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La mirada sesgada sobre Francisco

Ha sido ninguneado en su país. Ignorado, criticado sin argumentos, y juzgado desde una mirada comarcal.

Martes 25 de Febrero de 2020

Carlos Matteoda

De la Redacción de UNO

Jorge Bergoglio es el papa de la Iglesia católica desde 2013, van a cumplirse siete años. Sin embargo, en todo este tiempo, ha sido ninguneado en su país. Ignorado muchas veces, criticado sin argumentos, pero especialmente juzgado desde una mirada comarcal que omite considerar su posición en el mundo.

Pese pese a ser un pontífice que conmovió las estructuras anquilosadas de su Iglesia, y ser también un dirigente de visibilidad mundial que aportó a instalar con fuerza temas de la agenda de la humanidad como la cuestión ecológica (el cuidado de la casa común), la situación de los migrantes y de los sin tierra, los padeceres de los pueblos originarios, la mirada social sobre la economía, entre otras cuestiones fundamentales; no logra en su país el reconocimiento que merece.

Ese trato descomedido no se limita a aquellos sectores que eligen creer que el papa Francisco se levanta cada mañana pensando en cómo incidir en las internas partidarias de la Argentina, sino que abarca a buena parte del mundo académico que no lo toma como referencia en cuestiones por las que es considerado en otros países, se observa en ámbitos educativos, y hasta llega al ámbito de la fe.

No se trata solo de los medios de comunicación. Sabemos que cualquier columnista de farándula tiene micrófono o cámara en los medios hegemónicos para criticar al Papa, especialmente cuando esto resultaba funcional a Cambiemos, que no logró que Bergoglio fuese su agente de prensa, básicamente por no conocerlo. (Tampoco el kirchnerismo lo trató demasiado bien, hasta que consideró que era conveniente hacerlo). Esa historia es conocida.

No se trata de un reproche, sino más de una manifestación del estupor que produce pensar que por cuestiones menores la voz de este dirigente es desconocida y acallada en su país.

Estoy convencido de que el papa Francisco es un pastor que tiene el oído puesto en su pueblo. Es una mirada que tiene que ver con la fe; pero también entiendo que no hace falta ser católico, ni profesar religión alguna, para comprender que el Papa venido del fin del mundo ha puesto en jaque estructuras de poder que otros no cuestionaron.

Casi diría que hay más ateos que creyentes del algún culto oficial entre las personas que conozco que admiran, valoran o respetan el pensamiento y la palabra del Papa sobre el cuidado del planeta; sobre una economía justa, fraterna, sostenible; o sobre la creciente crueldad del mundo con los excluidos.

Me sorprende también la actitud de muchos curas que no hablan del Papa, algunos –varios según lo que vengo escuchando en distintas misas desde que reparé en ese detalle– prefieren no nombrarlo y mencionan al “santo padre” solo cuando la liturgia lo marca como obligatorio. (Alguno podrá pensar que lo que señalo es solo producto de la casualidad. Aunque así fuera, igualmente es llamativo).

Tampoco la prédica de Francisco es habitualmente la bandera de la Iglesia en sus posturas sobre cuestiones políticas o sociales. Allí sí me remito a los medios, que cuando sucede, lo marcan como una rareza, cuando debería ser lo corriente. ¿Qué hubiéramos imaginado los católicos argentinos hace 10, 20 o 100 años si nos decían que un compatriota podía ser el sucesor de Pedro? Bueno, lo que imaginábamos no ocurre.

Es obvio que nadie está obligado a quererlo al Papa. Si una parte de la jerarquía católica lo ignora, o si los mismos curas no lo nombran en la misa, poco puede reprochársele al que no es católico, siempre que se trate de cuestiones de fe.

El Bergoglio que sí debería ser más considerado en su país es el actor de la política mundial que ha hecho mucho por cambiar cuestiones dramáticas del mundo actual. Es un cura formado en la realidad latinoamericana, que sabe lidiar con las presiones, y que quiere una Iglesia comprometida con los más débiles, que ponga por delante el sufrimiento humano al dogma, que dialogue con la ciencia y la cultura, que abra sus brazos al mundo; y que se comprometa con el cuidado del planeta. Seguramente porque entiende que “la supervivencia física de la especie humana depende de un cambio radical del corazón humano” (Erich Fromm).

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