Tuber Rodríguez: "No quiero que ningún libro más vaya a parar a la basura"

Tuber Rodríguez, albañil y estudiante. Bajada Grande en ruinas. El Maran y las Torres Gemelas. Telescopios made in house. Los cerebros lentos.
5 de julio 2022 · 14:30hs

En un contexto de tragedia educativa y degradación social, aparentes pequeñas acciones en sentido contrario cobran una dimensión mayúscula. Tal es el caso de alguien que se propone la creación de una biblioteca pública con el solo fin de “rescatar los libros que van a parar a la basura” y ayudar a estudiantes. Por eso la entrevista con Tuber Rodríguez, albañil, estudiante de arquitectura y aficionado a la astronomía, quien a su vez describe un panorama desolador de su ex barrio, Bajada Grande.

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Bajada Grande, las torres y “la otra ciudad”

—¿Dónde naciste?

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Cinco libros para conmemorar el Día de la Mujer

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—En Bajada Grande, donde viví hasta los 10 años, en 2006. Mi casa estaba detrás del laboratorio que está sobre Larramendi.

—¿Cómo era por entonces?

—Bastante tranquilo, y se podía vivir bien porque había trabajo y muchos negocios, no como ahora que está todo abandonado y que cerró la última fábrica que había. Mi casa era la más grande de la manzana pero después las demás se fueron ampliando. La usurparon en 2007, cuando mi viejo estaba viviendo allí, se la alquiló a un santafesino, dejó de pagarle durante tres meses y cuando fue, ya estaba usurpada. El tipo la vendió y se fue.

—¿Hizo la denuncia?

—Sí, pero quedó en la nada, aunque tenemos todos los papeles. La familia que la ocupa compró sin saber, hasta que fue mi viejo. La causa está en tribunales desde 2008. Si fuera de alguien que está forrado en guita lo resuelven enseguida.

—¿Qué actividad laboral desarrollan tus padres?

—Mi viejo es municipal, trabajó muchos años en la construcción y mi mamá cuida a personas mayores.

—¿Qué lugares te atraían?

—Me escapaba al mástil del Parque Varisco, pescábamos en el muelle, en el monte hacíamos indiadas y construíamos casitas.

—¿Había algún límite impuesto?

—Llegábamos hasta Wal-Mart.

—¿Otros juegos?

—La pelota y armaba ciudades con arena y portland de verdad, que le sacaba a mi viejo (risas). Por eso estoy estudiando arquitectura.

—¿Las hacías para imitarlo?

—Siempre me gustó la construcción y el edificio que me inspiró a los siete años para estudiar arquitectura es el del Maran Suites, cuando lo estaban construyendo. Había visto edificios de 10 o 12 pisos pero cuando el Maran pasó los 15 me impresionó.

—¿Tu papá te enseñó el oficio?

—No, hacía de ayudante cuando arreglábamos la casa, pero a los 13 años comencé a trabajar de albañil, aunque sin tenerlo pensado. Me quedé a dormir en lo de un amigo, atrás estaban construyendo la casa de la hermana, y cuando nos levantamos me dijo “vamos a trabajar”. Comencé como ayudante y me gustó el oficio. Ahora estoy tratando de conseguir trabajo en el edificio de calle Catamarca, detrás del Maran, que será más alto, y donde mi viejo es sereno. La magnitud de los cimientos y de la obra son impresionantes.

—¿Alguna afición?

—Toco la guitarra.

—¿Qué materias de la secundaria te gustaban?

—Ética, Tecnología y Matemáticas, que las relacionaba con la construcción.

—¿Leías?

—Sí, siempre me gustó, al igual que los documentales, por sobre las películas.

—¿Alguno que te influyó?

Una Enciclopedia Atlas, por lo relacionado con los planetas, que me abrió la cabeza. En la adolescencia comencé a leer sobre astronomía y me hice aficionado, ya que me gusta igual que la arquitectura. Van de la mano; si no fuera por la ingeniería y la arquitectura, por ejemplo, no se hubiera hecho la torre de lanzamiento del Apolo 11. Igualmente tiene que ver en los planes de construcción de las naves interplanetarias, enormes, con gravedad artificial. He dibujado naves (risas).

—¿Qué cambios hubo mientras viviste en Bajada Grande?

—Fueron después de que me mudé, cuando comenzaron a deforestar el monte, del cual no queda ni la mitad, para vender los terrenos, y construir edificios y el barrio privado.

—¿Qué visión tenías del centro?

—Creía que Paraná era otra ciudad y cuando mi viejo me llevaba le decía a mis hermanos “me voy con papi a Paraná”, porque son dos o tres kilómetros.

—¿Qué te atraía?

—La torre Cervantes, que en ese tiempo era una de las más altas de la ciudad.

—¿Por qué focalizabas la atención en los edificios de altura?

—Fue desde chiquito y me encantan, al igual que me impactó lo del atentado contra las Torres Gemelas. Mi viejo me levantó para ir al jardín, se suspendieron las clases, me quedé viendo televisión y me impactó mucho, aunque no tenía dimensión de sus alturas. Cuando fui más grande las comparé con el Maran.

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Desinterés, decadencia y desconocimiento

—¿Cómo viviste el cambio a este barrio (Incone)?

—Me encantó y seguía yendo a Bajada Grande, a jugar, hasta que me hice amigos acá, a los cinco o seis meses. El estado económico de la familia cambió, porque en Bajada Grande te daban bonos sociales para cambiar en Wal-Mart, yo salía a pedir y vendíamos cobre para ayudar a la familia. Acá dejé de hacer eso y se sintió la diferencia.

—¿Cambiaste la visión respecto del centro?

—Sí, mucho, aunque me di cuenta de que Bajada Grande tiene más importancia que Paraná, porque ahí se originó, y fue una potencia económica para el país, por el puerto. Es una historia extraordinaria. No podía creer el abandono total, la usurpación del camino de las vías, fueron borrando el terraplén, sacaron el puente sobre el arroyo Antoñico y a la gente no le importó nada. Cuando era más chico tenía pensando hacer un proyecto para que volviera el tren pero a la gente no le importa ni lo valora. Al gobierno tampoco le importa y no tienen idea del valor histórico. Tiene todo para ser un barrio potencia por las plantas de gas y agua, fábricas abandonadas, puerto, vías… si decidís ponerlo en valor le das trabajo a la gente. Pero prefieren arreglar algo que ya está arreglado y malgastar la plata, como el caso de calle España. ¿Por qué no asfaltan una calle de Bajada Grande o hacen cloacas? En la calle de las vías no tienen agua y están al lado del río, y si produce una chispa vuelan las instalaciones eléctricas y se prende fuego todo.

—¿Y en lo social?

—La mayoría de la gente que conocía ya no vive allí, salvo algunos. Lo social ha empeorado muchísimo: suicidios, tiroteos, muertos, no podés dejar la casa sola porque te roban… Agradezco a Dios que mi vieja decidió mudarse porque no sé qué hubiera sido de nosotros.

—¿Cómo es la situación de este barrio?

—Tenés todo cerca: el centro de salud, comercios, todos los servicios, el parque (Gazzano), la avenida y seguridad, más allá de que hace tres meses mataron acá abajo al peluquero (Felipe Britte, 32).

Astronomía y arquitectura, de la mano

—¿Qué te resulta desafiante de la astronomía?

—Tengo una idea de cómo funcionan muchas cosas y el avance es notable, como ahora que en julio se lanzará un cohete (de la NASA) a la Luna, con el objetivo de, luego, ir a Marte. Lo desafiante es lanzar un cohete, porque si no funciona a la perfección no se puede llevar nada al espacio.

—¿Cómo decidiste estudiar arquitectura?

—Lo tenía re claro desde chiquito, aunque mi viejo me decía que dejara de estudiar, porque había repetido tres veces, y que trabajara, porque creía que el estudio no era lo mío. Pero en 2010 le dije: “voy a terminar la secundaria y empezar arquitectura.”

—¿Por qué?

—Me entusiasmaba que al recibirme pudiera hacer un edificio más alto que el Maran, pero el Estudio Cassano me ganó de mano (risas). Cuando andaba por el centro veía los edificios abandonados o terrenos vacíos, pensaba que se podía construir determinado tipo de edificación y cuando llegaba a casa dibujaba el diseño. Tengo planos de casas.

—¿Dibujás bien?

—Sí, sí. Aprendí la perspectiva solo.

—¿Cuánto has cursado de la carrera?

—Cursé bien dos años, hasta 2020, vino el confinamiento, había que presentar papeles, me mandaban de un lado para otro y así se pasó el año, al igual que 2021, porque hicieron lo mismo.

—¿En qué situación estás?

—Estoy pausado y en noviembre, cuando abran la inscripción, voy a ir con todos los papeles, para poder comenzar a cursar.

—¿Mantenés el interés por la astronomía?

—Sí, me gusta muchísimo y he construido varios telescopios. Tomo fotos de la Luna y miro los planetas todas las noches, más ahora, que están alineados. Antes me iba a la terraza y estaba atento a cuántos meteoritos caían por hora, y de qué color eran, porque según eso es la composición del material que predomina. Y a las 6 de la tarde veía en History Channel documentales sobre el Universo. En 2018 me uní a la Asociación Entrerriana de Astronomía aunque desgraciadamente hace bastante que no voy, porque no tengo en qué volver, por el horario de los colectivos.

—¿Qué te ha fascinado de lo observado con tu propio telescopio?

—Encontré en la Constelación de Orión que hay otra constelación más chiquita, parecida a ella, que pueden ser estrellas más grandes aunque más distantes. A partir de la observación hice a mano los mapas de estrellas.

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Elon Musk, un referente. Los cerebros en pausa

—¿Qué objetivos tenés planteados?

—Me gustaría cuando sea arquitecto generar los recursos para tener un emprendimiento espacial netamente argentino, aunque se necesita mucha plata.

—¿Cómo mantuviste la ambición por el conocimiento y el estudio no obstante que tu padre te dijo que “no era lo tuyo”?

—No sé, me gustaba observar los planetas y ver documentales. Soy terco, me meto una idea en la cabeza, nadie me la saca y la llevo adelante. Elon Musk me ha inspirado, es sudafricano, era muy pobre, no tenía amigos y le hacían bullying en la escuela porque prefería leer un libro o inventar algo, en vez de jugar. Era distinto, un nerd, y su padre lo tiraba abajo. Cuando sus padres se separaron se fue con su madre a Canadá, luego a Estados Unidos y ahí fue su gran progreso. Comenzó jugando con cohetes y llegó a crear SpaceX (Space Exploration Technologies), además de haber creado PayPal, sobre lo cual le decían que “no iba a servir”. Y fíjate ahora, lo usa todo el mundo.

—¿Qué observás en tu generación nacida en la era de la hiperconexión y la supremacía del teléfono móvil?

—Que soy el único que estoy fascinado por los libros. Les va a afectar a la inteligencia y capacidad del cerebro. En Google buscás un tema y te da todo resumido, en cambio si buscás en el índice de un libro hay, por ejemplo, diez páginas que leés, resumís, el cerebro trabaja, tiene más capacidad de resolución y crece la inteligencia. El celular te da todo en bandeja, tu cerebro se queda en pausa y trabaja lento.

—¿Cuáles te llevarías a una isla donde no hay libros ni conectividad?

—¡Uh! Seguro, alguno de astronomía, de Historia Argentina y alguna novela como El triunfo del Sol, de Wilbur Smith, que estoy leyendo ahora junto con uno de interpretación de los sueños.

—¿Qué te imaginás haciendo en cinco años?

—Espero estar terminando la carrera, fabricando y vendiendo telescopios, generando empleo y capacitando para emprender. La gente no se anima a emprender y le tiene miedo al fracaso, pero el fracaso es parte del proceso para saber si se estás haciendo bien las cosas.

—¿Qué edad tenés?

—26.

—¿De qué signo sos?

—Acuario.

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La Municipalidad y sus locales llenos de ratas y alacranes

Rodríguez se refiere a la convocatoria realizada recientemente y la muy buena respuesta que tuvo por parte de la gente en cuanto a la donación de libros para la creación de una biblioteca pública, la cual debió suspender momentáneamente por carecer del espacio físico para su funcionamiento.

—¿Cómo surgió la idea?

—Fue a principios de mayo, porque un amigo tenía libros viejísimos que iba a tirar, sabía que me gustaban y me los trajo. En ese momento pensé que hay miles de libros que van a parar a la basura, entonces se me ocurrió pedirlos y hacer una biblioteca, que en principio la pensé para mí. Después pensé en los estudiantes, entonces también se me ocurrió pedir fotocopias y material de estudio de quienes hayan terminado las carreras. Tengo pensado ofrecer café para los estudiantes, como desayuno o merienda, y para el público también sería gratuito con la condición de que lean un libro y dejen el celular durante ese tiempo. Quiero que la gente se despegue del celular.

—¿Alguno de los recibidos de tu amigo te interesó particularmente?

—Sí, sobre Copérnico, Napoleón y Shakespeare, también hay de Edgar Alan Poe, Historia Argentina y paranaense, son hermosos y están sanos.

—¿A partir de ahí hiciste la convocatoria?

—Sí, publiqué en WhatsApp y Facebook, y a los tres día tenía 400 “me gusta” e incontables comentarios, comencé a organizarme, hacer una agenda de la gente que podía pasar a buscarme para traer los libros y en un momento perdí la cuenta. En la primera tanda que pasamos a buscar fueron 700 libros, siguieron trayéndome y fui a buscar otros, y en la última tanda, el sábado 18, busqué más con una señora y ahora deben ser unos 2.000 ejemplares. Hay mucha gente que me está esperando y no quiero que los libros terminen en la basura, pero no tengo lugar para ponerlos. Tengo que hacer el inventario, tomarle una foto a cada libro, ponerle el nombre y guardarlo en la computadora. Una chica también se ofreció para hacer de docente tutora y le dije que cuando tenga la biblioteca le avisaré.

—¿Cómo pensás resolver la cuestión del local?

—Pienso conseguir un trabajo fijo para poder alquilarlo. Igualmente he visto locales abandonados de la Municipalidad, sin luz ni agua, llenos de ratas, alacranes y con olor a podrido, entonces pensé en ir a hablar con alguien para que lo cedan, y yo lo arreglaría y pondría en condiciones, ya que lo sé por mi oficio. No es con fines de lucro sino pensado en la ciudad, ya que la gente es quien brinda los libros.

—¿Ya hiciste algún contacto con la Municipalidad?

—Todavía no.

—¿No pensaste una alternativa con una entidad o asociación?

—Mientras sirva para guardar los libros no hay problema, pero no quiero dejarle el proyecto a otro por temor a que vendan algún libro valioso.

—Por ejemplo, existe la Biblioteca Caminantes, entre otras bibliotecas populares.

—Decayó mucho y tiene poca actividad porque está muy escondida, en una calle interna. Las bibliotecas tienen que estar en calles principales.

—¿Seguís recibiendo libros?

—No, porque no tengo más espacio.

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