Pablo Felizia / De la Redacción de UNO
Una mujer vive sola y en carpa en el medio del Parque Urquiza
Verónica Romero vive abajo de un árbol, en una de las barrancas del Parque Urquiza de Paraná. Dice que hace como dos meses que está ahí, que necesita un camping y una carpa nueva. Se enoja, grita y vuelve a hablar un poco confuso; ayer por la mañana tomaba unos mates en un jarro pequeño y enlozado, entre la llovizna y el barro. Está sola y sin perspectivas de una solución.
En lo más alto de la barranca donde la mujer pasa las horas, se extiende uno de los hoteles más lujosos de la ciudad. Frente suyo además, pasa la bicisenda, la calle y más adelante está instalada una garita de la Policía. Cientos cruzan por el lugar, la ven y siguen con sus cosas.
Decir que ahí está prohibido acampar y dormir, además de ser obvio, es también contradictorio ante tantos espacios públicos que en la ciudad corren la misma suerte, pero con mansiones o casas de fin de semana.
Dijo su nombre y que tiene 40 años, así se presentó y agregó: “No tengo ganas de hablar porque estoy desayunando. Dígale a los del Diario UNO que yo soy una ciudadana y que se queja porque no hay campings. No necesito nada, quiero eso nomás y donde haiga (sic) seguridad. Si me buscan, acá estoy, abajo de un árbol”.
Al lado de la carpa donde estaba sentada había un sillón de esos de playa con ropas, una toalla y trapos como a la espera de que salga el sol para secarse.
El techo de lona del iglú azul tenía un plástico transparente y una frazada a cuadros empapada por la lluvia de la madrugada. “Quiero decir que nuestros campings están abandonados ¿Por qué no se arreglan? Yo no tengo a nadie, ¿no ve que estoy solita?”, dijo Verónica, se cebó otro mate y el diminutivo sonó como un lamento.
Mientras llovía con esa garúa persistente de las 11 de ayer, permaneció sentada en la puerta del iglú. Pelo corto, pañuelo en el cuello, un pantalón violeta, un buzo gastado y sandalias sin medias. “Me voy a quedar hasta que me compre otra carpa nueva y me vaya a acampar a otra ciudad”, contó, pero segundos después clavó la mirada en le piso, dejó el mate a un costado y respondió: “No quiero vivir más acá. Pero tampoco en una casa, son como cuevas y no me gustan; quiero acampar y no hay campamentos. Le digo que me voy a comprar otra carpa porque a esta me la destrozaron y no sé quién; ni el policía de allá sabe”.
Una marca
Por momentos volvía a ponerse nerviosa, a enojarse, a escupir, a gritar sin mucha razón y siempre confusa. Después regresaba la calma, todo en un segundo, como si la tormenta se hubiera ido para otro lado.
“No tengo miedo de pasar la noche abajo del árbol porque hay seguridad adentro de la carpa y también comida, ¿no ve que estoy desayunando? Señor, por qué no me deja de romper las pelotas. Si a alguien le molesta me voy para otro lado. No quiero una casa y no quiero ayuda; quiero un camping y una carpa nueva que no sea trucha como esta. Chau señor, chau”, se despidió, le cambió la yerba al mate hasta la mitad y lo volvió a preparar.
Hay quienes corroboran que Verónica hace dos meses que está en ese mismo lugar bajo la lona azul del iglú. También que a la noche sale a caminar por el Parque, que si alguien la mira se enoja y se pone a gritar cuantas puteadas se le ocurran. Otros dicen que alguna vez estuvo internada en el viejo Hospital Roballos, como si fuera un mito o una marca; esos mismos aseguran que no le hace mal a nadie. La han visto rondar la calle por años, hasta que se instaló en la barranca.
De un lado a otro
En Desarrollo Social de Paraná no estaban al tanto de la situación de Verónica y de ahí se derivó al periodista a la Agencia Municipal de la Mujer, Juventud e Integración Ciudadana. Quien atendió en esa dependencia recomendó que era mejor llamar a La Casa de las Mujeres de Alameda de la Federación. Allí tampoco la conocían, ni sabían que una mujer dormía en una carpa en el Parque Urquiza; además las apuraba una reunión que tenían después del mediodía. “Disculpe, no podemos ahora. Si quiere déjenos su número de celular y más tarde alguien se comunicará”, respondieron ante la insistencia.
Entonces se hizo un nuevo llamado al Área de la Mujer en Almafuerte 14 y quien atendió solicitó que no se la nombre. Aseguró que estaban ocupadas porque de un momento para otro iba a asumir Silvana Mayer, la nueva directora del lugar, tal como se anunció hace dos días. Sin embargo, señaló: “Creemos que Verónica, la que nombrás, es una señora que vimos unas cuantas veces. Cada vez que vamos nos echa. Justo hoy tenemos cambio de directora, pero estamos al tanto y hemos ido al Parque. Nunca pudimos hacer nada, nos pasa con varios casos similares. El trabajo nuestro es sobre violencia de género y con las chicas que se prostituían en su momento. Aunque su caso no es específico de esta dirección, siempre se trata de hacer algo. Esa señora hace años que está ahí”.
Una nueva comunicación con el Hospital Escuela de Salud Mental abrió otra posibilidad. No la recordaban ni la conocían por el nombre, pero aseguraron que iban a realizar averiguaciones y tomaron nota.
A lo mejor es verdad que a Verónica le gusta vivir de campamento y que las casas son como cuevas. Pero no se la ve bien bajo la lluvia y el frío de estos días. Está sola, desabrigada y en un lugar que no debe, en un espacio destinado para otra cosa, y no para que una mujer duerma cada noche de este otoño, debajo de la lona azul de una carpa iglú con el cierre roto de la puerta.













