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Es difícil pensar

"...Ni el dinero ni el poder alcanzan para levantar barreras tan altas para protegernos. La solidaridad y el compromiso social se tornan indispensables para sobrevivir..."

Miércoles 01 de Abril de 2020

No es ninguna novedad que no sabemos casi nada de un virus que puede llevarnos a la tumba o simplemente acostumbrarnos a lavarnos regularmente las manos. No sabemos casi nada nosotros, los ciudadanos de a pie, y tampoco saben mucho los científicos; además están diciendo todo el tiempo que recién están aprendiendo de esto.

Da un poco de miedo, sería ingenuo no reconocerlo. Tal vez ese miedo –dicen que el miedo no es zonzo– es el que lleva a millones de argentinos a actuar responsablemente para intentar evitar, al menos retrasar, el contagio masivo y que así lo peor de la pandemia no nos agarre tan desprevenidos.

La cuarentena nos da tiempo para pensar, pero pensar es difícil, cuando hay tanta incertidumbre. Ver que referentes de las potencias mundiales empiezan a preocuparse por cómo harán los países más pobres y endeudados para sortear la situación, aún cuando en los países desarrollados la muertes diarias se cuentan de a miles; más que esperanzas, nos motiva al recelo.

Mi madre solía decir que lo único que importa es la salud, que lo demás “va y viene”, y por estos días recuerdo con frecuencia esa afirmación, cargada de sabiduría; la de aquellos que no tienen tampoco garantizada la salud.

El gobierno nacional especialmente, que es el que tiene que tomar las decisiones más importantes, actuó en ese sentido: priorizando la salud. Lo critican los voceros del libremercado y el neoliberalismo, los defensores del sistema que requiere que los pobres del mundo sean millones para que otros puedan formar parte del mundo desarrollado. Ya conocemos el reparto mundial de la pobreza. Pero tal vez por eso de que los extremos se tocan, ellos, los defensores del libremercado a ultranza hablan de no parar la economía pensando, dicen, en los pobres del sistema; que ya sabemos, son los imprescindibles del sistema.

Qué paradoja. El establishment habla en nombre de los nadie y hasta eso puede ocurrir porque estamos desorientados. Desorientados porque no sabemos casi nada.

En un momento pienso que el coronavirus es el desarrollo de un arma en el marco de una guerra bacteriológica, sospecho de los chinos que gobiernan China (no del pobre tipo del super al que ahora va menos gente) y me llama la atención que ellos, (que ocultaron la situación y así favorecieron la pandemia), son ahora los que mejor la controlan.

A veces pienso que puede ser una herramienta de control demográfico diseñada por los militantes del capitalismo deshumanizado (que así dicho se entiende, pero nos plantea enseguida la duda de si existe el capitalismo humanizado) para reducir la población envejecida.

Pienso al rato que tal vez el simpático pangolin o el murciélago herradura no sean más que una circunstancia en la extinción de la humanidad, que bastante macanas hizo en el planeta, y por ahí la naturaleza se está defendiendo.

Y de a ratos parecen convincentes los que dicen que es como el sarampión, y que hay que dejar que el virus circule.

No sabemos nada, o casi nada. Tenemos miedo. Tal vez tanto meme, tanta creatividad sea un mecanismo de evasión. La superabundancia de información nos agobia, la ética periodística tambalea cuando se promueve el linchamiento de los “sospechosos” de haberse contagiado, sin considerar siquiera que el temor a ser sospechado-señalado-marcado puede atentar contra las estrategias sanitarias.

Nuestras preocupaciones centrales de la vida pasaron a ser cosas que pueden esperar. Ni el dinero ni el poder alcanzan para levantar barreras tan altas que sean capaces de protegernos. La solidaridad y el compromiso social se tornan indispensables para sobrevivir.

La incertidumbre nos hace más pequeños, o en realidad nos obliga a admitir que lo somos. Es difícil explicar a los niños lo que está pasando. Es difícil explicar a un anciano que debe aislarse para estar mejor.

Es difícil subsistir para quienes son parte de la economía informal, que viven el día a día, y ahora no saben cuánto tiempo las cosas van a estar así.

En la pandemia somos todos los nadie, los hijos de nadie, los dueños de nada.

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