuando mamá falleció afloraron las palabras para sanar y el nacimiento de mi hijo Tomás me puso en foco para recuperar el camino, ya que con la abogacía me faltaba pasión. La literatura, y especialmente los relatos infantiles, me fluyen desde el corazón y disfruto todo el proceso.

—¿Por qué lo de tu hijo?

—Porque aprendió a leer a los cuatro años, no entendíamos cómo y comenzamos a jugar y escribir cuentos entre los dos. Me animé a mostrar y así salió Los soles de mi abuela Gloria hasta que creció y me dejó sola. Es una serie de cuatro libros en honor a mamá. El segundo está por ser editado y se llama Mujeres de colores de mi abuela Gloria. La trilogía de Simón son cuentos, para pintar y con ilustraciones bellísimas, que hablan de la soledad infantil de un niño distinto, que puede ser con algún problema físico o con gustos diferentes. Simón y la noche trata los miedos y encuentra una manera muy linda de resolverlos. Y El vuelo de Simón es para niños y niñas curiosas, que investigan sobre Leonardo Da Vinci, hablamos del ornitóptero y volamos sobre el espacio.

—¿Tus miedos de niña?

—La soledad. Siempre fui sumamente sociable y luego aprendí que me gustaba mucho estar sola, en cuanto a sentirme bien conmigo misma. En mi abuelo paterno veía la soledad del típico inmigrante que dejó de ver a su familia. Era un hombre muy bello y bueno, con una mirada triste.

—¿Qué temores te despierta el clima de época en cuanto a la niñez?

—Mi hijo es un inspirador absoluto: el mayor temor que me da es el que yo tenía, la soledad, por la locura y vorágine virtual. Se va perdiendo el vínculo de jugar en la calle o a los juegos de mesa, porque están todo el tiempo conectados. Hay que lograr un punto de equilibrio, que a veces se hace difícil por la sobreestimulación y la rapidez. Y ni hablar de la vulnerabilidad por la inseguridad.

—¿Por qué no editabas?

—No me animaba en lo más mínimo. Incluso durante los 90 escribí cuentos para adultos que solo mostré a dos o tres amigas, fue muy gracioso porque les encantaron y me alentaron. Ya los publicaré, al igual que una novela relacionada con una época de la juventud. Hoy lo que más me atrapa es la literatura infantil porque hay que rescatar valores, mensajes y pausas, frente al “todo ya” y la falta de disfrute del silencio.

—¿Cuándo incorporaste herramientas de la literatura?

—Julio Federik leyó cosas mías, las corrigió y me dijo que profundizara, y Chury Chemín, cuando estaba con mamá en el Taller del Río, también me leyó algunas cosas; hice dos talleres muy buenos, pero quien más me ayudó fue mi suegra, por su formación. También aprendí a dejar el texto “dormido” y luego retomarlo, porque antes tenía demasiada ansiedad.

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“Un área muy cruel”

—¿Qué imaginabas hacer como abogada?

—Ejercer el Derecho Ambiental, que eligió mi hermano, del cual comencé un post grado, y terminé en el Administrativo disciplinario, que ejerzo en el Poder Judicial y estuve en la Fiscalía de Estado.

—¿Formadores importantes?

—En la facultad, Mosset Iturraspe, de una calidad humana poco vista, y fuera de ella dos mentores, Sádi Bonfils, en el Colegio de Abogados, y Julio Federik, con quien aprendí a trabajar en un estudio grande.

—¿Qué encontraste en un universo tan contrapuesto a lo literario?

—(Risas) Un área, muy cruel, que no a mucha gente le interesa, donde me siento cómoda intentando hacer las cosas bien, no mucho más que eso.

—¿Lo taxativo del Derecho no te modificó la forma de escribir?

—La facultad me quitó la prolijidad, por la rapidez de tomar apuntes, y desde la Lógica me ayudó en cuanto a la visión del mundo, hasta encontrarme con la realidad jurídica, que no es la que imaginaba por aquel entonces. En los escritos judiciales era muy larguera (risas) y con el tiempo logré resumir.

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La virtualidad como posibilidad

—¿Cómo te alimenta al momento de escribir lo que has leído y leés?

—Todo escritor, de alguna manera, plagia, en el buen sentido, a otro, porque su memoria se conecta con algo de otro que lo enriqueció. Tuve una conversación con un escritor, por una crítica que le hice en ese sentido al considerar que algo era una copia de Borges, y me dijo “no lo copié tal cual, lo traje en mi cabeza y lo conecté con lo que escribía”. Con el tiempo lo comprobé.

—¿Cómo viviste el confinamiento con relación a la escritura?

—Escribía y me sentía quieta, y pude ver que la virtualidad abre un mundo más grande y que un libro electrónico puede llegar a cualquier parte del mundo. Decidí ir por ahí, comencé a hacer distintas traducciones, como Los soles de mi abuela Gloria en italiano, inglés y catalán, comencé a tratar de hacer libros bilingües y salió Cuentos que dan lata. Me hizo conectar con gente bellísima como la traductora al italiano, Susana Dorato, y Daniel Carrión de Gómez, al inglés, Gabriel Grippo, de New York, quien lo leyó y me orientó, al igual que Marcela Raspini y una amiga que está en Nueva Zelanda. Con los dibujos animados de Los soles de mi abuela Gloria (que están en Youtube) estoy trabajando con la embajada en Italia, para ver si se pueden presentar junto con el libro. Tuve mucho apoyo de la Secretaría de Cultura y se está traduciendo al japonés.

—¿Lograste un estilo, más allá de no atarte a estructuras?

—Es un estilo libre; escribo con el corazón y las emociones en la mano, y me fluye así; uso correctora porque considero que todavía me falta crecer en la gramática y toda la vida se aprende.

—¿Cuál es el sentido de escribir en el mundo de la virtualidad y pantallas omnipresentes?

—Por suerte hoy se puede hablar de las emociones y mis libros tratan de disparar eso, y que el niño se identifique con un personaje y se exprese. Cualquiera de mis libros se puede trabajar en la escuela de manera integrada, no solo de la Literatura, sino de las artes plásticas, las emociones y, en otros idiomas como italiano e inglés.

“Por primera vez sentí que este libro no era mío”

“Experimenté que escribirlo era para una misión diferente”, manifestó la escritora paranaense con relación a su última obra, El tesoro de Simona, el cual se vincula con la conmemoración de hoy, Día Nacional de la Donación de Órganos.

—¿Qué particularidad tiene, como mensaje, El tesoro de Simona?

—Comencé a escribirlo como El tesoro de Simón, pero la persona que me provocó escribirlo es una mujer, Mara Hollmann (nació con una cardiopatía congénita), quien gracias a Dios encontró su corazoncito y está más que bien, peleando cada día por una vida de calidad como la de todos. Ella es el centro del personaje y por eso Simona. El libro nació solidario porque experimenté que escribirlo era para una misión diferente, nunca vivida. Sentí que no era mío y que el libro debía estar en escuelas e instituciones, y como disparador para hablar sobre la donación de órganos

—¿Por qué te impactó el caso?

—El transitar lo que vivió Mara me atravesó de una forma diferente. Su familia estaba indecisa sobre si hacer o no una fundación, que hubiera sido lo ideal, pero aún no se sabe si se hará. Entonces buscamos una entidad para que este fin solidario tuviera una misión y encontramos a la Fundación Todos con Emmita, en formación, para ayudar a niños con atrofia muscular espinal. Con los padres de Emmita tenemos un vínculo muy especial ya que también participamos de su campaña. Las regalías van para esta entidad; quizás en el futuro se haga la fundación de Mara y vaya allí o a otra fundación cuyo objeto social esté relacionado con la donación de órganos.

—¿Tus redes?

@mercedesmariacristina, en Instagram y Facebook.

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