Nada volverá a ser lo mismo

"... La pandemia los obligó a reconocer que lo que mueve la economía no es el capital que especula en bolsa, sino la gente, produciendo y consumiendo..."
14 de abril 2020 · 19:43hs

Uno de los muchos efectos secundarios e inmediatos de esta pandemia global, es el resurgimiento de zombies nefastos, estandartes del núcleo más voraz del colonialismo financiero y el liberalismo globalizado. Henry Kissinger, exsecretario de Estado norteamericano, hizo una ruidosa reaparición en una columna de The Wall Street Journal. Más allá de los epítetos que pudieran caberle a este operador político-financiero, es justo reconocer su capacidad de lectura del panorama y su puntería a la hora de diagnosticar el estado de situación internacional.

Para Kissinger, las naciones son coherentes y prosperan con la creencia de que sus instituciones pueden prever calamidades, detener su impacto y restaurar la estabilidad. “Cuando termine la pandemia de Covid-19, se percibirá que las instituciones de muchos países han fallado”, pronosticó. “La realidad es que el mundo nunca será el mismo después del coronavirus. Discutir ahora sobre el pasado solo hace que sea más difícil hacer lo que hay que hacer”, agregó.

María reparte a sus alumnos la tarea, ante la falta de internet

Educar en tiempos de pandemia

Si bien el final es abierto, Kissinger vaticina que las reglas de juego definitivamente van a cambiar. Y no es el único; el 3 de abril, un día antes de que fuera publicada su columna en The Wall Street Journal, el Financial Times –otro vocero de las finanzas internacionales– reconoció que la pandemia ha expuesto la enorme vulnerabilidad de la organización social que impera en occidente desde hace al menos cuatro décadas. En este sentido, manifestó que “los gobiernos tendrán que aceptar un rol más activo en la economía. Deberán percibir a los servicios públicos como una inversión en lugar de un pasivo”.

Increíble, pero cierto. El Financial Times vaticina un inminente y necesario volantazo keynesiano. La pandemia los obligó a reconocer que lo que mueve la economía, en términos simples y llanos, no es el capital que especula en la bolsa, sino la gente yendo a trabajar, produciendo y consumiendo bienes y servicios. Y esto se refleja en que, desde principios de marzo, la paralización de la producción global provocó un estrepitoso desplome de las acciones de Wall Street al microcentro porteño, de Brasil a la Unión Europea.

Oportunidad

Si algo queda en claro gracias a esta pandemia es que el liberalismo no tiene capacidad de lidiar con problemas que atañen directamente a la vida de las personas. En los EE.UU., el país neoliberal por excelencia, la curva de infectados sigue empinándose y cada día cientos de personas mueren a causa del Covid-19.

Es que de manera involuntaria, para bien o para mal, el mundo entero está haciendo un experimento en tiempo real. Se puso a prueba cómo funcionan diferentes regímenes políticos y sistemas de organización social ante un mayúsculo problema de salud pública. Basta con echar un vistazo a los resultados desiguales que están obteniendo EE.UU. y China, las dos superpotencias actuales. O, más cerca y a diferente escala, lo que sucede en Sudamérica con Argentina y Paraguay, en contraposición de lo que ocurre en Ecuador y Brasil, donde el enfoque se puso en la economía y no en la salud pública.

A raíz de esta pandemia, cambios que tardarían décadas y que serían imposibles de implementar voluntariamente, están siendo ejecutados a la fuerza y en cuestión de meses.

Por primera vez en décadas, el Estado vuelve a ser actor principal y no el que paga los platos rotos de la orgía financiera. Por eso es momento de que provea soluciones inmediatas, pero pensadas de modo tal que sirvan al interés público a largo plazo. Quizás usar el estado de emergencia actual para comenzar a crear una economía más inclusiva y sostenible.

Este asesino invisible vino a exponer las grandes falencias en las economías capitalistas occidentales, proveyendo una oportunidad inmejorable para arreglar el sistema, preparándonos para hacer frente a otra crisis en ciernes: la creciente inhabitabilidad del planeta –el coronavirus es solo una pequeña advertencia– y todas las situaciones que traerá aparejadas en las próximas décadas.

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