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Descubriendo Entre Ríos

Las boleadoras acreditan más de 7.000 años de vida humana aquí

Tras la difusión de antiguas piedras pulidas en Larroque, investigadores del Conicet confirman su trascendencia.

Domingo 30 de Agosto de 2020

La resistencia a la invasión europea se desató de inmediato hace cinco siglos en nuestro continente, y algunos pueblos lograron mantener sus comunidades y modos con distintas estrategias. En Entre Ríos, los charrúas, sus vecinos, y pueblos antecesores, probaron el uso de algunos instrumentos de gran eficacia en la defensa y en la búsqueda de alimentos. Los investigadores han demostrado que algunas de esas armas, como las boleadoras, tienen aquí una historia milenaria que cruza distintas culturas, y fueron heredadas por los gauchos y criollos.

La exhibición de antiguas armas de piedra difundida por Diario UNO en estos meses de julio y agosto reavivó el interés por las mujeres y los hombres que habitaron este suelo, y en especial por la permanencia del uso de las boleadoras a través de 7 y hasta 8.000 años en nuestra región. Pero además sirvió de alerta contra engaños naturalizados en la región, como la supuesta extinción completa de pueblos, y para abrir los ojos y los oídos ante la presencia actual de personas, familias y comunidades con sus tradiciones antiguas y vigentes, y distintos aportes culturales que están en nuestra comunidad pero han sido menospreciados o invisibilizados por décadas.

Mensajes de la piedra

El antropólogo y arqueólogo Carlos Ceruti sostiene, en diálogo con diario UNO, que las boleadoras y puntas de proyectil pueden dar indicios sobre los movimientos de las comunidades y los intercambios en épocas remotas. Consultado por los hallazgos en Larroque, se excusa de brindar precisiones principalmente porque los objetos se presentan fuera de contexto. En qué estrato se preservaron, al lado de qué otros objetos, con qué minerales estaban asociados, son datos relevantes para que los objetos informen sobre las comunidades que los construyeron o manipularon, y en este caso estamos ante elementos tomados por la vecindad y recuperados sin las anotaciones que puede hacer un científico.

Aun así, Ceruti recuerda que la boleadora es utilizada en Entre Ríos “por lo menos hace de 6 a 8.000 años, y hasta ayer nomás, e incluso puede que todavía en algún lugar remoto, cerca de Corrientes, haya quien las usa… Muchos recogían las que encontraban en el campo, las retobaban y las volvían a utilizar, de manera que cualquiera las pudo haber utilizado”.

Ante las fotografías de bolas de boleadoras recuperadas por agricultores de Larroque de apellido De Zan, indica que unas “parecen de granito, materia prima que tiene que provenir de las Sierras Centrales (Córdoba es lo más cercano) o del sistema de Tandilia-Ventania, en Buenos Aires”, pero hay también una negra que “parece de basalto, así que quizás sea local, de la cuenca del río Uruguay”.

Apunta que a las “mazas estrelladas” (rompecabezas), como la hallada cerca del río Gualeguay, se las solía atribuir a los charrúas, y que la punta de flecha transparente de Larroque mostrada en este medio es de cuarzo hialino (cristal de roca). “También es de afuera (la materia prima), de edad y adscripción cultural no definida”, reconoce el investigador.

Sabe de dos sitios charrúas con vínculos con europeos (los llamados “históricos”), en Villaguay y en Feliciano, y aporta a UNO un borrador inédito como guía para futuros estudios. Allí, llama la atención sobre la necesidad de curarnos de preconceptos establecidos.

Un texto inédito

Aquí un fragmento del borrador de Carlos Natalio Ceruti, que antes de enterarse de los hallazgos en Larroque tiene en cuenta las boleadoras. Dice: “Existencia de descendientes actuales de la etnia charrúa-minoano, habitualmente ignorados o ‘invisibilizados’, que merecen el respeto de sus conciudadanos, y cuya memoria y conocimientos tradicionales deben ser revalorizados e incorporados al corpus general del conocimiento comunitario. Naturalización del supuesto de que los aborígenes entrerrianos desaparecieron, o que, de existir, deberían encontrarse en la misma situación, o con un modo de vida similar al de sus antepasados. Necesidad de poner en cuestión estos supuestos y aportar una visión alternativa de los aborígenes entrerrianos (y en particular de la etnia charrúa-minoano), que los sitúe en un contexto actualizado. Esto es, dejar de lado la visión ‘romántica’ del ‘buen salvaje’ para repensar su lugar en una sociedad compleja, en la cual se ven obligados a adoptar nuevas estrategias de supervivencia”.

Luego recuerda el relato del marino portugués, Pero Lopes de Sousa (1531), que encontró en el Río de la Plata un grupo aborigen, posiblemente los charrúas. Y transcribe ese texto que contiene prejuicios a la vista. Los entre paréntesis son nuestros. “La gente de esta tierra son hombres muy robustos y grandes; de rostro son muy feos; traen el cabello largo; algunos se horadan las narices y en los agujeros traen metidos unos pedazos de cobre muy brillante; todos andan cubiertos de pieles; duermen en el campo donde les anochece; no llevan consigo otra cosa que pieles y redes para cazar; usan como arma una pelota de piedra del tamaño de la bala de un falcón (tipo de cañón del siglo XVI) y de ella sale un cordel de una braza y media de largo y en el extremo lleva una borla grande de plumas de avestruz (ñandú); y tiran con ella como con honda; traen unas azagayas hechas de palo y unas porras de palo de un codo de largo: No comen más que carne y pescado; son muy tristes y la mayor parte del tiempo lloran. Cuando muere uno de ellos según el parentesco, así se cortan los dedos: por cada pariente una articulación; vi que muchos viejos no tenían más que el dedo pulgar. Su habla es gutural como la de los moros”.

Intercambio

“Esta información -dice Ceruti en su borrador- debe incorporarse a la base de datos y compararse con otras que se vayan localizando, siglo por siglo”. Entonces puntualiza algunos conceptos. “Físicamente, los charrúas eran distintos de los guaraníes; no se afeitaban la frente como los chaqueños; la presencia de narigueras de cobre implica intercambio con otros grupos con metalurgia, o la acción de intermediarios; el uso del manto de pieles sugiere clima frío, corroborado por la información paleoambiental (‘Pequeña Edad de Hielo’); existencia de la ‘bola perdida’ o ‘bola de uno’, además de la boleadora de dos ramales; azagayas de madera (dato contradictorio con las puntas de piedra de los sitios arqueológicos, pero ambas pueden ser complementarias); confirma las mutilaciones rituales de dedos; la llegada de Lopes de Sousa debió producirse en un período de duelo, por eso los llantos, los suspiros y el aparente desinterés por los elementos materiales; no traían mujeres, lo que indica que eran partidas de cazadores, o bien la desconfianza hacia los recién llegados, etc.”.

Bola, flecha y cerámica

“La boleadora se usó en Entre Ríos desde hace 7-8.000 años hasta el presente; la cerámica aparece en la costa del Uruguay hace más de 2.000 años; y las puntas pedunculadas están presentes hace 6-7.000 años, pero luego desaparecen y no son utilizadas por los pueblos ceramistas del Salto Grande. La asociación boleadora-punta pedunculada-cerámica, no fue descripta para ninguna población prehispánica de la costa del Río Uruguay”.

“Existe al menos un sitio, ubicado en la costa del Río Guayquiraró, cerca de San José de Feliciano, donde esta asociación se repite, con materiales en capa en la parte superior del perfil”.

“La cerámica existente en el Río Gualeguay -agrega Ceruti- es de calidad relativamente baja, sin asas, con escasa decoración, a veces con antiplástico de arena fina (como la del río Uruguay) y a veces con antiplástico de tiestos molidos y decoración de surco rítmico, como la del río Paraná. Nos habla de un grupo humano con cierta movilidad, que compartía las tradiciones alfareras de ambos ríos”.

“Todas las puntas de proyectil analizadas presentan pedúnculo y aletas, o pedúnculo y hombros (así es la encontrada en Larroque). En muchos casos están recicladas para utilizarlas como raspador u otras funciones, como consecuencia de la total ausencia de rocas en el área, lo que tornaba útil el material descartado por rotura. Llama la atención la alta variabilidad registrada en los diseños, y también la variabilidad de la materia prima. Aunque básicamente están trabajadas en tres rocas (areniscas, cuarcitas y sílices), tienen importantes variaciones en cuanto a color, distribución de manchas y bandas, tamaño del grano, cementación, etc. La presencia de tal variedad estaría indicando situaciones de movilidad y/o interacción con áreas vecinas inter o extraprovinciales, también coherente con las primeras conclusiones del análisis cerámico, y con el conocimiento etnohistórico de los charrúa-minuanos”.

Dicho esto, el investigador traza una suerte de hoja de ruta: “Ubicar las 35 localidades y sitios en cartografía elaborada a partir de fotografías aéreas, y realizar un análisis geomorfológico regional a partir del estudio de pares aerofotográficos. Llamamos ‘localidades’ a las áreas mayores (por ejemplo, el borde de una laguna) en que puede haber sitios arqueológicos, o nada más que hallazgos dispersos; y ‘sitios’ a sectores particulares de una localidad con evidencias de un asentamiento (por la concentración de materiales superficiales, o por la presencia de elementos enterrados)”.

Pleistoceno–Holoceno

Ante los interrogantes de este medio, Ceruti aporta además un artículo que publicó junto a Juan D. Ávila en los Cuadernos del Instituto Nacional de Antropología y Pensamiento Latinoamericano, luego de su presentación en un Congreso Internacional de Arqueología de la Cuenca del Plata.

En un estudio realizado en la Laguna El Doce en el sur santafesino, estos dos arqueólogos dieron a conocer fechados radiocarbónicos que muestran la presencia de comunidades humanas en el sur santafesino con el uso de boleadoras y otros artefactos hace 8.000 años, y relacionados con nuestra provincia no sólo por la cercanía sino por el tipo de piedras elegidas.

Allí fueron hallados restos humanos de 19 individuos, huesos de guanaco, venado, tucu tucos, vizcachas, con marcas de intervención humana, e instrumentos en hueso y piedra. Raspadores, puntas de proyectil, bolas de boleadoras, etc., en algunos casos reutilizados. Los investigadores argentinos mandaron a la Universidad de Arizona dos tiestos cerámicos, un fragmento de hueso de guanaco, y dos dientes humanos. A vuelta de correo, la sorpresa: estaban ante la ocupación humana más antigua de Santa Fe, entre las conocidas. Unos dieron casi 6.000 años de antigüedad, otros 8.300 años. Entre el fin del Pleistoceno y el comienzo del Holoceno.

Dicen allí Ceruti y Ávila: “Postulamos como base de la subsistencia del grupo el consumo de guanaco capturado con boleadoras, complementado con la caza mediante dardos de piezas de menor tamaño (venado, vizcacha, mulitas), y la recolección de productos animales (huevos de ñandú) y vegetales”.

“La diversidad de materias primas líticas indica la existencia de diversos circuitos de apropiación de recursos, orientados especialmente hacia las Sierras de Tandil, y en menor medida hacia Ventania, Sierras Centrales y Cuenca del Río Uruguay. La coexistencia de puntas líticas (piedras) y óseas puede indicar la pertenencia a una corriente de poblamiento con instrumental de tipo mixto, o bien una ampliación de la estrategia de búsqueda de recursos locales (utilización del hueso como alternativa ante el déficit de materia prima lítica). La presencia de bolas de boleadora y otros elementos fabricados en tosca carbonática podría ratificar esta última hipótesis, indicando el reemplazo de la materia prima foránea por recursos locales”.

En una supuesta segunda ocupación humana de la zona se encontraron también artefactos, y nuevamente, las bolas de boleadora.

Resumen los estudiosos: “Durante el Pleistoceno final y el Holoceno temprano, poblaciones de cazadores recolectores armados con boleadoras, proyectiles de punta lítica o de hueso y con instrumentos portátiles de molienda transitaron por los alrededores de la laguna y aprovecharon la fauna local”.

Dos continentes

Carlos Natalio Ceruti, oriundo de Santa Fe, ha estudiado por décadas a los pueblos originarios del litoral argentino, y la presencia de africanos y afroamericanos en la región. Lo ha hecho como investigador del Conicet y principalmente con base en el Museo Antonio Serrano, de Paraná.

Son conocidas sus investigaciones que demostraron los tremendos efectos de la proyectada obra hidroeléctrica en el Paraná Medio y las huellas del ser humano que el lago artificial iba a destruir; sus observaciones a campo y hallazgos en las dos costas del río Paraná; sus estudios sobre colecciones de objetos antiguos como la de Lugrín en el centro de Entre Ríos (Villaguay); el análisis de modos de vida, viviendas, alimentación y otras características de pueblos de praderas y orilleros; los contactos hispano-indígenas; los relatos diversos sobre la vida, las costumbres y las luchas de pueblos de la región en tiempos coloniales; los contactos de africanos con pueblos indígenas a través de la revalorización de las artes (principalmente en el arroyo Leyes); el rescate de obras de destacados arqueólogos como Antonio Serrano y Amílcar y Jorge Rodríguez (padre e hijo), entre otros.

A través de los rescates de relatos históricos realizados por Ceruti llegan a nuestros oídos los nombres de esforzados charrúas como Abuyabá (o Abayubá), Tabobá, Yapicán, Añahualpo, Yandianoca. También por sus aportes conocimos a la cultura Goya-Malabrigo, de alfareros orilleros; y supimos de los nuevos estudios que demuestran que esas comunidades (de las típicas cerámicas con cabezas de loro y otras imágenes de la fauna regional) eran cazadoras, recolectoras, pescadoras, pero también agricultoras.

Los primeros

En un repaso de la obra de los arqueólogos Amílcar y Jorge Rodríguez, Ceruti reconoce un hecho que dificulta los estudios sobre poblaciones antiguas que pudieron desarrollar complejas culturas a partir de fibras, maderas y huesos. “En la margen argentina del Uruguay medio las condiciones ambientales no permitieron la conservación de ningún resto orgánico anterior al Holoceno tardío y muy pocos en la R. O. del Uruguay, de manera que la reconstrucción de las rutas del poblamiento y la distinción de entidades culturales deben hacerse casi exclusivamente a partir de la evidencia lítica”.

En el estudio de los aportes de Jorge Rodríguez, Ceruti indica también la existencia de culturas que podemos conocer por las puntas de proyectil pero también anteriores, sin puntas de proyectil, de tiempos previos a la última extinción de la mastofauna, es decir, en el Pleistoceno (más de 10.000 años atrás). Lo cual habla de la convivencia del humano aquí con animales enormes. Estamos entonces ante bandas de cazadores que incluso abandonaron la zona en una época árida a finales del Pleistoceno, una crisis climática en la que nuestra región recibió de yapa abundante ceniza volcánica. En lo que respecta a las piedras, las formas más viejas en las costas del río Uruguay son puntas de proyectil.

Hay que decir que de algunas culturas se han hallado no dos o tres sino hasta 400 sitios poblados o visitados, con rastros milenarios entre Misiones, Corrientes, Entre Ríos, Uruguay y Río Grande do Sul, con puntas de piedra, incluidas bolas de boleadora, con y sin surco; hachas y piedras con hoyuelos, como ocurre con la llamada Tradición Umbú.

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