Lucía Brambilla: "A partir de que murió mi hija transformé el dolor en amor"

Entrevista con Lucía Brambilla, instructora de yoga. Mandatos y construcciones simbólicas. ¿Guitarra o Derecho? Tragedia familiar, despertar y liberación.

16 de agosto 2026 · 11:43hs

La yogui Lucía Brambilla reveló cómo a partir de la muerte de su pequeña hija encontró el yoga y la profunda significación que tuvo tanto como alivio en la etapa de duelo, como para revisar las explicaciones y prioridades de su vida. En otro orden, la especialista en yoga infantil destacó la autoobservación, propiocepción y la empatía, herramientas que promueve dicha ciencia india.

¿Profesión o música?

—¿Dónde naciste?

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—En Paraná, calle Mitre y San Martín.

—¿Cómo era la zona en tu infancia?

—¡Ah, hermosa y uno de los barrios más lindos de la ciudad! Cerca del río, del Patito Sirirí y de la Escuela La Salle, a la cual fui. Arbolado con tipas gigantes que forman como un túnel.

—¿Cambió mientras viviste allí?

—Comenzaron a aparecer edificios, que prácticamente no había, y mi casa se llenó de vecinos que nos miraban por todos lados.

—¿Otros lugares de referencia?

—Crecí en el club de tenis porque mi mamá jugaba desde chiquita y nos llevaba.

—¿A qué jugabas?

—Era bastante varonera (risas) porque tenía dos hermanos varones y amigos, así que jugaba al fútbol, a los Playmobil, a Los tres chiflados, hacíamos “cocucha” con flores del patio, trepaba a los árboles y hacíamos como que estábamos en el espacio.

—¿Desarrollaste alguna afición?

—Gimnasia deportiva, jugué al tenis hasta los 15 años, dos años al hockey y comencé el gimnasio, pero no me quedaba con ninguna. En el tenis me frustraba mucho y no disfrutaba de competir. Con el colegio siempre participaba en los intercolegiales. Cuando me recibí de abogada y me fui a vivir a Buenos Aires, jugué al fútbol.

—¿Formadores importantes?

—Ale (Alejandro) Rudi y Edu (Eduardo) Tello, muy buenos los dos, y en gimnasia iba a lo de Amalia Ruiz, con quienes nos hicimos amigas y de una de sus hijas.

—¿Jugar al fútbol en Buenos Aires fue parte de la rebeldía?

—No, me encantaba, porque necesitaba naturaleza, ya que vivía en un monoambiente con mi hermano, al igual que iba a las plazas a tomar sol.

—¿Leías?

—Sí.

—¿Algún libro influyente?

—En la infancia y adolescencia, no; pasaba de un género a otro, García Márquez, Isabel Allende y Nietzsche (risas), leía un poquito y dejaba. En la universidad, a Max Weber y Dickenstein, y me importaba la sociología, la psicología y la filosofía. Mi universo de lectura apareció más adelante.

—¿Qué actividad laboral desarrollaban tus padres?

—Mi papá trabajó en la Justicia y terminó siendo secretario de la Sala II de la Cámara de Apelaciones en lo Civil y Comercial, y mi mamá estudió profesorado de Historia y otras carreras, pero se dedicó a criarnos y nunca ejerció.

—¿Sentías una vocación?

—En la adolescencia me gustaba mucho la música, aunque no sabía cómo pedirla, y comencé a tocar la guitarra; siempre quise estudiar y en mi casa me decían que de eso no iba a vivir porque no era una profesión, como la de abogado, médico u odontólogo.

—¿La música estaba presente en tu cotidianidad?

—Nada, salvo que uno de mis hermanos en un momento de su vida tocó el piano. Fui a algunas clases de guitarra y me compraron una, pero no la tocaba mucho.

—¿Referentes?

—Me gustaba Madonna y cuando era chiquita me decían que era parecida a ella. Ahora desarrollo esta faceta artística con un grupo de yoga devocional a través del canto de mantras, para meditación, con instrumentos que trajimos de la India en un viaje con otras profesoras.

Personalidad de abogada y mandato

—¿Qué materias te gustaban?

—Las sociales como Sociología, me apasionaba lo relacionado con la naturaleza y Física y Química, y me deslumbraba en el laboratorio. Matemáticas se me daba fácil pero no era de mi mayor agrado. Ahora me interesan las neurociencias.

—¿No pudiste zafar del mandato al terminar?

—Tengo una personalidad de abogada en el sentido de que siempre fui la delegada del curso y levantaba la voz, con un sentido de justicia arraigado. Me armé el personaje de que sería abogada.

—¿Pensabas que el Derecho tiene que ver con la justicia?

—Claro que sí e iba por la justicia ideal; también estudié por mandato, ya que mi papá y mi hermano son abogados. La primera materia que rendí, libre, me fue mal, aunque había estudiado un montón. Desde ahí hasta la última que rendí fue una crisis existencial, en cuanto a que no era para mí.

—¿Cómo lo sostuviste?

—Porque no me costaba y no me cuestionaba mucho.

—¿La crisis también tenía que ver con lo que aprendías en cuanto a la relación Derecho-justicia?

—Un poco, no sé si era tan lúcida en ese momento (risas).

—¿Te identificaste con alguna materia en cuanto a lo que podías hacer por tu ideal?

—¡Qué sé yo! Hasta hoy… Hace una semana que comencé con algo que creo que sí, que son los recursos de amparo relacionados con salud, porque se involucra una cuestión muy sensible en la cual siento que puedo ayudar. Di muchas vueltas porque cuando me recibí fui a trabajar a Buenos Aires a un estudio que hacía contratos civiles y comerciales, y trabajaba para corporaciones. Comencé a valorar lo bien que se vive en el interior, porque me explotaban de 9 a 21 y me pagaban poco. Miraba en quién me podía convertir y mi jefa era una adicta al trabajo que solamente vivía para eso, y yo no lo quería. Quería ir a los teatros y escuchar música.

Tragedia y búsqueda

—Totalmente disociada.

—Tal cual. Mientras, estudiaba escribanía, porque era promesa de un trabajo en Entre Ríos, a partir de una ley, así que me recibí de escribana. Estuve tres años, renuncié y volví; justo mi papá se jubiló, me presenté a un concurso para su puesto y salí casi última. Me tomé ese año para mí, comencé a estudiar guitarra en la (Escuela de Música) Carminio, en un taller en el cual te preparaban para la carrera. En el camino conocí a mi actual marido y me salió una oportunidad para trabajar en el área de Vinculación tecnológica del Conicet, haciendo convenios, muy afín a lo que hacía en Buenos Aires, donde descubrí un mundo que ignoraba. Nos casamos, tuvimos a nuestra primera hija, Antonia, me costaba mucho conciliar trabajo con maternidad, porque viajaba todos los días a Santa Fe, así que me entró la desesperación por conseguir un trabajo en Paraná. Al año de vida mi hija tuvo un accidente en el seno de la familia, murió (llora), morí con ella y renací en una nueva versión. Cuando muere un hijo cambian todas tus prioridades; me animé a meterme lo profundo de mi propia vida, porque hasta ahí vivía en automático y estaba muy enmascarada. Apareció el yoga, porque quería saber cómo seguir viviendo y tener una explicación. Apelé a un montón de herramientas metafísicas, di catequesis y tuve mucha ayuda del cielo, para saber que era parte del plan en cuanto a que Antonia vino con una misión, la de despertarme y liberarme. El padre Cristian me acompañó mucho para aliviarme y confiar. También trabajé como voluntaria en la Fundación Crisálida.

—¿Sabías de qué se trataba esta ciencia?

—Nada; pensaba que era de esas cosas raras que piensa la gente.

—¿Con quién iniciaste la práctica?

— Con Celeste Mazzadi, quien comienza sus clases hablando, lo cual fue una puerta de información que se me abrió, a partir de lo cual indagué.

—¿Primero fue lo mental?

—Fue una búsqueda espiritual.

—¿Qué ideas te dieron cierto alivio?

—Creer, entender y adherir a que somos eternos, almas encarnadas y que la vida nunca termina porque somos partes del todo. Dejé de sentirme separada de mi hija y me atrapó la cosmovisión del budismo, más allá de la que traía por mi educación cristiana y católica. Crecí creyendo que Dios estaba afuera; ahora busco transmitir a cada persona que viene a nuestra sala que está adentro y que todos somos parte de eso que llamamos Dios.

—¿Qué te resultó más difícil de conciliar?

—Mi interpretación es que las religiones son instituciones, con dogmas inalterables y que es cómo cuentan la gran verdad, a través de distintos personajes, arquetipos y mensajes, que representan una única energía. Si trascendés las religiones encontrás un punto en el cual se encuentran. No sé si soy religiosa pero tengo mucha más fe, que la encarno, que anteriormente.

—¿Cuándo entendiste la esencia del yoga como ciencia y paradigma metafísico?

—Fue un camino, nunca dejé de practicar y también hice yoga Kundalini, en la Fundación Crisálida, de la mano de unos profesores que dieron un taller. Me anoté en el profesorado de Ashtanga yoga, comencé a practicarlo con Hilaria Grieve y en 2024 abrimos una sala.

—¿Te resultó contrastante el Ashtanga respecto al Hatha, en el cual te formaste?

—No, porque cada persona lo adapta a su biotipo y dosha, y a mí me hace estar continuamente enfocada y diciéndole a la mente que no es ella quien manda. Además, se combina un ejercicio aeróbico, que te da fuerza, con lo metafísico y espiritual, a través del trabajo interno con los chakras. Todos los días hay que desafiarse en el sentido de ser un observador, porque también es una forma de meditación.

Observación e impermanencia

—¿Hubo un momento puntual cuando el duelo comenzó a tener otro cariz?

—Fue inmediato porque en sus etapas nunca estuvo la negación; la aceptación vino rápido y el perdón también. Tuve claras convicciones de que esa experiencia venía a enseñarme a amar, perdonar y pedir perdón incondicionalmente, porque fui muy orgullosa, prejuiciosa y egoísta. Para estar en armonía con todo y con todos, viviendo intensamente, porque no sabemos cuándo nos vamos. Cada día cuenta. La impermanencia y lo efímero de la vida te da otro sentido, por eso hice un clic y dije basta de venderme una historia a mí misma, lo cual fue un proceso que llevó mucho tiempo y que está siendo, porque me sigo buscando.

—¿El mayor desaprendizaje?

—Que nada es permanente y todavía estoy tratando de aprenderlo. Nada es seguro y me cuesta ir por mis sueños porque me apego a la seguridad, aunque esté disconforme, que es lo que pasa con mi trabajo.

—¿Qué te pasó físicamente a partir de la práctica?

—Comencé a sentirme mucho más. Al año que comencé con Celeste me anoté en Yoga Aplicada, con Susana Leonhardt, hice el profesorado, quedé embarazada, nació Mateo en 2019 y nos devolvió la alegría de ser padres.

—¿Qué transformaste del cuerpo teniendo en cuenta los deportes que practicaste?

—Aprendí a cuidarlo y saber cuáles son los límites, en cambio en el tenis, por ejemplo, por llegar a la red terminás lesionado. Tiene que ver con el amor hacia uno mismo. El yoga es mucho más completo porque es una práctica espiritual y un trabajo con la mente, mientras que el deporte no me llevó a ese nivel tan profundo de autoindagarme sobre lo que me pasaba. Estaba en automático, anestesiada, sentía un vacío, una angustia o un malestar y no sabía por dónde atacarlo, mientras que cuando comencé a escucharme aprendí por dónde es y tuve que hacerme cargo. Hoy, antes de elegir algo, lo paso por mi corazón.

Legado con la infancia

—¿Transitaste el embarazo y los primeros tiempos del nacimiento con miedo?

—No tuve miedo. Luego, en 2021, nació Esmeralda.

—La pregunta es obvia: ¿por qué te dedicás al yoga infantil?

—Por supuesto, es por Antonia, porque siento que hay un legado con la infancia (se emociona). Transformo en amor el dolor, que es el lema de la Fundación Crisálida. Lo que descubrí de adulta y las herramientas que hoy tengo me hubiera encantado tenerlas para llegar antes.

—Es cuando tiene que ser.

—Obvio, pero lo primero que sentí cuando descubrí el yoga fue que sería una maravilla darle estas herramientas a los niños (ver recuadro) cuando se constituyen como personas, para saber cómo conducirse en la vida, sentirse a sí mismos y ser más empáticos con los demás.

—¿Publicás contenidos?

—Sí, en ananta.ashtangayoga y brambilla.lucia

“Darle un teléfono a un niño es un atentado”

La yogui se refirió a los problemas de atención observados en los niños que se inician en la práctica, fruto de la hiperestimulación, conjuntamente con la falta de elasticidad.

—¿Qué sobresale físicamente en los chicos?

—Vienen queriendo jugar y hay que recordarles y darles el espacio para que hagan lo que traen naturalmente. Pero pasa que en nuestra sociedad, y por cómo llevamos la vida de exigencias y sus valores, se produce una ruptura.

—¿Por ejemplo?

—Los exponemos a las pantallas porque los adultos necesitamos ese tiempo para trabajar y producir todo el tiempo, tener que cambiar el auto, comprar la casa, viajar; producir más, más y más… En esa voracidad, qué hago con el pibe que quiere jugar. Porque si le das la opción de ir al parque a jugar a la pelota, seguro que dice que sí. Entonces, en la seguridad de tu casa, le prendés el chupete electrónico y seguís haciendo tus cosas.

—¿Qué les produce el yoga?

—Enseña que hay momentos para todo: para estar con la energía a tope, sobreestimulados, que es lo que suele pasar, y también para la calma, en la cual comienzan a sentir lo que les está pasando.

—¿Qué otras fases tiene esa estrategia?

—Comenzamos con una canción, los hacemos entrar en calor y siempre tenemos una misma estructura, porque son necesarias y funcionan. Para bajar la energía les contamos un cuento, con disparadores y en los cuales hablamos de emociones positivas, y siempre aparece lo que les sucede en la escuela, sus miedos y gustos. Después hacemos juegos relacionados con la atención y combinación de los dos hemisferios cerebrales.

—¿Cómo se introducen las asanas?

—A través del juego, hasta los seis años, con un cuento, aunque no somos muy técnicas, porque no es ésa la búsqueda, sino que tengan propiocepción y, de a poco, aprendan a controlar su cuerpo y no estén tan desconectados.

—¿Notás pérdida de habilidades físicas comunes en generaciones anteriores?

Naturalmente son laxos y elásticos pero en general los noto más endurecidos, con músculos y articulaciones sin elongación. Les cuesta mucho responder y seguir las consignas y la actividad, por la falta de atención. Nos pasa a todos, porque estamos bombardeados por mucha información.

—¿Y la relación con el teléfono?

—Los nenes que tengo creería que todavía no lo usan.

—Qué optimista.

—(Risas) Son de menos de diez años y lo anhelo, porque darle un teléfono a un chico de menos de 14 años es casi un atentado contra su vida, porque es mucho lo que pasa a través de las pantallas. Ninguno trae celular y si pasara no lo permitiría, porque venimos a lo contrario: la presencia y no estar fuera de sí mismo. Todas las actividades tienen que ver con traerlos al momento presente y trabajar la concentración.

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