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Biodiversidad

Un tesoro natural que late en el oeste de Paraná

Una travesía por los humedales de Paraná que conectan el Volcadero con la costa de Baja Grande. Confían en que se promueva una ley de turismo comunitario.

Martes 12 de Octubre de 2021

Cuando se termina calle Ameghino y a 1.000 metros del Volcadero de Paraná, el tiempo parece detenerse, fluye de otra manera, dando paso a un sitio donde cada paso es un descubrimiento hacia la gran riqueza natural que se esconde en el oeste de la ciudad. Allí se accede a través de un extenso camino de tierra, una intervención humana que transformó un vasto espejo de agua en dos lagunas. Es la puerta de entrada a los humedales del río Paraná, un ecosistema que en otra época fue víctima del proceso de extracción de arcilla de la vieja fábrica Coceramic. Desde hace cinco años, por iniciativa del baqueano e impulsor del proyecto Cuidadores de la Casa Común, Luis Cosita Romero, un grupo de vecinos busca promover conciencia acerca del cuidado del medio ambiente. Son jóvenes de los barrios San Martín, Balbi, Gaucho Rivero, que supieron transitar las entrañas del humedal para pescar o para cazar, y que ahora se están formando para transmitir la importancia de proteger las biodiversidad del lugar. “Pensamos en la posibilidad de hacer turismo comunitario. Primero trajimos a los vecinos, luego a los alumnos de las escuelas cercanas”, cuenta orgulloso Romero durante una recorrida junto a UNO. Abanderado de las causas ambientales, Cosita cree que es tiempo de cambiar hábitos de vida a través de la educación en grupos sociales donde las oportunidades pocas veces llegan. “Fuimos haciendo las prácticas de esta actividad, porque la práctica ayuda a entender mejor cómo funciona un ecosistema. Si te comienzan a hablar sobre la flora y la fauna, de las propiedades medicinales que tiene un árbol, uno comienza a maravillarse. Cuando te cuentan que en estos lugares hay yacarés. Muchas veces nos tenemos que callar para que no entre gente a cazarlos”, relata contrariado.

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Luis "Cosita" Romero es el promotor del proyecto de Cuidadores de la Casa Común.

Por la situación excepcional de aislamiento establecida durante la pandemia en 2020, sumada a la bajante histórica del Paraná, por estos lares se observaron animales que se animaron a deambular por zonas antes impensadas. Una experiencia de este tipo –recuerda Romero– se vivió en la laguna ubicada en la zona de barrio Anacleto Medina, hasta donde llegaron flamencos australes, espátulas rosadas y cisnes de cuello negro. “Sucede cuando el río está en condiciones de baja altura, de un metro y medio o dos”, explicó el baqueano.

Huellas del maltrato

En la excursión personalizada que realizó este medio se pudieron apreciar las especies tanto de la flora como de la fauna que conviven en perfecta armonía. Desde espinillos que decoran las galerías en uno de los senderos hasta los curupíes forman parte de un paisaje maravilloso, a tan solo 15 minutos del centro de la ciudad. Un paseo temático entre el Volcadero y Bajada Grande. Pero ese delicado equilibrio a veces se rompe por la acción de personas que tan solo buscan hacer daño. “Vemos cosas que no se justifican, el maltratato a la naturaleza”, apunta el hombre mientras señala las marcas en los árboles. Los ejemplares son cortados para vender su madera o en otras oportunidades se lastima el curupí para obtener una sustancia que se encuentra en sus entrañas. “Hay gente que al curupí lo rasca o lo lastima para poder sacarle la savia. Esa savia se convierte en una goma de mascar, es muy pegajosa, que se envuelve en un alambre que se coloca en un terreno limpio donde los aves pueden bajar a comer las semillas. Y cuando se posan en ese alambre que está untado por ese masa pegajosa, que se llama ‘pega, pega’, las aves quedan pegadas. Así las cazan, es muy común”, dijo sobre una práctica habitual.

A mitad de camino de la travesía el visitante puede avistar una gran cantidad de especies de aves, entre aquellas que tienen presencia permanente y las que llegan en cada ciclo migratorio. Se encuentra una amplia variedad de gaviotas, los rayadores que llegan desde el norte, mientras que entre las autóctonas están los cardenales, la reina mora, los zorzales, las calandrias. Cuando se recorren los senderos o en la zona de galerías, el sonido ambiente es de un constante trinar de aves que lo envuelve todo.

Dentro del humedal hay permanentes variaciones térmicas, lo que genera un microclima particular, algo que hace más interesante la experiencia sensorial. Al lado, Cosita Romero sigue aportando datos de la fauna del lugar. “En la laguna tenemos desde un biguá hasta lobitos de río, nutrias, yacarés. Hacía unos días había espátulas rosadas en la laguna: es un ave a la que le gusta estar cerca de estos lugares, se alimenta de pequeños crustáceos, de larvas. Su característica principal es que tiene un pico como aplastado, por eso le dicen la espátula. Tenemos a los flamencos que son aves preciosas, sumados a los gansos y cisnes negros. No aparecen siempre, por eso para nosotros es toda una curiosidad”, reseñó.

Plantas medicinales

Algunas de la plantas que fluyen dentro del humedal esconden facetas poco conocidas. No solo se destacan por su belleza natural, sino que además tienen propiedades medicinales y curativas. Es uno de los saberes científicos que durante las prácticas en territorio van incorporando los cuidadores. Viejo conocedor de estas medicinas alternativas, Romero habló de un recurso natural poco aprovechado en épocas de pandemia. “La pasionaria o mburucuyá. Te tomás un té y es una buena alternativa natural para descansar durante la noche, es relajante muscular. A la mañana te levantás sin ninguna resaca. Tiene un fruto que también se come”, recomendó.

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Son muchas las especies aptas para calmar dolencias de diferente índole.

“Esto es un parque temático”

El humedal de la zona oeste abarca 2.500 hectáreas donde es posible una conexión única con la naturaleza, sus especies autóctonas y un proyecto en ciernes de desarrollar un parque temático dedicado al turismo comunitario. Es el sueño que persigue Cosita Romero junto a un grupo de cuidadores que en forma silenciosa limpiaron el lugar, demarcaron los senderos y actualmente ofrecen visitas guiadas a los paranaenses y a los turistas ocasionales. “Si esto se cuidara como un parque nacional, esto es un parque temático”, destaca el entrevistado. Enseguida reconstruye un poco de la historia del lugar y su transformación de espacio productivo a una zona protegida por su potencial ambiental. “No sé si hay dueños, anteriormente los dueños eran los empresarios de la Coceramic: se explotaba para obtener arcilla. Hoy es un lugar maravilloso”, reflexionó.

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El ambientalista se refirió al proyecto de turismo comunitario que se presentó recientemente durante una visita de la vicegobernadora, Laura Stratta. Explicó que el objetivo de fondo es sancionar una ley de turismo comunitario, “para que se puedan destinar recursos para el cuidado y la protección de estos lugares en toda la provincia de Entre Ríos. Hay humedales en el Departamento Islas, la cantidad de oportunidades que podría haber para esa gente de recibir visitantes. Sino estos lugares quedan expuestos a la depredación. Venimos aquí, y a veces nos encontramos que están cazando. Pero hablamos con ellos y les transmitimos la importancia de cuidar”.

Con agua y sin agua

“Es el peor momento quizás para conocer los humedales”, ilustró Romero en un parador desde donde se observa el mástil del Parque Humberto Varisco. Y la sentencia tiene una razón de ser. A medida que el visitante se va internando en lo más profundo de la reserva, es fácil apreciar que algunas tienen poca agua, mientras que en otras el cauce luce seco. La situación cambia radicalmente cuando el río comienza a crecer, dejando bajo agua todo lo que actualmente se puede recorrer a pie. “En gran parte del año, el agua se retira y este lugar se vuelve a recuperar. Cuando el agua se retira, queda una cantidad de fauna, que entra por el río. Hay una renovación de toda la fauna, pero el río tiene que estar crecido para que eso suceda. Por la bajante del Paraná, hay menos fauna de la que tendría que haber”, manifestó.

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El impacto fluvial se va dando entonces en períodos cíclicos alterando las condiciones del ecosistema, un fenómeno que en este tiempo se vio trastocado por la prolongada bajante del río Paraná en nuestra zona. Al hacer una lectura de estos cambios, Romero pronosticó que la bajante extraordinaria –lleva cinco años– expone una dramática sequía y el riesgo de potenciales incendios. “Hay personas que vienen con un encendedor y porque pasan por acá, ven que hay mucho pasto seco prenden fuego sin sentido. En las islas sabemos que el sentido de prender fuego es aumentar la producción ganadera. Pero aquí simplemente se hace daño”, detalló acerca de esta problemática ambiental.

Contactos con el municipio

Los Cuidadores de la Casa Común se reunieron con autoridades de la secretaría de Turismo de la Municipalidad de Paraná, para ponerlos en conocimiento de las potencialidades del lugar. También se hicieron gestiones ante el área de Ambiente, como una forma de socializar una iniciativa que identifica a toda una comunidad, que busca apropiarse del recurso ambiental para cuidarlo y para generar recursos genuinos que permitan la subsistencia diaria. “Tenemos que empezar a mirar esto como una oportunidad, esto es un tesoro que tiene la ciudad, que nunca se lo ha valorado como tal. Esto va a mejorar la calidad de vida de los vecinos del oeste. Hay que ponerse a pensar que el Volcadero hace 100 años que está y sin embargo estamos en este ambiente, y pareciera que el Volcadero desaparece de nuestra vista, ante belleza que hay acá . Solamente se puede percibir desde acá un solar de tierra pelada. Todo a nuestro alrededor es verde; ahí en el Volcadero se ve claramente una herida abierta que tiene la ciudad. Esperemos que se encuentre una solución al problema, no solamente del Volcadero, sino también de la gente”, enfatizó.

Acerca del proyecto ambiental y turístico que interesó a las autoridades provinciales. El referente plantea que es la posibilidad para que “la gente del oeste tenga oportunidades laborales, de desarrollarse en estos lugares, que se genere un sistema de producción sustentable”. Desde el mismo enfoque propuso tener en cuenta la costanera de Anacleto Medina, propiciando la conexión con el humedal. Mencionó al cura que tiene un proyecto con los pibes del barrio para promover también ese lugar, y las acciones encaradas por el presidente de la comisión vecinal de barrio San Martín, a la par de varias organizaciones, “dándoles bicicletas a los gurises para que vengan a recorrer los humedales . Eso demuestra que hay un entendimiento de la importancia que tienen los humedales”.

Bajada Grande sería el barrio que faltaría integrar a la iniciativa social de un grupo de personas que sueñan a lo grande.

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