Javier Micheloud vive en Paraná. Desde 1976 se destaca pintando letras y murales. En 1994 se animó a colgarse por primera vez de un edificio de 15 pisos en Paraná, y desde entonces se dedica a realizar trabajos en altura. Hoy es uno de los pocos artistas locales que trabaja suspendido en el aire, entre sogas, viento y silencio, donde el vértigo cede ante la vocación.
El trabajo de pintar en altura, una vocación que no conoce el vértigo
Javier Micheloud es uno de los pocos artistas locales que trabaja desde hace décadas en altura, suspendido en el aire, entre sogas, viento y silencio
Por Vanesa Erbes
Javier Micheloud trabaja en altura desde hace décadas y se destaca en su labor
En ocasiones comienza su labor el día todavía no termina de arrancar. La neblina cubre las terrazas y humedece las sogas. Javier Micheloud espera. No puede bajar hasta que el clima dé permiso. A su alrededor hay aparejos, cuerdas gruesas, arneses y un pequeño andamio colgante que pronto quedará suspendido en el vacío. Abajo, la ciudad late sin saber que, a varios metros de altura, alguien dibuja en silencio.
Trayectoria
Tiene 62 años y más de cuatro décadas de oficio, es reconocido no sólo en Entre Ríos, sino en otras provincias. Cuando empezó pintando letras en 1976 era apenas un chico que aprendía el oficio entre andamios y escaleras altas. “Me fui ejercitando como letrista ahí arriba”, recordó, y contó a UNO que mucho antes de que el plotter y la gigantografía transformaran la cartelería comercial, él ya medía paredes con la vista y trazaba tipografías a mano alzada.
Pero el verdadero salto –literal y simbólico– llegó en 1994. Ese año pintó su primer edificio de 15 pisos en calle Urquiza, en Paraná. La propuesta llegó de la mano de un familiar que consiguió la publicidad y le hizo una pregunta directa: “¿Te animás?”. Micheloud respondió que sí.
No había antecedentes locales. Tampoco demasiadas certezas. Se trabajó con balancín, un andamio colgante sostenido por dos malacates, uno en cada extremo. “Necesitás otro compañero, porque el sistema es para dos personas”, explicó.
La imagen elegida fue Don Quijote y Sancho Panza, y quedó estampada en lo alto, marcando el inicio de una especialidad que casi nadie en la ciudad practicaba.
Pero los avances tecnológicos son inevitables y las impresiones gigantes comenzaban a ocupar fachadas, así que Micheloud eligió otro camino: ir más alto todavía, hacer lo que las máquinas no podían hacer en ese momento.
Experiencias desde la altura
En 1999 pintó el tanque de agua potable de San Benito. Alto, cilíndrico, con techo cónico. Allí dejó el balancín y comenzó a trabajar con una silleta –una tabla pequeña suspendida por sogas– que le permitió mayor movilidad. Bajaba caminando por el techo inclinado, como si descendiera por un bonete, y desde allí se descolgaba para pintar las letras. “Ahí le agarré el gusto”, contó.
Descubrió cómo dibujar desde una superficie mínima figuras enormes, cómo calcular escalas a varios metros del suelo sin margen de error. Porque a diferencia de quien pinta un edificio de un solo color y desciende rápidamente, él se queda horas suspendido, concentrado en el trazo. “Yo soy distinto al que pasa el rodillo y baja. Yo estoy dibujando. Sacando escala. Punto por punto. No me puedo equivocar”, subrayó.
En ese estado, asegura, el viento deja de importar. El ruido desaparece. La altura también.
El trabajo en altura no es improvisado. Cada detalle está regulado. Las sogas que utiliza, de alta resistencia, soportan más de 1.000 kilos. Pero además del sistema principal de descenso, lleva siempre un cabo de vida independiente, sujeto a otro punto fijo, con un dispositivo anticaída de acero inoxidable conocido como T4, exigido por ingenieros en seguridad. “El cabo de vida no puede estar tomado del mismo lugar que el aparejo. Si falla uno, el otro te salva”, explicó con precisión técnica.
El arnés tiene sistema de amortiguación y cada elemento es controlado por las empresas contratantes. En sus trabajos más recientes para grandes firmas las inspecciones fueron exhaustivas. “Te revisan hasta el lapicito que usás”, graficó.
El riesgo existe. Lo sabe. Alguna vez un nudo mal hecho lo hizo descender un metro inesperadamente. No pasó a mayores. Pero la anécdota alcanza para entender que el margen de error es mínimo.
Un trabajo singular
Su oficio lo llevó mucho más allá de Paraná. Trabajó en Bahía Blanca, en Mar del Plata, en Rosario, en Santa Fe y en Córdoba, pintando para supermercados multinacionales y campañas publicitarias.
En Bahía Blanca le tocó trabajar con temperaturas bajo cero y ráfagas de 50 kilómetros por hora. “Volábamos allá arriba”, rememoró, y agregó que en Mar del Plata pintó para una empresa de cerveza cuya publicidad apareció en televisión, con el mural como telón de fondo.
En más de una ocasión, los medios locales lo entrevistaron por lo que muchos consideraban una locura. Él lo explica de otra manera: vocación. “Cuando a vos te llaman para una nota riesgosa, la hacés. Porque es lo que te gusta. Bueno, acá es igual”.
Ante la pregunta sobre si suele sentir vértigo, respondió que “no”, aunque admite que la altura no es algo agradable en sí mismo. Lo que lo sostiene es la pasión por pintar y graficar.
Desde allí arriba, la ciudad cambia de escala. Los autos parecen juguetes. Las voces se diluyen. El tiempo se vuelve más lento. Él mira hacia abajo y hacia arriba, toma referencias, calcula proporciones invisibles para quienes caminan por la vereda.
En Paraná dejó obras emblemáticas, como el rostro de Don Bosco en el frente del colegio salesiano y la imagen de María Auxiliadora y Santa Teresita en el patio interno. Murales que no se contemplan desde la cercanía sino a la distancia, pensados para ser vistos completos recién al cruzar la calle.
Hoy Javier está trabajando en un edificio de un instituto que está frente a la plaza 1° de Mayo, y dice que tal vez este sea su último gran trabajo suspendido. Después de casi medio siglo de oficio, desde aquel 1976 adolescente hasta hoy, sabe que no muchos pueden contar una trayectoria así.
En Paraná son pocos los que se dedican a pintar murales de gran escala colgados de sogas. Él fue pionero cuando no había tecnología que reemplazara el pulso humano. Y aun cuando la hubo, eligió seguir dibujando en el aire.
La semana pasada, con las lluvias, su labor tuvo una pausa obligada, pero el mejorar el tiempo retomó. Mientras la neblina finalmente se levantó y el día se despejó, Javier ajustó el arnés, revisó el cabo de vida y se sentó nuevamente en su pequeña tabla suspendida. Abajo, la ciudad continuó su marcha. Arriba, un hombre de 62 años desafió una vez más la altura, no por temeridad, sino por amor al oficio.
Porque hay trabajos que se hacen con los pies en la tierra. Y otros, como el suyo, que se sostienen en el aire, atados a una soga y a una vocación que no conoce el vértigo.





















