Historia de Vida
Miércoles 20 de Marzo de 2019

Docente jubilada ayuda a un paciente a cumplir su sueño de aprender a leer

Gustavo Juárez está hace más de un año esperando una prótesis. Cuando se enteró de su anhelo, Silvia Frigo decidió darle clases para que pueda superarse

Gustavo Juárez tiene 42 años y vive en Rosario del Tala. Sabe lo que es la pobreza porque la vivió desde chico, pero nunca bajó los brazos. Hasta hace un año y cuatro meses trabajaba como jardinero. Cortaba el pasto, hacheaba leña, podaba árboles y se daba maña para seguir ganándose dignamente su sustento. Pero un día que iba en su moto se quedó sin frenos, se estrelló contra un árbol y todo cambió: desde entonces quedó en silla de ruedas.

Pasó un tiempo internado en el hospital San Roque, en su ciudad, y otro en el San Martín, en Paraná. Durante un período le dieron el alta y vivió en una habitación en la casa de su exmujer, en condiciones tan precarias que su salud se resintió aún más. Perdió peso, sufrió una infección, hasta que desde el nosocomio local que lleva el nombre del santo de los pobres, los enfermos y lo perros, lo rescataron y quedó viviendo ahí, a la espera de una prótesis para su pierna más lastimada y que lo operen para tener la posibilidad de volver caminar. Estima que será dentro de seis meses, si todo marcha bien.

Mientras tanto, en su afán de salir adelante, decidió aprovechar el tiempo para recuperar la oportunidad de estudiar que antes no tuvo. "Fui hasta 1° grado nomás y no pude seguir. Mi familia me dejó en un hogar cuando era chico, me fui de ahí y me crié en la calle", contó a UNO, y aseguró con entusiasmo: "Quiero aprender a leer. Sabía algo, pero me fui olvidando. Conozco todas las letras, lo que me falta es saber cómo unirlas para formar las palabras".

Este anhelo llegó a oídos de Silvia Frigo, una maestra de la misma localidad que se jubiló hace tres años, después de más de tres décadas de estar frente al aula. Fueron un par de exalumnas que ahora son enfermeras las que le comentaron sobre el sueño de Gustavo de aprender a leer y escribir, y su fuerte vocación docente la llevó a acercarse sin dudarlo al hospital para empezar a enseñarle y que pueda superarse.

Relato
Cuando llegó para darle la primera clase, en diciembre pasado, lo reconoció: era quien le cortaba antes el pasto en su casa. Solidaria y sabiendo de la situación de vulnerabilidad de su nuevo alumno, consiguió donaciones de ropa para él, de vez en cuando le lleva rica comida para compartir y junto a otras mujeres, que se ocupan de colaborar con quien más lo necesita, comenzaron a realizar gestiones para regularizar el cobro de una pensión que tenía y conseguirle un lugar para que viva de manera digna cuando finalmente le den el alta.

Silvia contó que si no consiguen una casa de algún plan de vivienda social, están viendo que desde la comuna puedan construirle una pieza con una cocina y un baño, para que tenga un lugar limpio y reconfortante donde estar. "Él no tiene a dónde ir ni una familia que le pueda dar alojamiento. Por eso empezamos a ver qué se podía hacer. Desde la Municipalidad me dijeron que me contacte con un grupo que estaba gestionando lo mismo. Una señora le está guardando unos muebles que ya no usa para dárselos cuando se vaya del hospital", refirió.

"Empecé a ir al hospital a enseñarle, pero en verano le di vacaciones. En esos días lo llevaron al hospital San Martín, en Paraná, para una revisación mientras esperan que llegue la prótesis que precisa. Lo estuve llamando para que esté acompañado, y ahora retomamos de vuelta las clases", afirmó la mujer, a la vez que destacó que son tantas las ganas de estudiar que tiene el hombre, que en pocos días "aprendió muchísimo".

Silvia confió que es viuda, uno de sus hijos vive en Paraná y el otro en Esperanza, por lo que tiene tiempo para dedicarse a este tipo de tareas que reconfortan el alma y aportan esperanza.

Con sus compañeras del grupo que formaron para colaborar en labores solidarias lograron pintar hace días los canteros del hospital donde reside Gustavo y le propusieron que él también siga desarrollando su vocación, ocupándose del mantenimiento de los plantines que engalanan el lugar. Encantado con la propuesta, aceptó enseguida, y puso manos a la obra.

"Nosotras en el grupo de señoras que armamos arreglamos los canteros y los pintamos, y Gustavo limpió todo, preparó la tierra y está plantando petunias. Esperamos que la gente ahora las cuide, porque es una trabajo que hicimos para todos", indicó, y adelantó que están pidiendo ahora donaciones de plantines para arreglar el patio de los niños del hospital San Roque, y que cuando él tenga una vivienda van a hacer una huerta, sembrando verduras en cada estación del año para que no le falte el alimento.

"Estoy con el tema de las plantas y ahora hago lo que puedo con mi silla de ruedas. Esto me levanta el ánimo, pero extraño poder seguir trabajando con mis herramientas como lo venía haciendo. Eso es lo que quiero hacer cuando me operen y pueda caminar de nuevo", señaló por su parte el jardinero, que conoce los secretos para que lo sembrado crezca y de flores capaces de llevar alegría a cualquier ambiente.


Aprendizaje
Quienes lo conocen a Gustavo saben que siempre fue una persona muy voluntariosa en su labor, pero la vida le fue cerrando puertas que muchas veces lo sumergieron en la postergación. No saber leer en ocasiones lo dejó en una posición de desventaja y hasta de marginación, en un mundo que avanza a pasos vertiginosos.
Las necesidades eran cotidianas, cada día, y aunque trabajara mucho cortando el pasto o arreglando el jardín de numerosos vecinos de Rosario del Tala, en su oficio progresar se hace difícil.
En su cotidianidad no falta el mate, compañero fiel desde los tiempos en que con algunas cebadas podía engañar el estómago si no había para comer. En el hospital ahora lo contienen y no está solo, pero quiere tener una casa donde estar. "Estoy en la sala, con otros pacientes. Por ahí se muere alguno y me da tristeza", comentó.
También mencionó que a veces va Marta, la hija de su exseñora, quien lo lleva a pasear un rato en su silla de ruedas para sacarlo un poco del contexto hospitalario.
En el lugar puede mirar televisión y se entretiene, pero lo que más espera son los días que va Silvia para avanzar con su aprendizaje y acceder al mundo mágico y transformador al que habilita a entrar la lectura.
Ayer reanudaron las clases y el encuentro quedó plasmado en una selfie. Entre cuadernos, lápices de colores y otros elementos didácticos seguirán cultivando saberes, y también la fraternidad y la esperanza que tanto hacen falta en los tiempos que corren.

Comentarios