En medio de la crisis económica, el río volvió a convertirse para muchos en una alternativa de supervivencia. La escena se repite cada vez con más frecuencia en las costas de Paraná. Fogones encendidos en plena madrugada, canoas que vuelven al agua después de años guardadas, familias enteras buscando pescado en la orilla y hombres que antes trabajaban en otros rubros hoy dedicados casi por completo a la pesca artesanal.
Ante la crisis, crece la pesca de subsistencia en las costas del Paraná
Cada vez más personas recurren al río para buscar alimento, o generar un ingreso si no tienen trabajo o no les alcanza el sueldo, en medio de la crisis
Por Vanesa Erbes
Archivo UNO
La crisis empuja a más gente a buscar su sustento en el río
Pescadores históricos aseguran que el fenómeno se profundizó en el último tiempo y que hoy el Paraná refleja con crudeza el deterioro social: personas que perdieron el trabajo, changarines que ya no llegan a fin de mes, vecinos que salen a pescar para comer y otros que intentan generar un ingreso extra vendiendo lo que sacan del agua.
Fabián Girard conoce bien esa transformación. Durante años fue propietario de una carnicería, pero hace un tiempo decidió dejar el negocio por los altos costos fijos y volcarse nuevamente a una actividad que forma parte de su historia familiar. “Siempre me dediqué a la pesca. Mi abuelo, mi madre, toda mi familia fue pescadora”, contó.
Aunque nunca abandonó del todo el vínculo con el río, en los últimos meses la pesca pasó a ocupar un lugar central en su vida cotidiana. “Tengo una casita en la isla y ahora estoy yendo todos los días porque está saliendo pescado. Aprovecho”, relató.
Cambio de rubro
Girard explicó que la decisión de cerrar la carnicería estuvo relacionada tanto con el desgaste económico como con la calidad de vida. “El alquiler se me hizo muy caro y además un negocio te esclaviza. Tenés que estar sábado, domingo, todos los días. Quería disfrutar más de la vida y hacer lo que me gusta”, expresó.
Sin embargo, reconoce que el contexto actual también hizo que la pesca vuelva a ser rentable para quienes logran vender directamente al consumidor. “Aunque muchos no lo crean, hoy me da más rentabilidad la pesca”, afirmó.
Actualmente, el pescador comercializa especialmente sábalo, una especie muy demandada por su precio accesible. “El sábalo empezó a entrar de nuevo al río y se vende mucho. Yo lo vendo más barato que las pescaderías y no me queda pescado”, explicó.
En los barrios, cuenta, hay vecinos que buscan opciones más económicas y recurren al pescado como una alternativa frente al alto costo de otras carnes. “También están saliendo amarillos, moncholos, patíes. Hay mucho movimiento”, detalló.
También en estos meses Eduardo, que es camionero, se volcó a las pesca, ya que los viajes escasean. Le tocaron días fríos pero se internó igual en el río aprovechando el pique y le vendió a unos conocidos lo que sacó. “Lo hago por necesidad”, le confió a uno amigo.
El río, un refugio económico
Pero detrás de la buena temporada de pesca aparece una realidad mucho más profunda y preocupante. José Luis Orrego, conocido como “Tisona”, es uno de los pescadores históricos de la Toma Nueva en Paraná, y observa desde hace años cómo el río se convierte en refugio económico cuando la situación social empeora. “Siempre que el país funciona mal, la gente se vuelca por la comida”, resumió.
Según relató, hoy es evidente el aumento de personas pescando en la costa y en las islas, incluso durante jornadas de muy bajas teperaturas. “Se ven fuegos desde la orilla hasta donde alcanza la vista. El hambre no tiene frío”, afirmó.
Para Tisona, gran parte de quienes hoy salen a pescar lo hacen por necesidad. “Muchos vienen directamente a buscar pescado para comer. Otros intentan vender algo para llevar plata a la casa”, explicó.
La postal se repite en distintos puntos del río: personas que piden redes prestadas, canoas viejas que vuelven a utilizarse y familias enteras tratando de obtener algún ingreso. “Hay gente que se quedó sin trabajo y sabe que si saca 10 sábalos o 10 armados los puede vender”, comentó.
En ese sentido, señaló que la pesca artesanal volvió a transformarse en una economía de emergencia para numerosos hogares. “La gente se las rebusca como puede”, dijo.
Toda una vida en el río
Tisona conoce el oficio desde chico. Tiene 54 años y asegura que obtuvo su primer carnet de pescador a los 18. Desde entonces nunca dejó la actividad, a la que también se sumó su hijo, que hoy tiene 21 años. “Toda la vida viví el río”, sostuvo.
Por eso también habla con preocupación de las dificultades que atraviesan actualmente quienes viven de la pesca artesanal. Aunque reconoce que hoy hay pique y que el río está dando pescado, asegura que la situación del sector es cada vez más compleja por las restricciones, controles y medidas oficiales que, según afirma, muchas veces se implementan sin conocer la realidad cotidiana de los pescadores.
Uno de los temas que más cuestiona tiene que ver con las limitaciones para pescar determinados días. Según explicó, muchos trabajadores dependen exclusivamente de lo que logran sacar del río, pero las condiciones climáticas suelen impedirles trabajar durante jornadas enteras. “Hubo días de mucho viento donde nadie pudo entrar al río. Y justo cuando calmó era sábado y domingo, días en que no se podía pescar. Entonces muchos igual salieron porque viven de eso”, relató.
También cuestionó los controles vinculados a las herramientas de pesca y a la documentación requerida. En los últimos años la provincia implementó nuevos carnets para pescadores artesanales, aunque Orrego considera que parte de la normativa fue diseñada sin contemplar la verdadera situación económica del sector. “El reglamento decía que el carnet lo podía hacer quien ganara menos de cuatro canastas básicas. Nosotros no llegamos ni a una”, señaló.
Según contó, muchos pescadores tardaron en realizar los nuevos trámites porque pasan gran parte del tiempo en las islas o porque directamente viven de manera muy precaria. En ese contexto, aseguró que hubo decomisos de mallas y conflictos con controles realizados por Prefectura. “A veces uno te dice que una malla sirve y otro te dice que no. Hay muchas contradicciones”, expresó.
El pescador también marcó diferencias entre la pesca artesanal y las grandes empresas pesqueras. A su entender, muchas restricciones terminan afectando al trabajador que hace la diaria, mientras los controles más fuertes deberían apuntar a la actividad industrial y a los frigoríficos que exportan pescado. “El pescador común pesca para vivir, para vender unos kilos y sostener la familia”, sostuvo.
Un futuro incierto
Otro de los puntos que preocupa a los trabajadores del río tiene que ver con el futuro ambiental del Paraná. Tisona manifestó temor por el avance de proyectos de dragado y profundización de la vía navegable. Según explicó, desde hace años observan cambios importantes en la geografía del río: brazos que desaparecen, arroyos que se tapan y lagunas que quedan aisladas por la bajante persistente. “El río ya cambió muchísimo”, afirmó.
Para los pescadores, el temor es que nuevas intervenciones profundicen el deterioro ambiental y afecten aún más la actividad artesanal. “Si profundizan más el río, muchas zonas van a desaparecer”, advirtió.
Mientras tanto, la vida cotidiana en las costas sigue mostrando una realidad que mezcla tradición, trabajo y necesidad. En Paraná, la pesca siempre formó parte de la identidad ribereña, pero hoy también se convirtió en una señal del difícil momento económico que atraviesan muchas familias, y el río vuelve a ser refugio para quienes buscan subsistir.
Algunos llegan por herencia familiar y conocimiento del oficio; y otros, empujados por la urgencia. Pero todos comparten la misma esperanza: volver a casa con algo para vender o, al menos, con comida para poner en la mesa.



















