Cuando la política económica no se adapta, el mercado termina reorganizándose solo. Durante años en Argentina discutimos la caída de la industria nacional. Fábricas que cerraban, producción que migraba a otros países y miles de empleos industriales que desaparecían. El diagnóstico se repetía una y otra vez: costos altos, presión impositiva excesiva y falta de competitividad.
Columna de opinión: primero rompieron la industria, ahora van por el comercio
El ingresos de las plataformas globales como Temu o Shein cambiaron el paradigma para el comercio tradicional. Antes fue la industria.
Las plataformas hacen peligrar el comercio tradicional en la Argentina.
Pero mientras discutíamos la industria, algo más empezó a quebrarse en silencio: el comercio.
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Qué pasa con el comercio
Hoy está ocurriendo un fenómeno que todavía no se analiza con la profundidad que merece. Plataformas globales como Temu, AliExpress o Shein están llegando directamente al consumidor argentino, y lo hacen de una manera que cambia completamente las reglas del juego.
Por primera vez en la historia, millones de personas pueden comprar un producto directamente a una fábrica en otro continente y desde su teléfono celular. Sin importador, sin distribuidor y muchas veces sin pasar por el comercio local.
El producto sale de Asia, cruza el planeta y termina en la puerta de la casa del consumidor. Mientras tanto, el comerciante argentino sigue enfrentando alquileres elevados, impuestos acumulados en cada etapa de la cadena comercial, costos laborales importantes y una burocracia que muchas veces hace que vender o producir resulte más complejo de lo que debería.
La pregunta entonces es inevitable. Si primero se debilitó la industria, ¿ahora estamos debilitando también el comercio? El problema no es la globalización. Tampoco es la tecnología. Ambas son fuerzas inevitables del mundo moderno y, bien utilizadas, pueden abrir enormes oportunidades.
El problema aparece cuando las reglas económicas de un país no se adaptan a esos cambios. Cuando eso ocurre, el sistema empieza a perder competitividad y quienes lo sostienen todos los días -trabajadores, comerciantes, pymes y emprendedores- terminan pagando el costo.
Hoy miles de pequeños y medianos comerciantes intentan competir contra plataformas que operan a escala global, con logística optimizada, estructuras tecnológicas gigantescas y sistemas regulatorios mucho más simples en sus países de origen.
Más allá de Shein y Temu
Pero el fenómeno no se limita solamente a las plataformas asiáticas. Incluso empresas que nacieron como intermediarias dentro de la región están empezando a moverse en esa dirección. Mercado Libre inauguró recientemente un centro logístico en China desde el cual busca abastecer directamente a consumidores de América Latina. El objetivo es claro: acercar la fábrica asiática al comprador regional y competir con el modelo de plataformas como Temu o Shein.
La plataforma no solo organiza el marketplace, los pagos y la logística. También maneja una de las bases de datos comerciales más grandes de la región: sabe qué productos se venden más, en qué rangos de precio, en qué ciudades y en qué momentos del año. Ese conocimiento del mercado, combinado con control logístico desde origen, está transformando la manera en que se organiza el comercio.
El debate entonces deja de ser solamente tecnológico. También pasa a ser competitivo: qué lugar queda para el comerciante tradicional cuando las plataformas que organizan el mercado también empiezan a integrarse en la cadena de suministro.
La discusión real debería ser otra. ¿Cómo puede adaptarse el comercio local a esta nueva economía global? La respuesta no pasa únicamente por una reforma laboral. Reducir la rigidez del sistema laboral puede ayudar, pero está lejos de ser suficiente.
No se trata de pasar de un extremo pro-empleado a otro extremo pro-empleador. Se trata de reducir los costos estructurales que hacen que producir, importar o vender en Argentina sea cada vez más difícil.
Cómo reducir costos estructurales
Eso implica, al menos, tres cuestiones centrales. Primero, una presión impositiva más razonable. Cuando un producto paga impuestos en cada etapa de la cadena comercial, competir contra el comercio global se vuelve extremadamente difícil.
Segundo, un Estado más eficiente y menos burocrático. Trámites más simples, reglas claras y procesos administrativos que acompañen la velocidad del comercio moderno.
Y tercero, algo que rara vez se discute con suficiente seriedad: idoneidad en los cargos donde se toman decisiones económicas. La economía moderna es compleja. Requiere conocimiento técnico, comprensión del comercio internacional y capacidad de anticipar cambios tecnológicos. Cuando esas decisiones quedan en manos de personas que no comprenden del todo esa dinámica, las consecuencias terminan afectando a quienes producen, trabajan y comercian todos los días.
La tecnología no destruye mercados. Los transforma. Pero cuando la política económica no logra adaptarse a esa transformación, lo que aparece no es evolución. Es desorden. Primero se debilitó la industria. Ahora empieza a crujir el comercio.
Todavía estamos a tiempo de discutir en serio qué tipo de economía queremos construir: una que facilite producir, comerciar y competir en el mundo, o una que siga reaccionando tarde mientras el comercio global avanza mucho más rápido que nuestras decisiones.
El comercio argentino no necesita protección eterna. Necesita reglas razonables para poder competir.
(*) Por Mateo Pablo Martínez, empresario del sector deportivo.















