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Los tiempos de las cacerolas

"...En 2020, las cacerolas (o la bocinas) vuelven a sonar. Algunos las baten contra la intervención de Vicentín, otros contra la cuarentena..."

Jueves 25 de Junio de 2020

En diciembre de 2001 coincidieron los reclamos de la clase media con los de las clases populares. Entonces el país estalló, renunció un presidente y se inició una delicada crisis institucional. Confluyeron una diversidad de movimientos, grupos y motivaciones preexistentes, que hasta ese momento iban por carriles paralelos.

El sindicalismo en sus diversas vertientes, pero principalmente en sus sectores más combativos y con protagonismo de la CTA, hizo su parte con la disputa por los derechos laborales afectados durante el gobierno de la Alianza. El movimiento piquetero, que llevaba ya unos cuantos años de actividad, conformado al calor de las luchas contra las políticas del menemismo y sus efectos –recesión, cierre de empresas, desocupación, pobreza y hambre– también estuvo en su lugar natural: la calle.

Nuevos colectivos se conformaron. El de las fábricas recuperadas por sus trabajadores fue uno de ellos. Otro fue el de las asambleas barriales, verdaderas expresiones de democracia participativa. Y hubo otros que surgieron por la coyuntura particular del momento, principalmente las organizaciones de ahorristas estafados por el corralito.

Junto a esos grupos estuvieron sectores políticos tradicionales, como los partidos de izquierda o enrolados en el progresismo –por usar una caracterización de la época–, las agrupaciones de estudiantes universitarios, los organismos de derechos humanos y los que hoy se denominan movimientos sociales y que por entonces caminaban de la mano del sector piquetero.

Ese era a grandes rasgos el mapa socio-político que llevó adelante el Argentinazo. Tal vez fue su falta de conducción estratégica y coordinación la razón de su corto vuelo. La ausencia de un programa detrás del “que se vayan todos” impidió que ese movimiento se tradujera en cambios más profundos; pero tuvo en su carácter espontáneo y plural su mejor cualidad. Y su resultado no fue menor: forzar a renunciar a un gobierno electo apenas dos años antes.

Luego de las jornadas de diciembre de 2001, no volvió a tener vida ningún movimiento organizado capaz de hacer confluir intereses diversos y posiciones distantes en la pirámide social. Las cacerolas que sonaron como nunca antes en aquel principio del siglo, nunca volvieron a sonar con la misma intensidad. Fueron usadas en varias oportunidades en estos casi 20 años, pero ni cerca estuvieron de repetir la historia.

El llamado “conflicto con el campo” de 2008 puso en jaque a la entonces flamante presidenta Cristina Fernández de Kirchner. Fueron meses de alta tensión política, rutas cortadas y marcado apoyo mediático a un reclamo sectorial que intentó pero no logró recoger apoyo popular. Sí el de la clase media, sí el de incluso algunos partidos de izquierda que se abrazaron con los productores y con la oligarquía rural en lo que el kirchnerismo bautizó “piquetes de la abundancia”. Pero no apoyo popular. A tal punto que –pese a haber perdido las elecciones legislativas en 2009– el peronismo triunfó en 2011 y Cristina resultó electa con el 54% de los votos.

En la etapa final de la presidencia de CFK, la oposición supo reorganizar las fuerzas de 2008. Hizo jugar a su favor el descontento provocado por los vaivenes económicos, las denuncias de corrupción agitadas desde los medios dominantes y el desgaste de 12 años de gobierno. Fue así que, grieta mediante, Mauricio Macri llegó al poder en 2015. Sin embargo, el respaldo heterogéneo que lo depositó en la Casa Rosada se esfumó más temprano que tarde. Quedó demostrado que era apenas la consecuencia de una potente operación discursiva.

Ahora, año 2020, las cacerolas (o la bocinas) vuelven a sonar. Algunos las baten contra la intervención de Vicentín, otros contra la cuarentena, otros “en defensa de la República”. Pero no están los sectores populares. Ellos tienen otras urgencias. Los reclamos son dispersos en sus motivaciones, pero demasiado homogéneos en quiénes los protagonizan. Si bien un gobierno no debe dejar de escuchar ninguna manifestación, lo cierto es que tiene pocas chances de convertirse en masiva.

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