Entrevista con Darío López y el oficio artesanal del diseñador de calzado

Mapas geográficos y de calzado. Escuela y trabajo. Máquinas, cambios y permanencia. El oficio artesanal y la automatización.

2 de agosto 2026 · 08:16hs

Darío López aprendió desde niño el oficio artesanal, que hoy también transmite a sus aprendices, a la vieja y efectiva usanza: en el taller de su padre y sin saltar etapas, hasta convertirse en un verdadero artesano del calzado. El diseñador reseña las transformaciones del mercado y brinda conocimientos sobre fortalezas, debilidades y estéticas del producto con el cual tanto tiempo se convive diariamente.

Malvinas y el dibujo

—¿Dónde naciste?

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—En Capital Federal, Palermo, pero me crié en Morón, hasta los 21 años, que nos mudamos a Diamante y en 1999 me vine a Paraná.

—¿Cómo era tu barrio en Morón?

—De clase trabajadora y con mucha gente del interior; con casillas en el fondo y a medida que avanzaban hacían la casa de material; eran calles de tierra. Mi mamá, de Hernandarias, y mi papá, paraguayo; al lado de mi casa eran paraguayos, y al lado, bolivianos.

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—¿Lugares de referencia?

—La plaza sobre avenida Nacional, en la cual nos criamos con mis hermanos y amigos, y el club San José, a tres cuadras, donde jugábamos al fútbol.

—¿Otros juegos?

—Me gustaba leer, escribir y dibujar. En el colegio te hacían correr y jugar al vóley.

—¿Algún libro influyente?

—Había una linda biblioteca en mi casa y mis padres tenían un proveedor a quien le compraban enciclopedias, libros de Historia, Matemáticas, Astronomía y otras ciencias. Me gustaban los de historia americana, argentina y universal; a los siete años comencé a dibujar mapas artísticos, como los del siglo XV, con personajes y animales, lo cual hago hasta ahora y regalo.

—¿Qué escribías?

—Cuando fui más grande publiqué dos libros, artesanales, sobre temas de la vida cotidiana. Este verano retomé la escritura, con dos cuentos infantiles, que tienen cierta moraleja.

—¿Estudiaste dibujo?

—Cuando la guerra de Malvinas tenía ocho años, un compañero me trajo un mapa de Argentina, me llamó la atención dónde estaban las islas y comencé a dibujar y copiar.

—¿Sólo mapas?

—También hacía biografías de los navegantes, calcados o con figuritas, y a veces una línea de tiempo. Luego me interesó la astronomía y la serie Cosmos, de Carl Sagan.

La escuela del taller

—¿Eras buen alumno?

—Zafaba, me gustaba Matemáticas, y en la secundaria tenía buenas notas en Historia y Geografía.

—¿Sentías una vocación?

—Me hubiese gustado ser profesor de Historia o Geografía, o futbolista. Alguien me regaló una historia de los mundiales y me apasionó.

—¿Por qué lo descartaste?

—De los 18 a los 21 años trabajé en un supermercado y los horarios no me concordaban. También trabajé de chapista, jardinero, en una panadería, que me hubiera gustado seguir, en un taller de reparación de calzado y cuando éramos chicos juntábamos botellas para vender, porque la plata nunca alcanzaba.

—¿Cuándo llegó tu papá a Argentina?

—De chiquito, a Misiones, y en 1967, a Capital Federal, se casaron y se fueron a Morón.

—¿Qué actividad laboral desarrollaban?

—Mi mamá era modista y mi papá, zapatero y diseñador de calzado. Desde chiquito nos criamos entre las piezas de armar, en el taller, que estaba en mi casa, y luego alquilaron un local a dos cuadras. También aprendimos la compostura de calzado, al igual que cuando trabajé en otro taller, donde aprendí sobre el cambio de cierres de mochila.

—¿El oficio era por tradición familiar?

—Los padres de mi papá eran campesinos; mi abuelo luchó en la guerra paraguayo-boliviana, de 1935. Mi mamá se incorporó al trabajo de mi papá, que comenzó en 1964, y con ellos me fui formando.

—¿Cómo era el taller?

—Un espacio de 5x5 metros, con un biombo de machimbre pintado y los zapatos que se vendían en exhibición, más que nada para zapaterías. Comencé a los ocho años pasándole los sellos a las baquetas, poniendo hebillas, plantillas y tiras para las sandalias que diseñaba mi papá. Después aprendí el armado. Estaba de moda el trabajo artesanal y a la gente le gustaba mucho.

—¿Cuál era la escala de producción?

—Las sandalias son lo más fácil de hacer y lo más difícil, las botas, así que hacíamos entre 200 y 300 pares de sandalias por mes. Mi viejo tenía empleados y se trabajaba mucho.

—¿Qué fue lo primero que te enseñó?

—Trabajar la baqueta, que es un cuero semiterminado, al cual se le aplican tinturas, aunque en ese tiempo se utilizaba mucho lo natural. Los bordes los pintábamos de negro y se le pasaba una laca para que brillara.

De máquinas y oficio

—¿Todo el trabajo era manual?

—Lo automatizado era con la máquina de pulir las suelas, a las cuales había que raspar para que pegue, y cuando hacíamos las tiras de baqueta se cosían a máquina. Después se incorporaron máquinas en las cuales se pega neumáticamente la suela y compacta el calzado, con temperatura, según la forma prevista.

—¿Cómo cambió la actividad con esa automatización?

—Cambió un poco lo relacionado con el cortado. Tengo la máquina de rebajar y la pulidora, que también lustra. La troqueladora, que impacta sobre el material y lo corta, me gustaría tenerla porque en un día podés cortar cientos de pares. Las máquinas de coser siguen siendo las mismas y se modificaron un poco las de pegar, al igual que las de armar. Las herramientas son las mismas, como la pinza de armar, las cuchillas y trinchetas.

—¿Cuál es la diferencia esencial entre un taller de este tipo y una fábrica pequeña o mediana?

—Son dos: para ser una fábrica industrializada tenés que tener dos máquinas que no tengo, la de armar, lo cual hago a mano, y la de cortar. Con eso podés hacer entre 1.000 y 2.000 pares al mes.

—¿Qué diferencias hay entre el calzado resultante de un proceso y del otro?

—No varía mucho, pero hay detalles que uno puede hacer y en el proceso industrial no.

—¿Por ejemplo?

—El trabajo personalizado con un cliente, quien te puede pedir detalles de ancho, por juanetes, pie muy angosto o empeine alto, mientras que el industrial es en serie. Además, los materiales sintéticos y de cuero que trabajamos los compro yo mientras que en la industria va una persona que los lleva y el fabricante no puede pedir determinado cuero.

—¿Y la durabilidad?

—Puedo colocarle doble refuerzo o reforzar determinadas zonas, que en el caso de lo industrial está estandarizado, lo cual también puedo hacer porque hay clientes que ven un par de zapatos y se lo llevan.

—¿O sea que es similar a lo hecho por un sastre o modista con la ropa?

—Sí, le pruebo un calzado estándar y me va diciendo cómo lo siente.

Materiales, estéticas y zapatillas

—¿Cuáles fueron los cambios en las estéticas dominantes?

—Cuando era chico y comencé no había eco cueros ni PU, sólo cuerina, que se usaba para forrar o tapicería; las plantillas eran de cuero y también venía un cartón muy reforzado, que no se rompía nunca. Con el tiempo las calidades fueron bajando y se incorporaron elementos sintéticos, a la par que se relegaba el cuero, tanto por una cuestión industrial (ver recuadro) como económica y “ecológica”.

—¿Qué fue lo disruptivo industrialmente de las últimas décadas?

—Las zapatillas. Hace 50 años Adidas, Topper y Puma trabajaban mucho más el cuero y ahora no lo utilizan. Un botín de fútbol como éste (lo muestra) tiene varias piezas pero si ves uno sintético tiene sólo una. Antes se hacían en Argentina y ahora el 90% es de Malasia, Laos, Vietnam, China e India. He visto fábricas de China y Vietnam las cuales son un hangar con tres personas, ya que es todo robotizado. Lo único que hace el ser humano es tomarlos y ponerlos en cajas, con las etiquetas, sello, código QR y el merchandising.

—¿Cómo impactaron estos cambios en la compostura del calzado?

—Los mocasines clásicos ya casi no hay ni se arreglan, y en cuanto a las zapatillas se arreglan cuando se despegan, descosen o si hay que hacerles refuerzos. En cuanto a la marroquinería antes con cuero no existía y las carteras se arreglaban diez veces, mientras que ahora se arreglan una vez y después se tiran, al igual que lo que sucede con las mochilas.

—¿Qué materiales nuevos aparecieron?

—El glitter tornasolado, que se usa para cumpleaños de 15 y casamientos, los diferentes tonos de charol y los estampados, cuando antes el cuero sólo era liso o un símil reptil, hecho a máquina.

La creación y los planos

—¿Cuál fue tu primer diseño propio?

—Tiene que haber sido una zapatilla o botín negro de fútbol, que hacíamos para un equipo de chicos de Morón. Iba hasta un proveedor de Capital y compraba las suelas.

—¿En qué momento sentiste que dominabas el oficio?

—Cuando dejé el supermercado y me mudé a Diamante con mi mamá y mi papá, que comencé a dibujar planos para la confección de calzado.

—¿Planos?

—De la horma, aunque muchos zapateros dibujan sobre ella. Si tengo que hacer alguna corrección la hago sobre el plano. Tiene coordenadas y puntos que hay que aprender, como el punto de partida de las punteras, la línea de entrada de la lengüeta, la cordonera y la capellada, con medidas y proporciones que hay que respetar, porque si no sale mal o feo.

—¿Qué línea de diseño continuaste?

—De zapatillas, que en ese momento se pedían mucho las deportivas, cuando recién salieron las suelas PU y que comenzamos a comprar. No se necesitaba coser, lo que sí sucede con las Febo.

—¿Cuál es la diferencia entre un calzado sólo pegado y otro cosido?

—El PU y el PVC son materiales familiares y, si los sabés calentar y pegar con la máquina, es muy difícil que se despegue, aunque se puede romper. En cambio el caucho, por más que lo pegues con máquina, igual hay que coserlo, porque no es tan familiar con el cuero. El PVC con el cuero, si está bien raspado, cementado y calentado, también se pegan bien.

—¿Qué elementos determinan la calidad?

—La fábrica o la persona que lo hace, porque la fábrica, si está acostumbrada a hacer zapatos berreta, no cambia.

—¿Por ejemplo?

—Materiales que no son buenos y detalles de confección, como costuras irregulares.

—¿A qué hay que prestarle particular atención?

—Las zapatillas que no tienen puntera se rompen rápido. La cordonera, si no tiene el refuerzo que le ponemos, también, y la talonera. Son tres puntos débiles. También se suele poner velcro que es berreta; tiene que pegar bien.

Nicho propio y desafíos

—¿Por qué te mudaste de Diamante?

—Tenemos familiares y el mercado es mucho más grande. En 2014 nos iniciamos con las “chatitas”, después las hicimos con taco, hicimos botitas y luego compramos cuero y comenzamos con las zapatillas urbanas, que por entonces no se llamaban así.

—¿Cómo oscila el negocio según la coyuntura económica?

—No compito con otros muchos zapateros que hacemos calzado de autor y personalizado. Hay un mercado de gente a la que le gusta lo que uno hace y a veces se vende menos y a veces más. Desde chiquito que trabajo, cuando hay mucha inflación, se vende, porque la gente se saca los pesos de encima, pero después viene la depresión, como nos pasó en el gobierno anterior. Ahora se secó la plaza, pero siempre ha sido así. En cuanto a la compostura de calzado, se mantiene, porque no da para comprar zapatillas o zapatos todos los meses. Hay mucha compostura de botines de fútbol, porque son caros, y botitas de básquet, a las cuales se les cambia la suela.

—¿Qué es especialmente desafiante?

—Los trabajos ortopédicos, más cuando un pie no es igual a otro o la altura de la pierna. Es un desafío hacerlos y que queden bien, pero hay clientes que tengo desde hace muchos años.

—¿Tu mayor desafío?

—El sueño es hacer estas botitas como las que tengo ahora (las muestra, son con cierres) pero hay que tener dinero para comprar todas las suelas de hombre y un cuero especial, maleable.

—¿Qué te inspira para crear un modelo?

—La música, una imagen o un color, lo cual me pasa con las zapatillas, que por tener varias piezas podés combinarlas. Tengo que estar solo.

—¿En qué momento comienza la creación?

—Cuando comprás la horma, buena, según el calzado que querés hacer o que te pidió el cliente. Una vez que se tiene el perfil, que se hace con cinta con pegamento para hacer el encamisado, se vuelca al plano y ahí se dibuja.

—¿Cuántas piezas puede tener un calzado?

—Hasta 18.

—¿Cuántas hormas tenés?

—Más de mil pares.

—¿Qué calzado usás?

—Para la primavera tengo varias zapatillas y también me hice unas sandalias forradas en cuero, con una hebilla de bronce linda que compré en Buenos Aires, y con plantilla también de cuero. En un momento usé náuticos.

—¿Hacés talleres de formación?

—Sí, se iniciaron en febrero y en abril, de diseño de calzado, y la mayor parte de los alumnos son mujeres.

—¿Publicás contenidos?

—Sí, en Facebook Calzados Prussia y en Instagram, calzados_prusia

“A las suelas de PVC las debilitan a propósito”

El zapatero destaca la calidad de la producción nacional por sobre la asiática y advierte sobre las fallas que deliberadamente se crean en el proceso industrial.

—¿En qué se evidencia la obsolescencia programada?

—En cuanto al calzado, la industria nacional, y un poco la brasileña, es mejor que la de Asia y particularmente de China. No dejando el calzado y la marroquinería en lugares húmedos puede durar hasta entre tres y cuatro años, porque luego se descascara. Las suelas de PVC, que debilitan a propósito, un poquito menos, ya que se parten, aunque las Febo pueden durar cuatro o cinco años y, además, no se parten.

—¿Qué otros detalles encontrás en ese sentido?

—En el trabajo con cuero a veces incorporan a chicos que no son del gremio o no aprendieron bien. Al cuero, sí o sí, hay que rasparlo, para pegar la suela, pero lo hacen de más, entonces lo debilitan, la fábrica lo vende igual y no le importa. Yo, si lo raspo de más, lo tiro, porque me lo van a devolver. Todas las semanas vienen con ese problema. Veo problemas de contrafuerte, pues ahora se vencen más rápido, mientras que cuando yo era chico duraban para toda la vida. Ahora le ponen plástico e inclusive una tela finísima.

—¿Y los cierres?

—Si son buenos y se usan normalmente tienen que durar cuatro o cinco años. A los de metal hay que pasarles vela o aceite, aunque la gente no sabe o se olvida. Últimamente vi carteras de China, las cuales no duran ni dos meses.

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