Diálogo Abierto
Domingo 18 de Febrero de 2018

"El médico termina como títere y llenando bolsillos de laboratorios"

Una crítica de la dependencia del sistema médico y la Psiquiatría de la industria farmacológica. El cannabis como remedio

En otros tiempos la doctora Carolina Jozami –psiquiatra, médica forense y especialista en adicciones– enarbolaba la bandera de los psicofármacos y se maravillaba con los fantásticos logros de los laboratorios que diseñaban moléculas para arreglar los supuestos desórdenes psiquiátricos. Hasta que comenzó a observar efectos devastadores en los pacientes y las razones ocultas de un sistema cuya prioridad no era precisamente la recuperación y el bienestar de ellos.

Militancia y "matriarcado"
—¿Dónde naciste?
—Soy de una familia de Santa Fe, pero nací en 1972 en el Hospital Centenario –de Rosario–, de la Facultad de Medicina, ya que mi mamá estaba recibiéndose de médica cuando aparecí. Me crié ahí hasta los 5 años y volvimos a Santa Fe –en 1976. Era militante comunista, estaba en la cátedra de Medicina preventiva y le dijeron que se fuera –en la época en que se ponían bombas.
—¿Recordás esos primeros años?
—¡Sí! Vivía detrás del Golf Club, íbamos a la Escuela Integral de Fisherton – tipo inglesa–, no había asfalto y los vecinos lo promovían para conservar árboles y plantas. En la escuela aprendimos a plantar, hacer huertas, cocinar... Mi papá –grandote y con voz de tenor– me enseñaba a cantar tangos y ópera.
—¿Quiénes inmigraron?
—La historia dice que mi abuela y mi abuelo –de familias tribales en la meseta de El Líbano– fueron prometidos. Las mujeres se comprometían desde temprana edad, mi abuelo Jozami no quería casarse, escapó a Estados Unidos –si no lo mataban–, viajó a Argentina, la familia de mi abuela –Shaquie Neme– lo persiguió hasta encontrarlo en Santa Fe y los casaron. ¡Tuvieron siete hijos; pobre cristiano! (risas). Dicen que mi abuela era muy mala.
—¿Mantuvieron costumbres?
—En lo de mi papá –ya estaba divorciado– y de mi abuelo, estaban los siete tíos alrededor de la cama y la madre disponía quién cocinaba, quién atendía el teléfono...
—¿Un matriarcado?
—Tal cual, y las nueras no podían llamar porque... la abuela las defenestraba. Tenía un mortero grande, picaban la carne a máquina, comían y elaboraban de las misma forma los mismos alimentos que allá –el kipe. Decidía sobre los hijos y se lamentaba por no haber sabido que había métodos para no tenerlos (risas).
—¿Qué actividad profesional desarrollaba tu papá?
—Se dedicó al comercio.
—¿Sufriste el desarraigo cuando se mudaron?
—No, estaba feliz. Crecí en la Costanera –a una cuadra de la (Universidad) Tecnológica–, estaba la mamá de mi mamá y mis primos, al lado. Un barrio con mucho campo chicos, pescábamos, corríamos y andábamos en bici. Se estaba construyendo el estadio de la Tecnológica y conocíamos los pasadizos para entrar.
—¿A qué más jugabas?
—Con arcos y flechas, y barriletes... las muñecas molestaban (risas).
—¿Leías?
—Soy asmática desde los 2 años, lo sufrí mucho, entonces pasaba mucho tiempo adentro. No había mucha televisión; mi abuela –anarquista– leía todo el tiempo y nos contaba.
—¿Tus abuelos relataban sobre sus lugares de orígenes?
—Sí; a mi abuelo materno no lo conocí pero se hablaba que eran de la zona de Lago di Como, y cómo descendieron hasta Vicenza y construyeron un barco para venirse. Mi abuela Carolina nació en un barco cuando iban a Brasil, escapando por ser anarquistas.
—¿Cuáles lecturas fueron influyentes?
—Tenía un tío que me orientaba: comencé con Agatha Christie, con quien pasaba tardes enteras, después Hitchcock y todo lo que fuera suspenso. Mi hermano me hizo conocer La magia del poder psicotrónico (de Robert Stone) y yo me preguntaba cómo los mayores no se enteraban del poder que tenía la mente. Mi mamá me alentaba y preguntaba sobre lo que leía.

Escuela religiosa y llanto
—¿Cómo se conciliaba asistir a una escuela religiosa con una abuela anarquista y tu mamá, comunista?
—Incompatible en su totalidad, y más, ya que también iba a un club judío progresista. ¡Imaginate mi cabeza! La idea de mi mamá era elitista –contrariamente al comunismo–, se aburguesó y pretendía que tuviéramos muchas ideas sobre distintas culturas. Podía elegir mi religión y desenvolverme en distintos espacios –lo cual me era difícil. En la escuela de monjas planteé la teoría de la evolución, no me querían escuchar y la llamaban a mi mamá.
—¿Te conflictuaste?
—La disciplina cristiana me confundió y me hacía sufrir mucho, porque todo era castigo y juzgarte –hasta olvidarse de una témpera. Era demasiada prisión y resentimiento hasta que en 6º grado –en el coro– comencé a hacer mímica porque no quería cantar. Cuando nos dijeron que nuestro viaje de 6º grado sería un retiro espiritual, le pedí a mi mamá que me cambiara de escuela, pero no me daba bola. Lloré durante un año todas las noches, hasta lograr que me cambiaran a una escuela pública. La Secundaria fue muy interesante.
—¿Luego te rebelaste más conscientemente contra la educación religiosa?
—Sí, cuando entendí que el cristianismo determinadamente te hace sufrir para que luego te toque un camino mejor. En contraposición con la cultura judía, según la cual el judío viene al mundo para tomar lo que es suyo, sin atravesar por las espinas. Mi pensamiento era básico, pero sensitivo. ¿Por qué tenía que sufrir tanto, como cuando veía un perro con una pata rota? Fue un gran aliciente salir de la escuela religiosa, pasar a la pública donde había varones y participar del centro de estudiantes –con mi militancia en el Partido Comunista, al cual me dejaban entrar por mi mamá.

Cualquier cosa, pero médica
—¿Sentías una vocación?
—Quería ser médica, bailarina clásica y presidente de la Nación. Mi mamá decía "por supuesto" y mi abuela "no se pueden las tres". Después se sumó lo de maestra jardinera hasta que mi mamá me explicó que había que estudiar cinco años. Me recibí de profesora de danzas clásicas y contemporáneas, me hice médica y me falta ser presidente (risas).
—¿Qué materias te gustaban?
—Me orienté hacía Física-Matemática, porque desde chica hacía experimentos, criaba, cazaba ranas y las abría. ¡Era fascinante! Mi mamá era flebóloga y clínica, así que tenía fármacos, yo los acomodaba y me pagaba por eso. Cuando preguntaba para qué servía alguno, me decía que me fijara en el vademécum.
—¿Pensaste ser bailarina profesional?
—Me desilusioné porque era muy apasionada: me tocó rendir en el San Martín y unas compañeras pusieron aserrín en mis zapatillas. No era eso lo que quería ni me interesaba competir. Bailar para mí es otra cosa y no necesitaba ser primera bailarina de ningún teatro.
—¿La Medicina era mandato familiar?
—¡Sí! Mi mamá era muy libertaria y que cada uno hiciera su vida, pero siempre que estudiáramos Medicina en Rosario, sin opción. Me fascinaba Ingeniería genética pero inventó excusas. Quise ser psicoanalista y la premisa fue que hiciera Medicina, y luego estudiara lo que quería.
—¿Otra afición a la cual le dedicaste mucho tiempo?
—Hice hockey, voleibol –dejé por la danza– y piano –cinco años– pero lo que más me apasionaba era la danza. Bailaba todo el tiempo.
—¿De qué otras lecturas te nutriste?
—De Gabriel García Márquez –con Cien años de soledad–, La hija del capitán, cuentos de León Tolstoi y de Honoré de Balzak –no puedo olvidar La piel de zapa.

Conciliando saberes
—¿La facultad se concilió con lo esperado?
—¡Todo era inmenso, un caos, había que hacerse solo y existían muchas falencias de infraestructura por la superpoblación! En la primera clase de Histología –cuando miré por el microscopio– me di cuenta de que era mi lugar, y nunca dejé de asombrarme. Nunca me aburría. Eran docentes de la época de mi mamá, enseñaban generosamente y veías la dedicación y cómo escuchaban a los pacientes. No quedan maestros como esos.
—¿Alguna influencia particular?
—Varias: una profesora de Anatomía patológica, muy exigente y que te habilitaba a preguntar y razonar. La cátedra de Neurología fue un disparador para estudiar en profundidad al cerebro.
—¿Continuaste leyendo además de lo de la carrera?
—Deliraba con Ernesto Sábato, y tuve problemas y enojos con Borges –por su dificultad. No podía dejar de leer lo que me apasionaba. A veces dejaba de ir a clases o a dar un examen por hacerlo –lo cual me generaba problemas. Conocí a Juan Ritvo –filósofo y psicoanalista–, fui a sus talleres, y también a la Escuela Nacional de Teatro –donde leí los clásicos.
—¿Tuviste dificultades en conciliar psicoanálisis y Medicina?
—No. En la escuela me aburría mucho y enfrentaba a los profesores, entonces me mandaban al gabinete psicopedagógico, así que estaba acostumbrada, comencé a entender que había una versión hablada del conflicto y que la palabra cambiaba todo. Curan y enferman. A los 17 años busqué un terapeuta para analizar los problemas con mi cuerpo. Tuve depresión –que rellené con lecturas y estudios. Como iba a terapia con un médico que era psicoanalista, nunca lo divorcié –aunque surgieron conflictos con el psicoanálisis cuando me hice psiquiatra.
—¿Por la cuestión de la medicación?
—Claro, cuando estudié Psicología era una constante broma y enfrentamiento con los psiquiatras. Quería compatibilizar pero no había buena onda entre el fanático del psicoanálisis –a quien respeto– y la Medicina –con su positivismo a veces deletéreo para quien quiere manifestarse tal cual es. Me enojaba un poco con la Psiquiatría y otro poco con el Psicoanálisis.
—¿Qué te ayudó en la síntesis?
— Mi terapia psicoanalítica freudiana, con la cual incorporé a lo médico, la palabra, el saber y los valores del paciente. Nadie sabe más de uno que uno mismo, y los médicos y psicoanalistas solo somos herramientas que facilitamos la entrada al saber del otro.

Negocios y negociados
—¿Desaprendiste algo?
—No, en ningún momento un aprendizaje borró a otro. Con la Farmacología –y el negocio de los fármacos– me di cuenta de que los laboratorios comandaban mi aprendizaje. Para cada error bioquímico existe una molécula de diseño que puede corregirlo, pero con la práctica médica no se tiene acceso a eso sino que viene toda la carga de drogas de los laboratorios para que contribuyas a recetarlas, les engordes los bolsillos y les cagués la vida a los pacientes. Es un negocio donde uno termina siendo títere de una multinacional. Era bueno porque te pagaban estudios, pero son los que les convienen. Me enojé porque en la facultad nadie te enseña cómo es el mundo –más allá de conocer el hospital. Es un sistema organizado de negocios y negociados, muy fácil de ingresar y ganar guita recetando. Un docente que estudió en Harvard –el doctor Jorge Marquet– fue guía y maestro, y me dio la noción de quién era yo, cómo posicionarme y no necesitar de lo que me ofrecían. Pude laburar y estudiar mucho, sin venderme, sobre lo cual también me explicó mi madre. Marquet me decía: "No tenés ganas de ser rica. Sos linda y podés encontrarte un marido con plata. No te desconcentres y dedicate a estudiar".
—¿Una situación en la cual comprobaste la subordinación del sistema sanitario y de conocimiento a la industria farmacológica?
—Muchas cosas. En las guardias veía pacientes medicados con cosas que no se podía creer. Tuve un momento especial, un problema muy grande. Cuando las obras sociales pasan de crónicos a agudos –en internación psiquiátrica–, pagan más. Por una crisis aguda –de 30 días– le paga a la clínica mucho y cuando se estabiliza el cuadro, menos. Estaba en una guardia y una jefa médica decidió interrumpir la medicación de una paciente, le dije que no se podía porque estaba mejorando y me dijo: "Querida, se están pasando los 30 días y si no lo ponemos en agudo, no tendremos el dinero que necesitamos". Era una eminencia de una clínica muy conocida de Rosario. No pude permitir ese padecimiento atroz de una paciente de 17 años, la mandé en cana, me trataron de estúpida y me quisieron echar. Mi profesor fue a la mesa de médicos, me defendió y quedé. Pero cuando te hacen el vacío en esos lugares, no entrás más. Era lo normal y no entendía, porque me enseñaron que el médico cuando no puede curar, alivia, y cuando no puede, acompaña. Fue trágico y una desilusión tremenda, porque era una tipa que sabía mucho. Desencadenó que me fuera a estudiar a España a hacer una maestría en adicciones, porque no soportaba.
—¿Por qué en adicciones?
—Crecí en los 90, cuando la cocaína –y todo tipo de drogas– comenzaron a ser frecuentes. Comencé a ver un montón de pibes fumando marihuana, y tomando cocaína y LSD –a lo cual no tuve acceso cuando fui criada. No me dejaban juntar con drogadictos y no tenía información correcta. Siempre me interesó la despenalización de los consumos y las libertades individuales, en tanto no dañe a otro. ¿Por qué te tengo que "organizar" y estandarizar si tenés un trastorno psiquiátrico? Te puedo decir lo que es mejor, pero está tu libertad y no puedo decir qué es una patología.

Recetas y venenos
—¿Cuál es el mayor trastocamiento producido por la industria farmacológica en la Psiquiatría?
—La Biología Molecular dice un montón de cosas sobre los neurotransmisores pero no necesariamente hay que "acomodarlos" con fármacos, ni necesariamente son problemas. No necesitamos grandes cantidades de fármacos, sino un grupo para la psicosis y las neurosis descompensadas –en un tiempo determinado. Luego, enseñarle al paciente.
—¿Estableciste una relación entre adicciones y Psiquiatría?
—La de que cómo no va a estar lleno de drogadictos con tantas porquerías para levantarse, dormir, porque me duele, porque lo tengo, porque no lo tengo... Todo se arregla con pastillas: estoy gorda, estoy flaca...¿De qué manera el dolor emocional se iba a suplantar si no es con fármacos o drogas? Esto me llevó al estudio de las patologías por adicción. Yo enarbolaba la bandera del psicofármaco y de los laboratorios fantásticos que creaban moléculas de diseño para arreglar desórdenes. Pero terminaban siendo un fiasco, entonces tuve que escuchar a la persona e interactuar con ella.
—¿Cuál es la ideología originaria del enfoque dominante de la Medicina, más allá del interés económico?
—Nos educan con la postura americana: ellos le ponen nombre a todo y hay que reunir, por ejemplo, tres criterios de seis, 10 de ocho, determinado tiempo... como si fuera la Biblia. Estudié Estadística y estudios antiguos, donde se observa que los americanos orientaron su infraestructura de conocimiento hacia la producción. Dijeron "hagamos el Prozac –un antidepresivo cuatricíclico– y después vemos para qué sirve". Mientras tanto se lo metieron a todo el mundo. Fue una disrupción total del paradigma de cómo lidiar personalmente con el malestar. ¿Para qué lo vas a hacer si viene una pastillita? Me parecía fantástico y avalado médicamente hasta que vi alteraciones y muertes de pacientes, y comencé a tener un criterio propio. Para tener consultorio, pacientes e ir a los congresos tenía que recetar como me decían. Cuando entró el litio en escena se me despelotó la química porque sabía que es un veneno. Nunca lo receté, por el daño renal y cardiológico que produce. Engañaban a la gente diciendo que no lo tenías en el cuerpo –como debe ser–, pero como había que venderlo, lo recetaban.

La doctora Jozami descubrió el uso médico del cannabis a partir de su especialización y trabajo con adictos a la heroína y la cocaína en Barcelona, tras lo cual profundizó sobre beneficios y propiedades médicas de los principales compuestos de esta planta –utilizada con esos fines en muchas culturas ancestrales.
—¿El uso terapéutico lo estudiaste en tu formación en adicciones?
—¡Claro, en Barcelona, al hacer la especialidad! Ingresé al ayuntamiento y trabajé con pacientes adictos a la heroína. Dentro del tratamiento de sustitución había una posibilidad que era la reducción del daño, o sea enseñarles a no hacerse mal –la corriente que no es prohibicionismo. Había chiquitos rumanos de 12 años que se metían la chuta (jeringa) en la vena del cuello, con lo cual podían hacerse cualquier daño. No se tiene la premura de sacarlos de la droga o prohibirles, sino enseñarles.
—¿Como el método suizo?
—Claro, que llegó a Valencia en 2000. Cada usuario iba y un especialista le daba la dosis de heroína correspondiente –en una secuencia de disminución–, se lo insertaba social y laboralmente, y se controlaban hábitos a quien quería dejar la heroína o la cocaína intravenosa. Fue un programa avanzadísimo, se hacía prevención, tenía que enseñar cómo drogarse con conciencia y participaba de controles de lo consumido en fiestas electrónicas. Había quien no sabía la diferencia entre cocaína y heroína. Incluía un método de sustitución con metadona, y era útil. A los pacientes con enfermedades de trasmisión se les daba marihuana hidropónica en comprimidos, para que tuvieran apetito y recuperaran su bienestar. Para mí, la marihuana nunca fue vista como droga ni la puerta de entrada a otras, sino una medicina –más allá de los pibes fumando un porro. Al contrario, es la forma por la cual no entran a otras drogas. En 2000 llegó a mis manos un libro de THC (tetrahidrocannabinol, principal compuesto psicoactivo), sobre el sistema endocannabinoide y porqué se prescribía marihuana al enfermo de HIV y otras enfermedades. Observé pruebas biológicas, químicas y ensayos clínicos de existencia de ese sistema, y me di cuenta de porqué le hacía bien a tanta gente. Es por un receptor de THC en el sistema nervioso central, que fue lo primero que se supo, aunque nadie le daba pelota en los congresos médicos.
—¿Hay otros receptores de ese tipo?
—Se descubrieron receptores de CBD 1 y 2 (cannabidiol) en el estómago. Todo lo que se sabía no se publicaba ni distribuía, porque el mundo de los médicos es elitista y la información se recorta.
—¿Cuáles son los mayores avances desde aquellos descubrimientos?
—Mi experiencia con enfermos de distintas procedencias me permitió saber cómo la usaban en otros lugares, al igual que al hachís.
—¿Reacciones?
—En una semana el cannabis provocaba en un paciente adelgazado terriblemente, que engordara, y al mes tenía los CD4 (linfocitos) aumentados.
—¿Desconocían los estudios israelíes?
—Luego encontramos que hubo un israelí –(Raphael) Mechoulam (Ver Datos)– que descubrió el sistema endocannabinoide –idéntico al de la planta– y estudió –como lo hizo (Antonio) Escohotado en otra época– todos sus beneficios. Es una planta que fue sagrada desde hace milenios, usada masivamente en té, jugos, sopas, y otras formas.
—¿Cuáles son sus componentes con más propiedades?
—La marihuana tiene en forma básica 66 compuestos conocidos, de los 111 que existen. Los más conocidos, que están en el cuerpo desde que nacemos y que nos pasa la leche materna, son el THC y el CBD –diferenciados en un par de moléculas. Se construyen en el cerebro y tienen su depósito y acción en una célula con un receptor específico. Son los más conocidos y abundantes en la planta. También están los terpenos, linolenos, pinolenos... cada uno con una acción determinada. El terpeno –a determinada temperatura y según su administración– protege las células. Quien fuma un porro quema todo a la misma temperatura y queda un solo compuesto –el que arde más fuerte, el THC.
—¿En qué disfunciones es más efectiva?
—Desde 2000 se usa para los trastornos de caquexia, bienestar para enfermedades terminales, y dolores crónicos y agudos –según la cepa. Es un antiinflamatorio por excelencia, y al controlar la inmunidad y regularla en alta o baja hasta un estado basal, el cuerpo no reacciona contra nosotros –con lo cual se evita la inflamación crónica y el dolor agudo. Reemplaza a los analgésicos y no tiene efectos indeseables.
—¿Cuándo se la estigmatizó?
—Algunos dicen que hace aproximadamente 75 años, cuando un americano dueño de muchas tierras decidió concentrar las plantaciones de cáñamo para su empresa de navíos. Inventaron un por qué para justificarlo, entonces dijeron que tenía un compuesto psicoactivo, de a poco se gestó el prohibicionismo y la calificaron entre las drogas estupefacientes. Esta palabra viene de "stupid" –estúpido–, como que quien consumía una sustancia de ese listado lo era. Fue puesta entre las "alucinógenas", cuando se conocía poco sobre su química y a nadie le interesaba estudiarla. Lo importante era que lo prohibía Estados Unidos. Cuando se hizo la ley de drogas acá no se sabía por qué se prohibía, ni se la conocía. Luego se logró que no se penara el consumo pero la ley es obsoleta.
—¿Hay zonas grises en la legislación sobre uso terapéutico?
—Muchas cosas no están reglamentadas. Lo único que permite la Ley 27.350 (Investigación médica y científica del uso medicinal del Cannabis y sus derivados) es que la persona con un diagnóstico de epilepsia refractaria tenga acceso al cannabis medicinal. Lleva seis meses de tratativas en la Administración Nacional de Alimentos, Medicamentos y Tecnologías, se necesita el diagnóstico del neurólogo, y que se hayan probado todo tipo de drogas y haya sido refractario. Con eso se puede comprar el aceite Charlotte's.
—¿Por qué sólo centrado en esa patología?
—¿Qué te parece? ¿No es raro? Es muy llamativo. ¿Por qué quien está tomando un montón de morfina no puede tener una ayuda gratis, que puede plantar o comprar en una herboristería? Tengo muchos interrogantes y respuestas horribles: sería muy barato y benéfico, y habría un cambio social y cultural muy fuerte. Seguiré bregando para que se haga una reglamentación como corresponde.
—¿Tenés inconvenientes para trabajar?
—Lo que estudio está perfectamente comprobado científicamente y lo digo para sembrar conciencia del uso cuidadoso. Tengo que frenarme por lo legal y en Argentina no puedo tener un laboratorio e investigar. En cuanto a los pacientes, les explico todo y cómo usarlo, al igual que aprendo saberes cotidianos y culturales.
—¿Cuáles son los países con mayor desarrollo?
—El doctor Mechoulam es profesor honoris causa de la Universidad Complutense de Madrid, por eso se ha masificado desde ahí el conocimiento. El año pasado vino a la Argentina.
—¿Recomendaciones para el consumo recreativo?
—Mi recomendación para todos los usos es que fumar es malo. Lo digo por ser adicta a la nicotina y estar imposibilitada de dejarla –lo cual me frustra. El calor y la combustión provocan daño en el alvéolo. Por eso hay que atenuar el calor con un filtro que lo aleje de la boca o usar pipas de agua –que bajan la temperatura. Los narguiles son fantásticos porque el agua humidifica –con propiedades broncodilatadoras. Se puede consumir en comidas, bebidas o té. En el vaporizador Da Vinci se puede poner la flor y establecer los grados de combustión –según las necesidades–, así no provoca daño en las mucosas y no se desvirtúa el hecho de fumar –para quien tiene el hábito.

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