De la vereda al algoritmo hay apenas un paso. O mejor dicho, un baile. Jonathan Amaya lo sabe sin haberlo estudiado: baila donde vive, baila donde pasa la gente, baila sin escenario ni luces, y aun así logra algo que no se aprende en ninguna academia: llamar la atención sin perder la ternura. Oriundo de Chajarí, con 31 años, se convirtió en un fenómeno cotidiano de las redes sociales a fuerza de alegría, constancia y una energía que traspasa la pantalla.
Desde Chajarí, Jonathan Amaya se viralizó por bailar en la calle
El joven entrerriano, actualmente, cuenta con más de 6.000 seguidores en instagram y más de 55.000 seguidores en Tik Tok.
Por Alan Barbosa
Desde Chajarí, Jonathan Amaya se viralizó por bailar en la calle
En TikTok e Instagram, Jonathan aparece siempre igual: música fuerte, sonrisa abierta y el cuerpo en movimiento. Puede estar frente a un comercio, en una esquina del barrio o en plena calle, y su baile funciona como una invitación tácita a frenar, mirar y, si se puede, sumarse. No hay ironía ni personaje: hay autenticidad. Y eso, en tiempos de algoritmos voraces, suele ser más poderoso que cualquier estrategia.
Actualmente, en Instagram cuenta con más de 6.000 seguidores, con vídeos virales de más de 100.000 visualizaciones y 20.000 me gustas. En Tik Tok es aún más viral. Tiene más de 55.000 seguidores y uno de los vídeos más reproducidos tiene casi 4 millones de visualizaciones.
Desde Chajarí, Jonathan Amaya se viralizó por bailar en la calle
Este fin de semana, su historia sumó otro capítulo especial. Jonathan estuvo presente en la 37ª Fiesta Nacional del Mate, realizada en Paraná, donde vivió una experiencia inolvidable: subió al escenario principal y bailó mientras cantaba Coti Sorokin. Ante una multitud y en un escenario imponente de la capital provincial, el joven de Chajarí volvió a hacer lo que mejor sabe: transmitir alegría, esta vez frente a miles de personas.
En diálogo con UNO, Jonathan cuenta que su vida lejos de la cámara es simple y ordenada. “Tengo 31 años y cuando no bailo ayudo a mi mamá en el local, atiendo a la gente, hago mandados, cocino y limpio”, relata. No hay pose ni exageración: habla como vive. En sus ratos libres, lejos de desconectar, vuelve al movimiento. “Hago videos bailando, miro tele y hago ejercicios”, resume.
Fuera del plano público, se define tranquilo, casi reservado. “Trato de guardar energías para los vídeos y para la vida diaria”, explica. Esa dualidad (calma puertas adentro, explosión hacia afuera) parece ser una de las claves de su magnetismo. Jonathan no actúa: se transforma cuando suena la música.
Hincha del club 1° de Mayo de Chajarí y de River a nivel nacional, amante del mate y del agua como bebida excluyente, tiene gustos sencillos también en la mesa: “Me gusta todo, pero no puede faltar la ensalada de arroz con huevo”. Detalles mínimos que lo acercan aún más a quienes lo siguen y comentan cada publicación.
Jonathan Amaya tiene más de 55.000 seguidores en Tik Tok
La calle fue su escenario elegido casi por necesidad. “Muchos me preguntaban dónde vivía y se me ocurrió bailar mostrando lugares de mi ciudad. También me gusta ser artista callejero”, explica. El primer recuerdo lo ubica frente al local de un tío, promocionando una tienda, cuando unos trabajadores lo alentaron desde la vereda. Ese gesto inicial marcó el camino.
El momento en que entendió que algo distinto estaba pasando llegó de manera inesperada. “Grabé un video en mi habitación, a la noche. Me acosté y al otro día el celular estaba explotado de mensajes, me gusta y compartidas. Ahí me di cuenta”, recuerda. Desde entonces, la repercusión no paró de crecer.
Uno de los episodios más comentados fue el baile improvisado con el intendente de Chajarí durante un acto público. “Me acerqué como vecino. Un secretario le contó lo que yo hacía y el intendente me dijo que quería bailar conmigo. Salió así, sin compromiso”, cuenta.
Uno de los vídeos más viralizados de Jonathan en Instagram
La repercusión fue diversa, pero Jonathan lo toma con naturalidad: “Algunos apoyaron, a otros no les gustó. Yo no hago diferencias. La vida es una y hay que disfrutar”. Los mensajes que recibe son, en su mayoría, de agradecimiento. “Muchos me dicen que están pasando un mal momento y que mis vídeos les alegran el día”, dice. Los comentarios negativos no lo detienen. “Sigo para adelante”, afirma, con una convicción que no necesita énfasis.
Para Jonathan, bailar también es una forma de romper prejuicios. “Hay que ser empáticos, dejar de criticar, disfrutar y dejar ser feliz al otro”, sostiene. Y cuando habla de sueños, la voz se le vuelve todavía más amplia: quiere bailar con artistas, recorrer el país y volver al Hospital Gutiérrez, donde estuvo internado un año y medio, para regalar música y movimiento a quienes hoy atraviesan momentos difíciles.
Jonathan Amaya no busca fama. Baila. Y en ese gesto simple, repetido y honesto, encuentra una manera de estar en el mundo y de invitar a otros a hacerlo, aunque sea por el tiempo que dura una canción.

















