El doctor Lino Sapetti analizó distintos factores que influyen en la salud ósea y particularmente focalizó en el sedentarismo. “Trae muchos trastornos graves para la estructura ósea”, enfatizó el ex jefe del servicio de Traumatología del Hospital San Martín, a la vez que criticó la ausencia y deficiencia de la educación y actividad física en las escuelas.
Entrevista con el doctor Lino Sapetti: "El sedentarismo convierte a la columna en una tabla con joroba"
Entrevista con el doctor Lino Sapetti, traumatólogo. El juego: antaño y ahora. ¿Por qué se enferman los huesos? La prueba de la silla.
Por Julio Vallana
Entrevista con el doctor Lino Sapetti: "El sedentarismo convierte a la columna en una tabla con joroba".
Entrevista con el doctor Lino Sapetti: "El sedentarismo convierte a la columna en una tabla con joroba".
Baldíos y fútbol
—¿Dónde nació?
—En San José de Feliciano, donde viví hasta los seis meses, cuando a mi papá lo trasladaron porque trabajaba en el Banco de Entre Ríos. Después fuimos a Villaguay, Chajarí y San Salvador.
—¿Cuál es el mayor recuerdo de la infancia?
—San Salvador, donde comencé la primaria.
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—¿Cómo era su barrio?
—Fuimos a unos departamentitos nuevos; eran calles de ripio
—¿Qué se veía al salir de su casa?
—La usina, a una cuadra, la escuela, y a las espaldas, las vías del tren y la cooperativa arrocera.
—¿Hasta cuándo estuvo allí?
—Hasta quinto grado, cuando vinimos a Paraná.
—¿Su mamá?
—Ama de casa. Somos ocho hermanos, siete varones y la octava. Soy el mayor y los cuidaba. Mi viejo fue muy peronista, en el 55 estaba en la Escuela de Gendarmería, cuando cae el gobierno lo mandan a matar gente pero rompió el fusil contra una pared y se fue.
—¿A qué jugaba?
—Trepábamos a los árboles; al fútbol, en los baldíos, todos los días, y otras actividades con los chicos del barrio. Había básquet pero nunca me gustó. Al fútbol mi viejo nunca nos dejó jugar en los clubes, aunque él había jugado desde los 15 años en primera, en Nogoyá, en Boca y en Instituto de Córdoba.
Escuela: zurdos no
—¿Desarrolló otra afición?
—Desde muy chiquito me destacaba por dibujar con la mano izquierda y pintaba muy bien. Tuve formación con una profesora. Pero nunca más lo desarrollé.
—¿Leía?
—Mi mamá, con tercer grado aunque muy inteligente, me enseñó a los cuatro años. Leíamos literatura barata como Nippur de Lagash, Intervalo y El Toni, y también sobre los egipcios y mitología griega. Mi papá era un gran lector y recibía libros todos los meses. Nunca me faltaron, al igual que enciclopedias y diccionarios. Cuando comencé la escuela me costó, porque era zurdo, me ataban la mano en la espalda y me pegaban con un puntero. Tuve que hacer todo al revés y fue traumático.
—¿Algún libro influyente?
—De cuentos cortos, de Salvat, muy bien ilustrados, que nos leía papá a la noche.
—¿Cómo vivió el cambio al venir acá?
—Era fácil cambiar porque papá decía "hay que guardar la ropa" y aparecíamos en otra ciudad. Pasamos de un pueblito a una ciudad grande, frente al (Instituto) Cristo Redentor, y terminé la primaria en la Escuela Santa Fe. Enseguida me hice amigo con un muchacho del fondo de mi casa y todavía había baldíos para jugar al fútbol.
La Prefectura y los boludos
—¿Materias predilectas?
—Geografía e Historia; en el Colegio Don Bosco tuve muy buena formación, lo cual se notó cuando rendí para la facultad. Mi gran problema hasta hoy es el inglés, que lo padezco.
—¿Sentía una vocación?
—Me gustaba la biología, mi papá decía que sería médico y yo quería ser militar; a los 18 años fui a la Prefectura, donde hice la colimba como voluntario; después fui a la Escuela de Oficiales pero no me gustó, porque cualquier boludo te manejaba y no lo aceptaba. Fui a rendir a Rosario e ingresé a Medicina, donde se había anotado mi hermano.
—¿Por qué quería ser militar?
—Pensaba que la formación sería más bélica pero encontré que era más puterío. Estuve casi dos años y me permitió conocer otro tipo de gente y realidades, lo cual me sirvió para mi profesión en el Hospital San Martín, para entender las necesidades de la gente. Me fui porque tuve una discusión con un cadete.
Materiales, diseños y tiempos
—¿Se proyectaba como médico?
—No, no; pero me fui adaptando. Primero era medio vago, me gustó y me sigue gustando.
—¿Hubo alguna cátedra o formador que lo entusiasmó?
—Farmacología, porque había muchos médicos investigadores y gente de gran formación académica y creadores de técnicas, al igual que en Fisiología.
—¿Por qué eligió traumatología?
—Había rendido en Santa Fe para clínica médica, me encontré acá con un compañero de Rosario quien me dijo que en el ITEO estaban tomando examen para ingresar, vine, aprobé e ingresé.
—¿Le atrajo como campo de estudio y trabajo?
—Los dos primeros años sufrí mucho, cuando veía las cirugías, pero cuando comencé a meter mano me gustó e hice todos los cursos habidos y por haber, más allá de mis fallas con el inglés.
—¿Qué enfoque predominaba, en términos generales, por entonces?
—No ha cambiado mucho, aunque sí los materiales y tiempos. En ese momento había dos escuelas: la europea, fundamentalmente la francesa, con tiempos más lentos, y la americana, y estábamos entre las dos, aunque luego se inclinó hacia la americana. No soy extremista y tomo lo mejor de las dos.
—¿Cuáles fueron los hitos de esos cambios?
—Las técnicas quirúrgicas no cambiaron mucho y se hacen hace 100 años, aunque sí los instrumentales y los tiempos. Antes, una cirugía de cadera demoraba entre cuatro y cinco horas, y se estaba tres meses sin caminar, mientras que hoy opero en una hora y media, y mañana te vas caminando a tu casa.
—¿Cuál es la clave?
—La mejora de los materiales y el diseño de las prótesis. Otro hito revolucionario fue el uso de tutores externos en torno a los cuales el médico ruso (Gavriil) Ilizárov demostró que se podía elongar un miembro entero, vasos, arterias y músculos con un alargamiento diario de un milímetro. También retomar el concepto alemán, que se había dejado de lado por la guerra, de los clavos endomedulares, que es fantástico y se actualizó mucho. Igualmente el equipamiento de imágenes, antes muy costoso pero que ahora está en todas las instituciones. Con todo esto los tiempos disminuyen, al igual que la posibilidad de levantar al paciente. La diferencia más notable ahora es la edad de los pacientes, en torno a lo cual hay que repensar todo, por el aumento de la población vieja.
Huesos saludables
—A propósito de esa franja etaria: ¿la cadera primero se quiebra y la persona cae, o se cae y por eso se quiebra?
—Pueden pasar las dos situaciones y depende de la fragilidad del hueso. Estamos bastante avanzados con el tratamiento de la alteración del metabolismo óseo, asociado con la edad, más en el caso de las mujeres con menopausia precoz o con bajo peso. Hay tratamientos que pueden mejorar bastante estas patologías
—¿Qué garantiza la salud ósea?
— Es fundamental lo que comió tu mamá mientras estuviste en la panza y la leche que tomaste durante el desarrollo, porque queda como una reserva. Y con el paso del tiempo, lo que se ingiera de calcio, aunque también está asociado al uso de medicamentos, hipotiroidismo y otros factores que favorecen la pérdida de calcio. Lo más importante de todo es la actividad física ya que el sedentarismo trae muchos trastornos graves para la estructura ósea, que se agrava con la sarcopenia, pérdida de masa muscular asociada a la edad, que agravan los riesgos de caída y favorece la artrosis.
—¿Cuál es el mejor método de diagnóstico para la osteoporosis?
—La densitometría ósea.
El hospital, triunfos y derrotas
—¿El primer caso desafiante?
—En la residencia, una fractura expuesta, y luego en el San Martín; había operado una o dos fracturas expuestas en el sector privado y cuando pasé al San Martín el primer día fueron seis. Estuve dos días sin dormir. Estuve 31 años, me marcó y me gustó mucho.
—¿Cómo cambian las lesiones y accidentes?
—Depende de lo social y las épocas. Lo de 2001 fue terrorífico por el deterioro de la salud ósea, fundamentalmente por falta de comida. Operé una fractura expuesta de tibia, la herida no cerraba, le pregunté al paciente qué comía, sonrió y me dijo “si lo estaba jodiendo”, porque el pan era para el hijo y él tomaba mate cocido. Así que suministrábamos comida con proteínas y calorías.
—¿Otro momento social grave?
—En la época de (Carlos) Menem se importaban contenedores con motos y Paraná tuvo un crecimiento impresionante, lo cual fue terrible porque había 29 o 30 casos de accidentes por semana, no sólo con muertos sino con una secuela de discapacitados. Se llegó a un 33% de las camas que correspondían a traumatología. Los accidentes bajaron bastante, aunque hoy tenemos el crecimiento poblacional espectacular de Colonia Avellaneda y San Benito, sin la conectividad adecuada y por lo cual la gente compra motos. La situación nunca dejó de ser crítica, porque al hospital llega quien está muy mal y te das cuenta de cómo afecta lo económico. Por ejemplo, que no pueden comprar un remedio para la presión, y llegan con un ACV, o quienes se morían mientras comían un pedazo de pechuga de pollo. Respecto a las adicciones, en 2000 comenzó a impactar fuerte el consumo de cocaína.
—¿Un caso por accidente?
—Un muchacho que fue perdiendo huesos y se me fue muriendo en el quirófano. También el de una chica que trajeron en ambulancia al borde de la muerte, a quien le pasamos nueve unidades de sangre, le reparamos la pierna y quedó con una leve discapacidad. Pero es maestra, trabaja en un kiosco y se está por jubilar. Han sido miles y nos sirvieron para prepararnos y resolver algo que no había en el mundo, en términos de formación en distintas técnicas y entrenamiento.
—¿Algo complejo?
—Era desafíos diarios. Operar opera cualquiera, pero la cuestión es tomar la mejor decisión para el paciente. En un momento encarnizábamos mucho y nos negábamos a amputar, para tratar de preservar el miembro y la función, pero luego nos dábamos cuenta de que habíamos operado 25 veces sin solución.
—¿La mayor derrota?
—Cuando le tuve que amputar las dos piernas a una chica de 22 años, porque sino se moría. No podía hacer nada. Todo fue por colocarse un tampón, lo dejó más de ocho horas y tuvo una coagulopatía intravascular que tapó las arterias de las dos piernas. Sigue viva y es mamá.
—¿Qué pasa por su mente cuando toma una decisión de esa índole?
—En ese momento estás aislado de todo, pero nunca se supera cuando se abre la puerta y ves a un chico hecho pedazos, con los padres llorando. Hago el trabajo pero me queda en la cabeza, más allá de que en mi casa dejo el trabajo afuera, y lo de mi casa no lo traigo al trabajo. Si hay algo que no puedo hacer, lo estudio y comento con colegas.
—¿Se fue satisfecho del hospital?
—Sí, porque hicimos un buen grupo, la residencia, calificada entre las cinco mejores del país, la ley del Banco de Prótesis, y en 2008 presenté un proyecto de salud. Fui candidato a gobernador y es lo peor que me pasó en la vida, porque nadie quiere que hagás nada y todos, incluyendo a la iglesia, quieren mantener el negocio de la pobreza.
Escuela, inactividad y teléfonos
—¿Cómo incide el sedentarismo en las lesiones?
—Los chicos en la escuela no saben correr y por eso son las lesiones en el tendón de Aquiles y demás, porque los ligamentos están acortados y tensionados. Cuando íbamos a la escuela llevábamos una pelota de fútbol, en cambio hoy está prohibido, al igual que cualquier tipo contacto o esfuerzo, y en Educación Física no hacen nada. Ni siquiera juegan a las figuritas, chapitas o bolitas, como nosotros, que te obligaba a estar mucho en cuclillas, lo cual facilitaba las sentadillas. Se han perdido habilidades.
—¿Cuál es la relación con lo óseo?
—Se pierde calcio y si la dieta es mala, la paratohormona (la que produce hipercalcemia) la busca donde la encuentre y si no hay, la saca del hueso, porque todas las funciones del cuerpo necesitan calcio.
—¿Qué patología está más extendida por esta cuestión?
—La artrosis. Hoy tengo pacientes de 12 o 13 años con hernia discal, lo cual antes no se veía. Igualmente incide el tipo de alimentación.
—¿Se está creando un nuevo biotipo por el uso excesivo del teléfono?
—Creo que sí, porque los chicos nacen con el celular en la mano. Lo que hoy se sufre más son las cervicales, al igual que por la posición del cuello frente a las computadoras, con severas rectificaciones y contracturas. El drama es la silla, el sedentarismo, que hace que la columna sea una tabla con una joroba, porque los músculos no trabajan y se contracturan. Se da la patología del glúteo ausente, porque no se usan los tensores y estabilizadores que mantienen el equilibrio de la columna y las piernas. Así comienzan los edemas y várices.
—¿El cuerpo se adapta a esto?
—Lo más problemático del uso del celular es lo neurológico, que las neurociencias estudian mucho, fundamentalmente por la dopamina, ya que cambian permanentemente los estímulos y nunca se detiene. Hasta los dos años los chicos no tienen que estar cerca de una pantalla, porque genera miopía, como se observa al entrar a un aula, porque evita que el ojo se desarrolle para ver lejos. Nos hemos alejado de la naturaleza y es gravísimo.
—¿Primer paso para salir del sedentarismo?
— Si estando en la silla no te podés parar sin apoyarte, estás jodido y hay que ir al gimnasio, subir escaleras, caminar media hora o juntarse con los amigos para jugar al fútbol, porque además está el factor social y de estimulación neuronal. El newcom es fantástico.
—¿Y para quien vive frente a la pantalla?
—Todo lo que hay en este espacio (se refiere a su consultorio) saca electrones, entonces hay que volver al contacto con la naturaleza y el sol, sobre el cual nos mintieron de que es una mierda. Se necesita el “calcio solar”, porque la vitamina D se hace con el sol de mediodía.
“El teléfono celular es un riesgo cuando se entrena”
Sapetti integra el equipo del entrenador de boxeo Fabricio Pistrilli, en cuyo gimnasio también desarrolla actividad física, sobre la cual detalla su rutina y señala los riesgos de la presencia del teléfono en los espacios de entrenamiento.
—¿Cómo ha mantenido su actividad física?
—Soy medio vago, pero hace muchos años lo conocí a Roque Romero Gastaldo, me invitó a su gimnasio, entrenaba y lo ayudé, como ahora con (Fabricio) Pistrilli (entrenador de boxeo). Este deporte siempre me encantó, por el sacrificio y esfuerzo, pero mi viejo no me dejaba, aunque también le encantaba. Voy al gimnasio dos veces por semana, 50 minutos, y camino dos veces por semana. El boxeo recreacional es muy positivo por sus efectos físicos, psicológicos y cognitivos, y no hay límite de edad.
—¿No siente alguna contradicción como médico?
—El problema es la protección del boxeador. En el amateurismo se utilizan protectores de cabeza, bucal y demás, lo cual es una cosa, mientras que el profesional es más complicado, por las lesiones de hombro y muñecas, y neurológicas, aunque la cantidad es igual que en el rugby y fútbol americano, y en quienes cabecean o por los choques propios del fútbol.
—¿Cómo influye el teléfono en el gimnasio?
—Está probado que aumenta el riesgo de lesiones, porque cambia la cabeza al subir y bajar la dopamina, y por eso se pierde concentración.
—¿Qué lesiones se incrementaron en otros deportes?
—Las de ligamentos cruzados anterior y de tendón de Aquiles, que no se veían tantas y ahora son por falta de sentadillas.















