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De turismo por los caminos vecinales

El disfrute del fin de semana vuelve a ser una arboleda frondosa sobre algún camino de tierra, donde se despliegan sillones para pasar horas tomando mate..."

Martes 29 de Septiembre de 2020

Con taludes, portones o vallas de cualquier tipo, los ingresos secundarios de todos los pueblos y ciudades entrerrianas están bloqueados con el objetivo de concentrar los controles en algunos pocos puntos, y de esa forma saber con un poco más de certeza quiénes entran o salen de cada lugar.

En un contexto donde los controles ya no son lo que eran al principio de la pandemia, salir de la ciudad y poder recorrer cualquier camino, por más angosto y desmejorado que esté, da un sentido de libertad donde parece que, después de tanto tiempo, es posible viajar sin problemas.

Claro que la sensación dura poco.

Sólo hasta darse cuenta de que no se puede ingresar a ningún lado, porque hasta el pueblo más pequeño y alejado tiene vallas para impedir el ingreso.

Entonces, como si el tiempo retrocediera 40 o 50 años, el disfrute del fin de semana vuelve a ser una arboleda frondosa sobre algún camino de tierra, donde se despliegan un par de sillones para pasar algunas horas tomando mate y charlando como hacía mucho no se hacía.

Para los más osados también existe la posibilidad de detenerse y dejar el auto a un costado para ingresar caminando hasta algún puente ferroviario abandonado, un caserío deshabitado o, más asombroso aún, un cementerio olvidado que casi nadie sabe que existe.

El campo y los caminos vecinales volvieron a aparecer en el radar de una gran mayoría que solo ponía los ojos en las rutas, las autopistas y los aeropuertos.

Esta especie de turismo extracorto aparecido ante la necesidad de salir al “exterior” ha devuelto vistas maravillosas de lugares que siempre estuvieron, pero que habían quedado lejos de esas sensaciones tan profundas y entrerrianas que nacen de apreciar nuestros verdes, nuestros ríos y arroyos, la historia de nuestros ancestros dibujada en taperas, molinos y puentes casi centenarios que todavía señalan por dónde ha pasado nuestra historia.

Pueblos cuyos nombres suenan desconocidos para muchos se integran al vocabulario de estos “turistas”, que de esta manera aprendieron dónde queda esta parte de la provincia productiva que trabaja todos los días y utiliza esos caminos, muchas veces intransitables, para llevar el producto de su esfuerzo hasta las ciudades.

Google Street View jamás soñó en pasar por aquí para mostrarle al mundo vistas del camino que conduce a Las Moscas, a Colonia Hocker, a Aldea San Gregorio o Altamirano Sur.

Los fines de semana, aquellos históricos caminos de la producción están más transitados que antes. Ya no sorprende encontrar autos de todo tipo metidos entre los árboles mientras sus ocupantes se han ido caminando en busca de algún arroyo donde pasar la tarde.

Muchos chicos conocieron por primera vez lo que es atravesar un alambrado, mientras alguien más le pisa los alambres para no engancharse la ropa. Otros por primera vez caminaron entre pastizales y espinillos, o fueron corridos por los teros.

No es mucho, pero volver a recorrer esos caminos profundos, y redescubrir nuestros verdes, quizá sea alguna forma de ganarle en algo al tiempo y a la pandemia.

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