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Masacre en la cárcel

"A mi hijo no lo voy a recuperar, pero estoy conforme"

El padre de Vladimir Casco habló tras la perpetua a los acusados de asesinar a su hijo en la masacre en la cárcel de Victoria. Apuntó al servicio penitenciario.

Jueves 23 de Septiembre de 2021

Pasaron tres años, tres meses y 15 días entre la peor masacre perpetrada en la historia criminal de Entre Ríos y la sentencia que llevó la tan esperada justicia a las familias de seis personas asesinadas. El Tribunal de Juicio de Gualeguay impuso la pena máxima a los tres presos que calcinaron a las víctimas que se encontraban durmiendo en una celda de la cárcel de Victoria. “A mi hijo no lo voy a recuperar, pero estoy conforme”, dijo a UNO José Alberto Casco, el padre de Vladimir, fallecido en el ataque. El hombre tuvo reparos en cuanto a la posible responsabilidad del Servicio Penitenciario, que ha pasado sin críticas el juicio.

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Fue un juicio en el cual quedó expuesto en carne viva el horror que se vivió en unos pocos minutos en el pabellón Nº 2 de la Unidad Penal Nº 5, tanto en las declaraciones de los internos y penitenciarios que observaron el episodio e intentaron auxiliar a las víctimas como en el testimonio del médico forense que describió el estado en el cual quedaron los cuerpos, además de la prueba fundamental que fue el video de la cámara de seguridad del pabellón, que registró todo el episodio. También quedó claro la disputa que existía en esa área carcelaria entre los tres imputados y una de las víctimas por el control y las normas de conducta y convivencia en el pabellón.

Y no hubo contemplaciones ni atenuantes. Kevin Alexander Paniagua, de 23 años, del barrio Gaucho Rivero de Paraná, cabecilla del grupo criminal y con antecedentes por dos homicidios cometidos cuando era menor; Maximiliano Chamorro, de 24 años, del barrio Belgrano de Paraná, y condenado por intento de homicidio y robo; e Ismael Ramón Framulari, de 23 años, también del barrio Belgrano, que cumplía una pena por balaceras y robos, no estarán en libertad sino hasta cuando sean adultos mayores, quizás cuando ronden los 60 años. Pasarán toda una vida en el encierro.

Un poco de alivio, luego de tanta espera para las familias de las seis víctimas fatales: Justo Silva, de 53 años; Marcelo Beber, de 31; Brian Alarcón, de 21; Vladimir Casco, de 20; Marcelo Rodríguez, de 30; y Francisco Alberto Coronel, de 19. Y también para el único sobreviviente, que sufrió graves quemaduras, Emilio Oscar Suárez, de 27 años.

“Un testigo dijo que los matafuegos no andaban”

Vladimir tenía 21 años. Cumplía dos años y nueve meses de prisión y estaba cerca de salir. Se había capacitado y proyectado un futuro mejor para cuando recuperara la libertad, aunque no le habían facilitado las cosas para poder ir haciendo trabajos en algunas salidas. Compartía la celda Nº 2 en la que dormían hacinados siete personas: seis en cuchetas y uno en el piso. Aquella mañana del 7 de junio de 2018, no alcanzó a salir ni a ser rescatado con vida luego de que tres internos arrojaron el colchón encendido a la celda y trabaran la puerta. Su familia no dejó de pedir justicia desde el primer día, y ayer, luego de conocer la sentencia, su padre José Alberto Casco dijo a UNO: “En cuanto al juicio estuvo bien, y la sentencia está bien dada. Lo que no me deja conforme es en cuanto a los penitenciarios”.

En este sentido, el hombre remarcó: “No tendrían que haberlo puesto al muchacho de Paraná con los otros, porque tenían más condenas, tres o cuatro estaban cerca de salir ¿cómo van a poner gente así? Yo voy a seguir reiterando que el penal no estaba bien manejado, porque el mismo jefe dijo que eran unos novatos los agentes penitenciarios que estaban ahí. Y a los poquitos días lo sacaron”.

Asimismo, José considera que, tal como mencionaron testigos en el juicio, había un conflicto declarado y conocido en el pabellón, pero no se actuó a tiempo: “Miraron para otro lado, hicieron la vista gorda. En el juicio, mientras iban trayendo los testigos, uno se daba cuenta, uno de los testigos dijo que los dos matafuegos que había ahí no andaban”.

Casco también apunta otras críticas al sistema penitenciario y a la Justicia: “A mi hijo nunca le quisieron dar el extramuros. Yo luchaba para que lo saquen para hacer algunas tareas, no lo querían sacar nunca. Un chico que tenía una condena de dos años y nueve meses. Hay varios presos por muertes, o con condenas de siete u ocho años prisión y andan afuera como si nada en la calle”.

Finalmente, José valoró la sentencia a prisión perpetua para los asesinos: “Por más que le den lo que le den, a mi hijo no lo recupero. Estoy conforme con el fiscal Eduardo Guaita y sus colaboradores, nos han tratado muy bien. Lo único que me deja duda es la parte penitenciaria, alguien se tendría que hacer cargo, han pasado ya muchas cosas en el penal y a los penitenciarios nunca les pasa nada”, concluyó el padre de Vladimir.

Un testigo clave

Para los jueces Dardo Tórtul, Javier Cadenas y Darío Crespo, fue fundamental el testimonio de Walter Sosa, el interno que compartía celda con los imputados y que fue maniatado porque pretendía advertirles a las víctimas de lo que sucedería.

“El mismo refiere que observa y escucha a los tres encausados ‘cuchichiando’ entre ellos. Sosa refiere que el diálogo versaba sobre terminar con la vida ‘del viejo’, en clara alusión al interno Justo Silva, lo cual, no sólo será la motivación que guiará los hechos que ocurrirán la madrugada siguiente, sino que explican también las ataduras que sufrirá Sosa”, sostuvo el tribunal gualeyo.

Además, destacó: “Sosa dijo que los encausados dijeron que querían tirarle un colchón prendido fuego a Silva, entonces cuando atinó a pegar un grito por la ventana –en clara actitud de advertencia a la futura víctima–, se empieza a pelear con todos ellos (los imputados), siendo luego atado. Ese atinar a pegar un grito es corroborado por un testigo interno de la celda Nº 4, quien declaró que esa noche Walter había gritado pero después le preguntaron los otros muchachos que estaban con ellos: ‘Gonzalo le preguntó y contestó del otro lado Kevin, que le dijo no, no pasa nada, estamos jugando no sé qué, porque estaban con la música y no se escuchaba y como siempre jugaban y jodían de noche no le dimos bolilla y seguimos durmiendo nomás’, lo cual le otorga veracidad al relato de Walter Sosa y a la necesidad de que nadie supiera de la planificación homicida que desarrollarían a la madrugada siguiente”.

Por esto es que a la condena por el séxtuple homicidio también le sumaron el delito de Privación ilegítima de la libertad.

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