Hoy por Hoy
Viernes 20 de Abril de 2018

Las emociones suprimidas

A la hora del postre, en una cena en la que había varias parejas heterosexuales, el dueño de casa y asador se levantó de la mesa, empezó a juntar los platos y los lavó ante el cruce de miradas de los comensales. Ninguno de los invitados se atrevió a proferir el comentario machista que sí escupieron en la vereda, tras despedirse de los anfitriones. "Qué pollerudo, el fulano! "Sí, está medio aputosado".
(Con la anécdota sobre la mesa vale aclarar que la opinión que sigue no admite generalizaciones).
Ser empáticos con las mujeres a algunos hombres suele traerles problemas con sus congéneres, porque les enseñaron que la sensibilidad es más bien femenina. Y así el género masculino va rebotando contra los barrotes de los casilleros que les impone el patriarcado.
El mandato del hombre fuerte ("los hombres no lloran"), agresivo ("si pegás primero pegás dos veces") hipersexual ("y yo no soy de madera viste, qué querés que hiciera si la mina se me tiró encima") y territorial, en posesión del cuerpo femenino ("si no sos mía, no sos de nadie), es casi la definición de un simio. A esto hay que agregarle que, durante siglos, al hombre se le endilgó la función de proveedor y, aunque ya no lo es, sigue ejerciendo los privilegios y la independencia de serlo.
Es tan acotada esta cárcel que muchos hombres no viven su masculinidad, sino que la sobreactúan. Muchos esconden su sensibilidad por temor a cómo lo verán sus pares genéricos, ya que quejarse es cosa de flojos, de nenas o de "putos".
Si no te gusta el deporte no sos macho, si tenés un perrito de talla pequeña sos marica, si comés tofu sos raro, y así la manada va pisoteando a los encasillados.
¿Cuál es el problema si un hombre llora, sufre, cambia pañales, escucha música romántica, le gustan los gatos o usa una camisa color salmón?
Hablar de estas cuestiones, nunca. Se habla de fútbol, de "minas", de tecnología, del dólar, jamás de sentimientos, de dolor, de dudas. Ventilar ciertos temas es un signo de debilidad y más vale esconderlos debajo de la alfombra. Algunas cosas se ocultan con tanta vehemencia que eclosiones.
Las estadísticas concluyen que el hombre es cuatro veces más propenso a suicidarse que la mujer y que va a la consulta médica cuando el dolor ya es insoportable o es demasiado tarde.
Últimamente se habla mucho de lo que el patriarcado le ha hecho a las mujeres, pero poco se manifiesta sobre lo que le ha hecho al hombre.
Entre otras cosas, le ha enseñado a resolver todo con violencia, por eso son mayoría los hombres que terminan con la vida de las mujeres –y no al revés–, por eso son mayoría los violadores –y no al revés– por eso son los protagonistas de las matanzas masivas –y no al revés–, por eso son el 90% de las poblaciones carcelarias, y no al revés.
Arrastran la presión de ser exitosos, adinerados y de llevar colgada del brazo una chica más joven, así como las mujeres cargan con la presión de ser eternamente bellas y jóvenes. Y lo cierto es que la frustración de no conseguirlo es traumática para ambos géneros, aunque no todos lidian con el problema de la misma manera.
Es hora de ir abandonando el modelo de dominación y de violencia para dar paso a la igualdad, es tiempo de deconstruir al macho para parir al hombre.
Por suerte las nuevas generaciones ya piensan distinto, como lo demostraron los chicos de la escuela Modelo de José Mármol, provincia de Buenos Aires, quienes apoyaron a sus compañeras ante la insinuación institucional respecto de que el largo de la falda del uniforme es directamente proporcional al riesgo de violación. Ante tamaña sandez adulta los jóvenes respondieron con madurez y organizaron un "cambiazo".
El viernes las chicas concurrieron de pantalón y ellos de pollera para manifestar que "el problema nunca es la ropa, sino la estupidez".
Hay una luz de esperanza en estos gestos que anuncian que la masculinidad tóxica es un modelo de hombría inviable y agotado.

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