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A casi 25 años de la tragedia de LAER habló el único sobreviviente

Ricardo Romanelli, habló del día que el avión de la línea entrerriana cayó en el río de La Plata en medio de una sudestada.

Sábado 16 de Mayo de 2020

A casi 25 años de la tragedia de LAER habló el único sobreviviente, Ricardo Romanelli, quien logró salir de la aeronave que se precipitó en el Río de La Plata y logró llegar a nado a la costa, en medio de una sudestada.

La tragedia de LAER ocurrió en 1995 tras haber despegado de Aeroparque y fallecieron el piloto, Hugo Francés; el copiloto, Claudio Gamarra; el presidente de LAER, Raúl Schwartztein, y los pasajeros Walter Grand, Luis Jorge Gatcher y Jorge Ardíssono. Roberto Romanelli, flamante gerente general de la empresa, fue el único sobreviviente. Nadó alrededor de 1.500 metros en la noche y en medio de una sudestada hasta llegar al acosta bonaerense, cerca de Punta Carrasco.

Las dudas de la tragedia

El 2 de junio de 1995, el avión Cessna de Líneas Aéreas de Entre Ríos (LAER) despegó del Aeroparque Jorge Newbery, de Buenos Aires y se precipitó al Río de la Plata, luego de haber acuatizado.

El piloto, Hugo Francés, de gran experiencia murió, al igual que el resto de la tripulación y los pasajeros, salvo Romanelli quien era por ese entonces un ejecutivo de la empresa, de 43 años.

La forma en que se produjo el accidente siempre generó dudas en expertos y familiares de las víctimas.

La investigación estuvo a cargo de la Junta de Accidentes de la Fuerza Aérea. Casi un año después de la tragedia, el juez Federal Rodolfo Canicoba Corral, en base a esa investigación, archivó la causa indicando que se trató de un accidente debido a una falla humana del piloto. La familia de Frances apeló pero la investigación no prosperó y en 1997, la causa se cerró.

El relato

Romanelli relató, una vez más, su historia a Gisele Sousa Dias para Infobae.

Cada vez que lo invitan a contar su experiencia Ricardo se para frente al público y pide que apaguen la luz. En la sala oscura, donde unos y otros se reducen a sus siluetas, les pide que imaginen que van en un auto a 200 kilómetros por hora y chocan de lleno contra una pared de hormigón. Unos segundos después, cuando el impacto se les ve en las caras, les pide que visualicen que logran recomponerse y que, en ese estado, tantean una ventana y logran abrirla a los codazos. Lo que entra, sin embargo, no es aire para respirar sino agua, miles de litros de agua marrón.

Es una mañana de calor agobiante en Buenos Aires; marzo acaba de comenzar. Ricardo Romanelli -67 años, ingeniero- camina por la Costanera, un dato sin demasiado valor el 2 de marzo pero que ahora es indicador del mundo pre-pandemia. A sus espaldas, Aeroparque y otra señal del viejo mundo: los aviones todavía aterrizan y despegan.

Ya no le hace mal estar acá aunque lo rodea el mismo escenario que aquel día, del que están por cumplirse 25 años. Atrás, la pista de donde despegó el avión privado en el que viajaba junto a otras seis personas, entre ellos, un amigo de toda la vida. Al frente, la zona del río en la que el avión se desplomó. Unos kilómetros más allá, Punta Carrasco: el lugar en el que Ricardo apareció -semi desnudo y en el límite literal de la hipotermia- frente a la mirada impávida de un grupo de mozos que preparaba el salón para una fiesta.

Encuentro con la muerte

Hasta aquel 2 de junio de 1995 Ricardo era un joven ejecutivo de 43 años que dirigía una compañía dedicada, entre otras cosas, a asesorar empresas que necesitaban reestructurarse. Estaba casado con Ana María y tenía tres hijos. La mayor, Josefina, acababa de cumplir 13 años, en el medio estaba Julieta (11); el menor, tenía 9.

“Como todo ejecutivo de esa edad el dinero era muy importante para mí. Corría todo el día. No me consideraba un enfermo del trabajo pero trabajar 12 o 14 horas por día era normal en mi vida. Viajaba mucho por trabajo, nunca pensaba en la muerte. Por eso el accidente provocó un cambio drástico en mi vida, un antes y un después”, recuerda Romanelli frente a la cámara de Infobae. La escenografía es el río al que vuelve cada año para arrojar un ramo de flores frescas en homenaje a los que no pudieron salir.

El día anterior al accidente Ricardo había sido contratado por el flamante directorio de Líneas Aéreas de Entre Ríos (Laer). Eran los noventa, la compañía acababa de privatizarse y su misión era reestructurar una empresa que tenía tres aviones pequeños y perdía unos 5 millones de dólares por año.

Salvo el calor, inusual para un 2 de junio, esa mañana no tuvo nada de particular. Ricardo organizó varias reuniones en su oficina y a la tarde volvió a su casa a preparar el bolso para viajar a Paraná. Cuando se estaba yendo, su hija Josefina se largó a llorar y le dijo algo en lo que Ricardo reparó unas horas después, mientras se estaba hundiendo en el río y entrando en lo que llama “el proceso de la muerte”.

Al avión subieron siete personas. El piloto, el copiloto, el presidente de la compañía, Ricardo, su amigo y dos personas desconocidas que no habían conseguido lugar en un vuelo de línea y les preguntaron si podían llevarlos a Entre Ríos. Despegaron minutos antes de las 19, cuando el calor ya era anécdota. Un frente frío había entrado desde el sudeste, la temperatura había caído a pique y se había largado una lluvia copiosa: era una sudestada.

Ricardo se sentó atrás del asiento del copiloto, se ajustó fuerte el cinturón y se puso a leer unos papeles del trabajo. Despegaron, ya estaban sobrevolando el río. “Pocos minutos después y sin ninguna señal previa, sentí el impacto. Se apagaron las luces y empezó a entrar agua por todos lados. El cerebro humano no tiene amortiguadores, con lo cual, si estás volando a 200 kilómetros por hora cuando pegás contra el agua es como si chocaras contra una pared de hormigón armado. Yo no perdí el conocimiento, pero cuando reaccioné no entendía dónde estaba, qué había pasado”.

Fue en ese momento que escuchó una voz: “Señor, por favor, abra la salida de emergencia”. Ricardo creyó que le había hablado alguno de los tripulantes, una idea que tuvo que descartar unos días después, cuando leyó los informes de las autopsias: todos, tripulantes y pasajeros, se habían desmayado en el impacto.

Cuando la voz lo alertó, Ricardo vio que estaba sentado al lado de un ojo de buey de emergencia. El fuselaje estaba deformado y el río se estaba tragando al avión, pero logró abrirlo a los codazos. “Se destrabó pero empezó a entrar agua con mucha fuerza. Lo único que atiné a hacer fue desabrocharme el cinturón de seguridad y empujarme con las piernas contra la corriente para salir por el agujero”.

Pese al río ejerciendo presión en contra, logró salir y mantenerse en pie sobre una de las alas. “Me paré pero cuando di un paso me caí al río. Recién ahí entendí lo que nos había pasado”, sigue. En la noche cerrada, con el cuerpo sumergido a unos 14 grados y en medio de la sudestada, trató de calmarse para poder flotar. “Cuando volví a mirar el avión la cabina ya se había hundido, se veía solo el timón de atrás”. Mientras su familia creía que estaba llegando a Paraná, Ricardo flotaba solo en el río helado. La banda de sonido de la escena es su propia respiración desesperada y la taquicardia, audible entre tanto silencio.

“Era difícil no tragar agua en medio de una sudestada, venía una ola detrás de la otra. Como nadie salía me sumergí para ver si podía encontrar el avión y ayudar a salir a los que estaban adentro. No sé cuánto debo haber bajado, calculo que menos de tres metros por la presión en los oídos. Obviamente no encontré el avión, bucear en el Río de la Plata es bucear a ciegas”.

Pero cuando ya casi no le quedaba aire en los pulmones y quiso subir hacia la superficie se dio cuenta de que no podía salir. “Tenía botas tejanas y se me habían llenado de agua. Eran como dos baldes de hormigón en los pies que me tiraban para abajo. Debo haber estado 45 minutos tratando de sacármelas y no pude. Si sacarte botas sentado en el borde de la cama es difícil, imaginate sacártelas en el agua, cuando no hacés pie”.

Nadó

Juntó la fuerza que le quedaba, sacó la boca del agua y tomó una bocanada de aire. Su reloj seguía funcionando y Ricardo, que era muy buen nadador, miró la hora. Había cometido el error de arrancarse la camisa y sabía que, en el agua a esa temperatura, podía resistir dos horas antes de que la hipotermia le provocara un paro cardíaco.

El desborde de adrenalina y el esfuerzo por sacarse las botas lo llevaron al agotamiento. “No había empezado a nadar y ya estaba físicamente agotado. En ese momento pensé: ‘No puedo más’. Me empecé a hundir, las botas me empujaron rápidamente hacia el fondo. Ahí empecé a experimentar el proceso de la muerte”.

Fue en ese pasaje que volvieron las palabras de Josefina, su hija de 13 años, que se había puesto a llorar unas horas antes.

—¿Por qué estás llorando?— le había preguntado Ricardo, con el bolso de viaje al hombro.

—Porque vos siempre te vas y tengo miedo que algún día te pase algo y no vuelvas— contestó la nena.

El recuerdo lo hizo reaccionar cuando ya había dejado de luchar para flotar. “Yo soy huérfano de padre de muy chiquito, de repente me di cuenta de que si me moría mis hijos iban a sufrir lo mismo que yo había sufrido. No sé bien cómo hice, porque ya estaba hundido, pero volví a salir”. En ese entonces, el menor de sus hijos tenía 9 años, exactamente la misma edad en la que Ricardo había perdido a su padre.

“Ventana de esperanza”

Fue después de recordar las palabras y la cara de su hija que Ricardo vio que si se frotaba los tobillos con los tacos podía hacer ceder las botas hasta sacárselas. Lo logró, también se sacó el jean. Recién cuando se quitó de encima el lastre entendió que si tomaba buenas decisiones, se enfocaba en un objetivo y buscaba lo que ahora llama “una ventana de esperanza” podía salvarse.

Vio un helicóptero a lo lejos y una lancha de Prefectura “pero no me podía quedar en el agua esperando, lo más probable era que no me vieran”. Y empezó a nadar. Estaba a unos tres kilómetros de la costa, al borde de su capacidad física: veía lucecitas a lo lejos, un rayo de luz violeta que, supo después, era la iluminación de Pachá.

Tenía el tiempo contado si pretendía llegar a la costa antes que la hipotermia. El reloj de su muñeca seguía funcionando, por eso sabe que nadó durante una hora y cuarto. En condiciones normales debería haber hecho pie al menos 100 metros antes de llegar a la costa pero el río había subido tanto por la sudestada que no hizo pie nunca.

Así lo contó la revista Gente el 8 de junio de 1995. No fueron, sin embargo, 1.500 metros a nado sino casi tres kilómetros.

Salió en Punta Carrasco y, al borde del colapso, escaló una especie de pared de piedra que ya no existe. “Crucé caminando el jardín en calzoncillos y les golpeé la ventana”, recuerda. Parecía un espectro: “Los mozos estaban preparando el salón para una fiesta y no entendían nada. Yo ya no podía hablar así que les expliqué con señas lo que pude. Me abrieron una ventana, me metieron en la cocina, abrieron la tapa del horno y me taparon con manteles. Cuando llegó el médico del SAME y me tomó la temperatura estaba debajo de los 28 grados, ese es el límite en el que usualmente el corazón deja de funcionar”.

Cómo sobrevivir

Ricardo sólo tenía moretones en el codo con el que había abierto la ventana pero había tragado tanta agua contaminada que en el Hospital Fernández quisieron asegurarse de que no tuviera infecciones. Apenas le dieron el alta, esquivó el asedio periodístico y subió a una lancha de Prefectura para intentar marcar un punto en el que podría haberse hundido el avión.

No logró orientarse ese domingo con luz de día, en el que también tuvo que ir a ver a la esposa de su amigo para explicarle -a ella y a los chicos, compañeros de colegio de sus hijos- lo que había pasado. Volvió al río de madrugada -mientras los medios contaban que había un sobreviviente y seis desaparecidos- y ahora sí logró delimitar una zona. Prefectura encontró los restos del avión allí mismo, dos días después. Los seis cuerpos estaban adentro.

“El después” en la vida de Ricardo Romanelli ya había comenzado. Era evidente para cualquiera que lo conociera: ya no era el mismo. “Salía sin documentos y sin plata, no me importaba nada que tuviera que ver con cosas materiales. En el agua me había dado cuenta de que en ese momento tener plata o no era exactamente lo mismo”. Se había salvado por otras cosas.

A diferencia de los sobrevivientes de la tragedia de los Andes, que lograron la epopeya en grupo, Ricardo había estado en el río completamente solo. Y todo lo que cuenta a partir de ahora funciona para cualquier persona que esté atravesando una crisis profunda, desorientada en la oscuridad: es lo que intenta transmitir cada vez que lo invitan a contar su experiencia, se para frente al público y pide que apaguen la luz de la sala.

“¿Por qué me salvé? Primero, porque tuve suerte de no haberme desmayado. La misma suerte que tuvieron los que estaban sentados en la parte de adelante del avión que cayó en los Andes, porque los que estaban de la fila 10 para atrás murieron en la avalancha de nieve y piedras. La misma suerte que tuvieron los mineros chilenos de que en la mina en la que quedaron atrapados no hubiera monóxido de carbono”.

Después, por lo que se conoce como “personalidad resiliente". “Es la capacidad de tener confianza en lo que sabemos hacer y poder controlar las emociones negativas. Esto no quiere decir que no tengas miedo, yo he tenido un miedo atroz en el río. Pero sos capaz de sobreponerte al miedo para tomar decisiones cuando la incertidumbre es absoluta. Yo no sabía para dónde nadar, pero sabía que tenía salir del agua para no sufrir un paro cardíaco”.

¿Qué hacer entonces frente a un problema que parece inabordable, como el río? “Buscar una ventana de esperanza: un objetivo a corto plazo que te permita volver a tu equilibrio emocional. Identificar un objetivo posible y hacerlo, no dejar que la mente divague”. En su caso, el objetivo era llegar a tierra firme por lo que, aún sin saber hacia dónde, empezó a nadar. “A veces en la vida hay que tomar decisiones para salir del lugar en el que te estás hundiendo”.

Fue una tragedia pero sacó algo en limpio: “Agradezco haber tenido la suerte de haber sobrevivido porque me permitió perderle el miedo a la muerte”, dice, ya sobre el final.

Reconocer el miedo como la emoción que suele interponerse entre las personas y sus objetivos lo ayudó en 2008, cuando le detectaron un tumor en el cerebro y estuvo, por segunda vez, al filo de la muerte. Esta vez, el objetivo -la “tierra firme”- era vivir y el miedo volvió insistentemente, como las olas en la sudestada. Ricardo estuvo un año en tratamiento, yendo y viniendo, haciendo quimioterapia. Y pidió que lo operaran un 2 de junio, el aniversario de su salvación. Lo logró, otra vez.

Fuente: Infobae

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