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Maltrato infantil: de la prohibición legal a la interpelación emocional

Con la sanción en 2015 del nuevo Código Civil y Comercial de la Nación, se incorpora a nuestro derecho, la prohibición absoluta del maltrato a los menores de edad.

Lunes 23 de Diciembre de 2019

Escribe: Sara Araya / Especial para UNO

Me agarran del brazo y me lo tiran para arriba, parece como que me lo van a arrancar. Si lloro, me sacuden tan fuerte que siento que se me quiebra el cuello y no paro de temblar. Me corren con una ojota y me pegan muchas veces en la cola. Aunque tengo puesto el pañal, me duele igual. Lloro y lloro y se enojan aún más. Las lágrimas se me quedan pegadas en los cachetes, siento que me queman la piel. Me dejan sus dedos marcados en mi carne, los hunden hasta el fondo, hasta tocar mis huesos, mientras me pegan patadas. Me caigo al piso y me siguen pegando y gritando y diciendo que los voy a matar del disgusto por lo que hice, por lo que soy. Pero yo no sé qué hice de malo. ¿Soy malo? Eso dice mi papá. Me pellizcan y me duele tanto pero tanto que no puedo dejar de gritar desde lo más hondo de mi garganta, hasta que la garganta me arde. Me dan palmadas en la cabeza, de sorpresa, y me caigo al piso. Entonces me gritan que soy flojo y que soy débil y que no sirvo para nada. Me dicen que no los haga enojar y yo sólo quiero jugar tranquilo. Pero no puedo porque los molesto. Me empujan y me arrancan los pelos para correrme de donde estoy. Me reclaman: Mirá lo que me hacés hacer. Me pegan cachetadas y la cabeza se va a salir, estoy seguro que se me va a salir porque se me dio vuelta más rápido que un trompo. Me sale sangre de la nariz por la cachetada, la sangre tiene gusto feo y caliente. Me dejan sin comer, y tengo hambre. Me encierran en el cuarto, en lo oscuro, o si no en el ropero. Con llave me encierran. Tengo tanto miedo que me hago pis encima. Cuando me abren por fin, después de siglos de terror, me sacan a los empujones y me gritan que soy asqueroso y que me van a hacer lamer el pis, que arruiné el mueble y que el olor asqueroso que sale de mi cuerpo quedó impregnado en el ropero y que ahora ellos lo tienen que limpiar. Tengo mucha sed, la lengua se me pega a la boca de tanta sed que tengo. Tambaleante, huyo de allí, quiero llegar al baño para tomar agua, en la cocina no llego a la canilla. Me arrastro. Estoy muy cansado. Quiero dormir bien tapado y que no me despierten a los gritos, como todos los días. Quiero que mamá me abrace y me cure, como hizo la otra vez. Quiero que papá juegue a la pelota conmigo, aunque siempre me dice que soy un nene malo, igual quiero jugar con él y que me levanta en sus fuertes brazos. Y que venga la abuela y me llene de besos. La panza me hace ruido, tengo mucha hambre, qué lindo sería tomar esa sopa de la abuela. Me estoy quedando dormido… ojalá que mañana salga el sol, y papá no me pegue y mamá no se enoje…

La Ley Argentina

Con la sanción en 2015 del nuevo Código Civil y Comercial de la Nación, se incorpora a nuestro derecho, en consonancia con la Convención de los Derechos del Niño, la prohibición absoluta del maltrato a los menores de edad. El art. 647 es contundente: “Se prohíbe el castigo corporal en cualquiera de sus formas, los malos tratos y cualquier hecho que lesione o menoscabe física o psíquicamente a los niños o adolescentes. Los progenitores pueden solicitar el auxilio de los servicios de orientación a cargo de los organismos del Estado.”

Se trata de un enorme avance: hasta esa fecha, regía el “derecho de corrección de los padres a sus hijos”, que comprendía los “castigos físicos moderados”, permitidos por la ley siempre que no causaran lesiones a sus hijos menores de edad. Sin embargo, la realidad está aún más cerca de la “corrección” que de la comprensión. De acuerdo con los datos recogidos por el Programa “Crianza sin violencia” de UNICEF, en nuestro país, “a pesar de que sólo el 3,7% de los adultos aprueba que los niños sean castigados físicamente, el 69,5% reconoce utilizar la violencia física para criar a sus hijos e hijas.” (2012)

Cierto de grado de violencia hacia los niños está naturalizado. Incluso en los espacios públicos y a la vista de todo el mundo, algunos niños son maltratados con gritos, insultos, palabras que lastiman sus frágiles almas; sacudones, tirones de pelo, pellizcos, coscorrones, chirlos; avergonzados con comentarios hirientes delante de cualquier extraño; dejados el día entero y sin límites horarios en casas de vecinos, clubes o directamente en la calle. Privados del buen dormir; sometidos a larguísimas jornadas porque los padres consideran que los niños deben adaptarse a los adultos, y no al revés, olvidando que están creciendo y necesitan dormir lo suficiente, alimentarse bien y tener tiempo y espacio para jugar. La falta de límites sanos y de rutinas los arrojan en un tembladeral: no se saben qué va a pasar ni cuándo, si van a comer o no, y esa falta de seguridad afecta su crecimiento y mina su fortaleza interior. Sin un marco apropiado para desarrollarse, difícilmente puedan disponer de energía para su tarea más importante: jugar y aprender.

Todo ello es violencia. Y cometer esos actos y esas omisiones, hoy en la Argentina, además, es ilegal. Ya no hay justificación para una cachetada ni para “dejar sin comer porque se portó mal”.

El silencio de los niños

Los niños sufren en silencio. Si todos los niños del mundo hablaran, sus palabras de dolor inundarían el mundo de congoja y de vergüenza por lo que les hacemos o permitimos que les hagan. ¿Acaso nos hemos acostumbrado a los millones de niños soldados, explotados laboral y sexualmente, secuestrados, abandonados, golpeados, fumigados? Los niños soportan, callados, resignados a que nadie se interese de verdad por ellos, en todas las condiciones sociales, porque cada uno tiene sus penas, aunque todos, sin excepción, ansían sobre todas las cosas el amor de sus padres. Por eso no existe en ellos el rencor, siempre están dispuestos a perdonarnos.

Todos son nuestros hijos

Kailash Sathyarti, Premio Nobel de la Paz 2014 por su incansable tarea para erradicar el trabajo infantil en la India y en el mundo, dijo al aceptar el galardón: “Yo represento aquí el sonido del silencio. El grito de la inocencia. Y el rostro de la invisibilidad. Represento a los millones de niños que son dejados de lado, y he venido aquí sólo para compartir las voces y los sueños de nuestros hijos –porque todos ellos son nuestros hijos... (Ya que) no hay violencia mayor que negar los sueños de nuestros hijos”…

Entonces, que el sonido del silencio de los niños nos aturda y nos despierte. Nunca más le levantemos la mano ni los humillemos. Nunca más ignoremos a los que están sufriendo maltrato: actuemos desde nuestro lugar, buscando ayuda, porque el niño no puede buscarla por sí mismo. Depende de nosotros.

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