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Una verdadera chanchada

"Pancha sacó a pasear las carencias y esto sirvió para que mucha gente dejara de mirar para otro lado cuando se topa con la miseria".

Jueves 02 de Julio de 2020

Por cuarta vez en 20 días, la chancha Pancha del barrio Maccarone fue noticia. Saltó a la fama el 9 de junio, cuando entrada la noche llegó al trotecito hasta calle Salta y frente a la plaza Alberdi –o plaza del Bombero, como muchos la conocen– y comenzó a revolcarse en uno de los tantos baches que ostenta la capital entrerriana, lleno de agua estancada, para luego emprender el retorno ante la atenta mirada de varios curiosos que, atónitos, la filmaban o la fotografiaban.

En esa ocasión algunos medios la presentaron como “un chancho suelto en el centro de Paraná”. Luego se supo que es una hembra y cuál es su nombre, que vive en el barrio Maccarone, que está preñada, que el cuidador es de apellido Paniagua y que no era la primera vez que se escapaba.

De hecho, a la noche siguiente la cerda apareció dando otra vuelta por avenida Ramírez, y en la intersección con Nogoyá aparecieron al rescate algunos vecinos y agentes de la Policía de Entre Ríos, y “contra su voluntad” –como expresó en un móvil en vivo la cronista Estela Díaz de Vivar– la llevaron de nuevo a su corral en patrullero.

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En esa ocasión algunos medios la presentaron como “un chancho suelto en el centro de Paraná”.

En esa ocasión algunos medios la presentaron como “un chancho suelto en el centro de Paraná”.

Al otro día Pancha volvió a ocupar las primeras planas de los portales, cuando una Fake News comenzó a circular por las redes. Se había dicho, maliciosamente, que necesitaba refugio y comida, y aparecieron algunas personas dispuestas a salvar a la chancha de la indigencia o pidiendo que la saquen de su entorno para que pueda tener una mejor vida. También un medio –se ve que sin chequear la información– difundió que había sido apuñalada, y el dato causó tal revuelo que policías de la comisaría octava fueron hasta el barrio a chequear cuál era su estado de salud.

Nuevamente Estela Díaz de Vivar le puso “la frutilla al postre” con su móvil al llegar al barrio y afirmar que era falsa la información: “Panchita no estaba muerta, Pachita anduvo de parranda”, parodió con su habitual simpatía.

Revolcándose en el chiquero situado en el mismo barrio en el que el padre Alejandro Patterson edificó a puro esfuerzo y tozudez una escuela, convencido de que la educación es una valiosa herramienta para que las personas puedan forjarse un mejor porvenir y burlar al destino que muchas veces condena a la discriminación a quienes viven en las zonas vulnerables, la puerca se llevó toda la atención.

Hace tres noches volvió a salir de paseo, esta vez acompañado por dos chanchos más, y otra vez fue tendencia.

Entre toda esa bataola que generó con sus salidas, hubo quienes descubrieron la existencia del barrio Maccarone, o al menos los modos en que bulle parte de su cotidianeidad, asombrados porque “el chiquero de la chancha está a menos de 15 cuadras del centro de la capital provincial” y porque hay “personas viviendo con animales en plena urbanización”.

Pancha sacó a pasear las carencias y esto sirvió para que mucha gente dejara de mirar para otro lado cuando se topa con la miseria. Y lo que verdaderamente dejó al desnudo es que, además de la curiosidad que produjo que deambulara como si nada por las calles, es que a muchos “opinólogos” les molesta que quienes habitan en el Maccarone lleguen hasta la zona céntrica, sean animales o seres humanos, y esto pasa también cuando se arrima a este sector de la ciudad alguien de otros barrios marginados: la estigmatización es muchas veces una costumbre recurrente entre los “buenos” vecinos, al mejor estilo Dicky Del Solar, el rugby cristino de Nordelta interpretado por el humorista Ezequiel Campa, que en su personaje refleja la naturalización del desprecio hacia los pobres.

Tildándolos de “planeros”, “vagos” y usando otros adjetivos discriminatorios, se suele cuestionar sus derechos a ser asistidos por el Estado para paliar el hambre y cubrir otras necesidades. Incluso hace poco una persona que es asidua colaboradora de una parroquia en Paraná y que por su situación económica no sabe de estas penurias, fustigó en las redes sociales a los recuperadores de residuos: “¿Qué derecho tienen esos recicladores para vender la basura que es de la Municipalidad?”, inquirió de la forma más mezquina, tan lejos de la misericordia que pregona la religión a la que pertenece.

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