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La partidocracia anda enredada en su burocracia

"...La biodiversidad, las culturas, las comunidades, no encajan en estas disputas estériles".

Jueves 22 de Agosto de 2019

El 23 de agosto es el Día Internacional del Recuerdo de la Trata de Esclavos y su Abolición.

La fecha es un homenaje a las luchas sangrientas de los esclavizados negros que iniciaron la revolución haitiana, por la independencia y contra la esclavitud. Una revolución silenciada incluso por revolucionarios blancos, y aún menospreciada en la historia más difundida, pero base de nuestra propia independencia.

Viene bien la memoria para mirar nuestra situación, en pleno siglo XXI. Tanta sangre derramada. Cimarrones, palenqueros, quilomberos, los africanos y sus hijos sometidos al atropello europeo en el Abya yala (América), se organizaron y encendieron las mechas independentistas y antiesclavistas en todo el continente. El 23 de agosto es un hito por la dignidad, por la emancipación lograda a fuerza de coraje, y un llamado a mirar los signos de colonialismo y colonialidad en el presente. Colonialismo que se expresa bien en la situación de las Islas Malvinas y el Atlántico Sur; colonialidad en el fraude de la deuda externa y la invasión de las multinacionales, o en las categoría de pensamiento coloniales impuestas en las instituciones, por ejemplo.

Tras quinientos años, respiramos colonia en la familia, la vecindad, la escuela, los medios masivos, las parroquias, las góndolas, los partidos, los colegios de profesionales, los sindicatos; en el Estado que es garante principal.

Hedor colonial

La colonia nos maneja como si un parásito interior controlara el volante. La estructura fue edificada para menospreciar o sepultar todo lo que no cuadre en la colonia. De chiquitos nos ablandan el paladar con los gustos de las empresas “líderes”, nos orientan los deseos para pedir lo que el sistema vende, nos preparan para ver o no ver según las conveniencias. Aceptar, por caso, que la semilla esté patentada; o que el suelo tenga dueños particulares que ni siquiera viven allí, esas son obras finas del sistema colonial. Y lo mismo, que dejemos siempre para después los saberes de nuestros pueblos milenarios, siempre para después la recuperación de la biodiversidad devastada por el saqueo extractivista.

Dice Silvia Rivera Cusicanqui. “Tengo que descolonizarme. Y ése es un proceso de todos los días hasta el día de mi muerte”. No podemos caer en la trampa, creyendo que con la lectura de un par de libros, la participación en una asamblea, o de una marcha, lograremos sanarnos de esta enfermedad. Revertir el proceso exige un tratamiento.

Colonizados en los alimentos, colonizados en las relaciones, las aulas, los valores, el trabajo, la tecnología; colonizados en el modo de conocer, de percibir, de comprender, de trabajar, de vivir; aun así podemos tomar conciencia del estado de cosas como el esclavo que se sabe esclavizado antes de romper las cadenas. Los hermanos de Haití fueron tejiendo rebeldías, atando luchas dispares, para llegar al 23 de agosto de 1791. Tenían libertad en el corazón, antes que nada.

Y bien: en esos días, ceñir los problemas argentinos al valor del dólar o a la disputa entre dos partidos mayoritarios es una expresión colonial, una cerrazón. La partidocracia hace ruido. Los principios tradicionales y vigentes en comunidades nuestras, como la armonía, la relación con la Pachamama, la complementariedad, la vida comunitaria y la no apropiación de bienes comunes, son principios menospreciados, ausentes, dejados en un abismo, como diría un autor, porque la cultura occidental sólo atiende sus normas, sus medidas y casilleros, para marginar todo lo demás. Superar este estado de división, confusión, enojo, requiere de otros aires y para ello convendría prepararnos porque enseguida sobrevienen las burlas. La “civilización” ve lo nuestro como inferior, como “barbarie”.

Por estos días, la partidocracia anda enredada en su burocracia. No pudo salir de las internas llamadas PASO cuando no había nada que disputar. A cada cual más gallito, los candidatos no se animaron a exigir la suspensión de estas elecciones inútiles, por miedo a que el otro bando les gritara cobardes. Esta actitud que afecta a casi todos los dirigentes principales de la política tiene a los pueblos de rehenes. La biodiversidad, las culturas, las comunidades, no encajan en estas disputas estériles.

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